La sospecha divina

Por: Mikel Arizaleta).-
Fuente: http://www.insurgente.org (21.05.10)

Es sombra que le viene acechando al hombre desde antaño. Es sombra sin árbol, de sol y noche, mueca vital latentemente humana. Sombra que asoma con el parto y se esconde con la muerte. Compañera en vida, que se afila con el despertar de la razón y la pasión. Un yo frente al tú y un miedo ancestral a la otroidad.

¿Y si Dios es una quimera, un consuelo ante la cobardía, vulgar delegación de responsabilidades, miedo opaco ante la nada, una invención sacada de la manga…?

Desde tiempos el hombre y la mujer vienen sospechando también de los dioses. Y su recelo ha dejado huella profunda en la historia, recogida en libros, ensayos y vidas. Hasta puede llegar a ser amor que mata y enloquece.

1.-

Don Manuel Olasagasti Gaztelumendi de Lezo (Gipuzkoa), nacido en 1924 como don Gonzalo Puente Ojea, nos ha legado un “libro, folleto, opúsculo, libelo, panfleto, o lo que estime el lector/a”, titulado Otras noticias de Dios1, una “especie de recetario de bien vivir y morir”. Manuel es un hombre crítico pero receptivo ante un Dios silente. Es un creyente tenue pero radical, que desde su atalaya de los ochenta y con ayuda de sus traducidos vuelve al Estado de la cuestión de Dios, libro suyo publicado en el 76. Y vuelve “con mi atormentada duda de si el motivo supremo de la conducta humana, más a la altura del hombre y de Dios, no tendrá que ser el buen gusto, el obrar bien porque sí, sin esperar recompensa por el mérito. Recrearse en la obra bien hecha como Dios, que se recrea en crear continuamente”. Dirá que en el ámbito cristiano la actitud de duda es el resultado de toda una historia. La suspicacia del cristiano actual en materia de fe está cargada de sabiduría. Su mejor maestro de la sospecha es la historia misma del cristianismo bien contada. Y, por supuesto, la historia de cualquier religión dogmática bien contada es el mejor maestro de la sospecha para sus fieles. Aunque advierte: “La fe real no suele ser firme. Abriga la duda. La fe real no quita la incertidumbre”. Y es que, dirá en su libro, que al humano tiene que constarle la revelación de Dios para creer firmemente. Y como no le consta sólo puede creer débilmente. “Dios se da a conocer sin ninguna claridad”.

Otras noticias de Dios viene a ser como el libro Mil nuevas noticias insólitas del también gipuzkoano Iñaki Egaña, “las historias que nos sacan de la rutina, las que nos hacen olvidar precisamente que el mundo está mal construido y que humanos somos y, por tanto, nos movemos en otras coordenadas como las culturales, históricas e, incluso, pasionales”.

Olasagasti se rebela en todas las hojas de su libro contra ese Dios justiciero, temido, de infierno y castigo, envidioso del hombre, tan predicado a lo largo de los siglos, acartonado y desfigurado en dogmas y biblismo. “Además de la no justificación por las obras (buenas) hay que proclamar la no condenación por las obras (malas)… Los pasajes del nuevo testamento, que hablan de castigo y condena de Dios, no deberían llamarse relatos sagrados sino apuntes o fragmentos de comedias bárbaras, pertenecientes a épocas salvajes en religión”. Diríamos abiertamente, que Manuel Olasagasti en absoluto es un comercial del dios de las religiones al uso y sí, en cambio, un adorador de un Dios desnudo, cual cordero asado de amor, entresacado y fabricado a lo largo de su vida, un Dios hecho a retazos por un uomo qualunque convencido firmemente de la presencia ausente de Dios cual música al alba o brisilla de atardecer. “Es invisible, está ausente; pero se presiente”. El hombre no acaba de creerse que Dios le quiere. Su inconsciente está ocupado por el mysterium tremendum, que le han presentado interesadamente los poderes religiosos y civiles. Y Olasagasti quiere vaciar ese inconsciente contaminado. “El humano puede soñar que la nieve arde, pero también que Dios le quiere de modo pleno y sin condiciones. Y hasta puede llegarlo a pensarlo en serio”. Como él. Lo que falta a la humanidad, lo que está por llegarle al homo religiosus es el cambio radical de mentalidad, la conversión, la metanoia: atreverse a pensar, capacitarse para creer en la bondad de Dios. “Dios está por aligerarle al hombre de obligaciones desde el principio… El hombre se va cargando de obligaciones al vivir en sociedad. A medida que conoce al Dios verdadero tiende a aliviarse de las obligaciones”.

