Filosofía del ateísmo

Por: Felipe Lee
Fuente: http://www.revistaespiral.org (Espiral N° 26, Dic.-Enero 2010)

Preámbulo

El texto que a continuación se presenta no pretende demostrar que Dios no existe o que la religión es producto de una mentalidad alienada. Tampoco busca defender a la religión haciendo la lista de sus bondades o, indirectamente, mostrando la insensatez del ateísmo. Pretende, en cambio, captar la complejidad de los lazos que mantienen al ateísmo frente a la religión, así como el papel que ha jugado (el ateísmo) en la historia de la filosofía.

La visión religiosa, su descomposición.

La mayoría de la gente en México practica alguna forma de cristianismo. Los indiferentes forman la siguiente mayoría. No son ateos, dicen creer en un poder superior, pero no participan en rituales o cultos, su vida transcurre de manera laica-burguesa, al menos hasta poco antes de morir, momento en el que su fe en la tecnología no compite con la fe en lo numinoso, los indiferentes muestran por su mera existencia, que la fuente de las energías religiosas está exhausta . Todavía menos que los indiferentes son los ateos. Su número no guarda proporción con su peso histórico. Usando un término de la agonística, se podría decir que la presencia del ateísmo significa que la religión está tocada. En efecto, la secularización es un proceso en marcha. Las ciudades, disponer de alta tecnología, la vida en torno al capital, no son ambientes propicios para la vía religiosa. La visión científica del universo y de la conducta de los humanos ha profanado los antiguos dominios de la religión. La psicología desmitifica la personalidad del santo, cuanto más la del creyente. El misterio de la vivencia religiosa ha sido develado, tal es la sensación que se expande. La religión se reduce a una proyección emanada de una mente infantil . El crecimiento del poder del ser humano ha sido a costa de la visión religiosa del mundo. La otra, la visión técnica y racional, ha ido reemplazándola. Si a esto se agrega la decadencia misma de las instituciones religiosas, la devastación que ellas mismas hacen de las propias fuentes de su poder, cuando tratan, por ejemplo, de dar definiciones racionales del concepto de milagro (“suspensión de las leyes naturales”) o cuando tratan de ponerse al día con terminología científica, la propia tecnificación del concepto de Dios como causa primera, todo esto indica que ya corren a la zaga de una racionalidad que no les favorece. Culpar a los ateos por la caída de la religión, sería tanto como culpar a los narcóticos por la aparición de los adictos. Sin ánimo de restarle heroísmo prometeico a las batallas por el ateísmo, es justo decir que éste, el ateísmo, no es un extranjero, un bárbaro que ha llegado de fuera a destruir el orden religioso. El ateísmo es lo que sucede cuando una religión ya no satisface las necesidades de la humanidad. Del politeísmo al monoteísmo y, por fin, al ateísmo: tal ha sido la historia, una ruta tan irreversible como enigmática . En el proceso, los argumentos que usó la Iglesia contra los paganos, se volvieron argumentos contra el cristianismo. La crítica a los dioses fue corregida y aumentada en la crítica al Dios.

Ser ateo es una insensatez, dicen los viejos sabios y otros, no tan viejos, ni tan sabios. Quizá tengan razón, pero si ya está aquí (el ateísmo) hay que ver qué significa su presencia. Lo que el viejo sabio no sabe es que ya todos son pro-ateos, puesto que la religión les parece un medio, algo conveniente para la moral y el orden social: “¿Qué es, pues, la religión?…es una moral aplicada al conocimiento de Dios… no se puede ser agradable al ser Supremo más que convirtiéndose en un hombre mejor.” “Cuando la religión no procede de la conciencia moral, queda sin efecto. La religión sin la conciencia moral es un culto supersticioso.” La reducción de la religión a la moral despoja a aquella de su dimensión cognoscitiva y estética, la prepara a su universalización formal, la convierte en un medio de control social; en otras palabras, la reducción de la religión a la moral no beneficia a la primera, sino a la segunda.

Mientras tanto, si la religión se ha vuelto vieja, el ateísmo ideológico y beligerante se ha vuelto también caduco. Quizá los filósofos han entendido que la ausencia de Dios no se demuestra, se vive. Sin duda, es posible pronunciar un manifiesto ateo combativo, se puede hacer, pero su presencia tendrá otro valor. Es como si alguien se dijera socialista sin ser Saramago.

Religare/relegere

Para variar, no hay acuerdo aún sobre la etimología de la palabra religión. Unos la derivan de religare, latín para volver a atar; otros, de relegere, volver a leer, revisar con cuidado las fórmulas del ritual . La primera etimología es la preferida del cristianismo; la segunda es usada por autores que sospechan de la filología cristiana . Para los fines de este artículo, no es necesario entrar en la controversia. Es más, ambas versiones presentan una curiosa afinidad, pues tanto el cuidado como la reconexión, o, mejor, la reconexión por el cuidado parecen resumir una sabiduría antigua: la energía humana, poderosa, debe ser conducida hacia una exteriorización adecuada que la mantenga en equilibrio.

