Por: Juan Andrés Lagos
Fuente: http://www.cronicadigital.cl (08.05.09)
Lo que ha hecho el ex Ministro de Economía del Presidente Salvador Allende y hasta hace muy poco destacado representante del «laguismo» en la Concertación, el Senador Fernando Flores, tiene por cierto consecuencias éticas de fuertes proyecciones.
Más allá de que su labor como parlamentario es crecientemente rechazada y hasta repudiada por quienes votaron por él en el norte del país, y seguramente este debe ser un dato no menor para quien ha dicho públicamente que en política el pragmatismo tiene un valor.
Más allá de que la idea-fuerza de mostrarse a sí mismo como el «gran inovador», amparado en un simplista concepto de la tecnología aplicada al desarrollo humano, no ha sido ningún aporte a la vida política y social del país.
Más allá, incluso, de la tolerancia democrática real, esa que reconoce el valor del pluralismo, del ciudadano, de la participación, de la inclusión, de la justicia social, de la hermandad entre las naciones y pueblos, del respeto a los Derechos Humanos.
Su determinación final tiene por cierto consecuencias éticas.
El, sin presión alguna que se conozca, en determinación totalmente voluntaria, ha decidido respaldar al candidato presidencial del tronco histórico de la derecha criolla, la misma que respaldó el golpe y la misma que impuso en Chile a sangre y fuego el sistema neoliberal y la actual constitución política, legitimada en definitiva por el Presidente Ricardo Lagos en una acción cosmética que ni siquiera la propia Concertación, ahora, avala.
Aquí, en Chile, no ha sido la izquierda ni el progresismo democrático el sector político que ha buscado, de múltiples modos y formas, imponer una impunidad a las violaciones a los derechos humanos de primera generación, entre los cuales el derecho a la vida, y proyectar, hacia el futuro de Chile, la legitimidad del uso de la fuerza militar ante escenarios que ese mismo sector define como «peligros para la nación o para la seguridad nacional».
En esa supuesta doctrina, que entre otras cosas ya ha sido anunciada por el propio Piñera (la militarización de las regiones en donde existen una gran cantidad de comunidades mapuches), se entrelazan la impunidad hacia el pasado y la fuerza represiva hacia el futuro, como factor de «gobernabilidad democrática». Cuestión que el candidato de la derecha copia, casi exactamente, del actual gobierno de Colombia.
Es más que evidente que Piñera remarca su prioridad respecto de la «lucha contra la delincuencia», con una inclusión y asociación bastante perversa de la represión a los movimientos sociales y políticos que, una vez más, él y su sector, ante ellos mismos, deciden que no son democráticos.
Sin embargo, esta misma derecha mantiene a lo menos un llamativo silencio y pasividad respecto de proyectos de ley que de verdad ataquen el lavado de dinero, el narcotráfico y otros flagelos que son de alta rentabilidad económica, pero lapidarios para una calidad de vida real.
En el plano de las relaciones internacionales, esta derecha persiste en dar la espalda a todo el positivo, democrático y futurista proceso de integración que recorre el continente, y del cual son exponentes no sólo Presidentes, sino pueblos mayoritarios tales como el de Brasil, Argentina, Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia, El Salvador, Paraguay, Uruguay, Honduras, Nicaragua; y en en ese mismo contexto los marcos multilaterales tales como el Mercosur, Unasur, a los cuáles la derecha criolla pre moderna lo único que hace es «mostrarle los dientes», y con bastante falta de imaginación y creatividad, señalar que son expresión del «populismo».
Una derecha que simplemente quedó, una vez más, descolocada, en la reciente Cumbre Iberoamericana, cuando el propio Obama (a diferencia de Bush), hizo gestos de reconocimiento a los «populistas de izquierda», a lo menos como actores y sujetos políticos válidos a quienes no se puede desconocer tan caprichosamente.
Una derecha que dice que el sistema binominal está bien, porque «da gobernabilidad», y entonces «hay que perfeccionarlo, pero no cambiarlo».
Una derecha que encuentra «perfecta» la actual constitución política.
Una derecha que persiste en sostener el monetarismo extremo, en franca retirada en todo el mundo, como política de acumulación para soster el capital financiero predominante en la economía nacional.
Una derecha que tiene un patrón valórico que asusta, por su intolerancia, pero que al mismo tiempo es extremadamente liberal en el plano de la mercantilización de la vida social y de las relaciones humanas.
Una derecha que ha defendido como «gato de espalda» a los grandes clanes para evitar que los delitos que han cometido con el escándalo de los precios a los remedios, sea penalizado. Pero que sin embargo demanda las «penas del infierno» a quienes no cancelan sus deudas, a quienes muchas veces, por incapacidad, no pueden responder a las exigencias de la usura instalada como un valor social.
Hay muchas cuestiones más, pero a esta derecha, no a otra, se incorpora «el inovador» ex Ministro de Economía del gobierno de Salvador Allende.
Tal vez, el parlamentario hasta hace muy poco exponente del laguismo se equivocó de oportunidad y tiempo. Tal vez no, porque podría estar evaluando que Piñera va a ganar, y este es el momento de subirse al carro.
Ciertamente el pasado y la historia son asuntos del presente. Una ética básica indica que en forma individual, y social, es bueno y necesario hacerse cargo de ese pasado y de esa historia.
En un diálogo epistolar tolerante, abierto y humanista, el filósofo italiano Eco y el Cardenal católico Martini, hacen referencia a estos aspectos. Ambos vigentes, ninguno posmoderno.
Tal vez, Flores se equivocó de oportunidad y tiempo, y a lo mejor este paso de un lado a otro podría haber tenido otro sentido y significación cuando en Chile la «democracia de los consensos o de los acuerdos», fraguada todavía cuando Pinochet era Comandante en Jefe, estaba en su apogeo.
Chile está cambiando, y el gesto de Flores cala profundo por este contexto, que es presente y por sobre todo futuro.
Aún cuando el pasado y la historia tienen sin duda un valor, así como la coherencia, cuando se habla desde la ética y los principios, hemos querido centrar este comentario en otros aspectos.
Lo de Fernando Flores no es un asunto de tolerancia, es un asunto de principios.
El autor es periodista. Subdirector de Crónica Digital.
Santiago de Chile, 8 de mayo 2009
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