Basta ya de hipocresía

Por: Anonimo |
Fuente: http://www.kaosenlared.net (21.07.09)

Me gustaría deciros que escribo estas líneas para contaros algo bueno, quizás productivo e interesante, o para hablaros de algo que merezca la pena en realidad. Pero, lamentablemente, mi intención es otra. Este escrito no será el análisis de un juego, ni la opinión sobre alguna que otra noticia que podamos debatir entre todos, sino que supone en sí mismo una decepción. Un desengaño que ya se fraguaba hace tiempo en esta sociedad hipócrita en la que hemos tenido la suerte o la desgracia de vivir; una sociedad en la que unos pocos controlan todos los recursos y sólo ellos deciden a quién o quienes pueden llegar; una sociedad enferma de un mal que no conoce parangón, de un cáncer que se ha dado en llamar dinero y que nos pudre desde el interior de nuestra alma hasta lo más profundo de la esencia humana que todos llevamos dentro.

Este mal se expande a todos los ámbitos del mundo actual, ha sido y es la vileza en sí mismo y logra sacar a la luz lo peor de las personas. La avaricia, el rencor o la envidia son sólo algunos de sus mensajeros y desecha cualquier otro sentimiento que el individuo pueda albergar. La enfermedad comienza aislada, contaminando a unos pocos, pero es rauda y tenaz y en un breve espacio de tiempo logra expandirse hasta formar grandes comunidades, poderosas entidades que alargan sus garras hasta conformarse como único modelo de vida.

La diversidad es suprimida, el orden sustituye a la creatividad, la novedad es desplazada hasta lo más oculto de la jaula en la que nos obligan a vivir y las pocas voces que se alzan pidiendo justicia son barridas de inmediato, no vaya a ser que alguien pueda escucharlas y comience a pensar por sí mismo. Ese es su miedo, su terror más oculto y el motivo por el que luchan sin cesar en esta cacería nocturna que no sabe de sentimientos, expresiones o amistad; en esta caza de brujas donde todo aquel que no baila al son de su música es condenado a la hoguera de la marginación social, del rechazo institucional o del castigo estatal.

Este es el mundo que han creado los gobiernos de los países, esos lugares donde las ciudades cosmopolitas palpitan al son de un corazón podrido que no entiende de individualidad, que globaliza los sentimientos y las sensaciones, que generaliza las formas de pensar y ver la vida, que nos lava el cerebro con sus medios de comunicación, que nos dice cómo tenemos que quejarnos y nos obliga a rellenar un formulario para ello. No somos libres, por mucho que la propaganda mundial así quiera hacernos pensar. Votamos, creemos que participamos en las decisiones políticas, albergamos esperanzas de cambio y mejora, soñamos con ese Estado del Bienestar del que alguna vez oímos hablar, tenemos fe en personas que no conocemos pero que nos prometen el Cielo en la Tierra, compramos, consumimos, gastamos, participamos en su juego y encima nos sentimos orgullosos de ello… somos hormigas, pequeños peones a los que explotar cada día, obreros bien adiestrados con conductas perfectamente ensayadas. Pequeños insectos fácilmente sustituibles, eslabones de una cadena sin fin que es arrastrada por el contexto social en el que vive, nace y muere.

Seguramente, os estéis preguntando por qué digo todo esto o a qué viene esta explosión de negatividad tan exaltada. Siendo sincero, siempre lo he pensado, los que me conocéis más sabéis que es cierto y la visión que tengo de la vida. Obviamente, no todo es malo, hay cosas hermosas y maravillosas por las que merece la pena vivir, cosas tales como la amistad verdadera, el Arte, el Cine, la Música. Las sensaciones que podemos encontrar en el visionado de un cuadro de Tomas Cole o Friedrich, la emotividad de una canción, una poesía que roza nuestra propia alma, o el disfrute de descubrir mundos ocultos a través de las letras de un buen libro. Existen muchos motivos por los que los seres humanos seguimos adelante aún siendo conscientes de esta mascarada ridícula en la que nos han inmerso esos personajes que se hacen llamar demócratas, políticos, dirigentes, monarcas y demás calaña.

Son precisamente estos sentimientos lo que me obligan de algún modo a escribir este texto. Soy una persona a la que le gusta aprender, compartir, sentir y crear. Soy una persona que disfruta intentando expresar lo que la naturaleza me muestra a través del mundo, sentimientos que están ahí y que todos podemos llegar a apreciar. Esencias ocultas en el día a día que muchas personas han logrado trasmitir con sus propios trabajos, catalistas capaces de modificar el vínculo que existe entre todo lo vivo y mostrárnoslo a través de sus propias creaciones. Pintores, escultores, directores de cine, dibujantes de cómic, diseñadores de juegos, escritores, músicos… son muchos lo que viven en este mundo de las ilusiones.

He aprendido mucho de ellos gracias a su trabajo y, sinceramente, tenía la ilusión y las ganas de compartir mi pequeño aporte con el mundo, con esas personas que buscan lo mismo que yo, que huyen de la monotonía, del la cotidianidad de nuestras vidas, que escarban entre las sombras de la sociedad en busca de esas novedades distintas que nos abren caminos insospechados hacia un mundo nuevo que no sabe de leyes, dinero, comercio o Copyright.

