El arco iris de la televisión

Por: Juan Francisco Ferré
Fuente: Especial para http://www.hernanmontecinos.com (29.05.10

Enviado por: Héctor Siluchi (Artista visual)

THE TUBE Oh…the…Tube!
It´s poi-soning your brain!
Oh, yes…
It´s dri-ving you, insane!
It´s shoot-ing rays, at you,
Over ev´ry-thing ya do,
It sees you in your bedroom,
And—on th´ toi-let too!
Yoo Hoo! The Tube…
It knows, your ev’ry thought,
Hey, Boob, you thought you would-
T’n get caught—
While you were sittin’ there, starin’ at “The
Brady Bunch”
Big fat computer jus’
Had you for lunch,
now Th’ Tube
It´s plugged right in, to you!
(Thomas Pynchon)

Yo nací, perdonadme por decirlo así, con una televisión encendida en la cabeza, aunque cuando vine al mundo con los ojos cerrados el mundo ya miraba fascinado la televisión desde hacía un sexenio como si no tuviera nada mejor que hacer, y no puedo recordar un momento de mi infancia en que no hubiera un televisor encendido en alguna parte, invitándome a rendirle culto ciego como todo el mundo. Por eso quizá lo que he visto en ella me ha hecho más tonto de lo que hubiera podido ser, si es que esto es posible. Tan tonto, en todo caso, como el mundo que lleva más de cincuenta años ensimismado en esa pantalla disminuida de tal modo que es imposible entender mucho de lo que ocurre en él sin pensar en la televisión.

Ya sabemos que lo acontecido el 11 de septiembre de 2001, sin ir más lejos, representa el paroxismo de esa relación perversa entre la producción tecnológica más sofisticada y la realidad más cruda: el atentado terrible planificado al minuto para su retransmisión televisiva en directo y en horario de máxima audiencia. La primera matanza de la historia del mundo concebida matemáticamente (incontables víctimas entre los escombros, aún más incontables testigos frente a la pantalla) para convertirse en el programa estrella de la televisión entendida como ente propagandista de su propio poder sobre el orden de la realidad. El mayor espectáculo del mundo, ahora sí, de verdad, en plena sociedad del espectáculo masificado.

Es fácil, por eso, ponerse puritano con la televisión y pensar que arreglando la televisión arreglamos el mundo. Es una confusión frecuente entre gentes de buena voluntad y biempensantes asociados con algún poder mediático achacarle a la televisión las averías y desafueros del mundo. La televisión no tiene arreglo, como tampoco el mundo, por otra parte, perfecto en su desastre irreparable. No se trata, ni mucho menos, de encogerse de hombros y exhibir cinismo, indiferencia o cobardía ante la situación del mundo, se trata de entender a qué fines y, sobre todo, con qué sentido podemos acercarnos al aparato ideológico que todavía tendemos a considerar por error un milagro de la tecnología, hasta el punto de que nos agolpamos en los grandes almacenes para agotar las existencias de los últimos modelos salidos al mercado sin apenas reparar en el poderoso intruso que metemos en casa con sólo aplazar su pago durante una o dos temporadas de la liga de campeones o nuestra teleserie favorita.

Sin llegar a los extremos pornográficos del Videodrome de Cronenberg, es verdad que la televisión es la más avanzada tecnología destinada a guardar con nosotros, sus amados telespectadores, la más íntima relación de dependencia y sumisión mutuas. Una relación que se realiza básicamente en la intimidad, como promiscua cohabitación, y que, muy a menudo, tiene a la intimidad como obsceno objeto de difusión. La más pública, por tanto, la más publicitada de las intimidades, ésta es la médula paradójica del éxito de la televisión como medio de comunicación mayoritario y prolongación tecnológica de la conquista audiovisual de la realidad emprendida desde el ámbito más privado o doméstico.

Al revés de sus inventores, que verían con estupefacción el uso escandaloso al que hemos dedicado el admirable artilugio, todos nosotros sabemos, aunque apenas lo reconozcamos, que la televisión nació para desnudar nuestra condición de manera definitiva. La pintura, la escultura, todas las representaciones artísticas con las que la cultura occidental respondió a la sabiduría moral del Génesis, nos declaraban hechos a imagen y semejanza de la divinidad única. Divinos y únicos, por tanto. Esta noble convicción empezó a tambalearse seriamente con la práctica de la fotografía y el cine, con la multiplicación incontrolable de las imágenes analógicas, pero se hizo conocimiento humano, demasiado humano, a partir, sobre todo, de que la televisión entró en el juego social y cultural de ofrecernos (en baja y luego en alta resolución) la imagen gráfica que más nos correspondía como especie poco o nada especial, una vez que las idealizaciones y visiones sublimes del pasado co menzaron a parecernos grandilocuentes imposturas.

