Ser de Izquierda en el siglo XXI

Por: Luis Cifuentes
Fuente: http://www.elciudadano.cl (26.04.10)

El ocaso del siglo XX ha proclamado un cambio en la izquierda; toda forma de militancia carente de capacidad autocrítica, estructurada con mando vertical o basada en una ética relativa pierde poder de convocatoria y se convierte en cosa del pasado.

Empero, la naturaleza humana no ha cambiado. Los intentos por crear un “hombre nuevo” fracasaron de la manera más contundente. Al cabo de 40 ó 75 años de socialismo leninista, al colapsar los regímenes en Europa Oriental y la URSS rebrotaron de inmediato el chauvinismo, el racismo y el fascismo. La tendencia a la formación de camarillas de poder, de grupos de privilegio, control, manipulación y exclusión, abiertos o solapados, sigue presente en todo el mundo, en toda institución, en todo organismo social.

Tampoco ha cambiado la naturaleza del sistema. Ante el dominio hoy incontestado del capitalismo tardío, que demuestra su total incapacidad de resolver los mayores problemas de la humanidad, las antiguas tendencias mencionadas se potencian.

El desafío de la izquierda en el siglo XXI consistirá en saber enfrentar problemas sociales, culturales y políticos en condiciones rápida e impredeciblemente cambiantes. Urge redefinir el concepto de “izquierda” para liberarlo de visiones dogmáticas, sectarias y autoritarias enterradas por la historia. Si ayer “ser de izquierda” era cuestionar el dominio de los poderosos, en un mundo en que las certezas se derrumban “ser de izquierda” significa cuestionarlo todo, incluidas las propias convicciones, las propias obsesiones, las propias tribalidades.

EL OCASO DE LA DISCIPLINA PARTIDARIA

La disciplina partidaria nació como consecuencia de una convicción: la uniformidad de pensamiento y de acción de la izquierda eran necesarias para cambiar el mundo. Esta regimentación de las orgánicas izquierdistas llegó a su cumbre trágica e irracional con el terror del estalinismo, con la dificultad adicional de que la izquierda nunca pudo convivir plenamente con los grandes iconoclastas. Russell, Sartre, Trotsky, Gramsci, Lukacs, Koestler, Djilas, Marcuse, Dubcek, Althusser, Garaudy y tantos otros debieron, durante una parte o la totalidad de su vida pública, vivir en los márgenes de la izquierda institucional, apenas tolerados o en abierta confrontación con ella. El mejor pensamiento progresista se vio así separado de los grandes movimientos partidistas y sindicales.

Un golpeante resultado del siglo XX es la creciente prescindibilidad que las mayorías demuestran hoy ante la disciplina partidaria. Hasta los partidos comunistas sobrevivientes deben aceptar un grado creciente de autonomía de sus bases. El centralismo democrático agoniza; las viejas y férreas estructuras se han ido transformando lenta y casi imperceptiblemente en redes de comunicación; las comunidades obreras, mineras, campesinas, poblacionales e intelectuales que por decenios se identificaron con la tradición orgánico-ideológica del izquierdismo, se mueven hoy aparentemente al azar, explorando caminos de esperanza al margen del bien hollado sendero de las fidelidades partidarias. La rapidez del cambio ha sido sorprendente e impredecible.

Aunque en un marco adverso, las posibilidades abiertas al progresismo de hoy son inmensas y aún impredecibles.

Al desaparecer o perder importancia los aparatos orgánicos regimentados, con su tendencia al protagonismo público, al autoritarismo y al secretismo, el mundo contestatario se transforma en un ente deslocalizado pero ubicuo; incontenible e inconspicuo, pero multisensible y multicomunicado; desuniforme en ideología pero, hoy más que ayer, poderosamente diferenciado ante las estructuras y mecanismos de dominación.

Como contraparte pragmática a la disgregación de las orgánicas, aparecen partidos progresistas de naturaleza cupular, que aspiran a formar parte permanente de coaliciones gobernantes, procurando entenderse con el electorado a través de los medios de comunicación. Pero el poderoso y rígido molde político-económico global en que actúan tiende a hacerlos acríticos de una buena parte de las reglas del juego político y social, abandonando aspiraciones tradicionales del izquierdismo. Un programa de gobierno de izquierda, en Chile y otros países, parece cada vez más irrealizable por los canales electorales abiertos a la ciudadanía.