Efectivamente, hemos llegado a quiz de la cuestión. Hasta hace muy poco, he sido usuario de uno de los mayores soportes de almacenamiento de vídeos del mundo, de sobra conocido por todos vosotros. Tenía un canal, un lugar en el que poder compartir mis creaciones con el Mundo, con esas personas que buscaban lo mismo que yo. No hay negocio en esto, no hay lucro cuando lo que se busca es enseñar, transmitir y aprender. No hay intereses particulares ni robo de ideas ajenas, ya que eso es algo que no entra en mi lenguaje.

El lugar al que me refiero en este escrito, de cuyo nombre no quiero acordarme, no vaya a ser que me exijan los derechos para nombrarlo, se ha tornado hipócrita y falso, amparándose en la legalidad y en esos estamentos arcaicos que dicen proteger a los artistas y a sus creaciones. Son estos señores lo que nos hablan de un término algo ambiguo, llamado Copyright, el cual pasaré a definir. Dícese de Copyright o Derecho de autor, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua: “El que la ley reconoce al autor de una obra intelectual o artística para autorizar su reproducción y participar en los beneficios que esta genere”. Es decir, El copyright defiende la autoría de una obra, de la índole que sea, y le otorga la potestad a su creador de decidir si permite que se exponga o no, además, si ésta genera beneficios mediante su utilización, es obligatorio darle parte de ellos al autor de la obra.

Mi pregunta es la siguiente: ¿Qué beneficios económicos obtenemos los usuarios de estos soportes de almacenamiento? Ninguno. Por lo tanto, ¿qué es lo que estamos obligados a pagarle al autor de la obra? Nada. Por otro lado, se respeta la autoría de la obra, ya que siempre, absolutamente siempre, se indica el nombre de la canción, vídeo musical, escenas utilizadas para la creación particular, etc…¿Hemos incurrido entonces en un delito? En mi humilde opinión, NO. El problema es que el autor original no puede dar su permiso a cada persona que usa su obra, ya que son millones los que lo hacen, por lo que directamente se niega la posibilidad de hacerlo. Sin embargo, es algo ridículo, ya que mediante este hecho se les hace publicidad y por lo tanto se consiguen nuevos seguidores que van a invertir su dinero en obtener las obras de los distintos autores. ¿Deberíamos entonces pedirles nosotros nuestra parte en concepto de esa publicidad gratuita? Eso no está legislado, ya que no interesa, y por lo tanto, ya que hablamos de errores en la legislación, intencionados o no, obviaremos la autorización del autor para reproducir su obra.

Entonces y teniendo en cuenta lo ya mencionado, ¿por qué se nos censura y se nos expulsa de estos soportes, como si fuésemos viles delincuentes, con la excusa de la defensa de este Copyright cuando no faltamos a su definición más básica? La respuesta puede parecer obvia, la presión de uno de estos medios de control y censura cuyo nombre empieza por S (a partir de ahora les llamaremos señores S). Ahora bien, si no faltamos a lo que la Real Academia de la Lengua define y por lo tanto no incumplimos la Ley, ¿qué persiguen los señores S? Creo que también es Obvio, el Dinero.

Los señores S son el mejor ejemplo de esa enfermedad casi incurable de la que he hablado en un principio. Sin escrúpulos, sin sentimientos, inquisidores de lo ajeno que reclaman algo que no pueden exigir, al menos legalmente, como bien se puede apreciar en la definición ofrecida. Si esto es así, ¿por qué los gobernantes les defienden? ¿por qué no nos ayudan? De nuevo, la respuesta es sencilla, el Dinero. Ellos también están infectados con este mal.

Ante esta falta de empatía por parte de los señores S, el soporte de almacenamiento se enfrenta a una gran disyuntiva (a partir de ahora les llamaremos señores Y). Los señores Y son conscientes de que se han hecho famosos, conocidos y ricos a costa de estos usuarios que, respetando el Copyright en su definición más básica y teniendo en cuenta la aclaración anterior, han llenado sus páginas de vídeos musicales, creaciones propias, obras de arte de todas las épocas, selecciones de películas con escenas reflexivas que hablan sobre la vida, la existencia, el humor, y muchas otras cosas; e incluso con vídeos ridículos, sin sentido, eróticos o violentos.

La cuestión que se plantean es la siguiente:

Señor Y1: ¿Ha venido un tipo exigiéndonos que borremos estos contenidos de nuestro soporte o que paguemos el Copyright?

Señor Y2: ¿Cómo? Pero si no estamos faltando al Copyright y encima les hacemos publicidad gratuita.

Señor Y1: Eso ya lo se, pero el señor S dice que sí y además tiene el beneplácito del Estado.

El señor Y2, sorprendido ante la situación, se levanta de su silla y mira a través del hueco de la puerta. Aterrado, no puede evitar que un ligero silbido se escape de entre sus labios mientras observa la figura que se yergue ante él. Un hombre de edad indeterminada, pálido, ataviado con un traje tan negro como la noche y un maletín sin fondo espera de pie, recto, inmóvil, asido al suelo del edificio frente a su oficina. La mirada fija en la puerta, las uñas tan largas que parecen garras y una media sonrisa que aleja cualquier atisbo de bondad en aquel gesto tan frío como el hielo.

