Las carcajadas de Marx.

Por: Josepg Maynou
Fuente: http://www.josepgmayou.blogspot.com (07.11.09)

La economía estadounidense creció un 3,5% en el período entre julio y septiembre, pero el índice de desempleo alcanzó el 10,2% en octubre. Un total de 5,6 millones de personas se encuentran en situación de desempleo de larga duración.

Capital y Trabajo, los eternos antagonistas durante siglos, estuvieron enzarzados en una batalla desigual. Venció el Capital que terminó doblegando a la única fuente de toda riqueza: el trabajo humano.

Durante este largo periodo, el Capital juntó a miles de artesanos en sus manufacturas, organizó auténticos ejércitos de trabajadores en sus emporiums industriales, convirtió a los campesinos en jornaleros, a las tribus más alejadas en mano de obra barata y a los maestros, ingenieros, médicos, investigadores y profesionales de cualquier rama en funcionarios a soldada… y así hizo posible su propia reproducción. Nada escapó a su avasallamiento. El trabajo asalariado mató los sueños y destruyó las ilusiones de la sociedad humana que creyó en un futuro de bienestar tras las enormes posibilidades de progreso que se entreveían tras las primeras revoluciones industriales del siglo XIX. La Revolución Industrial, la producción en cadena, la robotización y automatización de la producción, la taylorización o el stajonivismo socialista, sirvieron no para convertir un crecimiento productivo anteriormente nunca visto en progreso social sino para que el Capital lograra su auténtica finalidad: su beneficio privado. Fue el circuito ideal y al parecer inagotable de su propia reproducción. Antagonistas pero a su vez complementarios, Capital y trabajo coexistieron en contínua guerra. Para el Capital su buena salud se medía por el crecimiento del asalariado que era sinónimo del aumento de los beneficios. Para el trabajador la venta de su fuerza de trabajo era la medida de su única posibilidad de existencia.

La lucha entre clases y entre naciones, las guerras y las revoluciones fallidas durante todo este proceso de acumulación no cambiaron en nada el devenir de un modo de producción que alcanzó su zénit al lograr trastocar por completo todos los órdenes naturales de la actividad transformadora humana: Todo se compra y todo se vende. Nada existe ni puede existir si no puede ser comprado a vendido. La ley de la apropiación privada y la ley del Valor que subyacen de este nuevo orden conllevan también la legalización de otras leyes de violencia, pillaje, barbarie y desastre medioambiental inseparables.

Pero llegado el Capital a los Cielos, empezó su caída a los Infiernos. Sus aduladores nunca se percataron que no hay cielo sin infierno. Y aquí se terminó la greña.

En el devenir del desarrollo social, fruto de la capacidad transformadora de la sociedad apareció un tercer elemento en la discordia, un elemento que ha hecho añicos el eterno antagonismo y complementariedad entre el Capital y el trabajo: la Revolución tecnológica en el sentido más elevado de la Ciencia. Y esta revolución ha impregnado en toda su extensión la dirección de los cambios de las relaciones sociales, tanto en la economía como en los aspectos sociales políticos, como en cualquier acontecer de la actividad humana.

El desarrollo de las fuerzas productivas ha ido exigiendo la continua sustitución del trabajo humano por nuevas herramientas y máquinas accionadas por automatismos mucho más eficaces. Todo el saber humano se ha ido incorporando a estos automatismos multiplicando hasta límites insospechados las antiguas fuerzas que labraron la tierra, crearon templos y pirámides, catedrales y utensilios manufacturados.

La fuerza de trabajo del hombre ha sido sustituida por otra fuerza que representa la forma más evolucionada del pensamiento humano: la del conocimiento científico. El cambio es irreversible a pesar de todos los lloriqueos de las fuerzas conservacionistas y reaccionarias.

Y aquí se terminó la greña. Por un lado el Capital en ausencia del trabajo asalariado agota el camino de su propia reproducción. Por otro el trabajo científico escapa de la consideración de simple mercancía de cambio, no es consumido en el acto productivo (como otra cualquier mercancía), es continuamente generalizable y aumentable, y es cada vez más irreconciliable con el carácter privado del Capital. El secretismo y la privacidad son apuestos al desarrollo científico y a su carácter plenamente social.

En este punto, las fuerzas del Capital y del trabajo, antes en discordia, paradójicamente se auñan para alargar la agonía del trabajo asalariado, del cadáver pestilente que enriquece al propietario y da de comer a los que carecen de toda propiedad. Para alargar la agonía del trabajo bíblico que ha mantenido a los hombres esclavizados, serviles y explotados en largas jornadas de trabajo, agotadoras y humillantes. Claman por el trabajo que rinde beneficios al Capital.

Pero sus voces caerán en saco roto. La sociedad humana ya clama por otro tipo de trabajo creador, fuente de vida y de progreso. El trabajo asalariado sucumbió en el eterno ciclo de la vida, tal y como ocurrió con el trabajo esclavista o servil.

En 1858, Marx lo anticipó: …”Por un lado, el Capital, despierta a la vida todos los poderes de la Ciencia y de la Naturaleza, así como de la cooperación y del intercambio social, para hacer que la creación de la riqueza sea relativamente independiente del tiempo de trabajo empleado en ella. Por otro se propone medir con el tiempo de trabajo esas gigantescas fuerzas sociales creadas de esta suerte y reducirlas a los límites requeridos para que el valor ya creado se conserve como valor”.

A los pretendidos salvadores de la sociedad de la mercancía y del dinero les sugeriría un paseo por Highgate Cemetery de Londres. Si escuchan con atención probablemente oirán… ¡las carcajadas de Marx!.

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