El poder por los caminos del lenguaje

Por: Antonio García De León
Fuente: Cuadernos Políticos Nª 44 (México, edit. ERA, Julio- Dic. 1985)

Raíces verbales de la desigualdad

Después de muchos años de trabajo analítico sobre las estructuras aisladas o en la superficie del discurso, de cientos de ensayos sobre lenguas naturales y sobre los “universales” del lenguaje, las nuevas corrientes de la lingüística apuntan hacia la posibilidad de que las diferencias sociales sean de principio articuladas en los procesos mismos de producción de todo tipo de discursos (y no sólo en los que se habían considerado como lingüísticos). Esta simple aseveración —a la que se llegó partiendo incluso de posiciones positivistas— vuelve a colocar el problema en términos tan antiguos como la relación entre lenguaje y sociedad, los limites del objeto de estudio, los procesos de producción de ideología, y —sobre todo— en la cuestión de cómo se reproduce lo jerárquico y el poder, y hasta; qué punto esto, aplicado a sociedades modernas, nos conduce hacia la necesaria determinación (con las herramientas de la lingüística) de la naturaleza del Estado; realidad y abstracción desde donde se refractan las estructuras de desigualdad y de jerarquía. Y es así como se vuelve a transitar de nuevo, a veces sin proponérselo, por un viejo sendero de diálogo entre lalingüística y el marxismo: por caminos que fueron bastante coincidentes por lo menos hasta los años treinta. Pero todo esto, que podría ser una preocupación simplemente académica, se convierte de hecho, y en el contexto de la actual crisis, en una necesidad real de tipo político: la importancia de desmontar en todas sus piezas y en su funcionamiento vivo los complejos ideológicos y los recursos bastante intrincados que hoy se expresan en la naturaleza del poder y lo jerárquico.

En estas coincidencias polémicas a menudo borradas, o que creemos novedosas, el acercamiento se dio alrededor de muchos conceptos que sucesivamente se consideraron de importancia en el desarrollo del marxismo: la vida económica y las relaciones de producción, la noción de clase social, la transición al socialismo, la relación entre base y superestructuras (o el “lugar” ocupado por el lenguaje en esta referencia), la expresión del Estado y lo político, la producción de ideología, etcétera. Pero a pesar de la riqueza de estos intercambios, los resultados no fueron siempre felices: giraron a menudo sobre el discurso superficial y la pura terminología, retomaron mecánicamente aspectos tratados por Marx de manera mucho muy rica y compleja (como la noción de valor), fueron sepultados por razones de Estado, pasaron al terreno de discusiones marginales o sufrieron los embates de la vulgarización.

En este intercambio resultó además evidente que existían rho sólo múltiples paralelismos a nivel temático o circunstansial, sino también trabas metodológicas compartidas y que en gran medida apuntaban en el mismo sentido, sobre todo en los efectos últimos y en dos grandes categorías: el lenguaje y el poder. Y aquí cabría de principio una coincidencia de enormes consecuencias: no solamente la ciencia del lenguaje había adoptado (y de hecho lo siguió haciendo en sus desarrollos estructuralistas y “transformacionales”) una visión instrumentalista de su “objeto de estudio”, concibiéndolo como un campo neutro separado de “lo social” (o relacionándolo con éste a través de disciplinas como la sociolingüística o la etnolingüística) ; sino también interpretaciones y prácticas por largo tiempo hegemónicas en el marxismo situaron el problema de lo político, de las relaciones de poder, o del Estado, en términos similares. Esta limitación, como se sabe, propició efectos negativos en las estructuras de transición hacia el socialismo, o en los movimientos y partidos que se plantean la conquista del poder o del Estado como la de una “herramienta neutra”. Fue precisamente en tiempos de crisis cuando de manera más o menos marginal el problema fue planteado en sus implicaciones profundas, con reflexiones paralelas y con consecuencias que rebasaron la pura discusión teórica. Por eso resulta fundamental retomar hoy algunas interrogantes hechas en los veintes en campos aparentemente tan separados por pensadores como Valentin Voloshinov y Antonio Gramsci; colocarlas en el centro del actual debate es algo que puede ayudar a esclarecer muchas de las limitaciones de una visión ortodoxa y unilineal acerca de lo lingüístico y de lo político.

En cuanto a lo primero; sería primordial insistir acerca del papel que juegan los procesos del lenguaje —la dinámica interna de sus procedimientos—, en la aceptación y reproducción de los mecanismos de dominación y control: mecanismos que hunden sus raíces en las sociedades divididas en clases y con una diferencia radical entre el modo de producción capitalista y las “formas que lo precedieron” (cambio en la relación entre lo económico y lo político, en el “mandato” del capitalista y del señor feudal, etcétera). Porque, a diferencia de lo que generalmente considera válido la lingüística tradicional (o las aproximaciones a ella desde otras perspectivas), las estructuras cambiantes y arborescentes del lenguaje no sólo sirven para comunicar, sistematizar, clasificar o mostrar la realidad; sino también para opacarla y oscurecerla. Es más, estas estructuras y sistemas forman ya parte inseparable de la difusión del Estado en la sociedad civil, de relaciones de poder o subordinación multidimensionales; de redes jerárquicas maduradas en siglos de dominación, centralismo y diferenciación, cuyo espesor y viscosidad parecen tener un desarrollo y una inventiva relativamente autónomas

Seria necesario también retomar aquella insistencia de la lingüística de entreguerras acerca de que el uso del lenguaje no es un mero efecto o “reflujo” de los procesos y de la organización social (“económica”, “cultural”…), sino que es parte misma del entramado social. Esto, que parecería más que evidente, tanto que ni siquiera valdría la pena mencionarlo, no es pese a todo considerado en el camino metodológico de muchas reflexiones acerca del lenguaje. De ahí también que las herramientas analíticas de la sociolingüística sean válidas sólo como procedimiento de método; o que las categorías fijas y tan en boga del funcionalismo y del estructuralismo (o del mecanicismo tanto tiempo identificado con cierto marxismo) no logren aclarar del todo una dinámica compleja que articula “lo social” con “lo lingüístico”.1 Y es que el lenguaje que usamos y el que nos es dirigido encarna siempre enfoques, visiones del mundo, o aun teorías más o menos sistematizadas y específicas acerca de la realidad. Esto, que en el campo de la antropología cultural y de la etnolingüística ya había sido largamente percibido por Edward Sapir o Benjamin Whorf, sobre todo a través de su relación con aspectos diversos de la cultura material y los sistemas simbólicos, requiere sin embargo ser colocado en una dinámica mucho más amplia. Aquí nos interesa plantearlo además en el campo de los aspectos que conforman la imposición de relaciones de desigualdad a través de los mismos procesos de la producción lingüística.

La elección del habla no es así tan fortuita como pareciera: diferentes grupos, estratos y clases sociales tienen a su disposición inventarios y variedades muy diferentes de lenguaje.2 De ahí, por ejemplo, que el análisis de los “idiolectos” dentro de una misma comunidad de habla tenga que ir más allá de las simples diferencias individuales o microgrupales. Como veremos, en formaciones sociales complejas la situación se articula además con normas de lengua oficial, lenguaje de los medios, prestigio, mayoría y minoría étnica: expresiones que en última instancia remiten a lo político, a la diffusión de lo hegemónico por las redes del tejido social. Porque si el discurso lingüístico articula permanentemente significaciones sociales, entonces el acto de articulación en contexto afecta, modifica y permea situaciones y relaciones que forman inicialmente esas significaciones. Lo importante aquí es que muy a menudo el proceso y sus efectos consisten en reafirmar, reproducir y consolidar las estructuras sociales existentes. En este sentido, las transformaciones reflejadas en el discurso son lo ideológico, o nos remiten en general al tema, ampliamente debatido, de la ideología (o al de las metáforas que han limitado más que ilustrado su comprensión).3 Estos procesos, en los que el lenguaje contiene a lo ideológico, tienden a ser inconscientes para la mayoría de los miembros de la comunidad de habla y durante la mayor parte del tiempo: si no lo fueran no funcionarían como tales. A ello se debe, entre múltiples ejemplos posibles, el enorme papel que en la acumulación histórica juegan las mitologías, las resemantizaciones y los metalenguajes; todos como signos multiacentuados por la práctica social de diferentes clases y grupos.

En cuanto a lo político, es claro que las redes de dominación o control resultan mucho más evidentes en contextos de transición o de crisis, aun cuando es cierto también que mientras más se difunde lo estatal en el cuerpo de la sociedad civil, más se constituye, como diría Gramsci, “una estructura muy compleja y resistente a las irrupciones catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, depresiones…)”. Las redes de difusión del Estado se hallarán así mediadas por lo lingüístico: mucho más sutiles en el capitalismo desarrollado y en plena expansión en una periferia en donde el Estado aún no termina de involucrar para sus fines a toda la sociedad civil. Así, en países como el nuestro, esta “primacía de la política” significa en lo cotidiano una primacía del signo lingüístico/ideológico, en donde se halla en juego la reproducción de todo un sistema y en donde la historia camina entre el “fortalecimiento de la sociedad civil” y la revolución. Significa además una mayor o menor autonomía de lo político que se expresa en la racionalidad económica, en la organización del espacio productivo, en la opresión del Estado que se oculta bajo la universalidad de la mediación política (en la cual la ideología de la clase dominante tiende a ser la ideología de la sociedad civil, ejerciendo su dominio sobre los grupos subalternos y antagónicos). Aquí, política y lenguaje van de la mano, y, más aún, después de la crisis de 1929, lo real del proceso económico del capitalismo organizado se subordinará en creciente medida a la dirección y al control del Estado, a la mediación de la política y del lenguaje.

