Compositores-intérpretes e intérpretes

Por: Ángel Carrascosa Almazán.
Fuente: http://www.filomusica.com (Revista de música culta Nª 88, Junio-Septiembre 2008)

Sigo escuchando de vez en cuando a melómanos que se preguntan cómo es posible que “la mejor versión de tal obra no sea la del propio compositor”. Esto me reafirma en la opinión de que, en torno a la interpretación, hay conceptos no se tienen bien sentados. Me gustaría, por ello, discurrir un poco sobre este asunto “en voz alta”, es decir delante del teclado del ordenador.

Habrá que comenzar por alguna obviedad: una partitura, que es lo que nos lega el compositor, no es música: es un papel blanco lleno de manchitas. La partitura no es música hasta que no suena. Y para hacerla sonar es preciso dar un segundo paso. Esto no ocurre en otras artes, es algo especial de la música, algo que es a la vez una servidumbre y una grandeza. Para las mentes más cuadriculadas es un grave inconveniente que se necesite de intérpretes para que la música suene, es decir, para que sea música. Pero también puede verse como una posibilidad de riqueza añadida: si la interpretación fuese única nos privaríamos de la diversidad de matices y de puntos de vista de la que gozamos, aun con el inconveniente de que alguno de estos puntos de vista pueda ser “erróneo”.

De todos modos, creo que hay que quitarse de la cabeza que las interpretaciones se aproximen más o menos al “ideal”, porque no creo que podamos hablar de un “ideal”. Éste sería, según algunos, ni más ni menos que la idea que de su obra tuviera en mente el compositor. Suponiendo que fuese fija, inmutable y “material”, es decir, sonora. Pero, de entrada, esa idea es imposible de reconstruir, y segundo, es de dudosa existencia: por fuerza habría de ser inconcretable y cambiante, no inmutable.

El primer paso de la música, el de componerla, es el que sabe hacer el compositor, es su tarea; en cuanto al segundo, el de hacerla sonar, no tiene por qué ser el compositor el más capacitado para darlo bien. Porque son dos pasos muy diferentes, y un gran compositor sabe cómo componer y un gran intérprete cómo hacerla sonar. Por descontado que hay compositores que son grandes intérpretes de su obra, pero cuando interpretan también ellos están dando ese segundo paso, no el primero: es una misma persona que primero compone y después interpreta (salvo en el caso de la improvisación a un instrumento).

La tentación de afirmar que “la interpretación ‘verdadera’ es la que interpreta el compositor” se cae por su propio peso: no sólo porque es opinión muy extendida (aunque subjetiva) que con frecuencia el pianista X interpreta mejor tal obra de Z que el propio Z (aun en los casos en que Z sea un virtuoso del piano, que no es cuestión de carencia de destreza); sino, sobre todo, porque sabemos que un compositor no interpreta tal obra suya siempre del mismo modo. En estos casos, cabría preguntarse: ¿cuál de ellas es la “verdadera”?

Descendamos a algunos casos concretos. Paul Hindemith grabó su Sinfonía “Matías el pintor” dirigiendo a la Filarmónica de Berlín. Pero cuando Wilhelm Furtwängler la registró, al frente por cierto de la misma orquesta, Hindemith admitió que la del genial maestro berlinés era superior. En una ocasión, tras escuchar Brahms una interpretación de una sinfonía suya que él mismo había estrenado, admitió: “También puede ser así…”

Sin embargo, Stravinsky, que consideraba un problema la diversidad de puntos de vista de los directores de orquesta sobre sus obras (hay quien dice que por pura avaricia, pues quería que se vendieran solamente sus grabaciones), llegando a afirmar que los directores deberían ser meros “campaneros”, que se limitasen a tirar de la cuerda para que sonase la campana. Pero él mismo quedó en evidencia cuando grabó en dos ocasiones, con algunos años de diferencia, una misma obra suya: la segunda difiere de la primera; mucho o poco, pero difiere: ¿cuál es, entonces, la “verdadera”?

Y es que la interpretación de una obra, sobre todo si es gran música, se va enriqueciendo con las sucesivas aportaciones de los grandes intérpretes. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que la Sinfonía “Patética” de Tchaikovsky sonó en su estreno, dirigida por el autor, con la belleza, la perfección y la intensidad emocional de la versión de Leonard Bernstein para D.G.? Porque tenemos ejemplos más próximos: nadie duda que Rachmaninov era, aparte de un gran compositor, un pianista colosal. Pues bien: escúchense sus grabaciones (RCA) de sus propios Conciertos y de su Rapsodia Paganini, con la Orquesta de Filadelfia dirigida por Stokowski y Ormandy. Hoy día han llegado a quedar muy atrás frente a las de los grandes pianistas que han venido después (y que, sin duda, conocieron y estudiaron esas grabaciones): Horowitz, Rubinstein, Gilels, Richter, Van Cliburn, Ashkenazy, Gavrilov, Kissin…

Además de que los gustos de los tiempos cambian mucho, hoy no serían de recibo interpretaciones tan veloces, que nos suenan hoy tan en exceso puramente virtuosísticas y tan poco paladeadas melódicamente. Es curioso, pero, a la vista ciertas interpretaciones a cargo de Rachmaninov de obras de Chopin (visionarias, adelantadísimas en su tiempo, como otras de Cortot o de Rubinstein) y de otros autores, no hay más remedio que concluir que Rachmaninov era mejor intérprete de la música de Chopin que de la suya propia. Y ¿por qué habría que escandalizarse de ello?

En cuanto a lo que aporta la “jurisprudencia interpretativa” que se va acumulando con el tiempo (los intérpretes pueden aprender escuchando a los anteriores, también de sus desaciertos), hay un caso muy ilustrativo: cuando Bartók escuchó a Yehudi Menuhin estrenar la Sonata para violín solo que éste le había encargado, declaró: “Yo pensé que la música sólo se podría interpretar así al menos cincuenta años después de la muerte del compositor”…

En definitiva, no existe “la” versión de una obra; existen muchas, y desde luego que las grandes referencias interpretativas, que se tienen a veces como inalcanzables, pueden ser superadas. Y, sin duda alguna, matizadas, vistas desde ángulos diversos (en ocasiones muy distantes). ¿Qué me ha pasado, por ejemplo, con las grabaciones de la Séptima Sinfonía de Bruckner? Una obra que adoro, en mis comienzos de melómano la conocí en la versión de Furtwängler (EMI), considerada la más bella de las existentes en disco hasta bastante después de su aparición. Cuando se publicó la de Karl Böhm (D.G.), me gustó aún más; la de Solti en Chicago me pareció todavía superior; y con la de Barenboim en Berlín ocurrió otro tanto; desde entonces, las de Celibidache (las filmadas en Múnich y Berlín) han sobrepasado a todas las anteriores… Pero, pese a esta progresión, sería muy duro prescindir de la escucha de cualquiera de ellas. En otros casos, sin embargo, ciertas versiones dejan tan atrás a las precedentes, que deja uno de escucharlas por puro placer.

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