Sobre fanáticos, intolerantes, dogmáticos y testarudos

Por: Alfonso Fernández Tresguerres
Fuente: http://www.nodulo.org (El Catoblepas, N° 97, Marzo 2010)

Dice Voltaire que fanaticus (fanático) era título honorífico que significaba servidor o bienhechor de un templo; y título que era, asimismo, usado por los romanos importantes. De manera que bien pudiera ser que el término provenga del latín fanum (templo), pero no se hasta qué punto resultaría descabellado pensar que derive de fatum, que significa oráculo. Es lo cierto, en cualquier caso, que comienza a utilizarse, especialmente a partir del siglo XVIII, para referirse a esa exaltación propia de quien se cree en contacto con Dios y hasta poseído por Él, lo que le hace inmune no sólo al mal, sino también al error: sus palabras son siempre la más pura, objetiva y absoluta verdad, porque habla en nombre de Dios, y hasta por boca del Señor, como oráculo suyo que es.

En este sentido, el concepto acabó por solaparse, e incluso por sustituir al de entusiasmo. Pero, para el caso, viene a ser lo mismo: tanto el entusiasmado como el fanático creen en la infalibilidad absoluta y sin fisuras de aquello que defienden, como infalible es aquél de donde lo han recibido.

Así pues, el ámbito propio del fanatismo fue inicialmente la religión, la

«locura religiosa, sombría y cruel» [Voltaire, Diccionario filosófico, Voz «Fanatismo»],

responsable de desdichas sin cuento. Guerras de religión, torturas y crímenes en la gran caza de brujas de la Europa Moderna son sólo algunos ejemplos. Los hay también de carácter más íntimo y personal, como el de Bartolomé Díaz, quien no pudiendo convencer a su hermano Juan, que profesaba la fe luterana, de que el Papa es Dios en la tierra, lo asesinó.

De hecho, y como señala también Voltaire en el mismo lugar:

«El fanatismo es a la superstición lo que el delirio es a la fiebre, lo que la rabia es a la cólera. El que tiene éxtasis, visiones, el que toma los sueños por realidades y sus imaginaciones por profecías, es una fanático novicio de grandes esperanzas, podrá pronto llegar a matar por el amor de Dios».

O de la Patria –o la supuesta Patria–, porque, aunque engendrado en la religión, el fanatismo enseguida comenzará a utilizarse para designar ese mismo entusiasmo arrebatado y feroz en el ámbito de la política. Los dos contextos (religioso y político) son, desde luego, aquéllos a los que originariamente viene referido el fanatismo (Hegel, sin ir más lejos, así lo entiende). Y ejemplos de las atrocidades del fanatismo político no faltan tampoco. Pero más que elaborar una especie de museo de los horrores a los que ha dado lugar, importa averiguar sus causas.

El fanatismo –parece bastante obvio– es inseparable de la intolerancia, o al menos conduce a ella como a una consecuencia inevitable. Quiero decir que puesto aquél, sin ninguna duda se dará ésta. No es cuestión baladí esto de la tolerancia. Conformémonos ahora, sin embargo, con decir que tolerar algo –una idea o una creencia, pongamos por caso– no significa estar de acuerdo con ello, pero sí no oponerle otra fuerza que la de la razón y los argumentos, no la que nace del insulto, la agresión, la injuria o la prohibición. Tales recursos sólo están permitidos contra la intolerancia misma. Y yo diría más: no sólo está permitido, sino que es también obligado utilizarlos. Después de todo, hasta un imbécil tiene derecho a ser todo lo imbécil que quiera. Y sin bien un deber de mínima caridad obliga a tratar de curarle, más allá del intento no hay sino que dejarle que acabe por

«despeñarse del monte de su simplicidad al profundo de su ignorancia» [Don Quijote, II, XII];

mas cuando el comportamiento de alguien (pensar puede pensar lo que le venga en gana) resulta francamente peligroso para los demás, inmoral o delictivo, dejarle campar a sus anchas equivaldría a hacerse uno mismo culpable y corresponsable del mal que provoca, porque tal actitud no sería sino una forma de complicidad.