En un mundo como la América Latina de hoy —en crisis, en transición; que se debate entre las dictaduras militares, la búsqueda de la democracia burguesa y la transición al socialismo—, los usos del lenguaje y el poder, las prácticas hegemónicas y lingüísticas, juegan un papel fundamental. Y en todo esto, los términos del antiguo diálogo vuelven a aparecer en el escenario del debate. Nuevo y viejo escenario, nuevas y viejas palabras…

LA IMPORTANCIA DE SABER QUIÉN MANDA

Habría que recordar algunos de los términos que aparecen de nuevo bajo el signo de la transición y de una crisis en muchos aspectos más profunda que la de 1929. Evocar la tentativa de diálogo entre lingüistas y marxistas, como la provocada por De Saussure y sus seguidores, quienes de alguna manera compartieron conscientemente con la economía política algunas cuestiones de método; o su influencia en Francia y Europa occidental que hasta medio siglo después conducirá sin duda a un permanente intercambio entre el estructuralismo —de raíz saussureana— y la teoría marxista… O aquel desarrollo poco conocido aunque importantísimo que se dio en la Rusia anterior y posterior a Octubre, en donde por sobre una gran tradición de análisis literario y filológico, el marxismo irrumpirá desde diferentes ángulos en la preocupación de quienes utilizan al lenguaje como la materia prima de discusiones poéticas o filosóficas. En la conformación de un nuevo bloque hegemónico, en la transición, muchas de las redes se harán visibles: todo bajo el signo de un fortalecimiento y expansión del Estado socialista. Una importante labor de política del lenguaje heredada, refuncionalizada y desarrollada por los bolcheviques hacia las minorías étnicas y nacionales, ambientará una nueva discusión sobre lo étnico y lo nacional. El debate sería sin embargo sustituido por toda una lingüística oficial y hegemónica, por Nikolai Marr y su escuela,
desplazando a analistas que en el contexto de la gran crisis enriquecerán otras escuelas en el exterior (como Roman Jakobson, Trubetzkoy, el Círculo de Praga…), o culminando de plano con la entera fusión entre la hegemonía staliniana y la “verdad científica”: debate cerrado en 1953 con la, publicación en la Unión Soviética de El
marxismo y los problemas de la lingüística, de José Stalin.

Pero en gran medida esta discusión se desarrolla sobre aspectos superficiales o de pura forma (como la polémica entre Marr y Polivanov), mientras que otros lingüistas incursionan ya, con un bagaje marxiano, por los campos minados de la ideología y de las redes discursivas del poder político: como Valentin Voloshinov (crítico literario, poeta; seguidor crítico del formalismo y el marxismo), y algunos otros. En especial el trabajo de Voloshinov resultará en gran medida precursor de todas estas nuevas tendencias del análisis lingüístico, y de hecho logra hacer un gran aporte acerca de todas las significaciones que la ciencia del lenguaje pueda tener para el marxismo, sobre todo en el terreno del análisis de las ideologías (su obra principal, El signo ideológico y la filosofía del lenguaje, se publicó en Leningrado en 1929) .4

Resulta bastante revelador que la preocupación reciente hacia una crítica del discurso de la ideología dominante —incluyendo en ésta al discurso dominante en la lingüística misma—, o la relación estrecha entre lo jerárquico y el lenguaje, son ya parte medular del enfoque de Voloshinov. Otras preocupaciones van en el sentido de un juicio, en muchos aspectos aún no superado, contra el racionalismo, el positivismo, las bases del estructuralismo saussureano, las concepciones estrechas del discurso científico y — sobre todo— los alcances negativos que podría tener el avance del mecanicismo, tanto
en la ciencia del lenguaje como en la apreciación marxista de la naturaleza del poder y lo político. Retomando en otro contexto la insistencia saussureana en el signo, Voloshinov replanteó la imbricación entre el lenguaje y la ideología (“sin signos no hay ideología”, “la palabra es el fenómeno ideo lógico por excelencia”). La ideología no es sin embargo, como plantean los mecanicistas, un simple y unívoco reflejo superestructural de la vida económica: la ideología engrasa los procesos económicos en sus engranajes más profundos (alienación, fetichismo, coacción…), marcha en una vía de refracción múltiple entre lo que, por razones de método y nada más, se ha colocado en dos esferas de acción diferenciadas, y la clave está en ir al carácter generativo de este proceso.5

Los actos de habla y la ideología se hallan así inmersos en el trabajo, la vida política, la creatividad ideológica ad infinitum, y sobre todo, reproducidos en el entorno de lo cotidiano; diferenciados en roles familiares, sociales, jerárquicos y económico-políticos. Esta función del lenguaje camina además por el sendero de diferencias sociales previamente existentes (“el modo verbal interno de autoidentificarse y de identificar la propia posición en la sociedad.”). Lo importante, en todo caso, y lo que vuelve hoy a cobrar vigor para la lingüística, sería la determinancia en estos procesos de la reproducción del orden sociopolítico y la “enorme importancia del factor jerárquico”. Habría entonces que ir hacia la elucidación semiológica del espíritu de época (presente, por ejemplo, en la literatura) y a plantear análisis comunes a la lingüística y el marxismo: labor que pasa necesariamente por el análisis de las formas de control político e ideológico (“una tipología de estas formas es una de las tareas urgentes del marxismo”).6

La aportación de la lingüística iría además en el sentido de desmantelar las concepciones vulgares y todo el mecanismo que envuelve a Marr y a los marristas, autoproclamados seguidores fieles de un marxismo fijo, y de quienes sostenían la existencia de una ciencia “burguesa” y otra “proletaria”, de un “lenguaje de clase”, de una lengua “proletaria” enfrentada a otra “burguesa”. En aras de este combate contra una mediocridad que se ejerce por decreto hay que retomar entonces la insistencia del marxismo en los procesos, en lo específico, y no en las formas fijas y autorizadas: insistir que desde lo abstracto la palabra goza de una relativa neutralidad.

La solución no es elaborar diccionarios diferentes para diferentes clases, o insistir en el “esperanto de la dictadura del proletariado”, sino irse el fondo de la cuestión: la determinación de cuáles son los procesos de multiacentualidad de la palabra, de tema o carga semántica, que dependen del lugar que se ocupe en la sociedad. Hay que ir al contenido y abandonar las discusiones bizantinas sobre la forma (lo importante, diría Humpty Dumpty, es saber quién manda y cómo lo hace),7 pues el signo es importante en cuanto se ha convertido en arena de la lucha de clases, en algo vivo y contradictorio que escapa de las taxonomizaciones fáciles. Al lingüista no deben importar las etiquetas (aun cuando en ellas se lea “proletario” o “marxista”) sino la esencia en el funcionamiento de los procesos.

Y es sobre todo la clase dominante la que se esfuerza por impartir al signo ideológico un carácter que no tiene ni tendrá: eterno, neutral, por encima de las clases, “por hacer que el signo sea uniacentual”…

En realidad [nos recuerda Voloshinov], cada signo ideológico viviente tiene dos caras, como Jano. Cualquier palabra vulgar puede convertirse en palabra de alabanza, cualquier “verdad común” inevitablemente suena para muchas otras personas como la mayor mentira. Esta cualidad dialéctica interna del signo se exterioriza abiertamente sólo en tiempos de crisis sociales o de cambios revolucionarios.8

Pero si rastreamos los fundamentos del signo ideológico, si para ello nos ayuda además una determinada crisis de legitimidad, si determinamos la mecánica interna de la ideología dominante, llegaremos también al entredicho del propio discurso científico: un discurso utilitarista que considera al lenguaje como un simple artefacto
inerte (un producto terminado, ergots), “la lava endurecida de la creatividad del lenguaje”. Voloshinov critica por igual a los fundamentos dela lingüística aún hegemónica: el “subjetivismo individualista” humboldtiano y el “objetivismo abstracto” saussureano, que circunscriben lo lingüístico al círculo estrecho de la “lingüística de las formas fonéticas, gramaticales y léxicas”, en donde la historia y la sociedad irrumpen como factores disruptivos del análisis. Estas cadenas discursivas constituyen para él, en gran medida, ideologías sobre el lenguaje, metalenguajes paralizantes, muy similares al marxismo reflejado en la vulgata de los manuales (que se caracterizan precisamente por un economicismo a ultranza, un nuevo tecnologismo
que borra la lucha de clases como proceso motor de la historia), y tiene profundas y recias raíces en el racionalismo de los siglos XVII y XVIII, en el culto a la forma autónoma, fija y racional del cartesianismo,9 en una negación de lo histórico como algo inherente a la naturaleza de las cosas.10

Esta lingüística “responsable, autorizada y limitada” se quedará largo tiempo en el nivel de frase, hasta donde es capaz de reificar con pocas herramientas, y resultará incapaz de entender la dinámica del discurso propiamente dicho (“composición”), que es en donde se halla la casi totalidad del despliegue dinámico de lo ideológico. Necesitará de un salto desde la sintaxis entonces conocida hasta el nivel de discurso. De ahí que el producto literario, para poner un ejemplo de algo muy analizado en ese entonces, sea sólo para esta concepción estrecha un documento de la lengua y no una “refracción viva y múltiple de lo ideológico-social”. Aquí cobraría entonces importancia la determinación del contexto en que se despliega el discurso… La lingüística resulta además sumamente peligrosa en la medida en que alimente los metalenguajes del poder (las ilusiones que la clase dominante se hace acerca de las propias relaciones en que participa), en que nutra el aspecto educador del Estado, en que implemente una político (o ayude técnicamente a ésta) en donde lo fundamental sea la unidad nacional basada en el aplastamiento de toda diferencia. Una vez cosificado y clasificado el lenguaje (o la lengua oficial), se irá del diccionario a la norma, lo que será básicamente un acto de hegemonía política. En todo caso en el Estado proletario, o en la transición al socialismo imaginada por Voloshinov, la dinámica tendría que ser totalmente diferente…

De no variar sus tendencias, la lingüística se quedará con las sobras taxonómicas del festín, negando la contextualidad ideológica cuando “en realidad hay tantos significados

para una palabra como contextos para su uso”. En manos de la lingüística la metáfora de la lengua como artefacto no sólo es una metáfora, y en manos del Estado la lengua oficial no será simplemente una norma compartida sino una herramienta de dominación.

