Polémica sobre Plácido Domingo

Por: Carlos Tena
Fuente: http://www.insurgente.org (02.03.09)

Para Silvio Toscano, con cariño, afecto y comprensión, desde un avión

por Carlos Tena

Lamento la demora en la presente contrarréplica, pero volar desde Barajas en esta época me ha llevado por el camino de la amargura. Superadas las barreras que nos puso la nieve, las huelgas, la niebla y la ministra española de Fomento, cuyas explicaciones sobre su gestión en época conflictiva emulan al mejor Cantinflas, paso a comentar el artículo que se publicó en defensa de Plácido Domingo, como contestación al que firmé hace unos días, en el que me quejaba amargamente de la impunidad del tenor para destrozar las canciones populares de medio mundo. Y aún lo hago.

Varios colegas y amigos me avisaron de que se ha publicado en mi queridísima web, una respuesta a ese artículo sobre el terrorismo vocal del tenor hispano-mexicano-estadounidense, firmado por Silvio, a secas, cuando el propio autor, a nombre descubierto (aunque ignoro si utiliza un seudónimo) me envíaba horas más tarde ese mismo escrito, en el que aclara que es Silvio Toscano, quiteño y operario, fan del “mejor tenor de todos los tiempos”, porque así lo dijeron algunos pocos de los miles de especialistas que en el mundo existen, y cuya decisión es, por encima de todo, vinculante para un ser que presupongo racional. No me hallo en ese caso. Si cualquier Sanedrín de expertos decidiera que un determinado pintor es el mejor de la historia, tendría que deducir, ante todo, que los miembros de ese tribunal han recibido un jugoso estipendio para rubricar tamaña memez. Mi racionalidad me conduce inevitablemente a la duda razonable. Otra cosa sería que un grupo de científicos demostrara que la mamba negra, es la serpiente más venenosa de todos los tiempos. O que Esperanza Aguirre es la arpía más renegrida que ha presidido la Comunidad de mi castigado Madrid.

Así pues, esa titulación que enarbola el fan de Domingo, no tiene el menor valor intelectual o científico. Pero al comunicante le basta para estar convencido de que el melífluo cantante (remilgado, rebuscado, pulido, melindroso, blandengue, empalagoso, azucarado, suave, etc.) es la encarnación de la summa artis de la ópera en su apartado de tenores. Le acompaño en el sentimiento, Recuerdo que un jurado de expertos en rock (donde Silvio me concede, generosamente, cierta credibilidad), señaló en su día que Queen había sido el mejor grupo de todos los tiempos. Insisto: un profesional que firme tamaña aseveración, queda en el ridículo más patético por el sólo hecho de decidirlo. Los críticos y especialistas de Hollywood también acostumbran a reunirse para decidir qué actor o actriz, director o película son “el o la mejor de todos los tiempos” (menos del futuro, claro), además de otorgar, junto a más de dos mil socios ”supernumerarios” de la Academia de la Meca del cine. Son decisiones que interesan mucho a los medios de incomunicación social, a los organizadores de festejos, fiestas de caridad y demás cachupinadas, para entretener a la alta sociedad de todos los tiempos y, sobre todo, para que los fans se sientan más seguros consigo mismos. Vender este tipo de absurdos es parte fundamental del liberalismo, dirigidos a bondadosas, cándidas y estupendas personas para que se diviertan y deleiten, imaginando que aquello de ven, escuchan, comen o tocan es lo mejor de todos los tiempos. Y así, creen que ellos también avanzan hacia el primor, que es una meta realmente tan admirable como inútil. A mí me basta la imperfección.

El amigo Silvio (que debe haberse leído de cabo a rabo la información que sobre mi humilde persona existe en eso que se llama Wikipedia), para corroborar su defensa del tenor, despliega su cargamento de cal y la arena contra el agresor, que soy yo. Primero me concede, magnánimamente, cierto mérito profesional, y más tarde hace esfuerzos sobrehumanos por intentar echarme en cara ciertos pasajes de mi vida profesional, como fue cobrar por hacer de jurado en el espacio Lluvia de Estrellas, junto a Martirio, Lucrecia, Alaska, Diego Manrique, Caco Senante o el desaparecido Luqui, donde decidíamos qué imitador era el mejor de esa media hora; o por grabar el videoclip Me gusta ser una zorra, del grupo de punk vasco Las Vulpess en 1983, de lo que estoy más que orgulloso y que supuso la denuncia del Fiscal General del estado contra mi persona. El bondadoso Silvio resbala en el intento y tropieza en la yema del huevo por algo elemental. Todo lo que dije en aquel espacio acerca de los cándidos imitadores de estrellas lo corroboraría y confirmaría de nuevo. Y otra vez, si fuera posible, utilizaría las cámaras de la Televisión pública para mostrar al espectador aquello que muchas otras cadenas quieren ocultar: a Tonino Carotone cantando su magistral Me cago en el amor, a Fermín Muguruza, al grupo Grande Marlaska, o como hace 20 años a Kojón Prieto y los Huajolotes, a Siniestro Total interpretando Me pica un huevo o a Tarzán y su Puta Madre poniendo un Piso en Alcobendas, Fulio Minglesias y sus Padres Secuestrados, Mari Cruz Soriano y los que le Afinan el Piano, y otra suerte de solistas y conjuntos que considero muy representativos de esa Península llamada Iberia. Silvio, al parecer, no concede la menor a estas otras óperas, eso sí, más proletarias, duras, irónicas y brevísimas. El clasismo seudo intelectual es una de las manías de los que creen estar situados en el paraíso del buen gusto, cuando lo cierto es que veranean y trabajan en el limbo.

