Por: Dominique Abel
Fuente: www.deflamenco.com
Mi primera condición necesaria para hacer una película de flamenco, es conocer bien a quiénes voy a filmar y tener unas ganas cada vez más grandes, de esas que empujan para adelante, de filmar a alguien concreto. Así es como me ocurre: conozco alguien desde hace mucho tiempo y cuanto más lo conozco, más va creciendo en mí el deseo de filmarle. El cine es entonces, lo que me aproxima a la vida: es sonido y es imagen y yo necesito transmitir, aunque sea una parte ínfima de todo lo que me ha dado el flamenco… Lo que me ha dado y también lo que le he dado, desde mi vida afectiva a mi vida laboral, pasando por mi salud y mi dinero. Ese conocimiento y amor hacia el y hacia los que voy a filmar es clave porque si no, no habría confianza y por lo tanto no habría entrega.
Sin entrega no puede haber una película de flamenco que valga para mí. Cuando hablo de entrega hablo de entrega mutua, de parte de los que están delante y de parte de los que están detrás de la cámara. Espero que eso sea algo que salte a la vista del espectador en los tres trabajos que he realizado hasta ahora. Que se note la naturalidad y la entrega de los artistas frente a la cámara y también la de las personas que están detrás. Esto es básico y es mi motivación principal, quiero de verdad y admiro a quien filmo. Ellos lo saben, nos conocemos, tenemos juntos un lenguaje común que es el flamenco y eso significa una manera de ser en la vida. Yo, repito, nunca estoy tan feliz como cuando comparto con ellos momentos de gracia. El flamenco, junto al amor, me ha dado los momentos de dicha más pura de mi vida… A menudo me preguntan: «¿cómo una mujer como tú… con unos hombres, tan machistas…?» Supongo que querrán decir: Cómo una mujer moderna , en el sentido de independiente (sólo en este aspecto me considero moderna) o culta, puede estar a gusto y bien recibida en un mundo tan machista como el del flamenco. En este sentido creo sin embargo que tendrían mucho más que contar las mujeres artistas, principalmente bailaoras o cantantes -ya que las guitarristas escasean- porque ellas son las que comparten un mismo terreno profesional con los artistas hombres siendo a la vez mujeres independientes e exigentes. Luego en el caso de las gitanas que son artistas (en el sentido profesional) es otra cuestión aparte, ya que eso tiene que ver con las formas y los códigos de la minoría a la que pertenecen (pero donde también hoy en día se pueden encontrar muchas variedades de comportamiento y visión entre unos y otros, de una familia a otra).
En lo que a mí se refiere, nunca he sufrido la más mínima falta de respeto, quizás también, porque no me acerco desde una postura de “grupie”, sino que comparto profundamente con ellos un arte que conozco y respecto. Me sorprende escuchar a menudo de parte de gente ajena a ese mundo, pero que se creen más o menos entendidos («porque era lo que escuchaba la chacha», o porque son de Sevilla, etc.) comentarios acerca de los flamencos como si fueran brutos, o muy cortos, o chabacanos, vulgares etc. ¡Dios mío! El hecho de no tener cultura leída -también hay algunos casos muy leídos, aunque no abundan- no significa no tener cultura. ¡Ojalá esa gran masa de gente hoy en día profundamente inculta (pero que hasta eso ignoran, ya que ahora todo el mundo sabe leer y llegar a las informaciones que necesita con más rapidez que nunca) tenga la décima parte de cultura que los flamencos dignos de ese nombre, tienen!
En cuanto a machismo, sufrí mucho más de la mirada de los homosexuales en los años que trabajé como modelo. Esa mirada sí que te tansformaba en objeto, pero no de deseo siquiera, sino de plástico puro: tenías que llegar a la perfección de un producto fabricado, cuanto más lejos de la vida mejor, y eso es una cosa mortífera porque nunca puedes llegar a esa perfección plástica… Nada que ver con la mirada del flamenco, aún cuando no está despavoriste de deseo, porque se trata de un deseo cálido, humano, lleno de vida. Luego le queda a una la elección de hacer lo que quiere con eso y de tener la suficiente habilidad para transformarlo en algo distinto, pero igual de feliz. Lo que yo sé, es que en ningún entorno -y la vida me ha dado a conocer muchos- he encontrado tanta sensibilidad y tanto humor, tanta gracia, tan aguda ironía, o sea tanta inteligencia.