Pero Voloshinov perecería en el trayecto, eliminado junto con su propuesta,11 y su enfoque, globalizador y dinámico tendría que esperar años para reaparecer como una necesidad bajo otras determinaciones. Porque con el auge de la antropología cultural de posguerra, y en el corazón de cierta “lingiiística aplicada” ligada a la expansión protestante del imperialismo (Summer Institute of Linguistics, guerra del Pacífico, guerra fría, etcétera), cobraría fuerza tanto la etnolingiiística que quizás sea el producto, en gran medida, de una necesidad educativa y normativa del Milenio neocapitalista:, en el momento en que se requiere de “programas compensatorios” para pobres, lumpenproletarios, “marginados”, habitantes de “zonas deprimidas”, indios remisos, delincuentes, paganos y toda clase de grupos que deben responder a las nuevas necesidades de reproducción del capitalismo. Por un lado se requiere asegurar el libre intercambio de la mercancía (generalizar una Lengua única y standard) y por otro se necesita perpetuar la división en clases que es en última instancia el fundamento de la producción. Se requiere educar, evangelizar, castellanizar (como en el caso de México: tarea conjunta y coordinada de indigenistas nativos y misioneros yanquis), pero se necesita también que los de abajo permanezcan tranquilos en su lugar “e n el lugar que les corresponde”, como diría Televisa.

PROCESOS GENERATIVOS DE LA IDEOLOGÍA

Haría también falta medio siglo de desarrollo y un nuevo escenario de crisis global del capitalismo, para que la ciencia del lenguaje tornara a enjuiciar al cartesianismo, la taxonomía y la falsa división entre lo social y lo lingüístico. En los últimos años el replanteamiento resulta así aparentemente novedoso, sobre todo en Europa, aun cuando el despegue se haya iniciado desde los sesentas en Francia y los Estados Unidos. Hoy algunos desempeños de la lingüística inglesa, por ejemplo, han vuelto con nuevas experiencias sobre estos temas (Halliday,. Fowler, Bernstein)12 y han recurrido a los estudios de caso y a la delimitación de algunas estructuras y transformaciones; basándose para ello en una apreciación marxista de base, en algunos
fundamentos clásicos del estructuralismo y en no pocos de los procedimientos que proporciona la lingüística generativa: al menos en lo que respecta a la consideración de las “estructuras profundas” y de las transformaciones que generan el conjunto infinito de “estructuras superficiales más o menos visibles.

Es en ese contexto que recientemente se ha insistido en una interesante topografía de los temas ideológicos a través de los códigos de la lengua, considerando que se trata de códigos sobredeterminados por las relaciones de producción, por las relaciones de clase, y mediados por “distribuciones de poder” y “principios de control”13

Se empieza a desarrollar así toda una cartografía de los procesos lingüísticos y las funciones de poder que les son inherentes, enfoque que tiende a colocar en otro contexto y desneutralizar los aportes sin duda revolucionarios de la gramática generativa; situando a las estructuras de “competencia”, y a su despliegue creativo y generativo, en un contexto desigual de complejas relaciones de clase y control instrumentadas por el lenguaje. En este sentido, si bien Chomsky pretendió romper con la dinámica y lógica de una ciencia fuertemente marcada por el siglo de las Luces, los desarrollos actuales rompen a su vez con la “neutralidad” implícita de esta ciencia y su relación con “lo social”, posibilitando —a veces sin proponérselo— un nuevo encuentro con el marxismo. A pesar del sociologismo presente en Bernstein o en Labov, quienes se refieren a “estratos” más que a clases sociales (o que insisten —como Bernstein— en ignorar la capacidad del sujeto para tomar conciencia de su lenguaje; o en reducir el lenguaje a esta reflexividad: “lo social” equivaldría a la superficie del habla y no a su “base”, es decir, las relaciones de significación),14 es indudable que el avance ha sido fundamental y cualitativo. Es más, si lleváramos el análisis un poco más allá, nos volveríamos a topar nuevamente con las dos cuestiones que quitaron el sueño (y la vida) a Voloshinov: el poder y lo que de lingüístico tiene la naturaleza del Estado.15

Habría que recordar que desde la perspectiva del marxismo los antecedentes más inmediatos, aunque por desgracia poco conocidos, los hallamos en las incursiones de quien como estudiante de filosofía analizara la glotología de Cerdeña y que desde la cárcel no ocultaría su intención de emprender una investigación del espíritu público italiano, como “un estudio de lingüística comparada”; las aproximaciones de Antonio Gramsci por el universo de la fonología, la dialectología y el lenguaje16 en gran medida se adelantan o prefiguran en varios aspectos estas nuevas apreciaciones. Porque la generatividad sintáctica y su expresión en lo ideológico/político son de hecho el trasfondo de todas las consideraciones gramscianas sobre el lenguaje. Además, desde el momento en que Gramsci penetra en una teoría de los mecanismos internos del Estado (legitimidad, hegemonía, consenso, represión…), en los mecanismos capaces de garantizar su carácter de clase, estará de hecho penetrando en una crítica paralela al instrumentalismo que caracteriza a cierta lingüística y a cierto marxismo (o que acerca a los “instrumentalistas” y a los “estructuralistas” en una ignorancia común acerca de los aspectos de autonomía estatal). Todos estos antecedentes marcan de nuevo un camino que va por la distribución del poder, la división social del trabajo, los principios de jerarquía, la pertinente clasificación del entorno (las “visiones del mundo” en donde se inscribirían sobre sus pies las ontologías antropológicas, los avances taxonómicos de la etnolingüística y de la “etnografía del hablar”), y lo que a grandes rasgos podrían definirse como “roles de reconocimiento”.

En este replanteamiento, además, adquieren otra dimensión conceptos fijos, autorizados y clásicos, tales como: la doble determinación del lenguaje, la dicotomía estructuralista entre lengua y habla, entre sistema y su manifestación concreta, entre significado y significante, entre estructuras profundas y superficiales…17 Dentro de esta intención se reorientará asimismo la búsqueda de relaciones concretas a través de lo empírico, de los estudios de caso,18 analizando —por ejemplo— los “discursos en acción” en los mensajes de los medios, tratando de esclarecer los procesos y transformaciones que acompañan a la realización lingüística de la ideología dominante: sobre todo en lo declarativo, en el habla de las noticias y la publicidad; o las intenciones políticas manifiestas (el uso definitivo del imperativo, las nominalizaciones y pasivizaciones que permiten articular como “naturales” procesos que en realidad son sociales e históricamente determinados).19 Así, los procesos de “neutralización” preexisten ampliamente en la manifestación cotidiana y real de ciertos usos del lenguaje, en el despliegue previo e “inorgánico” de la ideología dominante. Los textos impresos y la difusión electrónica, ampliamente desarrollados en los últimos años, serían en todo caso lo explícito de un amplio discurso implícito: islas o icebergs del “sentido común”. Serían hoy uno de los principales caldos de cultivo de la ideología y de la imposición de normas de habla y conducta.20

A pesar de un cierto fetichismo de la verbalización que caracteriza a la visión de Bernstein, y que ha permitido la aplicación de sus conceptos a una “educación compensatoria” que trataría de enriquecer el habla “de las clases dominadas” (o un cierto falseamiento en lo que “lo ideal es decirlo todo” cuando la intencionalidad del lenguaje —a veces más rico en sociedades “arcaicas”— consistiría en una capacidad de significar mucho diciendo poco), no cabe duda que estas vías que se multiplican no han partido de cero: de hecho retoman la discusión de entreguerras, no son un producto inopinado y tienen además (por otros caminos y con todas sus limitaciones) muy directos antecedentes en el estructuralismo francés de los sesentas, orientado en general hacia la aplicación de las normas del análisis lingüístico a muy variados temas y aplicaciones: la literatura, el arte, las mitologías, la etnografía, el parentesco, la ideología, la (re)lectura de El Capital (revisión saussureana, por supuesto), etcétera. Para no hablar del extenso y debatido aporte de Althusser, podemos recordar aquí sólo de paso el auge de la semiótica (versión modernizada de aquella “semiología” que según el viejo sueño de De Saussure englobaría a la lingüística, la comunicación, las ciencias sociales…), los cortes anatómicos de Roland Barthes, las “arqueologías” de Foucault, los redescubrimientos que nos presentan remozados aquellos aspectos de oposición/complementariedad trabajados entre 1929 y 1938 por el Círculo de Praga, por Jakobson, por el estructuralismo norteamericano (Sapir et al) o por las construcciones sistemáticas de Hjelmslev (denotación/connotación). Para lo que nos ocupa resultaría esencial el
quehacer de Barthes: su insistencia en dar, como diría Calvet, “una ojeada política al signo y de constituir una semiología general del mundo burgués”, en desmontar los mitos hegemónicos, las ideologías (“los mitos de la burguesía”) que siempre concurren a “deshistorizar la historia y a universalizar lo contingente”. Porqué según él (y a diferencia de Lévi-Strauss, más interesado en las mitologías “arcaicas”), el mito burgués sería “el nido privilegiado de las ideologías, que siendo culturales por definición, necesitan fingirse naturales para sobrevivir”, y su función sería producir una cierta ilusión de realidad, o un cierto efecto de verosimilitud (“la apariencia de verdad que provoca la persuasión”, como diría Aristóteles en su retórica). Así, las principales “figuras” de la ideología dominante serían: la inmunización y recuperación de los elementos que le son contrarios, la privación de la historia, su identificación con el buen sentido y la “normalidad”, la tautología (“es así porque es así”), el “ninismo” (“ni esto ni lo otro”), la verificación, etcétera. En la simbología burguesa algunos mitos maduran mejor en ciertos climas sociales (“para el mito también hay microclimas”), y tienen además toda una geografía (“es muy posible trazar lo que los lingüistas llamarían las isoglosas de un mito, las líneas que definen el espacio en que es hablado”), y su despliegue pasa por el habla: rica, multiforme, digna y con la exclusividad del metalenguaje para la burguesía; mientras que el oprimido hace el mundo y sólo tiene un lenguaje activo, transitivo y político (el Mito dominante es neutral, intransitivo, gestual, eterno…). De nuevo aquí, el “código cultural de base”, atravesado por transformaciones lingüísticas, se relacionaria con el sentido común y con el espíritu de época, algo que por lo demás nos retrotrae a Gramsci y a Voloshinov.21

