Ideología del sacrificio

Fuente: Cuadernos de Negación N° 3
(Abril del 2010)

¡Qué locura es el amor al trabajo! Que gran habilidad escénica la del capital, que ha sabido hacer que el explotado ame la explotación, el ahorcado la cuerda y el esclavo las cadenas.
(Alfredo María Bonanno, “El placer armado»)

El capitalismo, al separar a los explotados de sus medios de vida y de producción, impuso el asalariado y generalizó el trabajo “libre” al conjunto del planeta, reduciendo así al ser humano, en todas los continentes, al rol de trabajador, en definitiva: de torturado19.

Como el capital ha hecho del trabajo la actividad más importante a la cual todo se subordina, normal y normalizadamente nuestra actividad es «lo que hacés en la vida», lo que en esta sociedad quiere decir «profesión», «trabajo», “oficio”. Nada es más coherente con ello, que todas las ideologías burguesas hagan del trabajo la esencia del ser humano, ideología que es reproducida y soportada por las centenas de millones de ciudadanos (o ciudadanizados, mejor dicho) que pierden cotidianamente su vida para «ganarse la vida». Y cuando hablamos de perder cotidianamente la vida, lo decimos en serio. Uno se levanta temprano, para cuando ha llegado la
noche está cocinando para comer, y a veces se va dormir pensando: ¿Qué he hecho hoy en todo el día para realizarme como ser humano? Y las respuestas son tristes; “nada o casi nada”, pero no hay mucho tiempo para seguir preguntándose, porque mañana hay que comenzar otra vez.

La ideología burguesa de que el trabajo dignifica, que nos hace seres humanos y nos separa de las bestias, es junto con la idea de dios, de las mentiras que parecieran ser más insostenibles, pero que más benefician a nuestros amos. No es casualidad, que las clases dominantes a lo largo del planeta y en diferentes momentos históricos, presenten como a héroe a imitar al trabajador modelo, aquel que no se queja, que se esfuerza hasta los límites de su agotamiento por “la patria” o “la empresa” (en épocas de crisis) o hasta por “la revolución” (como llegan a llamar algunos capitalistas, en el máximo de su asquerosa hipocresía, a la reactivación de una economía anti-proletaria). Desde el «Arbeit macht frei»20 de los nacional-socialistas hasta el «ganarás el pan con el sudor de tu frente» de la biblia cristiana. Desde Henry Ford a Fidel Castro. Desde el stalinismo a los sindicalistas. Desde Mao Tse-tung a Obama. La ideología dominante rinde culto a los trabajadores, mientras éstos sean solamente eso: trabajadores; una pieza más en el engranaje capitalista. Pero en cuanto comiencen a revelarse justamente contra su condición, habrá – como expresaba hace más de un siglo Louis Auguste Blanqui- de primera agua bendita, luego injurias, al fin la metralla, la miseria siempre.

Nos dicen que una persona es “digna” porque es trabajadora. Casualmente, esa es la ideología de aquellos que hacen trabajar a otros para ellos, y la de los curas y los políticos: esos parásitos que jamás han producido algo útil para el resto de los mortales.
Así, somos empujados a esta lógica que es la única que nos permite mañana volver a soportar el trabajo. Nos convencen -y luego nos convencemos- de que el trabajo hace bien, que de alguna manera es bueno para nosotros, con tal de poder tolerar esa humillación diaria que padeceremos la mayor parte de nuestra vida.

En coherencia con esto, todas las ideologías se basan en el sacrificio, en la renunciación, en la interiorización de las emociones, sentimientos, sensaciones… Al trabajo corresponde el sacrificio y a éste la religión (¡incluida la marxista leninista de Estado!) como justificación de la represión de toda manifestación de las pasiones y los placeres humanos, físicos, corporales. (Grupo Comunista Internacionalista, “Tesis de orientación programática»)

Pero si alguna “enseñanza” debería darnos el trabajo, es la de comprender las relaciones sociales mercantilizadas más burdas que padecemos, porque allí se encuentran al desnudo. Cuando vemos directamente la extracción de plus-valor, cuando somos despedidos de forma inesperada (para nosotros claro), cuando nos hacen -en definitiva- lo que quieren, de manera más brutal o solapada, seamos hombres o mujeres, blancos o negros, inmigrantes o nativos, homosexuales o heterosexuales.
Esas “enseñazas” deberían darnos lecciones importantes acerca de nuestra condición como clase, acerca de qué es lo que nos une a los demás proletarios más de lo que nos separa.