Ahora bien, el fanatismo es, por su propia esencia, intolerante (también agresivo). Y lo es, entre otras cosas, porque con ninguna razón puede defender la fe que profesa ni combatir las otras (si pudiera hacerlo, y lo hiciera, ya no sería fanatismo). Y por eso, aunque ningún otro mecanismo encuentra para imponerse más que el recurso a la violencia o la intimidación, el fanatismo, curiosa y hasta tal vez paradójicamente, nace, en el fondo, de la debilidad. Debilidad que es preciso combatir, porque con el fanático, que es intolerante por naturaleza, no cabe tolerancia alguna.

Por otra parte, no es menos estrecha la relación del fanático con el dogmatismo. Cierto es que suele entenderse por tal una posición relativa más al conocimiento que a cosa alguna, pero no veo que exista razón de peso para limitarla sólo a él. Cualquier fanatismo, sea cual sea su radio de acción, supone mantener dogmáticamente una postura determinada, sin dejar el menor resquicio a la duda ni concederse el más leve titubeo de que acaso la verdad no caiga por entero del lado de quien mantiene tal posición, y sin permitirse, por tanto, la más insignificante crítica, pero también –y aquí el dogmatismo deviene de inmediato en fanatismo e intolerancia– sin permitirla tampoco.

Significa todo esto –o al menos así lo entiendo yo– que no es el fanatismo propiedad exclusiva de un credo religioso o político: cabe asimismo darse en cualquier aspecto de la más prosaica vida diaria; y, por supuesto, en el contexto de la ciencia o la filosofía. De hecho, ya Cicerón hablaba de filósofos supersticiosos y fanáticos. Pero no sé yo si eso es suficiente para suponer que, al menos en ese contexto (el de la filosofía), entienda el fanatismo al modo en que lo entendemos nosotros, o si, por el contrario, al asociarlo con la superstición, en lo que en verdad está pensando es en filósofos que hablan en nombre de la divinidad, es decir, entusiasmados. Y algo similar sucede con Leibniz, cuando denomina fanática a aquella filosofía que hace depender todo de Dios, por vía de milagro. De nuevo la vinculación del fanatismo con Dios hace pensar en el entusiasmo.

En cualquier caso, se puede ser fanático no sólo de una fe religiosa o política, sino también de un líder o de un maestro, porque el campo en el que puede brotar el fanatismo es, así, tan vasto como variado. Para ello sólo es menester que a una fe ciega y sin fisuras que con frecuencia no necesita asentarse en prueba o razón alguna, muchas veces porque ni siquiera las tiene, se le una la defensa absolutamente dogmática de aquello en lo que cree (lo que, al fin y al cabo, es casi una redundancia), así como una intolerancia no menos absoluta hacia cualquier crítica o posición contraria.

Por lo demás, fanatismo, intolerancia y dogmatismo, tienen asimismo en común (como no podría ser de otro modo, dado su intimo parentesco) el brotar de causas muy similares cuando no idénticas. Señalábamos antes la debilidad: cuando alguien no dispone de argumentos, rehuye toda crítica y confrontación dialéctica, limitándose a mantener su postura por vía de un dogmatismo ciego e irracional; y, de poder hacerlo, tratará de imponerla a los otros mediante cualquier procedimiento que casi nunca es el mero intento de convencer, sino la prohibición, la imposición y hasta la fuerza. Pero si ésta es una de sus causas, no es, sin embargo, la única: hay otras.

Tanto el fanatismo como la intolerancia y el dogmatismo, cuando no nacen de un interés al que sirven (lo que sucede no pocas veces) lo hacen de la ignorancia y la estupidez. Se me hace difícil detectar otras fuentes de las que manen cualquiera de esas actitudes. De lo despreciable del primer caso no hay mucho que comentar, como es poco lo que hay que decir de la necedad del segundo. Pero si un estúpido es siempre detestable, un estúpido fanático es, además, peligroso; y más si no es especie única (que casi nunca lo es). De ahí el enorme riesgo del fanatismo, la intolerancia o el dogmatismo cuando son colectivos. Porque ninguno de ellos conoce término medio alguno: las cosas son siempre blancas o negras, buenas o malas, y los individuos fieles adeptos o traidores, amigos o enemigos («Quien no está conmigo está contra mí»).