En todo caso, y más allá de lo que fue una simple y acrítica “moda de las estructuras”, una de las limitaciones del estructuralismo radicaría en sólo emprender el análisis de lo ideológico en los significados cristalizados, en sus manifestaciones superficiales, conforme a una concepción especial/vertical del signo lingüístico, sin tomar en cuenta el “trabajo previo”: los procesos de producción de significados, o los sistemas de operaciones semánticas en función de ciertas condiciones de producción y procesos de reproducción…

Esto explicaria en parte las insistencias posteriores en el “análisis del discurso” y el desarrollo extraordinario que sus técnicas han tenido en el desmontaje de ciertas estructuras superficiales de lo ideológico.22 Surge después aquí el problema de suponer que el único modo de detectar los componentes de una ideología sea el aplicar los dichos “análisis de contenido”. En función de las rutinas neutralizadoras de la ciencia y la moda (e incluso su expansión desde el centro a la periferia), esto implica el riesgo de quedarse en la pura manifestación, usando criterios de análisis arbitrarios y tendiendo a sujetarse a ciertos modelos. La metodología deja de ser un “filtro” intercambiable para constituirse en un fin en sí. En lugar de que el material empírico contribuya o “hable” sobre la opción de los “modelos”, éstos se convierten en camisa de fuerza, fetichizada y unívoca. Los “análisis de contenido”, en su mayoría, sobrevaloraron las técnicas o se convirtieron en “prueba” para demostrarlos, y su desarrollo constituye hoy un nuevo ejemplo de la enorme capacidad de reproducción de lo hegemónico en el discurso de la ciencia.

Pero los sesentas no sólo produjeron este “totalitarismo de lo lingüístico”, sino que también el viejo y tortuoso diálogo caminó en sentido contrario: la aplicación de ciertas categorías ya cristalizadas del marxismo al análisis del lenguaje; algo presente en las propuestas de cierta lingüística italiana, en especial en Augusto Ponzio y Ferruccio
Rossi-Landi. El primero incursionó además en el terreno de la ideología y pretendió la inversión del aparato metodológico chomskyano,23 mientras que el segundo utilizaría — no sin cierto mecanicismo— los puntos de referencia de la economía política marxista al estudio del lenguaje (o lo que é1 creyó que eran los puntos de referencia básicos contenidos en El Capital). A lo que él llama “trabajo lingüístico” habría que aplicar las categorías de trabajo, capital, mercado, producción, valor…, la econométrica en el estudio de la comunicación; y, por qué no, categorías lingüísticas a lo económico (“la economía como sector de la semiótica”, “la semiótica de los mensajes-mercancía”, etcétera) en una serie de redes que condicionan al “capital lingüístico constante y variable” del hombre como animal que trabaja y habla. La teoría marxista del valor, tal y como aparece en El Capital (y en otros textos no conocidos en las entreguerras: Grundrisse, Formen…) se relacionaría así mucho más claramente con los procesos de producción lingüística, o con los procedimientos del análisis fonológico: el lenguaje como trabajo y como comercio (valor de cambio y de uso de los signos),24 o el sistema de oposiciones contrastantes en el análisis de la mercancía, que son descubiertos por
Marx mucho antes de que surgieran la fonología y la morfología. Aparte de estas coincidencias, que proceden de aplicar un método científico a problemas de orden histórico-social, o de las similitudes vistas incluso desde 1929 por un estructuralista conservador norteamericano como Leonard Bloomfield, habría que incluir aquí lo resumido por Umberto Eco:25

Un objeto, según su valor de cambio, se puede convertir en el significante de otros objetos. Y conste que quien se permite llegar a esa conclusión no es en modo alguno un partidario del imperialismo semiótico (ni de la tentación “idealista” de la semiótica) sino un pensador materialista: Marx. En el primer libro de El Capital, Marx no solamente demuestra que en un sistema general de mercancías cada una de ellas puede convertirse en el significante que remite a otra, sino que además añade que esta relación de significación mutua es posible porque el sistema de mercancías se estructura por medio de un juego de oposiciones similar al que los estudiosos de la lingüística han elaborado para establecer la estructura del sistema fonológico, por ejemplo. Y se puede llegar a constituir un código de mercancías porque cada una de ellas adquiere una posición dentro del sistema, oponiéndose a otras; código en el que cada eje semántico corresponde a otro y las mercancías del primero pasan a ser los significantes de las mercancías del segundo eje, que se convierten en sus significados.

También, por los procesos de fetichismo de la mercancía y de alienación del trabajo pasará necesariamente el análisis de los procesos lingüísticos de reproducción ideológica. O como lo diría el mismo Ferdinand De Saussure desde principios de siglo: “Es que tanto en lingüística como en economía política estamos frente a la noción de valor; en ambas ciencias se trata de un sistema de equivalencia entre cosas de orden diferente: en una un trabajo y un salario, en la otra un significado y un significante”.26

Después, algunos epígonos del estructuralismo propondrán, apoyándose críticamente en técnicas generativistas,27 ir a los procesos y sus componentes específicos: buscando nuevas categorías cuando el material así lo requiera. Habría según esto que considerar al
sistema ideológico como una gramática; o sea, un modelo finito que genera una posibilidad infinita, arborescente y multipolar de manifestaciones. Habría que ir además a la caracterización de los procesos de derivación, y no sólo en lo “ideológico” sino además en lo “político”: por ejemplo, hacia la búsqueda de nuevas categorías de derivación y expresión del fenómeno extenso de concreción político/económica, que constituye el Estado. Sólo así tendría sentido la aplicación de técnicas variadas a los diversos y posibles “análisis del discurso”. Eliseo Verón lo intenta tratando de rescatar los aspectos dinámicos del principio generativo de Chomsky:

El estudio del sistema ideológico es el estudio de una competencia,28 de una capacidad productiva, a saber, la de engendrar un número indefinido de proposiciones reconocibles como manifestación de dicho sistema [ … ] incorrecta en el sentido de que se reduce al material lingüístico [ … ] Sobre esta base podemos decir que, en el pasado, el error fundamental de gran parte de la teoría y la investigación sociológica sobre las ideologías ha sido el de limitarse a estudiar la manifestación ideológica determinados desempeños— sin contar con un modelo de la competencia; más aún: sin plantearse siquiera la necesidad de construir tal modelo.29

Y el problema hasta aquí se sitúa en el hecho de que aún las propuestas evolucionarias de la lingüística de Chomsky se refieren a la capacidad individual; siendo lo social, en el mejor de los casos, la simple suma de estas capacidades. A ello se debe asimismo que gran parte de esta visión y sus desarrollos hayan caído en el terreno del psicologismo y las determinaciones biológicas, si no es que en el más puro de los idealismos.30 En todo caso, el camino consiste en tratar de colocar estos hallazgos en el terreno de la totalidad y de la división social del trabajo: en un “mapa” o una carta de marear del territorio a explorar de las ideologías, en el cual la manifestación de los discursos ideológicos se daría en tres amplias categorías: los “textos” o discursos sociales, la “acción” (o los sistemas de acción como mensajes de conducta) y los “objetos” (la organización del espacio social). En este mapa, mediado por relaciones de jerarquía, poder y división social del trabajo, las estructuras profundas se referirian al modo de producción (como “modelo generativo abstracto”) y a lo concreto y específico de cada formación económico-social: a la articulación de sus relaciones, a las prácticas sociales necesarias para su reproducción (es decir, a lo ideológico como reproducción y a lo político como concreción práctica de la hegemonía). Atravesada por todas estas relaciones, la expresión del Estado se daría en los “textos” de todo tipo, en las `”acciones” mediadoras o represivas y en la “práctica territorial” (nación, soberanía, organización del espacio político y económico). En organizar la productividad de las clases subalternas (en dictaminar sobre su “fidelidad”, su “sacrificio necesario” o su “rebeldía”) dentro de los límites de un territorio dado. Si esto resulta evidente en el centro o en la periferia actual del capitalismo, en los procesos permanentes de acumulación, lo sería aún más en los orígenes por conquista o implantación de muchas de las sociedades integradas al concierto mundial por la puerta del colonialismo o el enclave.