He aquí una advertencia para el pensador ateo. Hay algo que aún le puede enseñar la religión. La otra parte, la religación de la energía humana, la filosofía da muchas cosas, menos esa. El ateo libera la energía humana, ¿la puede volver a religar? Esas manos nuevamente libres, ¿hallarán algo que cuidar? ¿Qué viene después de la batalla?

Por otra parte, esta insuficiencia del ateísmo hay que cuidarla, cuidarla de los doctrinarios, los apologistas que podrían ver en ella un recurso para reanimar los restos de un monoteísmo nunca suficientemente aceptado. Cuidarla, también, de los ateos que ya se olvidaron que lo son, que han dejado de orar por la salvación de su incredulidad. El ateísmo tiene que estar rescatándose recurrentemente a sí mismo, de sí mismo.

Decir que es insuficiente no significa que esté errado. Tampoco que deba ser combatido como un mal. El ateísmo es un paso necesario, pues nada se puede construir, si antes no se despeja el terreno. No es un fin en sí mismo, sino el paso previo hacia algo que aún no se ha definido. No es una forma de vivir, es la búsqueda de una nueva arquitectura para la divinidad, más favorable al equilibrio de la energía humana.

El futuro del ateísmo es el futuro de la filosofía.

Se sabe que en las religiones antiguas existían rituales de iniciación. Los elegidos eran sometidos a diversas pruebas, cada una los acercaba más a los misterios de la divinidad. Cuando surge la filosofía en ese mundo, tiene que competir por un lugar en medio de los alucinantes cultos antiguos. Finalmente, la filosofía triunfó como culto, pero fue una victoria paradójica, la filosofía triunfó como culto al revés, se erigió como el anti-culto, cuyas anti-iniciaciones conducían al des-graciado hacia el misterio de la no-divinidad. El filósofo se constituyó en el anti-sacerdote del presentimiento de que el dios ya no estaba ahí. Desde entonces, el ateísmo ha sido una especie de iniciación en la experiencia filosófica. No se puede llegar a la filosofía sin haber pasado por ese trance. Lyotard: la filosofía aparece cuando los cielos callan.

El futuro del ateísmo es el futuro de la filosofía. La resistencia atea de la filosofía es lo que impide que ésta se convierta en apología, en teología o en otra cosa, es lo que permite a la especulación hacer sus piruetas sobre el vasto escenario del pensamiento, es lo que hace que la filosofía pueda comenzar siempre de nuevo. Aunque el filósofo no sea un ateo militante, siempre pone a Dios entre paréntesis, como lo hacía Husserl . Dios es una idea muy grande, llenaría la cabeza del filósofo, no quedaría cancha para otros juegos. El ateísmo no es el fin de la filosofía, sino el anti-viático del filosofar, lo que los escépticos llamaban epojé: despejar la mente para el trabajo filosófico. La filosofía es la anti-religión que sacrifica a la divinidad en nombre de la inquietud. El ateísmo no es, pues, algo que adviene a la filosofía, no es el nombre de una postura, corriente o doctrina: es el trasfondo contra el cual aparecen todas las ideas filosóficas, es, también, el evento originario que desata la historia de la filosofía, es su big bang, la nada que nada llena, el vacío gracias al cual todo concepto, empezando por Dios, es relativizado. El ateísmo no está, por lo tanto, ubicado en uno u otro pensador, tampoco es una doctrina filosófica entre muchas otras: es una condición del filosofar. Un filósofo como Heidegger , para quien el ateísmo forma parte, junto con la onto-teología, de una metafísica nihilista, incluso él admite que para pensar es necesario ir más allá del concepto de Dios. El ateísmo queda como uno de los estratos en la mente del filósofo. No se va, aunque el filósofo se vuelva sereno hacia la religión.

La luna y la tierra: en relación, unidas, pero, a la vez, distintas y distantes. La misma fuerza que las mantiene una frente a la otra, es la fuerza que impide que se precipiten la una hacia la otra. Filosofía y religión recorren la historia como luna y tierra viajan por el espacio. Esto implica que cualquier reducción de la tensión religión-filosofía, produciría una mutación, renacerían sectas filosóficas semi-religiosas, como la pitagórica, quizá surgirían nuevas formas culturales, cuyo aspecto es difícil prever. Por lo pronto, se trata de vivir esa tensión, de agotar sus posibilidades.

