Por: Mauricio Botero Montoya
Fuente: http://www.aladecuervo.net (Marzo 2006)
El artista es un hierofante. Un transmisor entre dos mundos. Su creación tiene sincronías religiosas. Escribir es una forma de pensar. A veces el pensamiento no lo precede, sino que se forja en la intersección de la imagen mental y la formula verbal. Hay pensamientos que no se pueden expresar. Son criaturas inefables, limbáticas, sin asidero. Anteriores a la palabra y refractarias a su uso como ciertos gases adversos a existir en estado puro en la naturaleza. Hay tanto que sí se puede decir que esos seres raros, esos entes anómalos, esos arcanos inefables quedan ahí flotando sin perturbar mayormente a nadie. Excepto al que los frecuenta y no los puede nombrar sino por alusión. Quien conoce a uno de esos seres ucrónicos, sin forma, se convierte en su “Servi servorum mysterii”, y comoun satélite gira en torno tratando de darle forma, de dibujar su rostro. No es posible, claro. Pero lo intenta. De ese esfuerzo nace el arte. De esa imposibilidad de expresión. El artista es el más consciente de esa incapacidad. Su obra es propiamente un milagro. Un imposible que rasga al infinito. Él como creador es el último testigo de lo inexistente. Los monjes benedictinos en los laúdes de amanecer cantan: “Señor, tú que llamaste del fondo del no ser todos los seres/ prodigios del cincel de Tu Palabra/ Imágenes de ti resplandecientes…Señor, tú que salvaste al hombre de caer en el vacío, recréanos de nuevo en Tu Palabra y llámanos de nuevo al paraíso. ¡Oh Padre! tú que enviaste al mundo de los hombres a tu Hijo, no dejes que se apague en nuestras almas la luz esplendorosa de Tu Espíritu..”
Meditar lanza el pensamiento a un estadio primigenio que trata al mundo de “tú”. Siente a cada ser manifestado como si fuese una persona. Esa actitud nos cambia. Impide que la abstracción carezca de sensibilidad y erija una dictadura taxonómica de esquemas yertos. El meditativo, la razón sintiente, evita esas callosidades mentales con la misma prontitud con que el científico rechaza un prejuicio. Acercándose a la naturaleza como un todo vivo y no como un objeto, evoca de nuevo el agradecimiento benedictino: “Señor, tú que creaste la bella nave en que navegan los hijos de los hombres entre espacios repletos de misterio y luz de estrella… No dejes que el pecado y que la muerte destruyan en el hombre al ser divino”
En el borde del espejo negro está el arte. Vórtice en donde la semblanza se hace verdadera, el engaño embellece, el mal produce bien, la muerte da vida y el ocio es el inicio de la realización de sí. El arte es un sumidero de dolor. Hasta en las canciones populares hay sufrimiento y las escuchamos como si cumpliéramos con el antiguo ritual de besar el suelo del lugar que nos ha mostrado nuestros límites. El arte es un crisol. Trasmuta el dolor en fuerza. En todo caso no es una cloaca. Y quien cree de buen efecto defecar en ese crisol, gana nuestro desprecio.
Cada sueño es el certificado palpitante de nuestra genialidad como creadores de mundos. En cada sueño hay un pintor, un novelista, un director de cine, un poeta, todo en uno. Cada soñante es único y el sueño que lo visita se lo recuerda. Le recuerda además que es creador de esa realidad que en su vigilia no se atrevería siquiera a intentar reproducir, así fuese un genial director de cine. Nunca como en el sueño, la vigilia lo entrona en tan alto pedestal de co-creador de universos, junto con Aquel que en nuestro mito fundador, le dio su imagen y semejanza. Y si al despertar pierde esa potencia evocadora es que la pesada cotidianidad la desplaza; pero el artista subvierte esa tiranía de lo establecido y retoma en la vigilia lo revelado en cada sueño.
La función que el psicoanálisis dio a lo onírico, es insensible al espectáculo estético que nos visita dormidos. Reduce el sueño a ser un termómetro de deseos cuando lo cierto es que, en sí, es una realidad artística lograda, una obra maestra. No apreciarla en su maravilla revela mucho del estado decadente de nuestra civilización. La creencia primitiva de que se trata de un mensaje de los dioses está más cercana a la complejidad del asunto. De todas formas el sueño es algo más que una bagatela o un bisturí. El artista como hierofante sabe su valor y se alimenta de él.