Por lo demás, el fanático (y dígase lo mismo de sus parientes) ignora la duda aunque sea a título de mero ensayo, hipótesis o suposición. Ni la sombra del más moderado escepticismo se posa sobre él ni le hace mella. Decía Kant del misticismo que

«en la significación más general es un paso emprendido, según principios, más allá de la razón humana» [KPV, I, I:III].

Mas, ¿por qué no pensar que se refiere, asimismo, al fanatismo? ¿No es acaso el misticismo una forma de fanatismo, y no ya en el sentido de entusiasmo, sino en el de fanatismo sin más, el de aquél que cree hallarse en posesión absoluta de una verdad, sea ésta del tipo que sea? En efecto, el fanático se sitúa siempre más allá de la razón: pensar ni por un solo instante que ésta tiene unos límites, que hay verdades parciales y falsedades que parecen verdades, es algo que no tiene cabida en su magín: al él le basta con una fe que se asienta sobre una creencia que no necesita de apoyatura alguna ni de ninguna prueba o fundamentación: es el puro creer en su estado más bruto y alienante.

Me parece, finalmente (y no es esto lo menos importante), que casi siempre el fanático lo es (también el intolerante o el dogmático) por cuenta ajena: con frecuencia el credo que defiende de una manera acrítica, intolerante y dogmática no es el suyo, sino el que le viene dado por otro. Hablando en general, creo que se es fanático no tanto de las ideas propias (si es que se tiene alguna) como de las ajenas.

Respecto a las ocurrencias de uno mismo o a lo que cree saber, es muy probable que la gente no pase de obstinada o testaruda, aunque se trate de una obstinación o una testarudez rayanas con las más absoluta estupidez, cuando cerrada a cualquier clase de argumentación (y hasta de demostración) persiste en la defensa a ultranza de una determinada posición por errada que sea. Es el obstinado un individuo que parece pensar que reconocer un error o una ignorancia es una vergüenza que le desacredita, al tiempo que (a saber por qué) coloca al otro en una posición de extrema superioridad. Se trata casi siempre de un sujeto de no muy amplios conocimientos y del que la inteligencia ha sido avara con extremo rigor; un sujeto que diríase creer que las cosas que hay que saber no son más que cuatro, y, en consecuencia, de ningún modo está dispuesto a reconocer que ignora tres. Únicamente cuando uno advierte que por mucho que se sepa es más aún lo que se ignora, no tiene el menor inconveniente en confesar lo que desconoce o en reconocer su error cuando alguien le ha colocado la verdad delante de las narices. No es inteligente ni entendido el que de todo cree entender, sino el que conoce (y reconoce), sin que le provoque trauma alguno, los límites de su saber y entender y (llegado el caso) los de sus entendederas.

Pero es importante distinguir entre la obstinación y la firmeza, la testarudez y la tenacidad. Y lo es porque no es extraño que al tenaz se le califique, para desestimarle, de testarudo. Pero la diferencia entre ambos es sustancial: testarudo es quien permanece enrocado en su posición, negándose a contrastarla con cualquier otra y a admitir, siquiera como mera posibilidad, que pueda hallarse en ella alguna fisura. Y creo que esto es suficiente para calificar a alguien de obstinado, aun en el supuesto de que, por mera casualidad, aquello en lo que se obstina sea cierto. Pero casi siempre, por el contrario, la obstinación lo es de algo erróneo que de ninguna otra forma puede ser defendido más que mediante la obstinación misma. Y por eso creo que no exageramos si hacemos de ella una frecuente aliada del error. La tenacidad, en cambio, es otra cosa: es mantenerse firme en la defensa de lo acertado o lo correcto por más que un coro de voces clame contra él; o en la defensa de lo que considera correcto o acertado siempre que ninguna evidencia en contra le obligue a abandonar su postura. La tenacidad es una virtud; la obstinación una simple necedad. Y a propósito de esto, repárese en lo curioso que resulta que nuestra lengua uno de los significados de necio es, precisamente, terco. Y añadiré que en el lenguaje coloquial de los asturianos ésa (terco) es prácticamente su única significación, no como sucede en el resto de España (al menos en lo que yo he tenido ocasión de comprobar), donde se opta por la de ignorante o estúpido, con olvido de la de testarudo u obstinado. A tal punto que el calificar de necio a alguien que no sea de estás tierras, y hacerlo con la simple intención de llamarle cordial y hasta cariñosamente testarudo, me ha costado más de un mal entendido. Es como si en nuestra lengua (y en Asturias muy especialmente) se diese por supuesto un razonamiento muy simple: todo necio (en el sentido de testarudo) es un necio (en el sentido de estúpido). En consecuencia, con llamar a alguien necio están dichas las dos cosas de una vez, sin que haga falta mayor demostración mediante silogismo alguno.