Manuel Olasagasti sospecha que: “El hombre se fabricó un dios malo. Cuando quiera es hora de deshacer el entuerto y devolverle a Dios la bondad robada”. De la mano de la ciencia y la razón y echando mano del método crítico-histórico aplicado a la Biblia, Manuel Olasagasti despoja de adherencias al Dios de la historia, lo desnuda y acerca, le despoja de esa careta de terror y mueca, le humaniza y piropea con ojos de amante, le redondea y hermosea. Si no se enojara, diría que su Dios es más vendible que el impresentable de Rouco o Ratzinger.

¿Pero por qué sospecha don Manuel que el hombre se fabricó un dios malo y no más bien que se fabricó todo un dios? ¿De qué fuente brota su firmeza? ¿Y las citas bíblicas, a las que acude, son de Jesús, son esas frases y pensamientos querer de dios o reflexiones de Lucas, de algún iluminado o de algún Manuel Olasagasti de su tiempo descontento con lo anterior?

Otras noticias de Dios es libro interesante y muy útil para creyentes angustiados: Morir es perderse en Dios. En la otra orilla se encuentra salvado en Dios. “El hombre, al morir, queda sumido en la materia y transfigurado en Dios; perdido y salvado en la materia, que es madre tierra; perdido y salvado en Dios, que es amor”. Manuel Olasagasti, un autor que hace pensar y merece leerse porque, cuando menos, siempre provoca una sonrisa.

2.-

Don Gonzalo Puente Ojea2 no es un vehemente enemigo de la Iglesia y de la religión, pero sí un contradictor, un adversario de toda alineación religiosa, en especial de la institucionalización de esa alineación en forma de iglesias, sectas o asociaciones. Más que ateo es agnóstico. La obra de don Gonzalo se dirige contra esa obediencia ciega, perinde ac cadaver, contra esa obediencia del entendimiento, contra ese suicidio racional expresado en el célebre credo non quod sed quia absurdum est –creo, no lo que, sino porque es absurdo-, su combate es un combate contra la alineación del ser humano, en pro de la humanización de los fines. La ciencia convierte en ociosa a la fe, y las fantasías de la religión desvían al ser humano de los métodos de conocimiento. Don Gonzalo es alguien empeñado en comunicar mediante sus numerosos libros a los demás algunas conclusiones de su personal búsqueda de la verdad. Y lo tiene claro: el fundamento de la dignidad moral es, para todo ser humano, el reconocimiento y plena asunción de su finitud, de su naturaleza mortal. Actualmente retirado, (jubilado) de la carrera diplomática, nos ofrece en un addendum en su libro “Elogio del ateísmo. Los espejos de una ilusión”, como él dice, algunos apuntes para un itinerario intelectual, que sirvan de soporte de algunas reflexiones sobre ciertas experiencias personales.

“La dualidad que indudablemente instaura el hombre prehistórico en su sociedad entre lo natural y lo transnatural nada tiene todavía que ver con un dualismo metafísico de materia y espíritu interpretados muy tardíamente (en tiempos ya históricos) como lo natural y lo sobrenatural, sino que implicaba solamente una dualidad ontológica entre corporidad e incorporidad, entendidas como dos órdenes de materialidad. Lo cual no disminuye el carácter ominoso de esta primera “escisión” antropológica y ontológica para futuras escisiones de calado aún mayor”.

Don Gonzalo expone que la respuesta a la pregunta sobre cómo surgió el sentimiento de la religiosidad en el ser humano ha de obtenerse mediante un análisis de la “mente” del hombre prehistórico en cuanto homínido que ya había accedido a la racionalidad, capaz de pensar y racionar, no se debió a ninguna revelación caída del cielo, a ninguna iluminación transnatural. Sólo en la mente y por la mente pudo generarse un referente natural y material pero incorpóreo, dotado de pensamiento y reflexión como doble del cuerpo, separable intermitente o permanentemente, que sobrevive a la muerte y conoce una vida en un lugar más allá. Esa desesperada búsqueda de una comprensión racional de sí mismo y del mundo, que emprende el hombre prehistórico, se explica por la hipótesis animista.