A su turno, habría que ir más al fondo de la cuestión, delimitándola con detallados estudios de caso: análisis del discurso de la prensa y los medios, de la educación y las redes de escolarización, de las entrevistas, de la selección de personal en las empresas (por sociólogos y psicólogos), de la racionalización diversificada del tiempo de trabajo y su historia reciente (del taylorismo y el fordismo a la robótica);31 de las reglas de clubes, sectas y otros grupos; de la religión, de la ideología, de la publicidad, de la administración, de la informática, del discurso científico, etcétera…

Porque la lingüística apunta hoy, sirviendo de nuevo como “tecnología de punta”, hacia la determinación precisa de los procesos que en última instancia caracterizarían el enorme papel que juegan el lenguaje y lo discursivo en la concreción de las prácticas ideológicas y políticas. Aquí se rompen entonces las mejores tradiciones de la lingüística “neutral” y acabada, así como otras no mejores del marxismo ortodoxo
concebido como ciencia total. Es más, estas interinfluencias múltiples se hallan hegemonizadas por los usos del lenguaje, por quienes pueden ver y vigilar sin ser vistos, por quienes detentan el poder o por quienes a través del lenguaje articulan su dominación. Estas prácticas discursivas en última instancia estarán determinadas por el lugar que se ocupe en las relaciones de producción. “Cada acto y cada palabra”, diría Mao Tse-tung, “llevan su sello de clase”; y por eso mismo esta búsqueda de la parcialidad del discurso debe también formar parte de la necesaria postura crítica del marxismo en sus acercamientos a la ciencia del lenguaje: teniendo siempre en cuenta que aun las herramientas “científicas” pasan por previas selecciones y usos del poder; o por utilizaciones de la creatividad discursiva que tienen que ver con aquella conocida referencia de Lewis Carroll, en el diálogo sostenido entre Alicia y Humpty Dumpty, acerca de que lo importante no son las ilusiones del discurso, o los diversos significados que pueda tener una palabra, sino saber exactamente quién manda y cómo lo hace.32

Sin pretender caer en el mito de la “macrociencia”, la lingüística cubriría entonces campos tan vastos como los de la semiología saussureana o los de la filosofía del lenguaje de Voloshinov; campos que van más allá de su entorno tradicional (la lengua hablada y escrita) . Involucraría a todo el conjunto de los “textos” sociales, en los que el lenguaje en sentido estricto constituiría sólo un aspecto, siendo otros: las prácticas de clase en lo ideológico-político, los metalenguajes de las clases y grupos dominantes, los sistemas simbólicos, la cultura popular, los espíritus de época, las prácticas económicas, las rutinas de la historia, las luchas sociales, el sujeto revolucionario, los objetos y la imagen, los aparatos ideológicos, la organización del espacio social, etcétera… Productos todos de diversos tipos de acumulación histórica, de lo específico y característico de cada formación económico-social. Si todo esto, que parecería producto de una necesidad puramente académica, lo inscribimos en una praxis de transformación, bien pocas serían las diferencias con el marxismo en su esencia inicial, su búsqueda de la totalidad, de una cierta semiología de lo social…

LA TRAMA VERBAL DEL PODER

Un territorio enorme se abre entonces en el necesario desmantelamiento de los momentos de expresión social, de tradiciones hegemónicas y subalternas, de aspectos de dominación p “coacción extraeconómica”, de servidumbre, instituciones familiares, leyes y “costumbres” más o menos institucionalizadas: precisamente ahí donde es difícil separar lo económico de lo ideológico/político, la base de las superestructuras. Todo lo que debería constituir el campo privilegiado de una socio-lingüística crítica, cuya tarea iría al desbrozamiento de cientos de factores que se hallan hoy nublados por relaciones que la ciencia social aborda de manera fija o parcial, que cierto marxismo suele apreciar de manera unilineal y que la práctica política de la izquierda contribuye en gran medida a reproducir.

Vistas las cosas de esta manera, no puede uno dejar de referirse a lo que de lingüista tuvo Antonio Gramsci; al arsenal inacabable de su “filosofía de la praxis” tan abigarrada, viva y sugerente; a sus concepciones acerca de la legitimidad, la autonomía relativa, el consenso, etcétera. Así, una apreciación original de Gramsci nos conduce de plano a las actuales preocupaciones, pues para él era bastante claro que, “en general, las significaciones reafirman y consolidan las estructuras sociales existentes”, y que:
Todo lenguaje es un continuo proceso de metáforas y la historia de la semántica es un aspecto de la historia de la cultura, el lenguaje es al mismo tiempo una cosa viviente y un museo de fósiles de la vida y de la civilización.33

Lo provechoso en función de esta nueva reordenación del quehacer lingüístico se refiere a sus revolucionarias concepciones acerca de la lengua oficial, al centralismo político y su expresión verbal, a la dominación lingüística, a los fenómenos que ligan lengua y norma oficial con dominación burguesa en los países del centro y con dominación colonial en la periferia (en “Occidente” y en “Oriente”); entre el mundo del consenso y la sociedad autovigilada y el de la necesaria represión e imposición violenta, entre el mundo de la sociedad civil en expansión mediadora y el de la acumulación primitiva permanente. Fenómenos todos que Calvet llamaría de “glotofagia”,34 y que nos conducen de lleno al corazón mismo de la naturaleza del poder, algo que por lo demás Gramsci resumirá en términos de lenguaje: la norma hegemónica es la dominante, la gramática normativa es un acto político, el Estado es necesariamente educador:
Toda vez [dice Gramsci] que de una manera u otra aflora la cuestión de la lengua, significa que se está imponiendo una serie de otros problemas: la formación y ampliación de la clase dirigente, la necesidad de establecer relaciones más íntimas y seguras entre los grupos dirigentes y la masa popular nacional, es decir, de reorganizar la hegemonía cultural.35

En un vasto dominio, el Estado aparece desplegando su hegemonía en términos de política del lenguaje y política cultural, educando en el contexto de un bloque histórico determinado, de una correlación de fuerzas que impone su atracción magnética, su “cam,o de fuerza”. Es aquí también donde la “lingüística gramsciana” adquiere actualidad y sigue marcando posibles vías de trabajo analítico, al menos en lo que respecta al caso de México, en donde existe toda una historia de unidad nacional, más clara desde la Revolución en términos de hegemonía burguesa. Articulada a través de la educación, la castellanización, el indigenismo, la evangelización (sobre todo la evangelización protestante), el desarrollo de cierta antropología y cierta lingüística: descripción estructural de las lenguas indígenas y el español, aun cuando muy poco se ha incursionado más allá (o lo que es peor, una colaboración estrecha entre las redes “nacionales” del indigenismo y las “transnacionales” del protestantismo norteamericano: Instituto Lingüístico de Verano, etcétera…).

Resultan también ilustrativos en nuestro caso los discursos generados por medios de comunicación, funcionarios, educadores, etcétera; hasta la determinación de sistemas más amplios que de alguna suerte ya vienen siendo analizados con respecto a algunos temas y desde perspectivas un tanto diferentes: conformación de estructuras de poder
centrales y su desdoblamiento práctico en el medio rural y urbano,36 en la educación formal y sus instituciones,37 en las diferentes aplicaciones de la política del lenguaje (la política del Estado hacia el español como única lengua oficial y hacia el medio centenar de lenguas indígenas subalternas del país)38 el discurso de la televisión, la radio, la prensa, etcétera. En función de estos procesos concretos de derivación, de las estructuras ideológicas profundas, es posible situar la naturaleza actual del Estado mexicano. Bastaría con referirse a la literatura oficial y semioficial acerca de las políticas económicas de los últimos años, o de la política en general, para tener un caldo de cultivo impresionante en cuanto a formas específicas de nublamiento lingüístico y mitologías hegemónicas: la devaluación constante del peso, toda la discusión alrededor de la pretendida nacionalización de la banca, todos los discursos acerca de la crisis y la deuda externa, las explicaciones acerca del abandono de algunas posiciones de política exterior, las declaraciones y acciones acerca de variadas coyunturas (refugiados, soberanía nacional, crímenes políticos, corrupción, etcétera).

Las reflexiones irían así hacia los aspectos más profundos de lo ideológico y lo representativo, hacia las articulaciones múltiples de relaciones de poder sumamente complejas. Lo que va desde la tecnocracia y la “neutralidad” economicista de la cúspide hasta la cotidianeidad regional del caciquismo; desde la expresión última de lo económico y las relaciones de producción hasta el tipo de Estado necesario a la reproducción del capital. Hasta las “cárceles de larga duración” y la permanencia tenaz de aspectos como el dominio regional, el patriarcalismo, el charrismo y una gama de jerarquías de desigualdad; de estructuras represivas que cuentan con un alto componente de lubricante legitimador. Quedarían así al descubierto muchas legitimidades, resemantizaciones y metalenguajes constituidos alrededor del Estado, dentro de su “campo magnético”, y reproducidos por la derecha, el gobierno e, incluso, por algunos sectores de izquierda: el complejo mitológico alrededor de la periodización de la historia nacional, el indigenismo, la política obrera, la solemnización de hechos del pasado (como la Revolución mexicana), la recuperación de héroes antitéticos al sistema (“precursores” de la Revolución y hasta del priísmo: los hermanos Flores Magón, Emiliano Zapata… ), y tantos otros nidos privilegiados de las mitologías hegemónicas, a los que contribuyen con afán reproductor las ciencias sociales, la tecnocracia, los medios, lo jurídico, el monetarismo ambiente y toda una historiografía centralista y reverencial que construye una visión de la historia museográfica o por encargo, o de plano inventa ilusiones legitimadoras: la arqueología turística, la ruta de la Independencia, el Templo Mayor, los restos de Cuauhtémoc, los huesos de Sor Juana, el recorrido nacional de los Símbolos Patrios, etcétera..