Nicolás Berdiaev, místico ruso, afirma que la promesa de que fuimos hechos a imagen y semejanza de la divinidad se refiere a eso, a que somos co-creadores. Y así cumplimos nuestro destino de realizar un proyecto vital. Cuando la sociedad achica ese horizonte mina la capacidad creativa, revienta de hambre, de angustia, o de culpabilidad a quien pierde su tiempo buscando a su neblíforo. Castiga a aquel que tiene la facultad de evocar el misterio de las cosas. El artista es para el asilo represivo, lo que el místico es para una iglesia establecida. La subvierte. Por eso la poesía (como la mística) representa lo irrepresentable y no olvida que las ideas son claras pero las cosas no. Por supuesto, la educación es el mejor camino. La gracia, la inspiración, no se dan en el vació ni salvan la ignorancia. Pero tampoco la información suple el rapto creativo. Aquello que en un lugar y época determinada produjo en el espacio de dos generaciones a Bach y Mozart, Beethoven y Kant, Hegel y Schopenhauer, Goethe y Schiller. ¿Puede repetirse? Ciertamente el incremento actual en educación y medios pedagógicos no es suficiente para repetir esa enigmática cosecha. El surgimiento de esos genios no concuerda con la base material de su época y las escuelas de pensamiento que quisieran explicar la flor a partir del fertilizante, nos hacen sonreír. El mejor sistema educativo no puede garantizar una cosecha creativa de esa magnitud. El acicate que supone la muerte temprana de un padre; la rebelde creatividad de los hermanos menores. En fin los ingredientes que se detectan en la biografía de los grandes creadores ¿Podrían replicarse de algún modo pedagógico?
En la sincronía entre arte y mística, el rito da sentido. Equivale al símbolo pero de la fugacidad, de la temporalidad. Lo que sentimos con los ojos es dividido por el espacio. Lo que sentimos con el oído es dividido por el tiempo. La carencia de rito y de símbolo tipifica esta decadencia. Ambos son necesarios para la vida como lo es el sexo. Y el siglo XX fue un gran represor de ese sentimiento religioso, como lo pudo ser el puritanismo victoriano con el erotismo. A veces de una forma brutal, como lo sentenciaba el psico-marxista Estanislao Zuleta en una conferencia: “Al creyente no hay que refutarlo sino curarlo”.
El hombre y la mujer reprimieron el sentimiento ascético y místico. Algunos ya no lo sienten. Su fe se rebajó a idolatría por el dios empleo y la fatalidad consumista del mercado. El hombre acuciado de conciencia de muerte, no puede encarar el sol sin que sufra su retina. El hombre no vive en civilizaciones sin fe. Prefiere, como dice T.S. Eliot, adorar piedras o demonios antes que no adorar nada. Pero los dioses substitutos, los ídolos de la política o de la empresa amenazan lo que queda de su alma. Alma que al tratar al mundo como un objeto, se vuelve objeto.
En el arte, como en el animismo, se cierra la brecha sujeto-objeto. El arte no es precavido, ni escéptico. Es un exceso. No se disculpa. No intenta explicar la razón de su intoxicación. Lleno de potencia, no dice con afectación “quizás estoy enamorado”. Adora con furor simplemente. La pirámide de Keops, El Infierno de Dante, La Piedad de Miguel Ángel, El Mesías de Haendel, no son obras de la duda. Son obra del éxtasis. Sus autores fueron poseídos por espíritus cuya naturaleza desconocen. Fueron transportados. Dudar de sus premisas es como intentar refutar un dolor de muelas. Lo sublime es una confrontación directa. No es beata dominguera. Le importa un higo las reglas del tránsito, las buenas maneras. A lo sublime se llega por un rapto así uno se haya preparado para ese rapto. Sin ese secuestro, el artista no pasa de feligrés promedio, de intelectual adocenado. La palabra es como un gato. Guarda su sigilo, su distancia y tiene tacto. Las palabras tienen tacto. Se acomodan, se deslizan con rapidez sobre un tapete de silencio. Y como el gato, sólo existe cuando le da la gana.
El arte como sentimiento religioso nace en el silencio interior. En donde se decanta el verbo. Afín a lo que dice San Agustín: Dios está más a mi interior que yo a mi mismo. Quien en su soledad ha visto nacer a la palabra la traducirá a su arte. La acepta como un regalo: la mía al decirla, es tuya.
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