El mito del animismo es la esencia del gran mito humano, el mito religioso se asienta en una evidencia –que el ser humano se manifiesta externamente como materia corpórea- y en una falsedad –que el ser humano se manifiesta internamente como sustancia incorpórea-. Por tanto, estaríamos ante una lectura errónea debida al urgente deseo de explicar las experiencias oníricas, visionarias y formas alteradas de la conciencia, consolidada por los hábitos introspectivos inaugurados por el sapiens sapiens y por la imperiosa necesidad fisiológica y psíquica de mantenerse ontológicamente en el ser que habita en todo ente o existente. Esa lectura errónea de que el segundo elemento, el ánima, es incorpóreo, inaprensible e indestructible encontró apoyo en el instinto de inmortalidad.

El animismo, explica Puente Ojea, se instaló en la mente cogitante de los seres humanos desde el momento en que natural y acríticamente los seres humanos, fieles a su invención anímica, proyectaron lo que inicialmente fue una categoría privativa de su exclusiva condición ontológica sobre los demás seres vivos, y luego, movidos por el hecho de que las almas no eran más que espectros o espíritus ambulantes tan pronto perdían sus cuerpos mortales de residencia también sobre las cosas o las fuerzas de la naturaleza que acreditaran ser potencias o poderes presentes en su entorno ambiental. El motor de la religiosidad y luego de las religiones –primitivas o actuales- no fue la categoría de dioses o Dios sino la categoría de almas, y la divinización formal de espíritus fue un proceso progresivo de desmaterialización.

3.-

Hace tiempo que el gran exegeta protestante, el profesor de Gotinga Gerd Lüdemann3, escribió una carta de despedida a Jesús, en la que, entre otras cosas, se decía:

“… Tengo muchas dudas de que la investigación de la historia, inclusive de tu (Jesús) proclamación, lleve a la formación de un código moral en la época actual y que pueda ser obligatorio. El método histórico, practicado por mí, difícilmente encierra un sentido ético general o una orientación para la vida práctica. Mi fe hasta el día de hoy se apoyaba claramente en proyecciones o en un presupuesto en cuyo fondo no se quería entrar a analizar. Yo ya no puedo seguir creyendo en la fuerza normativa de la historia o de los hechos históricos, sin poner en juego mis propios conceptos subjetivos con bagaje científico. El código de comportamiento, vivido por ti, está además condicionado por la situación y no puede ser transplantado en absoluto al marco actual. Eso significa que nosotros mismos tenemos que formar reglas de comportamiento, basadas en la racionalidad, que no pueden depender ni de ti, ni de tu padre celestial, ni de ninguna otra divinidad.

Los profesores de teología y los obispos quieren, a toda costa, evitar estas consecuencias, que surgen y se dan por el derrumbamiento de la teoría de una creación de la nada, del engaño de tu “resurrección” y de la imposibilidad de la ética basada en tu anuncio. Ellos incluso piensan que con esto te hacen un favor. También yo he actuado y he pensado así durante muchos años. Pero yo lo hacía por mí, para poder permanecer en mi fe, para vencer mi angustia y para seguir ostentando en el ámbito eclesial mi posición de poder. Mis intentos por determinar mediante la interpretación la realidad de tu “resurrección” como experiencia de perdón, como experiencia de eternidad y como experiencia de vida tuvieron que fracasar porque estas experiencias pueden ser hechas prescindiendo de tu persona y de tu “resurrección” y no dependen de aquel a quien tú denominabas Dios. Por eso, en adelante prefiero desarrollar una visión meramente humana de religión, sin tener que legitimarme mediante una instancia superior, a la que los teólogos llaman Dios. En muchas discusiones con mis colegas sobre tu “resurrección” y sobre su auténtica interpretación experimenté con dolor que estos colegas querían seguir siendo, pasara lo que pasase y a pesar de todo, teólogos y que en secreto se referían y apoyaban siempre en otra realidad, sin querer abordarla directamente en la discusión de textos, historias o experiencias. Con este condicionamiento secreto, con esta cláusula de misterio yo ya no puedo estar conforme por más tiempo.