Por su parte, la globalización de las comunicaciones y de numerosas formas culturales tiende a generar una abundancia de información que, a pesar de ser fragmentada, falsificada y mañosamente interpretada, entrega datos para un proceso continuo de integración de percepciones, conocimientos, intuiciones y subculturas. Al igual que el socialismo soviético, el bárbaro liberalismo mercantil contemporáneo genera sus propias formas de lo que el teórico alemán Rudolf Bahro, en su fase marxista, llamó Mehrbewusstsein (plusconciencia). Tal como es más difícil alinear a la gente, también es más difícil engañarla. Tal como es más difícil sacarla a la calle a desfilar, también es más difícil venderle sumisión y acriticismo. Crece el grado de diversidad de las respuestas civiles a los problemas del presente.

A mayor desarrollo de la productividad en la sociedad moderna, mayor el grado de deshumanización, sobre todo en las grandes ciudades; como consecuencia de este hecho y de la disgregación de las identidades masivas crece el aislamiento y soledad de muchos individuos, así como la conciencia de la enorme desigualdad e injusticia que se agiganta en el mundo de los “tigres” y “jaguares” y de las magras posibilidades de superarlas en el corto o mediano plazo. Acaso una frontera definitoria del izquierdismo en el siglo XXI será la decisión de resistir las tendencias autodestructivas generadas por el capitalismo tardío.

LA UTOPÍA COMO IMAGINARIO COLECTIVO

En estas circunstancias, cuando las ideologías revolucionarias parecen impotentes y la diversidad en el pensamiento y en la acción comienzan a abrirse paso, en mi opinión, lo más factible y convocante es un llamado a generar nuevas utopías.

¿Qué es una utopía? Esencialmente, una visión deseable del futuro, una convocatoria a desatar el imaginario colectivo, un llamado a los sueños y una búsqueda de caminos para su realización. A diferencia de la ideología, la utopía no tiene por qué incluir una visión compartida del pasado ni tampoco una noción de inevitabilidad de un futuro predefinido. La ideología es una estructura de certezas adoptadas, mientras la utopía está hecha de aspiraciones. La búsqueda utópica es abierta, fundamentada sobre la diversidad y la complejidad del presente; no exige contenidos consensuados; caben en ella todo el rango de aspiraciones de comunidades e individuos, todas ellas, igualmente legítimas.

Cabe la pregunta ¿es contradictoria la construcción de utopías con la generación de ideología? A mi juicio, no. La producción de elementos ideológicos es un resultado inevitable de un llamado a los sueños y de la acción política, sin embargo, pienso que la convocatoria a reflexionar críticamente, a conjurar el imaginario colectivo y a generar movimiento social es un camino más fructífero que el intento por elaborar verdades históricas absolutas. Un movimiento capaz de convocar a discutir el mundo que queremos gatillaría, indudablemente, una explosión de críticas al mundo actual y una avalancha de coincidencias.

Obviamente, en este terreno no habrá respuestas homogéneas, sino una amplísima diversidad. Cada camino concebido podría ser puesto en práctica por diversos destacamentos del mundo alternativo. Sería un error esperar consecuencias políticas tangibles inmediatas, pero tal búsqueda iría generando afinidades y experiencias, sembrando las semillas del mundo del futuro, cuya construcción estaría condicionada por las aspiraciones de cientos o miles de millones de personas, la casi totalidad de las cuales es gravemente vulnerada tanto por el capitalismo como por el neoliberalismo.

Dado que las nuevas utopías aún no existen, quisiera proponer algunos ingredientes que pueden ayudar a su construcción:

1) Continuidad doctrinaria. El izquierdismo de hoy es la puesta al día de la antigua posición contestataria, iconoclasta o anticonformista. Esta cuestiona las estructuras y mecanismos del poder; se opone a los privilegios de minoría; se niega a inclinarse ante “principios de autoridad”; rechaza moldes impuestos de pensamiento o comportamiento; impulsa el debate igualitario, libre y plural; condena la discriminación, dominación y marginación; exige procedimientos transparentes de gestión y convoca a la participación de todos en el proceso político. La posición en pro de la diversidad cultural – en todos sus aspectos – y la defensa del medio ambiente son una consecuencia lógica de esa tradición.

2) Prescindencia de paradigmas universales. Ya no es necesario adherir a una ideología particular, a un sistema social ni a un tipo definido de orgánica partidaria para ser izquierdista. El izquierdismo es hoy un compromiso que permite o exige asociación con personas de convicciones similares, pero esta asociación debe existir en la diversidad.

3) Acción basal. Los mecanismos del poder están fuertemente sobredeterminados por poderosos intereses globales. Por los canales existentes, parte de la izquierda puede llegar al gobierno, pero no a un gobierno de izquierda. La alternativa es la movilización, fortalecimiento y catalización de la sociedad civil con un intenso trabajo a nivel de base, que genere nuevos canales y abra nuevas grietas en la estructura del sistema dominante.