Nos guste o no, la televisión es el medio que mejor define lo que somos cuando no somos lo que creemos ser y nos conformamos con la contemplación del espectáculo de la nada que nos constituye como nuestra esencia más inconfesable, la tecnología que mejor retrata nuestra desnudez y pobreza anímicas y la pedestre necesidad de creer en una realidad creada a la medida de nuestra insuficiencia crónica. Aunque a muchos telespectadores les cueste todavía aceptar la semejanza cruel que segregan esas imágenes naturalizadas como una verdad amarga.

Así que bendigamos al aparato televisivo por habernos ofrecido la posibilidad de revelar nuestra verdadera naturaleza y comulgar cada día a través del rayo catódico ya anticuado, el plasma desfasado, el cristal líquido y la pantalla en 3-D en ascenso vertiginoso, con muestras consumadas de nuestra inmadurez y necedad. Bendigamos y celebremos un medio que nos ha servido para cumplir a desgana con la máxima que los antiguos nos legaron como un deber filosófico hasta ahora irrealizado: “Conócete a ti mismo”. A fin de estar a la altura de nuestro destino manifiesto debemos dejar de preocuparnos, como hacen aún algunos hipócritas para quedar bien, por la inmundicia diaria y la maldad intrínseca de la televisión, su encanallamiento sistemático, su envilecimiento programado y programático, y, conforme a un mandamiento nuevo, empezar a amar la televisión, nuestro espejo consuetudinario, toda la televisión, como a nosotros mismos.
Entre otras razones porque en el porvenir radiante que nos anuncian los expertos la televisión será ubicua e imperceptible. En todo momento estaremos sometidos al escrutinio totalitario de su ojo aparentemente neutro sin siquiera darnos cuenta de su presencia. En todo momento y en todas partes, como ya sucede en Internet, esa otra forma de televisión, seremos perezosos protagonistas de nuestro propio canal, cada ciudadano podrá comportarse como amo y señor de su programación personalizada y se conectará como espectador a los canales de sus semejantes, gratuitos o no, para rastrear las vivencias banales o las desgracias cotidianas de la inmensa minoría de amigos y conocidos y, por supuesto, las mucho más excitantes y morbosas de los desconocidos, esa mayoría siempre bulliciosa e hiperactiva.

En el futuro, nada ocurrirá realmente si no ocurre en televisión. Nada de lo que exista fuera de la televisión será considerado real y ni siquiera podrá entenderse como realidad. Con el tiempo, toda realidad pasará a ser “telerrealidad”. Para entonces el televisor convencional no será nuestra referencia privilegiada ni tampoco el ordenador de última generación. Libre de aparatos, nuestra vida se habrá vuelto al fin totalmente televisiva. Televisiva y digitalizada. Al descorrer una cortina virtual para mirar por una ventana con gesto desfasado, o simplemente al abrir una puerta para salir a la calle inexistente y encender o apagar una lámpara en un salón hoy inimaginable, obtendremos acceso “en tiempo real” (el tiempo intensivo de la televisión) a formas de vida absolutamente iguales a la nuestra pero multiplicadas al infinito por los millones de imágenes sin semejanza alguna que, retransmitidas por todos los sistemas disponibles, habrán achicado el mundo al tamaño de una p antalla de televisión, como pronosticó McLuhan, para luego agrandar ésta hasta alcanzar el tamaño actual del mundo.

Desde el principio, la existencia de la televisión fue paradójica. En el futuro, será la existencia del mundo la que se habrá vuelto definitivamente paradójica al haber sido absorbida por la televisión. Como en una ficción de Borges, el fin del mundo coincidirá con el momento televisivo en que el mundo y la imagen del mundo formen una sola y misma realidad para todos. Como en un videojuego salvaje, sólo los televidentes más despiertos sobrevivirán a la catástrofe.

Buenas noches y buena suerte.

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