Porque, y aquí volveríamos a los términos del diálogo, si seguimos considerando al Estado bajo el lente de la larga tradición revisionista y vulgar del marxismo, como el instrumento utilizado por los capitalistas para consolidar su dominación de clase, una herramienta neutra apropiada y utilizada por una de las clases sociales en una correlación dada de fuerzas, su naturaleza real aparecerá subsumida y confundida, y seremos capaces de conmovernos acríticamente de hechos tales como las implicaciones de la intervención del Estado en la economía, ilusión que ha penetrado a un amplio sector de la izquierda desde los años del cardenismo hasta la nacionalización de la
banca. Lo real es que el Estado sigue siendo un “capitalista colectivo en idea”, una “abstracción real del capital en general”; sigue siendo la unidad contradictoria entre el Estado abstracto, como forma abstracta de las relaciones sociales (así como el valor sería la forma abstracta económica de esas relaciones), y el Estado bajo su forma concreta de existencia, bajo un determinado tipo de régimen político, con sus propias tradiciones históricas de dominación de clase. Un régimen político en donde la lucha de clases, la lucha política entre partidos y otras contradicciones se dirimen en la cúpula del poder: virtualmente acaparadas por el Estado: de ahí que el partido oficial aparezca con sus diferentes “sectores” como una síntesis de la sociedad entera, y que para el pueblo elecciones y partidos (incluyendo los de oposición) aparezcan como simples juegos del poder, como movimientos decisivos que se efectúan al margen de la sociedad civil aunque utilizándola.

En México, como sabemos, gran parte de esas tradiciones se consolidan con la Revolución, aun cuando en mucho provienen de un modelo centralista que nos viene de lo prehispánico y lo colonial. De ahí que la lingüística tenga que aclarar aspectos tales como la larga historia de la educación y la castellanización, el aplastamiento de las especificidades regionales, culturales y étnicas, el bilingüismo, el tipo específico de simbolismo ideológico que el uso de la lengua española tiene para la sociedad en general, y en particular para los hablantes de lenguas de origen prehispánico.39 Mientras, otras tradiciones y rutinas de poder difieren poco de las de otras regiones del mundo capitalista: el control de la palabra y su función simbólica en los medios y lo cotidiano, en aspectos de tanto detalle como el cáracter natural que se confiere a la condición dominada del obrero, el campesino, el indio, la mujer, el niño… Porque gran parte de la esencia autoritaria del Estado, “abstracta”, se concretiza en la noción patriarcal de la familia y las sociedades regionales, en tradiciones que se relacionan con el tránsito múltiple del despotismo agrario al despotismo industrial; que se desdoblan en prácticas y coyunturas determinadas; o en situaciones que muchas veces se expresarán a través del lenguaje: en el “mal manejo” del español, en el habla rural tal y como la conciben la burguesía y sus medios (la radio, la televisión “oficial” y “privada”, el cine…), en la institución de la norma, de “lo correcto”, de la “normalidad” en la conducta o el vestir; o de quienes anatematizarán desde el poder el habla de los indios, los campesinos, los locos, los desviados… o en las reglas de “renovación moral” de un reglamento de “policía y buen gobierno” dictaminado y aplicado por una administración corrupta. .
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Es más, hay procesos dentro del propio funcionamiento interno del lenguaje que pueden ser detectados claramente. Aparte de la neutralización que permite ciertos lugares comunes (por ejemplo frases como “el movimiento obrero organizado!) ; de procesos de pasivización de los imperativos (órdenes o amenazas que se articulan utilizando voces pasivas: “se agradeció nuevamente el sacrificio de los trabajadores”, “ha sido convocada la solidaridad de todos”. . .) ; u otros que permiten expresar como naturales lo que son procesos económico-históricos (“la crisis” como una catástrofe natural; la devaluación del peso, que en 1976 era “devaluación” pura y simple y hoy es “ajuste”, “deslizamiento”, “estrechamiento”, “flotación”, “escurrimiento “patinamiento” “fluctuación”, , “recuperación momentánea”, “rodamiento”, “evasión”, “deslisamiento”, etcétera) y que de hecho terminarán conformando metalenguajes sucesivamente resemantizados (al grado de que una utopía deseable sería que las palabras significaran algo, aunque la clase dominante en muchos casos cree definitivamente en los términos de su mitología : en ello radicaría el autoconvencimiento de los demagogos, o lo que los separa del cinismo puro y simple). Otro procedimiento verbal ligado por generaciones al ejercicio del poder es el interrogativo (su uso en contexto de desigualdad): aparecerá en los tratos comercial-usureros entre acaparadores y campesinos, en la servidumbre agraria y la coacción extraeconómica, y se erigirá como una de las funciones inherentes a la expresión de dominancia, al habla del poder, desde sus manifestaciones más sutiles y desarrolladas hasta las más burdas (el comentario del entrevistador de televisión que siempre se coloca por encima de sus entrevistados, la relación maestro-alumnos como continuidad de la relación padrehijos, la encuesta para ingresar a una fábrica, el examen de admisión, la revisión aduanal, las pláticas obrero-patronales, la prepotencia de todo funcionario que se respete, el interrogatorio policiaco, la práctica de la tortura, la tortura como forma de ejercicio directo del poder despótico…) Por estos procedimientos pasarán entonces las funciones de regeneración, legitimación y represión, tres formas distintas y una sola y verdadera naturaleza del Estado que se expresará en la realidad concreta del régimen político: en el ejercicio cotidiano del poder y todo lo que esto significa, en un aparato público “impersonal” situado aparentemente al exterior de la sociedad o “mediando” fuerzas antagónicas. Tampoco podemos olvidar que en México (caracterizado además por un funcionamiento exitoso de la dádiva, la mediación, la corrupción compartida; por una gran vitalidad de estos mecanismos en un largo periodo), el régimen político que se legitima y se reclama de la Revolución sigue siendo su propia antítesis: un gobierno “agrarista”, “obrero”, “nacionalista y popular”, “de unidad nacional”; apoyándose de todas maneras en una innegable, aunque decreciente, relativa autonomía.40

Pero cada vez resulta más difícil reproducir esta imagen, en la medida en que cada vez más la fuente de la derivación de la naturaleza capitalista del Estado mexicano se sitúa al exterior de la propia formación social. Su esencia y forma deriva del capital en general a escala mundial, de las imposiciones financieras transnacionales y de las formas de acumulación imperialista que constituyen su razón última, su estructura profunda: de la que dimanan sus formas superficiales pero que escapan definitivamente a su control. Como el proceso no es privativo de México, resulta todo menos un azar el que en la América Latina de los últimos años el Imperio capacite y entrene militares y administradores, según las circunstancias: en muchos países de “legitimidad restringida” harán falta férreas dictaduras para implementar las mismas políticas de “austeridad” (y aquí la palabra significa “austeridad para las mayorías, ventajas para el gran capital”), políticas que en México se aplican todavía por los cauces de una legitimidad relativa basada en una alianza que llega a su término. Por todo esto y más se abandona el diálogo y la mediación, se restringe la democracia, se vuelve a viejas prácticas de imposición y fraude, se entroniza la prepotencia de los sordos, se recurre al diccionario de sinónimos para justificar (cuando esto todavía se hace) la creciente pérdida de soberanía, el deterioro económico impuesto bajo presiones o las restricciones a los escasos márgenes de mediación y democracia. Por todo esto también, los aparatos estatales desplazan a los “políticos”, a los “populistas” (es decir, a los intelectuales orgánicos de las viejas mitologías) y ocupan a los administradores, a los muchachos de Chicago y Harvard, a los economistas adiestrados en el manejo monetarista de los problemas. Bajo estas condiciones, el complejo mitológico de la Revolución se ve seriamente mermado, y se avanza rápidamente hacia lo que Gramsci llamaría un “equilibrio catastrófico”…

Cada vez más el discurso estatal aparecerá mediado por mayor número de transformaciones, lo cual necesariamente afectará el grado de su verosimilitud. Al abandono de las antiguas formas de mediación y cooptación seguirá un proceso de reacomodo, de estupor y desmovilización, y —posteriormente quizás— una agudización de la lucha de clases que nos conducirá más fácilmente a la violencia o a la dictadura abierta: pero sólo en ese contexto y en esa maduración real surgirán las alternativas de cambio. y éstas, como formas nuevas, surgirán de la sociedad civil (quizás de los movimientos y de la creatividad popular más que de los partidos, de los que hoy compartan con el Estado mucho del discurso y la responsabilidad en el aplastamiento de esta misma sociedad civil). También es evidente que el discurso hegemónico está en vías de agotamiento: “mayor número de transformaciones y pauperización léxica podría ser una definición lingüística de este acabamiento demorado. El empobrecimiento, la destrucción sistemática y el desplazamiento virtual del país van a la par del desgaste del discurso dominador. Mientras, otros fenómenos nuevos en su intensidad y violencia complican aún más el posible análisis: el monto y las condiciones de la deuda, la soberanía nacional transferida casi sin explicaciones al Fondo Monetario Internacional, la sigilosa entrada al GATT, la vergonzante desnacionalización de banca y empresas, el deslizamiento a derecha de todo el aparato estatal, la corrupción generalizada en las redes del poder, lo que la opinión cada vez más autorizada de Televisa llama “narcoterror” (el narco-caciquismo y las redes de delincuencia “transnacional” estrechamente imbricadas con tramas nacionales y regionales del poder y del Estado) ; o la cada vez más débil frontera entre Estado y delincuencia, entre poder político y crimen organizado, entre “lo estatal” y “lo privado”, entre lo que separa al norte de México de los Estados Unidos (o al sur de Centroamérica) ; o la delincuencia cotidiana ejercida por los aparatos que antes eran sólo represivos, la destrucción sistemática y consciente del medio ambiente en el altar creciente de la acumulación capitalista…

La necesaria revitalización de estas temáticas en el campo de la lingüística y la semiología del poder constituye de hecho un rearme en tiempos de crisis y desmovilización; en momentos en que las simbologías dominantes aparecen como incontestadas, legitimadas incluso en el uso interesado de algunas concepciones marxistas sacadas de contexto, sacralizadas por un entorno que fluctúa entre la derecha y la “moderación”. Nace en este caso de un nuevo y fructífero encuentro entre la crítica necesaria a un marxismo que se debatió durante largo tiempo en una elemental aplicación de fórmulas fijas y una lingüística ajena a lo social. La coincidencia se vuelve a plantear desde ambas direcciones y transita de nuevo por los caminos de la lucha de clases, por el desmontaje minucioso de los procesos que consolidan la desigualdad y la reproducen a todos los niveles, desde lo cotidiano hasta las enmarañadas redes del poder político y la reproducción ideológica. Los lazos conceptuales que desde por lo menos un siglo han unido a la lingüística y el marxismo conducen en general a un mismo fin: la construcción a futuro y desde hoy de un nuevo discurso, de una nueva hegemonía cultural que pasará necesariamente por el desmembramiento crítico del discurso dominante, por la reconstrucción específica de nuestra(s) historia(s), las nacionales y regionales, por la búsqueda de categorías propias a nuestra realidad, por la recuperación de las culturas subalternas, por el
desmantelamiento tenaz de las estructuras, sistemas y procesos que se reproducen de izquierda a derecha y que hoy se hallan en crisis, que producen aparentes retrocesos e ilusiones, y que es necesario sacar a luz para esta nueva tarea colectiva de la ciencia y el movimiento real.
Aquí también, el lenguaje tiene la palabra..

