La prostitucion una vieja actividad humana

Por: Benito Gómez Moreno
Fuente: http://www.kaosenlared.net (15.11.09)

Conocida la prostitucion regulada, y no regulada de los Reyes Católicos a nuestros días, no consta en ninguna referencia que se hubiera echo el amor en plena vía publica como en la Barcelona del siglo XXI. Sinónimo del deterioro social aberrante de los últimos tiempos.

Después de la toma de Málaga, en 1487 (Transcripción ) , los reyes Católicos dieron en propiedad a un empleado de palacio, llamado Alonso Yánez Fajardo, las mancebías de Sevilla y Málaga, Loja, Ronda, Alhama y Marbella. Dicho servidor, tan ventajosamente remunerado, pues además de las casas públicas establecidas en las mentadas poblaciones, se le agregaron luego las de Vélez-Málaga, Almería, Almuñécar, Guadix, Baza y Granada, recibió, por otra parte, autorización para fundar casas públicas de libertinaje en otros puntos del reino, sin que ninguna autoridad pudiera impedirle este singular privilegio, ni ponerle obstáculo al ejercicio de sus derechos. Las mujeres establecidas en dichas casas se hallaban obligadas a pagar a Alonso Yánez el arrendamiento y otros tributos, como se practicaba en Sevilla después del Real decreto de Salamanca de 4 de noviembre de 1486.

Todas las villas de Andalucía de alguna importancia se hallaban, por consiguiente, con casas de prostitución autorizadas y vigiladas. No tardó en extenderse tan vergonzoso tráfico a las principales ciudades del mediodía y a las del litoral del Mediterráneo, desde Barcelona hasta Cádiz, salvándose de la irrupción el norte de España, en particular las provincias vascas, cuyas costumbres han sido, por largo tiempo, refractarias a la prostitución pública.

La importancia que este azote adquiriera en aquellos tiempos, puede juzgarse por una casa establecida en la calle de las Doce Revueltas (Málaga) (2) , después de la concesión hecha a Yánez Fajardo, en la cual se albergaban cien prostitutas. Esta casa se conservó hasta fines del siglo pasado, sobre cuyo terreno emplazose un hospital.

A principios del siglo XVI se expidió en Toledo una Orden que mandaba refundir en un solo volumen todas las Ordenanzas de Sevilla. Este trabajo fue impreso en 1527, en un volumen en folio, y constaba de 37 capítulos. Entre estos había uno dedicado a las mujeres barraganas y deshonestas, lo cual indica que en todas épocas se ha perseguido la prostitución clandestina. He aquí algunas disposiciones referentes a la misma:

“Todas las concubinas en general, y en particular las de los eclesiásticos y las mujeres de costumbres sospechosas o escandalosa, no podrán llevar vestidos largos, ni velos, ni prenda alguna que las asemeje a las mujeres honestas. La misma prohibición alcanza a las mujeres públicas que corren el mundo.”

Estas medidas, reproducidas sucesivamente con algunas modificaciones, pertenecen a una legislación muy antigua. El Código de Alfonso el Sabio prescribe ya, para las mujeres de mala vida, el uso de un adorno color de azafrán en el cabello, como una marca degradante de su profesión. Mas reconociéndose aun, como insuficiente, este signo, se ordenó que llevaran en la cabeza un penacho brillante, bajo pena de confiscación de sus vestidos y de una multa de 50 maravedís. Estaba prohibido asimismo, a las mujeres mundanas, bajo la misma pena, el llevar adornos de oro, perlas, vestido de seda y ataviarse al igual que las damas de elevada clase.

Como se ve, ofrecía en aquellos tiempos la prostitución un aspecto distinto del de ahora. Las penas eran, en verdad, muy rigurosas, pero en cambio no reinaba el desbarajuste que, por desgracia, hemos presenciado en época reciente. Por otra parte, no era permitida lo que podríamos llamar la esclavitud de los blancos, ese tráfico inmundo ejercido por las alcahuetas con las infelices mujeres, que so pretexto de que las ganancias de éstas no equivalen a sus gastos, las tienen uncidas al carro de la prostitución. Este agiotaje ha prevalecido en todos tiempos; pero los gobiernos antiguos vigilaban constantemente a esos especuladores, según se deduce de la siguiente relación del Dr. D. J. M. Guardia: “El padre de la mancebía (3) antes de abrir un establecimiento debía convenirse con la Municipalidad, y si ésta le consideraba hombre conveniente para el negocio, le confiaba el cargo solicitado, después de haber estipulado algunas condiciones, a las que el padre debía someterse. Este contrato le hacía responsable, de suerte que la ley podía ejercer sobre él una vigilancia continua e inmediata. El padre recibía de cada prostituta un real de plata diario por el alquiler, cama y muebles (4).