4) Diversidad y libertad. La izquierda deberá desarrollar movimientos en torno a células de nuevo tipo, autónomas, abiertas hacia la sociedad civil, de accionar transparente, sin carácter conspiratorio ni verticalidad de mando, multiconectadas por redes locales, nacionales y globales. Tal reingeniería del izquierdismo alentaría la asociación libre y deliberante a nivel de base, el debate sin precondiciones, que permitiría tanto la acción común como la disidencia, fundamentado en la más absoluta voluntariedad y pluralismo, sin lazos permanentes sino periódicos y mutantes, generando hábitos sociales flexibles, permitiendo espacios para una gama de formas de expresión y movilización y para el desarrollo de variados proyectos de vida, tanto en lo individual como en lo comunitario.

5) Cambio Cultural. Para generar cambios sociales perdurables, será necesario un cambio en las formas de convivencia y expresión. El cambio cultural pasa por atrevernos a pensar con cabeza propia, atrevernos a cuestionar lo establecido, atrevernos a vencer la autocensura para eliminar la censura, atrevernos a expresar, de todas las formas imaginables, nuestros sueños, ideales, amores, odios, temores, iras y pasiones. Pasa por dar rienda suelta a nuestra afectividad y a nuestra imaginación aprovechando todos los canales existentes de comunicación. Pasa por crear instancias de participación y expresión ciudadana, formas masivas de autocapacitación popular, redes locales, nacionales y globales de contacto propositivo que conciban y elaboren visiones de una convivencia libertaria, igualitaria, solidaria y creativa, posibilitando, así, su advenimiento.

6) La cotidianeidad como criterio de consecuencia. Ante la ausencia de disciplina impuesta, los izquierdistas deben ganar ascendiente por el convencimiento y guiar con su ejemplo. Hablar contra la discriminación y los prejuicios sólo tiene sentido si quien lo hace practica tales principios en su vida diaria. Junto con exigir transparencia en la gestión estatal, la izquierda debe hacer transparente la gestión de sus propias orgánicas; junto con protestar contra la dominación, la izquierda debe erradicarla de su propia cotidianeidad. Esta profunda y radical transformación parte de la armonía en el desarrollo personal de los individuos y en el enriquecimiento de las relaciones interpersonales. Una pregunta que crece en importancia es: ¿cómo está tu metro cuadrado?, es decir, ¿cómo se manifiestan los principios que afirmas profesar en tu relación con tu familia, tus amigos, tus vecinos, tus compañeros de ideales?

7) Las armas de la izquierda. El capitalismo tardío es un sistema de inmenso poder militar, poder corruptor y poder manipulativo; la izquierda no tiene posibilidad alguna de derrotarlo en su propio terreno. Tal como hizo la burguesía siglos antes de conquistar el poder, la izquierda debe apropiarse de las más poderosas herramientas transformadoras del presente; estas son, a mi modesto entender, el conocimiento, la ternura y la imaginación. Utilizando estas armas, los iconoclastas continuaremos nuestra difícil y onerosa carrera de relevos.

EL PODER DE LOS SUEÑOS

En un mundo donde todos los canales oficiales llaman a la resignación y venden un modelo de sociedad que, se afirma, carece de alternativa, los izquierdistas son aquellos que cuestionan tales “realismos”, los que saben que el futuro depende de la magnitud y trascendencia de los sueños de las mayorías. Y hay razones para creer que eso es así. La vida de un destacado izquierdista, Nelson Mandela, el último gran héroe del siglo XX, es un ejemplo aleccionador. Por 27 años permaneció en prisión aferrado a un gran sueño y con una demanda inmutable; el mundo terminó por escucharlo. En su último año de prisión, el Presidente de Estado de la poderosa Sudáfrica, país que controlaba sin contrapeso el juego político y militar en el Africa meridional, se vio obligado por la presión internacional a negociar con Mandela. Empero, el líder africano jamás colocó entre sus demandas su propia libertad; el tema fue más amplio: de manera casi inconcebible, un estadista y un anciano presidiario, tratando de igual a igual, decidieron el destino de su país. La lección de Mandela es tan profunda como para causar una sensación de vértigo: después de él, nadie podrá ignorar que todo -literalmente todo- es posible cuando los sueños se afirman en la justicia, en una ética absoluta y en una consecuencia inquebrantable y vitalicia.

No hay garantía alguna de que el futuro previsible presencie históricos triunfos de la izquierda; no hay, tampoco, certeza de que se cumplan los presagios apocalípticos, pero estoy totalmente seguro de que seguirán naciendo las mujeres y hombres dispuestos al sacrificio de la propia vida en defensa de los más altos principios: la libertad, la igualdad, la solidaridad, los derechos humanos y civiles, la justicia y la verdad.

Por Luis Cifuentes Seves

El autor es académico de la Universidad de Chile

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