Notas

1 Una clásica concepción mecanicista es la de Stalin (cf. José V. Stalin, El marxismo y los problemas de la lingüística, ed. en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1976). También. Frangoise Gadet, Jean Marc Gayman, Yvan Mignot, Elisabeth Rondinesco, Les mitr es de la largue, aves des textes de Marr, Staline, Polivanav, ed. Francois Maspero, París, 1979 (en especial Stalin, “Lettre á la camarade E. Kracheninnikova”, pp. 220-25).
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2 Basil Bernstein, “Codes, modalities and the process of cultural reproduction: A model”, Language in Society (Dell Hymes, comp.) pp. 327-63. También Dell Hymes, “Speech and language: on the origins and foundations of inequality among speakers”, Language in education: Ethnoleguistic Essays, Language and Ethnography series. Centre for Applied Linguistics, Washington, 1980, pp. 19-60

3 Como los argumentos de Althusser acerca de que lo ideológico no es lo superestructural en sentido estricto, sino algo así como el cemento que unifica o fluye entre los “ladrillos de la estructura” (Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, La filosofía como arma de la revolución, Cuadernos de Pasado y Presente, n. 4, ed. Siglo XXI, Córdoba, Argentina, 1970).

4 Valentin N. Voloshinov, El signo ideológico y la filosofía del lenguaje, ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1976. Esta edición, traducida del inglés (Marxism and the Philosophy of Language, Seminar Press, Nueva York, 1973), contiene un apéndice de los traductores, Ladislav Matieyka, acerca de los orígenes de la semiótica en Rusia, y I. R. Titunik. acerca del formalismo y el análisis literario.

5 Ibid., p. 31. “El problema de la interrelación de la base y las superestructuras —problema de excepcional complejidad, que requiere una enorme cantidad de datos preliminares para su tratamiento productivo— puede dilucidarse en grado considerable a través del material de la palabra. Observada desde el ángulo que nos concierne, la esencia de este problema se reduce al modo como la existencia real
[la base] determina al signo y al modo como el signo refleja y refracta la existencia en su proceso generativo”.

6 Ibid., p. 34.

7 Ibid., pp. 36-37. “La existencia reflejada en el signo no sólo es reflejada sino refractada. ¿Cómo se determina esta refracción de la existencia con el signo ideológico? Por la intersección de intereses sociales orientados en distinto sentido dentro de la misma comunidad de signos, es decir, par la lucha de clases. Pero la clase no coincide con la comunidad de signos, es decir, con la comunidad, constituida por la totalidad de usuarios del mismo conjunto de signos para la comunicación ideológica. Varias clases diferentes usan la misma lengua. Como resultado, en el signo ideológico se intersectan acentos con distinta orientación. El signo se convierte en la arena de la lucha de clases.” Y en algo que bien podría ser dicho por Gramsci, Voloshinov anota: “Esta multiacentualidad del signo ideológico constituye un aspecto crucial. Gracias a esta intersección de acentos un signo mantiene su vitalidad y dinamismo así como su capacidad de mayor desarrollo. Un signo que ha sido apartado de las presiones de la lucha social —que, por así decir, trasciende los límites de la lucha de clases— se debilita inevitablemente, degenera en alegoría y se convierte en el objeto no ya de una viva inteligibilidad social sino de la comprensión filológica. Los recuerdos históricos de la humanidad están llenos de signos ideológicos desgastados incapaces de servir de liza para el cheque de acentos sociales vivos. Sin •embargo, en tanto son recordados por los filólogos y los historiadores, se puede decir que conservan sus últimos resplandores de vida”.

8 Ibid., p. 37.

9 Ibid.; p. 95.
10 Ibid., p. 79. “Las opiniones de De Saussure sobre la historia son muy características del espíritu del racionalismo I…1 que considera la historia como una fuerza irracional que distorsiona la pureza lógica del
sistema de la lengua.” Ibid., p. 101. “Cuando el lingüista-filólogo compara diferentes contextos en que aparece una palabra determinada, dirige su atención al factor de identidad en su uso, puesto que para él lo importante es poder aislar la palabra de los contextos comparados y definirla fuera de contexto, crear a partir de ella un vocablo de diccionario.

11 Voloshinov desapareció en 1934, durante una purga.

12 Cf. Bernstein, op.cit. También M. A. K. Halliday, El lenguaje corno semiótica social. La interpretación social del lenguaje y significado, ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1982; así como Roger Fowler, Bob Hodge, Gunther Kress, Tony Trew, Lenguaje y control, ed. Fonda de Cultura Económica, México, 1983.

13 Basil Bernstein, op. cit.

14 William Labov, “The study of language in its social context”, en J. A. Fishman, ed., Advances in the sociology of language, vol. 1, The Hague, Paris, 1971, pp. 152-216.

15 Jurgen Habermas, Knowledge and Human Interests, Beacon Press, Boston, 1971.

16 Véase la interesante compilación hecha por Antonio Paoli, La lingüística en Gramsci. Teoría de la comunicación política, ed. Premié, La red de Jonás, México, 1984. También J. L. Houdebine, Langage et marxisme, ed. Klincksieck, Paris, 1977; y Etienne Balibar, “Marxisme et linguistique”, Cahiers marxiste-léninistes, n. 12-13, julio-octubre de 1966.

17 Bernstein, op. cit., pp. 353-54. “Crucial para nuestra perspectiva”, aclara Bernstein, “es aquí la distinción analítica entre poder y control, esto es, entre qué es lo que se reproduce y la forma de su adquisición […] en un nivel más abstracto hemos argüido que el poder constituye relaciones entre, y el control constituye relaciones dentro. Que el poder es el principio de la relación entre categorías, y el control constituye el principio de realización de estas relaciones. Desde esta perspectiva, los códigos son transformaciones dentro de principios/gramáticas de semiótica específica; de realizaciones de categorías en donde las relaciones de éstas representan lo paradigmático, siendo las realizaciones lo sintagmático.”

18 En Fowler et. al, op. cit.

19 Ibid.

20 Roger Fowler y Gunther Kress, “Lingüística crítica”, en ibid., pp. 248-49.

21 Roland Barthes, “Los mitos de la burguesía”, traducción de un capítulo de Mythologies; en Arte, Sociedad e Ideología, n. 3, octubre-noviembre de 1977, México, pp. 94-97. Cf. Gilberto Giménez, “Lingüística, semiología y análisis ideológico de la literatura”, cap. x de Mario Monteforte Toledo et al., Literatura, ideología y lenguaje, ed. Grijalbo, México, 1976, pp. 269-350. Un antecedente importante en cuanto a recuperar la semiología de De Saussure, se remite no sólo a Roland Barthes (“Elements de sémiologie”, Communications, 4, 1964), sino a toda una reconsideración hecha en los sesentas: como el intento de síntesis en una “semiótica” hecha por Umberto Eco desde fines de esa década (1968, en español La estructura ausente, introducción a la semiótica, ed. Lumen, Barcelona, 1978). El problema de Eco es que coloca a la ideología como un residuo extrasemiótico disponible y sujeto a las `”circunstancias de la comunicación”, algo que le interesa desglosar en su manifestación, en sus modelos, pero no en sus aspectos de reproducción: “a la semiótica no le interesa saber cómo nace el mensaje, ni cuáles son sus razones políticas y económicas” (pp. 181ss.).

22 Cf. Communications, 8, ed. du Seuil, 1981, “L’analyse structurale du récit” (Barthes, Greimas, Bremond, Eco, Gritti, Morin, Metz, Todorov; Genette). También Teun A. Van Dijk, Estructuras y funciones del discursa, ed. Siglo XXI, México, 1983.

23 Augusto Ponzio, Gramática trans/ormacional e ideología política, col. Fichas, ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1974. Para Ponzio, la concepción chomskyana del lenguaje “no consigue explicar el componente ideológico del discurso. Esto significa que, como la lingüística taxonómica contra la cual toma posición, la teoría de la gramática transformacional, a pesar de ciertas apariencias debidas a la terminología que emplea, elude el problema de la producción lingüística”.

24 Ferruccio Rossi-Landi, El lenguaje como trabajo y como mercado, ed. Monte Ávila, Caracas, 1970. Aquí habría además que recordar una conocida referencia de Marx y Engels en La ideología alemana (Ediciones de Cultura Popular, p. 31) : “El lenguaje es tan viejo como la conciencia práctica, la conciencia real que existe también para los otros hombres y que, por tanto, comienza a existir también para sí mismo; y el lenguaje nace como la conciencia, de la necesidad, de los apremios del intercambio con los demás hombres”.