El señor Y2 traga saliva mientras un ligero temblor recorre su espina dorsal.

Señor Y2: Ya veo, pero si borramos todos esos contenidos nos quedaremos sin audiencia y nuestros ingresos caerán de forma irremediable.

Señor Y1: Sí, ya lo había pensado, pero estamos entre la espada y la pared, o los borramos de inmediato o pagamos esos derechos a los que alude el señor S. Y te aseguro que no seré yo el que vaya a decírselo a él.

Un silencio abismal reina en la sala y nadie sabe qué decir. Por un lado pierden usuarios, por el otro pierden dinero y mantienen a esos usuarios que les han hecho conocidos, que les han dado todo que tienen y que conforman una de las comunidades más importante de Internet. Están ante un problema grave y lo saben, sin embargo, la respuesta ya estaba escrita desde hace mucho y finalmente termina por surgir entre el miedo, la falta de lealtad y los beneficios anuales.

Señor Y2: Aceptamos barco como animal de compañía.

Es importante indicar que cualquier similitud con la realidad acaecida en el texto anterior es totalmente casual, a ver si se ha dado en realidad y voy a tener que pagarle al cuervo, digo al señor S.

Sin embargo, ciertamente los señores Y se han visto presionados por los señores S, pero es una pena que ante las distintas posibilidades que la vida nos ofrece, se hayan decantado por la más sencilla y rápida, es decir, por eliminar a todos aquellos usuarios que, pese a darles un nombre en el pasado, mostraban en sus Espacios, obras que faltaban a ese falso Copyright que los señores S promulgan.

Su respuesta ha sido rápida. Cientos de usuarios expulsados, miles de contenidos censurados o borrados, creatividad y originalidad arrasados. Opiniones acalladas, mentalidades enjauladas, pero sobre todo… lealtad traicionada. Sí señores, la respuesta ha sido rápida e injusta, además de hipócrita. Es en este punto en el que no puedo perdonar a los señores Y, ya que, pese a haber sido coaccionados por los señores S, cuando alguien toma una decisión ha de ser coherente consigo mismo y con lo que decide y en este caso no ha sido, ni mucho menos, de esta manera.

Particularmente, me han borrado vídeos en los que mostraba imágenes de los grandes pintores de la historia del Arte, he perdido escenas seleccionadas de grandísimas obras cinematográficas a través de las cuales se fomenta el arte, la reflexión, la originalidad, el idealismo y muchas de las cosas por las que los artistas pintan, escriben, o crean en general. Imágenes que nos enseñan a mirar más allá de lo aparente y nos muestran otras vías que se salen de lo cotidiano. Formas de aprender de los demás, soportes que nos liberan de este mundo diario y bicolor y que nos inundan con su esencia más absoluta.

Me han censurado por querer compartir estas cosas, por pensar que todo el mundo tiene derecho a conocer la maravillosa obra de Tarkovsky, por creer que cualquier persona debe tener la oportunidad de leer a Larra, por soñar que personas ajenas a mí, van a poder sentir los cuadros de Friedrich o Turner, por imaginar que alguien, en cualquier parte del mundo está compartiendo lo mismo que yo en ese mismo instante. Sí, por tener esa esperanza se me ha censurado y expulsado, por creer en algo distinto que no entiende de beneficios, dinero o ese maldito y falso Copyright.

Pero lo pero de todo no es haber perdido esa oportunidad, sino que los señores Y, haciendo gala de su enorme hipocresía, permiten que la violencia y el sin sentido se extienda por su soporte. Vídeos de golpes y humillaciones se extienden a lo largo y ancho de su dominio; vídeos eróticos no aptos para determinadas edades, pueblan la jungla en la que se ha convertido su reino; miles de películas completas, series televisivas, shows de toda índole, que vulneran ese Copyright con el que se justifican, están activos y más vivos que nunca en su soporte. Entonces, ¿por qué han borrado mis vídeos y el de muchos otros, que no son ni violentos, ni eróticos, ni obras completas? Lamentablemente, creo que tengo la respuesta… porque muy poca gente los visita, es decir, porque los beneficios que los señores Y obtienen por ellos son mínimos y al mismo tiempo les permiten justificarse ante los señores S.

Así es, los señores Y ya no son libres, han sido contaminados con la enfermedad del siglo XXI. Ya no es necesario que un cuervo vaya hasta su ventana para arengarlos. La pregunta crucial es la siguiente: ¿qué podemos hacer? Sinceramente, tiene una sencilla respuesta: Borra tu cuenta de Y, no entres a Y, no enlaces vídeos desde Y, no hables de Y, y a ser posible copia y pega este texto en tu web, blog, correo electrónico o cualquier sitio que se te ocurra para ver si, en un último intento, los señores Y se dan cuenta del error garrafal que están cometiendo.

Gracias a todos por leer este escrito. Espero que, al menos, os haya echo pensar sobre este asunto.

Un saludo.

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