En cuanto a los pensadores religiosos, precisamente qué es lo que hace que no pasen de ser eso, sin ningún privilegio, ningún secreto. Puede ser un pensador atormentado por el asalto de la razón, como en Kierkegaard, lo cual prueba el impulso ateo de la filosofía, impulso que pone a temblar al pensador. Puede ser alguien en busca de otra manera de hablar de Dios. La única manera de pensar en Dios es abriendo nuevos juegos del lenguaje, para lo cual se requiere cierta distancia con respecto a Dios. Puede ser, en fin, un simple apologista, o uno de esos filósofos que se detienen ante la prueba, que no permiten que la filosofía, la locura, se los coma. La divinidad es su garantía de que permanecerán racionales. Hay otras experiencias de filósofos creyentes, lo que los hace atractivos es su pathos agónico, la lucha que hay en su alma entre el desvanecimiento de Dios y su amor a Dios. La misma expresión “pensador religioso” no sería inteligible sin el trasfondo de todo un proceso de secularización. Un filósofo cristiano es alguien que cree que la filosofía es un medio para acercarse a Dios. Lamentable malentendido. No se ha dado cuenta que terminará sacrificando a Dios en el altar de la Razón. Dios es un monstruo, la razón buscó salvarse de la razón creando la idea de dios, lo supremo absurdo, la idea de algo tan absurdo y amado que revelara por eso mismo el carácter instrumental de la razón. Pero la razón, guiada por el principio de identidad, ha terminado por consumir su propia otredad.

Ateísmo como política emancipatoria.

El número de creyentes es mayor que el de ateos; las fuerzas históricas, sin embargo, están a favor del ateísmo. La razón instintivamente se pone del lado del movimiento que contiene la promesa de libertad, si se considera la frase de Hegel: “El fin de la historia es la libertad.” El ateísmo tiene razón. Es un consentido de la historia. De ahí que cualquier gobierno que no ha alcanzado la forma del estado laico sea visto como atrasado y “anti-democrático”. Frente a la razón religiosa, es improbable que el ateísmo esté equivocado. Aquellos que lo combaten, se echan ellos mismos la soga al cuello, puesto que si aceptan el trabajo de la historia, le están dando, involuntariamente, la razón. No se trata de una competencia a ver quién tiene los mejores argumentos. No es cuestión de argumentos. El ateísmo por ser el movimiento histórico con la semilla del futuro, por ser una expresión más pura de la racionalidad alcanzada, siempre parece que tiene razón frente a los apologistas del Dios. En una discusión, el ateo tiene más razón histórica a su favor. El apologista parece más retrasado, engañado, más doctrinario, menos libre.

Un Estado mide su progreso por el aumento de su capacidad para reducir la vida de los ciudadanos a su mera funcionalidad instrumental; el ateísmo, por su parte, lo mide por la reducción de la autoridad a su mínima funcionalidad instrumental. El ateísmo moderno es uno de los aspectos de las guerras de emancipación. La cabeza de Dios rodó junto con la cabeza de los reyes y la de toda autoridad justificada por derecho divino. El ateísmo sigue teniendo valor emancipatorio. Cuestionar a la autoridad forma parte de la acción atea. El ateo no es tan sumiso, está menos dispuesto a la obediencia que el ciudadano piadoso. La política libertaria y el ateísmo se entrecruzan. La crítica a la idolatría a secas, se convierte en la crítica a la idolatría del Estado. Hasta qué punto la religión actúa como un poder político mundano lo muestra este carácter de transgresión que acompaña, todavía hoy, a cada declaración de ateísmo. La Iglesia ha tenido que sustituir la fe en lo numinoso, que la ha abandonado, por la “fe ciega” en la eficacia de la propaganda y las estrategias políticas. Entra, así, al terreno en el que ya le aguarda la mente atea.

La religión es el pasado, el ateísmo el futuro, mientras el presente resulta sacrificado. Dicen que existe una religión en China, muy antigua, muy extaraña. Una religión que enseña a vivir el presente, una religión en la que, dicen, los dioses no son tan importantes, una religión que no impone ninguna moral a sus adeptos; los cuales, sin embargo, viven honestamente, sin jueces, ni castigos, ni recompensas. Esta religión no pretende ser la verdadera, ni busca convencer a todo el mundo de ello, los fieles están en paz consigo mismos y con los demás. Lo único que se adora es un sentimiento: el entusiasmo.

Bibliografía

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Ver Nietzsche, Friedrich, Más allá del bien y del mal, Madrid, ed. Alianza, 1972, p. 88-90 (af. 58)

Freud, Sigmund, El malestar en la cultura, México, ed. Alianza, 1970, p. 16

Deleuze, Gilles, y Guattari, Félix, ¿Qué es la filosofía?, Barcelona, ed. Anagrama, 1991, p. 93

Jung, C. G., Psicología y religión, México, ed. Paidós, 1990, p. 138 (Jung conoce el proceso, pero no le parece correcto)

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Por ejemplo, Jung, C.G., prólogo al I Ching, versión de Richard Wilhelm, México, ed. Hermes, 1983, p. 29. También Orfeo. Historia general de las religiones, México, ed. Cia. General de Ediciones, 1980, p. 2

Lyotard, Jean François, Por qué filosofar. Cuatro conferencias, Barcelona, ed. Paidós, 1964, p. 22 (Sobre la palabra filosófica)

Husserl, Edmund, Ideas, México, ed. FCE, 1913 , p. 133-135

Véase, por ejemplo, Heidegger, Martin, Carta sobre el humanismo, Madrid, ed. Alianza, 200, p. 21-22 (versión de internet)
También, del mismo autor, Identity and Difference, New York, ed. Harper & Row, 1969, p. 54-55

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