El firmante Silvio, sin embargo, no dice nada sobre el meollo de mi artículo: la agresión permanente del tenor hacia la música popular, alegando algo tan obvio y torpe como que Plácido tiene todo el derecho a hacerlo. Y yo, a quejarme de ello. Me acusa además de colocar mis descalificaciones políticas hacia Domingo por encima de una valoración artística, en otro ejercicio de lectura e interpretación sesgada (propio de los fans más acérrimos), porque en mi escrito dejo claro que considero un buen profesional de la música culta o clásica al cantante, pero su maniobra para eliminar de un plumazo la presencia de Alfredo Kraus de cualquier quiniela sobre el proyecto de los Tres o Cuatro Tenores (y lo sé desde que así me lo comunicaron personalidades que prefiero, por discreción periodística, obviar y que estuvieron en el meollo de ese astuto lanzamiento artístico), se escondía una más que hipócrita razón: el formidable tenor canario “estaba muy unido a la memoria de Franco”. Eso no debe ser, según Toscano, una opinión política. O apoyar a Pinochet tampoco.

Como a Dalí, Bryce Echenique o Vargas Llosa, a Plácido Domingo le considero un artista de nivel muy alto, lo que no es óbice ni cortapisa para decir que, como creo humildemente que la ética no debe ser ninguneada a la hora de valorar la estética, pienso que una opinión política de derechas no es precisamente alabar a un asesino, a un genocida: eso es apología del terrorismo, como han hecho y hacen los mentados desde que tuvieron cierto uso de razón… económica. Puede que Silvio se extasíe ante las crónicas que Llosa hace estas semanas desde el Congo, para un diario tan estupendo como El País, rodeado de muerte y miseria, en las que el peruano (perdón, español y londinense) obsequia a sus fans con expresiones de dolor contenido, con ojos humedecidos ante la sangre y el horror. Yo no caigo en la trampa. Vargas sabe que cada átomo de dolor, son miles de euros para su bolsillo.

Decía mi amigo Antonio de Senillosa, de derechas de toda la vida y anti franquista militante, que España nunca sería otra cosa que un mal proyecto de país moderno, hasta que no existiera una derecha civilizada. Y tampoco ello es motivo de mi denuesto hacia los discos del tenor. No ha sido eso lo que me ha llevado a escribir aquel artículo sobre la grabación de ese CD titulado Pasión española, sino que todas esas coplas españolas han reventado por los aires gracias a la impostada garganta del tenor-director de orquesta. Durante muchos años, y así lo hice constar, el tal Domingo se dedicó a prostituir todo atisbo de pureza musical, merced a su educadas cuerdas vocales, y yo me limitaba a esperar que algún día cesara en su tremebunda carrera de crímenes canoros. Mi silencio ha tenido un límite cuando Plácido se ha defecado armónicamente sobre La Bien Pagá. Si Toscano goza con Domingo, está en su derecho y daría mi vida porque pudiera seguir equivocándose. Pero comprendo muy bien a los alter ego de Woddy Allen (ese inmenso actor, músico, guionista y director), cuando pone en boca en uno de esos divertidisimos papeles de personajes costumbristas, sinceros hasta la extenuación, frases como “Cuando escucho ópera alemana me dan ganas de invadir Polonia”.

Puede, incluso, que el amigo Silvio, cuando suenen los discos del tenor, se sienta transportado al séptimo cielo, y su espíritu vaya elevándose poco a poco, pero que tenga cuidado, porque podría ocurrirle como a los espectadores de aquel concierto de música culta, en una canción/parodia del magnífico actor y músico uruguayo Leo Masliah: de tanto ascender, se golpearon con el techo del teatro, lo quebraron y cayeron destrozados entre los cascotes del local.

Espero, por mi bien, que Plácido no sea tan generoso en el fututo que nos quiera regalar, porque tiene todo el derecho, un CD con versiones sobre los grandes éxitos del rock and roll de todos los tiempos. O puestos ya en el terreno de la ciencia-ficción ¿se imagina el personal cómo podría sonar la canción Hasta siempre, Comandante, en la garganta del mil veces nombrado? Tiemblo al pensarlo.

Una respuesta

  1. Quizás el señor Carlos Tena tenga razón al considerar que Plácido Domingo no alcanza el ideal de la copla en la ejecución que realiza. Pero lo que debe entender el señor Tena es que el señor domingo tiene derecho a hacer lo que mejor le parezca ya que su labor en la vida no es limitarse a cantar ópera y que ser tenor no le impide cantar cualquier otra cosa que le plazca, pues ser tenor no es ostentar un cargo público con unas funciones delimitadas en cuyo caso, excederse constituiría un abuso de poder.
    En la vida esto no es así, y el señor Domingo puede hacer lo que más le convenga. El señor Tena tiene derecho a expresar su opinión y a mostrar su gusto, pero en modo alguno le asiste el derecho a indignarse porque este señor u otro cante coplas, pues nadie posee nadie posee, que nosotros sepamos, el derecho a establecer quien puede cantar una copla. Que lo si está establecido por la filosofía es la parcela de la voluntad de cada cual y, en este caso, el señor Tena está invadiendo la voluntad ajena y eso, moralmente, constituye delito. Desgraciadamente legalmente no, y de ello abusa.

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