25 Umberto Eco, op. cit., p. 39. Recuérdese aquí el impacto que El Capital produjo sobre Leonard Bloomfield, uno de los más influyentes estructuralistas norteamericanos. Al respecto dice Zellig Harris (Language n. 27, p. 297): “Durante la Depresión, cuando la admiración por Rusia y los preparativos de Norteamérica para la guerra no habían
empañado aún las conclusiones sociales y científicas de Karl Marx, Leonard Bloomfield me comentó que al estudiar Das Kapital se impresionó sobre todo ante la similitud entre la forma en que Marx trata la conducta social y la forma en que lo hace la lingüística”.

26 Del Curso de lingüística general; citado poe Serge Latouche, Lingüística y economía política, Rodolfo Alonso Editor, Buenos Aires, 1975. También K. Marx y F. Engels, Escritos sobre lenguaje, Rodolfo Alonso Editor, Buenos Aires, 1973.

27 Eliseo Verón, “Condiciones de producción, modelos generativos y manifestación ideológica”, en Claude Lévi- Strauss, Louis Althusser, Adam Schaff, et al. El proceso ideológico, ed. Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1976, pp. 251-92.

28 En la teoría de la gramática generativa o transformacional desarrollada por Noam Chomsky como una “revolución dentro de la lingüística”, y desplegada en varios textos ya clásicos, la noción de competencia se refiere a la capacidad intrínseca de un hablante-oyente ideal para producir o interpretar un número indefinido de frases en una lengua determinada. La noción de desempeño (performance) se refiere a la conducta lingüística concreta de un hablanteoyente empírico (cf. principalmente Noam Chomsky, Estructuras sintácticas, ed. Siglo XXI, México, 1974).

29 Las formas más groseras de este error”, continúa Verán (op. cit., p.. 257), “se revelan en el plano de los instrumentos: usar, por ejemplo, para estudiar `ideologías’ los cuestionarios de actitudes y opiniones, o suponer que el único modo de detectar los componentes de una ideología es aplicar análisis de contenido, el cual no solamente es enteramente incapaz de ir más allá de la manifestación sino que por sus características intrínsecas destruye la organización misma de la manifestación sobre la base de criterios enteramente arbitrarios. Ningún refinamiento metodológico a nivel estadístico (como por ejemplo los elaborados por Osgood) podrá neutralizar estas deficiencias; por el contrario, semejantes elaboraciones sólo nos proporcionarán errores cada vez más refinados”.

30 Cf. Paul M. Postal, “Limitations of phrase structure grammars”, en J. A. Fodor y J. J. Katz, The Structure of Language, Englewood Cliffs, Prentice Hall, 1964, p. 138. E incluso conduzcan al mismo Chomsky a caracterizar la capacidad innata del hombre para el les, guaje (y aun para el trabajo, si lo vemos desde una perspectiva marxiana) al campo de la tradición judeo-cristiana de ver al hombre como “imagen y semejanza de Dios”; algo que escapa a cualquier explicación. En todo caso, Marx la colocará en función del desarrollo del trabajo, de una “ennates” adquirida por el trabajo humano: “Una araña ejecuta operaciones que recuerdan las del tejedor, y una abeja avergonzaría, por la construcción de las celdillas de su panal, a más de un maestro albañil. Pero lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor abeja es que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza, antes de construirla en la cera. Al consumarse el proceso de trabajo surge un resultado que antes del comienzo de aquel ya existía
en la imaginación del obrero, o sea, idealmente” (El Capital, ed. Siglo XXI, t. 1, vol. I, p. 216). En suma, lo que seria un “proceso de trabajo y valorización lingüística”, que Chomsky coloca en el terreno de las estructuras profundas y sus transformaciones a la superficie, lo conduce sin embargo a definir los rasgos lingüísticos universales, innatos, como algo más allá de toda explicación racional. “Los procesos” dice Chomsky (en “La lengua y la mente”, cap. 7 de: Heles Contreras, comp., Los fundamentos de la gramática transformacional, ed. Siglo XXI, 1975, p.204), “por medio de los cuales la mente humana ha adquirido su estado presente de complejidad y su forma particular de organización innata son un misterio total, tanto como las cuestiones análogas que podrían proponerse acerca de los procesos que conducen a la organización física y mental de cualquier otro organismo complejo. Es perfectamente inocuo atribuir estos procesos a la evolución, siempre que recordemos que esta afirmación no tiene, en realidad, sustancia —o que equivale nada más que a la creencia de que seguramente debe existir alguna explicación naturalista para estos fenómenos”.

31 Véanse los trabajos de Benjamin Coriat, El taller y el cronómetro. Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la producción en masa, ed. Siglo XXI de España, Madrid, 1982, y La Robotique, ed. La Dé couverte/Maspero, París, 1983, que proporcionan un excelente material sobre el “discurso” del trabajo en Taylor, Ford y Stajanov. 32 Cuando uso una palabra —dijo Humpty con algo de desprecio—, significa lo que me da la gana que signifique. Ni más ni menos. —El problema —dijo Alicia— es el de si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. —El problema —dijo Humpty Dumpty— es el de saber quién manda. Eso es todo” (Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas)

33 Antonio Gramsei, El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, ed. Lautaro, Buenos Aires, 1958, pp. 150-51.

34 Louis-Jean Calvet, Linguistique et colonialisme. Petit traité de glottophagie, ed. Payot, París, 1974.

35 Antonio Gramsci, Literatura y vida nacional, ed. Juan Pablos, México, 1976, p. 225.

36 Acerca de la ideología indigenista, “teórica”, y su expresión real y cotidiana en las prácticas racistas y caciquiles del Valle del Mezquital, véase: Roger Bartra, “El campesino indígena y la ideología indigenista”, en Campesinado y poder político en México, ed. Era, México, 1982, pp. 72-93. Una compilación interesante de primera mano es la de Carlos Monsiváis en “Por mi madre bohemios” (La Cultura en México, revista Siempre!), que será básica para cualquier análisis futuro del discurso del Estado y la sociedad civil mexicanos.

37 Por ejemplo, Justa Ezpeleta y Elsie Rockwell, “Escuela y clases subalternas”, Cuadernos Políticos, n. 37, julioseptiembre de 1983, pp. 70-80. También Rafael Segovia, La politización del niño mexicano, ed. El Colegio de México, México, 1975. Sobre las funciones educativas y de gobierno cedidas al monopolio Televisa por el Estado mexicano, véase la compilación de Raúl Trejo Delarbre, Televisa: El quinto poder, ed. Claves Latinoamericanas, México, 1985.

38 Para citar una de las últimas compilaciones sobre el tema, véanse los documentos del foro “La política del lenguaje en México”, compilados por Mercedes Olivera (Indigenismo y lingüística, ed. Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1980), en el que se sometió a un severo análisis a los diversos “aparatos de Estado” que pesan sobre la población indígena; algunos como agencias del gobierno y otros estrechamente implicados con éste, que realizan actividades educativas y religiosas en el medio rural indígena: la educación bilingüe y bicultural del Instituto Nacional Indigenista, el Programa de formación profesional de etnolingüistas nativos, el método de castellanización del Instituto de Investigación e Integración Social del Estado de Oaxaca, el Instituto Lingüístico de Verano (Summer Institute of Linguistics y algunas de sus filiales: Alas del Socorro, campamento de contrainsurgencia en Yaxoquintelá, Ocosingo, Chiapas, etcétera) ; así como las prácticas paralelas de caciques, guardias blancas, Ejército y policía que constituyen ya parte de la vida cotidiana de las comunidades indígenas en Chiapas, Oaxaca, Hidalgo, Veracruz… Esta compilación se halla sin embargo fuera de circulación, como muchas otras que yacen ocultas en los sótanos de la máxima casa de estudios.

39 El español como “lengua de poder” frente a la condición dominada, y asumida como tal, por los hablantes indios acerca de la “inferioridad” de su lengua y su cultura. Es más común en nuestra sociedad llamar, con una connotación totalmente despectiva y racista, “dialectos” a las lenguas indígenas, mientras el español es un “idioma”. Este lenguaje es incluso reproducido por la prensa de izquierda. La superioridad del español, en todo caso, no radica en la estructura interna (mucho menos rica que la de las lenguas indígenas para aspectos de medio ambiente, tecnología campesina, etcétera) sino en su papel de lengua de dominación colonial desde la conquista: retomada como tal por las oligarquías posteriores a la Independencia.

40 Cf. Nora Hamilton, México: los límites de la autonomía del Estado, ed. Era, México, 1983. Incluye una crítica a “instrumentalistas” y “estructuralistas”, y coloca en su justa complejidad los orígenes históricos del Estado mexicano moderno. En esa nueva línea, retomando a la escuela alemana de la “derivación” y la recuperación metodológica del concepto de “abstracción real” para el análisis del Estado (planteada, por ejemplo, por Pierre Salama: “État et capital. L’État capitaliste comrne abstraction réelle”, Critiques de l’Économie Politique, 3), aunque criticando a Salama por su “funcionalismo”, se desarrolla el artículo de José Luis Solis González —basado en mucho en el ejemplo mexicano “La question de 11tat dans les pays capitalistes sous-dévéloppés: quelques problémes de méthode”. Critiques de l’Economie Politique, nouvelle, série, n. 13 (“Divisions internationales du travail”), oct.-dic., 1980, París, pp. 78-105. Curiosamente, y sin pretenderlo, este trabajo plantea de hecho muchas tareas al análisis lingüístico de las expresiones del poder en la periferia capitalista.

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