La creciente avaricia de estos industriales hizo que olvidaran bien pronto todo contrato, ejerciendo sobre las pupilas una autoridad despótica, cometiendo con ellas toda suerte de exacciones y malos tratos. No tardó la autoridad en tomar cartas en este asunto, a cuyo efecto, para asegurar la independencia de las mujeres públicas, el Consejo municipal de Granada dictó las siguientes disposiciones:

Cada prostituta de la mancebía debe tener un cuarto cerrado con llave, con una cama compuesta de dos bancos y una tela (catre), un jergón, un colchón de lana, dos sábanas, un cubrecama y una almohada, una cortina para la alcoba, una silla y una vela de sebo de 2 maravedís cada noche. Las sábanas y las almohadas deberán cambiarse cada ocho días. Las infracciones serán castigadas con una multa de 2.000 maravedís. Ésta será doble, en caso de recidiva, y además cien latigazos, con pérdida del oficio.

Esto por lo que respecta a la habitación; tocante al régimen, cada prostituta recibía:

Una libra de carne, mitad carnero y mitad buey o tocino y un cuartillo de vino en cada comida; un plato de verduras, tal como nabos o berenjenas, según la estación, en cantidad suficiente, pan y postres. Para la cena, ensalada con rabanitos, o cardos en su defecto. Todo esto dispuesto y ajustado por el precio de 25 maravedís diarios. En caso de infracción se impondrá al padre una multa de 2.000 maravedís y 4.000 en caso de recidiva.

Las mujeres tendrán, por otra parte, la libertad de hacerse traer de fuera los manjares o carnes que ellas quisieran. Si el padre de la mancebía se encarga de llevarlas lo que ellas le digan y guisar, no podrá contar por su trabajo más que la quinta parte del precio de coste.

Los días de vigilia, cada mujer recibirá 6 maravedís de pescado o de huevos, postre y ensalada, y un plato de verduras, según la estación.

Queda absolutamente prohibido al dueño o dueña de la casa vender a las prostitutas vestidos de lana u otra tela, ni prestarles más allá de 5 reales. La prostituta no puede obligarse a devolver una suma mayor, a menos que se compruebe por dos testigos, el que dicha suma había sido prestada para subvenir a los gastos de una enfermedad.

El criado encargado de abrir y cerrar las puertas de la casa debe ser pagado por los dueños, nunca por las pupilas, como venía practicándose por el abuso.”

Felipe II acogió estas disposiciones y las puso en vigor, extendiéndolas al reino de Castilla, con algunas modificaciones, una de las cuales consistía en la imposición de la multa de 1.000 maravedís por la primera vez y 2.000 con latigazos y destierro, en caso de recidiva, al dueño que prestase dinero a las prostitutas, único medio de que no comerciaran los padres de las mancebías con la libertad de estas mujeres, que por medio de empréstito tras empréstito, se ven obligadas, aun cuando cambie alguna vez su modo de pensar, a seguir pisando el cieno del escándalo.

La prostitución, aunque restringida, había llegado a alcanzar dentro de su propia esfera, a mediados del siglo XVI, una época relativamente de prosperidad. La higiene se hallaba bien servida; practicábanse registros semanales; los médicos higienistas eran retribuidos de fondos de la municipalidad; las penas impuestas a la mujer que, afectada de venéreo, continuaba ejerciendo el tráfico sexual, eran severísimas y su ejecución rigurosa: la primera infracción era castigada con una multa de 500 maravedís; en caso de recidiva 1.000 maravedís y 30 días de prisión; a la tercera vez se añadía a esta pena el destierro por un año.

La prosperidad misma que alcanzaran las mancebías, contribuyó en gran parte a su ruina. El lujo de las mujeres públicas, la mayor parte de las cuales arrastraban un gran tren, era inmoderado y contagioso. Esto fue motivo de las nuevas leyes de Felipe II y de Felipe III (18 de febrero de 1575 y 3 de enero de 1611), promulgadas expresamente para las mujeres públicas y demás personas que vivían en concubinaje.

El texto de las pragmáticas de los citados reyes, destinadas a reprimir el excesivo lujo y los escándalos de tanto libertinaje en las grandes villas, demuestran claramente que el oficio de prostituta era asaz lucrativo. La coquetería, el gusto en los adornos, el amor al lujo, propio de las mujeres jóvenes, era, como es natural, un ejemplo contagioso que proporcionaba cada día nuevo pasto a la prostitución. No tardó esta peste en comunicarse desde las ciudades a las villas, de tal manera, que, a principios del siglo XVII se veían infinidad de rameras ir y venir de un punto a otro ejerciendo su oficio

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