Así que, Señor Jesús, adiós a todo esto. Yo ya no aguanto más esta situación, absolutamente embarullada, de teología, Iglesia y Biblia. Sigue tú allí donde estás, en la Galilea del primer siglo. Sin duda que allí serás de nuevo más creíble como exorcista carismático y maestro de categoría, y nosotros podremos de nuevo entrar en una relación normal contigo, al igual que tenemos con otras gentes competentes de la antigüedad, como Buda, Confucio y Sócrates. Tu estar por encima de todas las posibilidades humanas era demasiado y corresponde a fantasías desmesuradas de inmortalidad y a ansias, que hay que confrontarlas con la realidad.

Si algún día regresas cabalgando sobre las nubes del cielo, te digo que me alegro ya desde ahora, porque al fin podré conocer. Y estoy convencido de que, aunque ya no te rece, ni crea en ti, seguiré teniendo tu simpatía sin temer ser destruido por ti por mi incredulidad, como en realidad debería suceder según la Biblia y la fe. Hasta entonces tenemos que despedirnos religiosamente ambos por las razones que definitivamente te he comentado.

Yo seguiré investigando tu anuncio y las interpretaciones cristianas, que se han ido añadiendo y adhiriendo a tus hechos y palabras, al objeto de clarificar a las gentes de hoy, de forma entendible, el auténtico origen de nuestra cultura occidental. Y es que la clarificación, basada en la razón, con toda su crítica a las reivindicaciones de revelación y privilegios de conocimiento de todo tipo, sigue siendo una parte sólida del mundo moderno. Sólo la aclaración posibilita un diálogo constructivo entre los miembros de las distintas nacionalidades y culturas, y sólo ella será capaz de abrir caminos de paz entre las gentes de las ideologías y religiones más variadas en el próximo siglo”.

En nuestros días existe la sospecha fundada de que Dios es creación del hombre. Y a mí, que un día creí en el Dios veterotestamentario de tanto insistir en mi juventud los adoradores del Dios neotestamentario, el Dios amable, presencia ausente, que predica el señor Olasagasti, a estas alturas de la ciencia y la reflexión me parece más debilidad de hombre anciano y miedo a una vida sin base divina que pensamiento humano razonado.

1 “Otras noticias de Dios”, Manuel Olasagasti Gaztelumendi, Utriusque Vasconiae, Donostia 2008, 239 pág. y “Estado de la cuestión de Dios”, Espasa-Calpe, S.A., Madrid 1976

2 “Vivir en la realidad. Sobre mitos, dogmas e ideologías”, Gonzalo Puente Ojea, Siglo XXI, Madrid 2007 y “El mito del alma. Ciencia y religión”, Siglo XXI, Madrid 2000

3 Gerd Lüdemann, “Jesus nach 2000 Jahren”, (Jesús a 2000 años visto) zu Klampen 2000; “Die ersten drei Jahre Christentum” (Los tres primeros años de cristianismo), zu Klampen 2009; “Die Auferstehung Jesu. Historie, Erfahrung, Theologie” (La resurrección de Jesús. Historia, Vivencia y Teología) Göttingen 1994; Neuausgabe, Stuttgart 1994. Un resumen de este libro es el titulado en alemán: Was mit Jesus wirklich geschah. Die Auferstehung historisch betrachtet (1995) (Lo que realmente sucedió con Jesús. La resurrección desde un punto de vista histórico), y que ha sido traducido al castellano por José-Pedro Tosaus con el título de la obra originaria, de la que se llevó a cabo el resumen, es decir: La resurrección de Jesús. Historia, experiencia, teología (2001), edit Trotta, y no con el título del que realmente ha sido traducido. “Ketzer. Die andere Seite des frühen Christentums”(Herejes. La otra cara del cristianismo primitivo). “Der grosse Betrug und was Jesus sagte und tat” (La gran mentira y lo que Jesús dijo e hizo), publicado en 1997.

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