La conquista continúa

Por: Salvador Morales Pérez
Fuente: Bosque de palabras (13.06.09)

Y en gesto fraterno a Ricardo Melgar

¿Quién dijo que los tiempos de la conquista concluyeron en los siglos coloniales? Miren a Perú, en tiempos del nuevo REQUERIMIENTO, en lenguaje petrolero.

Si el gran frayle Bartolomé de las Casas pudiera echar un ojo a los tiempos actuales escribiría una segunda versión de “La destrucción de las Indias”. Y de seguro haría un parangón entre las atrocidades de aquel ayer y las de hoy. Vería, que tan criminales como Narváez, Cortés, Alvarado, Pizarro, han sido los geófagos y etnocidas con oriundez argentina, chilena, paraguaya, brasileña, mexicana, colombiana y peruana, que invaden tierras ajenas, que arrasan bosques ancestrales y masacran indígenas. Un capítulo aparte dedicaría a los “adelantados” estadounidenses. Y bajarían de pedestales a los Custer y otros émulos protagonistas de las masacres como la de Wounded Knee. Adelantados o emprendedores (se les califica ahora eufemísticamente), de distintas épocas, idénticos en felonía y dureza. Para estos no ha habido ni tratados y leyes a observar, ni sitios sagrados que respetar, ni vidas que valgan más que ambiciones y codicias. Entonces, como hoy, le llaman a esas operaciones criminales civilizar. El gran sociólogo brasileño Gilberto Freyre llamó a esas acciones “sifilizar”, porque trajeron más enfermedades que curas. Y entonces como ahora la alta clerigalla bendecía a los conquistadores, entonces como ahora también hay religiosos de la estirpe de Montesinos y de las Casas que desafían a los grandes poderes con nuevas denuncias. Como las de Frey Betto y Saúl Ruiz. Algunos de estos religiosos y religiosas han pagado con sus vidas el evangélico atrevimiento.

Y todavía hay gobiernos que mantienen en su calendario el festejo del 12 de octubre. Día de la Raza, se le denomina, cuando debían corregir el gazapo titulándolo Día de la Razzia, porque de esa fecha se desprende el más grande saqueo y genocidio que se registra en los anales de la historia de la humanidad. Genocidio y pillaje que continúan los hijos y nietos y bisnietos de los conquistadores con la misma saña impía. Y vergüenza debía caer sobre los maestros y profesores que aceptamos irnos de vacaciones ese día que debía ser dedicado a expiar las barbaridades pasadas y presentes en jornadas de educación histórica.

Si echamos una somera mirada sobre el impacto de la modernización capitalista -fenómeno histórico que con el mismo ímpetu que genera va destruyendo bajo el aliento de una avidez de ganancias que no se sacia jamás – durante el último medio milenio, podremos observar que el proceso de la conquista iniciado en el siglo XV, ha sido continuo. Las pausas, propias de diversas etapas del proceso de expansión de las nuevas formas de explotación, han reunido más y mayores elementos para proseguir la conquista colonizadora. El despojo ha sido un coeficiente perpetuo. Enormes latifundios fueron establecidos a costa de la persecución y el exterminio. Formas esclavistas han sobrevivido solapadas bajo el sistema republicano. Una oligarquía despiadada y atrabiliaria se levantó sobre este choque desigual para imponer una malformación estructural en todos los sentidos imaginables. La depauperación, el etnocidio, la deculturación, la discriminación de los supervivientes, la vejación inferiorizante. Una marcha inexorable durante cinco siglos en donde han recibido más atropellos que ventajas civilizatorias.

La historia oficial ha callado tanta infamia y en su lugar permite la exposición continuada de un discurso colonizador. Discurso mendaz y malicioso para producir el acto de mutilación de la memoria histórica. Es el discurso que tergiversa la compleja trama, contradictoria y perversa, del nacimiento de estos pueblos nuevos. Pueblos emergentes de un drama lacerante. Comunidades nuevas que se afirman sobre el dolor de los pueblos originarios y la amenaza de nuevas formas de dependencia neocolonial.

Esos pueblos nuevos aun no acaban de identificarse ni pautar sus relaciones interétnicas internas con el mejor sentido de justicia y equidad. Son pueblos enajenados de tal forma que no saben como defender sus perfiles transculturales y se embriagan con paradigmas ajenos, más de orden mercantil que genuinamente cultural.

Esa alienación no justifica la indiferencia con que estas comunidades mestizas miran los atropellos de los pueblos originarios. Es vergonzoso. Muy vergonzoso, que los centinelas de los derechos humanos – legítimos o autodenominados – clamen con más fuerza por restricciones más o menos injustas en la sociedad civil, que por crímenes contra los naturales, tan alevosos como los que se han cometido y cometen bajo el empuje de los intereses empresariales u oligárquicos: en Ecuador, en Brasil, en México, en Bolivia, Colombia, Chile, Paraguay, Perú, en los mismos Estados Unidos. El inventario de atropellos es infinito y sorprendente. Las narraciones de Las Casas, las denuncias de Augusto Roa Basto en Culturas Condenadas, las estampas históricas de Eduardo Galeano, son pequeñas muestras de una hecatombe humana superior. En la historia de mañana Alan García figurará en la misma galería ignominiosa que Julio A. Roca el relevante exterminador de tehuelches y mapuches de la Pampa.

Una aberración cognoscitiva y ética impide a muchos rebasar la percepción de estos seres como un número frío, como una no-persona. “Bárbaros, paganos, salvajes y primitivos”. Esa distorsionada percepción dificulta entender que el dolor de estos “nativos”, de estos “aborígenes”, ante los atropellos dizque “civilizatorios” tiene igual dimensión que el de los civilizados. Ahí está la base de la indiferencia, de la escasa solidaridad. Sin embargo, esa enajenación no los absuelve de la complicidad inherente.

Cuando se va celebrar el bicentenario del inicio de las guerras de independencia, con toda la fanfarria y la bisutería mediática que amenaza la conmemoración, hay comunidades humanas que se resisten a la conquista de los descendientes de los conquistadores. Grupos humanos luchando por su territorio, por su autodeterminación, por su cultura y supervivencia. Esa, por pequeña que parezca a los ignorantes, es una lucha épica, digna de admiración, consideración y solidaridad. Son hechos, como éstos que se producen en la Amazonía peruana, los que ponen a prueba si en verdad estos “progresos históricos” vividos bajo el sistema capitalista nos han hecho más “civilizados”, gente buena y de sensibilidad o si nos han hecho involucionar a la competitiva condición zoológica de individualismo rampante y rapaz.

Las 65 etnias en pie de lucha del Estado llamado Perú, esperan por un gesto de humanidad.

Salvador Morales Pérez,
México

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