Como decía, esa complicidad, ese lenguaje común, ese conocimiento que tengo de los que quiero filmar, me permite conseguir de ellos la máxima autenticidad y entrega. No me vale que hagan de «gitanos exóticos» cuando de gitanos se trata, yo estoy acostumbrada a ver eso, yo quiero mucho más.
Por ejemplo el caso de Agujetas. En ese hombre hay mucho teatro en su forma de dirigirse a los demás, pero a mí, toda la provocación de la que es capaz, no es lo que me interesa ni lo que me impresiona. No estoy a su lado para grabar las mayores barbaridades que dice, eso es para los periodistas que le gustan mucho los falsos escándalos y los falsos debates. No, yo lo que quiero sacar de él -al que conocía hacia más de 17 años cuando hice la película- es lo mejor que tiene: su mayor humanidad, su verdadera singularidad, su peculiar visión del mundo, de la existencia, del arte, del flamenco mismo, todo ello resultado de su historia familiar, social, cultural etc., pero también de su propia personalidad…
Pero hay algo que no puedo evitar, cuando hay una cámara hay una cámara. Quiero decir que lo más bello, cuando se canta (o se toca o se baila) entre muy pocos y únicamente porque se está muy a gusto, ese gusto, jamás podrá salir igual en un momento de trabajo, ya sea en el escenario o en el cine… El trabajo es trabajo, es responsabilidad, es cumplir, es ambición y en la mayoría de los casos es también necesidad y nunca tendrá esa «gratuidad» absoluta, esa generosidad pura, esa comunión , porque a eso lo llamo yo comunión. Esto significa, desgraciadamente, que lo más bello jamás será filmado. Hay que vivirlo, presenciarlo, así son los momentos memorables. Aún así, creo que he conseguido en «Polígono Sur», momentos de esas características, donde ellos se han encontrado con tal confianza y poco a poco (2) tan a gusto de verdad, que han acabado por olvidarse por completo de las cámaras (3) y vivir y compartir con la auténtica alegría que suele llegar y colmar esos momentos. Tanto dentro de la peñita con el Vareta, acompañado por Rafael Amador y Emilio Caracafé, que de noche, afuera, alrededor de la candela, con el Pelayo y casi los mismos.
Lo que yo pretendo es acercarme lo máximo a esa autenticidad, y ofrecérselo al espectador, que no vive él ese momento. Mediante una filmación, un montaje , se restituye mi mirada , mi visión del momento. Lo que busco es, por lo menos, darles momentos cinematográficos memorables. Lo que quiero decir con esto, es que esa realidad espontánea es un regalo de puro cine, de los que surgen muy escasamente. Sin embargo hay algo de lo que sufro en España , y que interpreto como quizás una carencia de cultura cinematográfica , es que en la mayoría de los casos -llevo 20 años compartiendo cine aquí- el espectador español no valora, o no es sensible a ese tipo de belleza, que para mí sin embargo es puramente cinematográfica. Parece que lo que le impresiona son otras cosas; un super tráveling hecho con máxima habilidad y profesionalidad, muchos medios, la interpretación perfecta de un gran actor, o la reconstrución exacta que hace de un personaje real, cuando se trata de un papel de composición -que para mí sólo puede ser una mala copia…
El cine que más me toca (aunque por supuesto soy capaz de admirar su antítesis, sobre todo cuando está hecho con la maestría de un Hitchock) ya se trate de documental o ficción, tiene esa idea venida del documental, de que la imagen es capaz de esa maravilla: de captar la vida, y así nos llega hondo. Esa belleza que está ahí escondida, más que el resultado de una elaboración sofisticada. Este tipo de cine no parece que le gusta mucho al cine español de momento; es un cine que por supuesto se encuentra a las antípodas del cine de holywood.
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