Y a partidos, sindicatos y quienes aspiran a representarnos… dicha ideología del sacrificio les viene como anillo al dedo. Defienden nuestra condición de asalariados para tener a quien “defender”; es decir, a quien representar; es decir: de quien vivir. Su función es mantenernos a raya, lograr la sumisión y la disciplina que ni el ejército y la religión pueden a veces lograr; en definitiva: canalizar y destruir nuestras luchas…

Una lucha por un aumento de salario, por ejemplo, no es en sí reformista: se transforma en reformista cuando esa lucha es codificada en términos burgueses por el sindicalismo, transformando la reivindicación en reforma; por ejemplo. Sin esta transformación, que en plena paz social siempre domina las reivindicaciones salariales, lo que plantea la lucha es un ataque a la tasa de ganancia, a la parte del producto social apropiado por la burguesía, y en ese punto se mueve en el terreno clasista de la reapropiación de la producción, independientemente de lo que piensen los protagonistas y aunque sea bajo una determinación primaria. Lo mismo con lo demás: tiempo, condiciones… (La Lumbre 21)

Es doloroso, y a la vez de alguna manera comprensible22, ver que en épocas de crisis los trabajadores defienden su fuente de trabajo… en vez de defender su fuerza de trabajo. Defender su fuerza de trabajo para que no los revienten, para que no los vuelvan locos, para que no los humillen, para que no los maten en “accidentes laborales”, para arrancarles las mejores condiciones posibles en lo inmediato y como clase.

La respuesta por lo tanto no es complicada. Al contrario, la contrarrevolución es la que complica todo, llegando a presentarnos hasta lo que necesitamos y sentimos en las tripas como algo ilógico o absurdo, y como lo más humano y natural nuestro sacrificio en el altar de la economía nacional, dando a entender que las necesidades de la burguesía son las necesidades de todos.

Los sindicatos son órganos vitales del Estado burgués para desempeñar tal función. En efecto, ellos
representan el «mundo del trabajo» al interior del capital, es decir al proletariado liquidado como clase, sectorializado; negociando, como cualquier otro individuo de la sociedad mercantil, el precio de venta de su mercancía (fuerza de trabajo), que asegure a su vez una «razonable» tasa de ganancia y que garantice la paz social. Frente a ese tipo de órganos, el proletariado lucha por organizarse fuera y contra los sindicatos que en tanto que obstáculos en la vía de la revolución comunista, deberán ser destruidos por completo.
(Grupo Comunista Internacionalista, “Tesis de orientación programática»)

Cabe agregar, que el rechazo al sindicato no es una elección a priori del enemigo. Reconocemos que, bajo ciertas circunstancias y en diversos lugares, pudo haber sido una herramienta de lucha; pero hoy por hoy, lo maneja la burguesía a su antojo. Además de no tener sentido su recuperación, ya que es obsoleto como herramienta de clase. Un sindicato se convierte en una herramienta de lucha cuando sus miembros justamente lo superan, y utilizan sólo el nombre mas no la organización sindical como debe ser. Por lo tanto, se mantiene la “etiqueta” pero es objetivamente un núcleo proletario de lucha que ha prescindido de las herramientas sindicales concebidas.
Para que se comprenda: no nos asusta la palabra sindicato, estamos contra su estructura, fines y medios. A lo largo de los años se ha usado el término sindicato como sinónimo de asociacionismo proletario o particularmente de asociacionismo entre trabajadores, ocultando así que estos puedan juntarse y luchar por sus reivindicaciones fuera (¡y hasta contra!) de la forma sindicato.

NOTAS

19 Que se diga la cantidad de veces que sea necesario: «trabajo», proviene etimológicamente del latín «trepalium» (tres palos). El tripalium era un instrumento de tortura construido con tres (tri) palos (palium) en donde se amarraba a los esclavos para azotarlos.
20 Frase que adornaba los campos de concentración del régimen nazi y significa nada mas y nada menos que “El trabajo hace libre”
21 Aporte de este grupo de la región ibérica en la discusión compañera de esta publicación.
Contacto: lalumbrexx@yahoo.com
22 Comprensible porque, como decíamos anteriormente en este mismo número, perdida toda comunidad más precisa, en este caso los trabajadores buscan lo más cercano que creen tener, y recurren equivocadamente a agruparse bajo la bandera de la empresa que los contrata. Esto sucede porque piensan que es lo más fuerte que tienen en común -o quizás lo único- con sus compañeros de trabajo.

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