La obstinación, en efecto, es simple necedad (quiero decir estupidez). Ya Montaigne observaba que la testarudez y ese afán desmedido de persistir en el propio punto de vista, sin atender a razones, es propio de espíritus bajos.

Pero, con todo, a favor del obstinado hay que decir, a fin de cuentas, que raramente la necedad y el dogmatismo que le son inherentes le conducen a dar el paso a la intolerancia y al fanatismo. El testarudo se encierra en su castillo y le trae sin cuidado el exterior, del que no se preocupa en absoluto, cerradas, como están, sus puertas y ventanas; y menos aún se propondrá imponer su credo o prohibir los otros: diga cada cual lo que quiera, que él se entiende y sabe lo que quiere decir.

Pero no: el fanatismo lo es más de credos ajenos que propios (seguramente porque un individuo de tales características es a menudo incapaz de credo propio alguno). El fanático es un nuevo san Pablo que cae deslumbrado ante la doctrina que le venden como la quintaesencia del bien o la verdad. Y por eso, incapaz del menor alarde crítico o racional, cae rendido a los pies de quien le ha subyugado, dispuesto, si llegará el caso, a morir o matar por él. Y quizás en el fondo la razón de ser última de tal actitud, de ese aferrarse ciegamente a un credo que para él ha sido una suerte de revelación, sea eludir el desarraigo y la insignificancia de los que se sabe víctima, sintiéndose participe de una empresa común que le hace creerse sabio o bueno, pero miembro también de una selecta comunidad de buenos o de santos.

Hume, vincula el fanatismo con la superstición, cierto es que para diferenciarlos, pero considerando que en ambos casos se trata de dos especies de falsa religión, lo que obliga a concluir que tampoco en él (como sucede con Leibniz) el fanatismo se ha desligado del ámbito de la religiosidad. Mas, como quiera que sea, apunta algunos rasgos de gran interés respecto al fanatismo sin más (con independencia de que sea religioso, político o de cualquier otra clase):

«La esperanza –escribe–, el orgullo, la presunción y una imaginación calenturienta son, junto con la ignorancia, las verdaderas fuentes del fanatismo» [«De la superstición y el fanatismo»].

Si la esperanza, el orgullo y el temor los entendemos referidos a lo que acabamos de decir, a saber: al confiar en formar parte de una elite privilegiada en saber o bondad, muestro mi total conformidad con él: todos ellos son elementos del interés al que yo me refería antes como uno de los orígenes del fanatismo. La otra fuente es, en efecto, la ignorancia. Y yo me atrevería a decir incluso que ella es la principal. Lo de la imaginación, o no, lo pongo en duda, porque el fanático, que anda escaso de inteligencia, no abunda tampoco en imaginación. Es más: del credo que profesa sospecho que apenas conoce media docena de principios y medio entiende tres. Pero eso sí, se agarra a ellos como a un clavo ardiendo por más puñaladas argumentativas que le den, y, llegado el caso, el mismo sería capaz de propinarlas, pero de las otras: los puñales que nacen de la razón los maneja mal, y más le sirven para cortarse que para cortar. Y no es lo menos triste del asunto que, al cabo, tanto su fanatismo como la intolerancia a la que conduce, al igual que él mismo, no pasan de ser un mero instrumento que aquél que le mangonea. Como acertadamente señala una vez más a Voltaire:

«Casi siempre –escribe en el lugar ya referido– los bribones guían a los fanáticos y ponen el puñal en sus manos: se parecen al viejo de la montaña, que hacía, según se dice, gozar las alegrías del paraíso a los imbéciles y les prometía una eternidad de placeres, del que les había hecho concebir la fruición anticipada, con la condición de que asesinaran a las personas que él nombraría».

© 2010 http://www.nodulo.org

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