Sociedad bajo vigilancia

Por: Jose F. Alcántara
Fuente: www.versvs.net

Tomado del ensayo “La sociedad de control. Privacidad, propiedad intelectual y el futuro de la libertad”, Título 3.

Colección Planta 29, Primera edición: septiembre del 2008,  El Cobre Ediciones. (Llibro  cedido al Dominio Público)

El origen de las democracias modernas

Pertenezco a una generación que no ha vivido nunca bajo un régimen dictatorial, algo que podríamos tomar como norma histórica y totalmente normal cuando miramos cómo se ordenan los diferentes países de nuestro entorno europeo. Sin embargo, no podemos obviar que las democracias, tal y como las conocemos, son estructuras ciertamente modernas.

Si consideramos la historia más reciente de Europa occidental y otros países ricos, tan sólo a partir de las revoluciones republicanas del siglo XVIII en Francia y Estados Unidos (esta última les valió la independencia) han existido en Occidente democracias reales. En algunos países, como es el caso de España, ese periodo se reduce mucho más, pues ni siquiera en esta época hemos gozado de una democracia real permanente: de los aproximadamente cincuenta años de democracia que hemos tenido en España, más de treinta los hemos vivido tras la dictadura franquista.

Son precisamente las dos fechas mencionadas, la revolución estadounidense y la revolución francesa, las que marcan según algunos historiadores y expertos en derecho el origen de las democracias modernas, así que tenemos un total de unos doscientos años de democracia, en el mejor de los casos con el añadido de que ésta prácticamente se circunscribe a parte de Europa occidental y Norteamérica. Sin duda parece un periodo de tiempo bastante breve si se compara con toda una historia de siglos repletos de regímenes totalitarios.

La revolución francesa se gestó, como no podía haber sido de otra manera, en París. Uno de los factores que menos en cuenta se tuvieron, incluso por parte de los propios vencedores, en la narración de la revolución francesa fue que los parisinos gozaron de la posibilidad de burlar el sistema de vigilancia y censura que imponía la monarquía absolutista. La monarquía prohibía agruparse con otros ciudadanos y charlar con ellos; la política no se suponía algo público, sino privado.14 De esta forma la monarquía se aseguraba de que las ideas de la Ilustración, que comenzaban a extenderse, no pudieran originar rumores ni corrientes de pensamiento que pusieran en peligro el trono de Francia ni el régimen absoluto que se imponía desde el mismo. La prohibición funcionó bien en dos entornos: las ciudades de tamaño mediano, que eran fácilmente controlables, y las zonas rurales, que no requerían vigilancia porque en ellas no había masa ciudadana suficiente para que existieran los peligros derivados del análisis crítico y revisado de las obras ilustradas. Pero el sistema falló en París. La megaurbe y sus grandes jardines hacían posible todo lo que la monarquía borbónica quería prohibir: formar un pequeño grupo, discutir un asunto y perderse entre la muchedumbre. Así sucedía, por ejemplo, en los jardines de Luxemburgo o en el Pont Neuf, así sucedía en numerosos rincones de una ciudad demasiado grande para que el rey pudiera impedir completamente las reuniones de sus ciudadanos. Por supuesto, la revolución no se habría logrado sólo gracias a esa posibilidad de conversación. Quizá esa posibilidad ni siquiera era imprescindible para que se produjera. Lo significativo es que el régimen autoritario de la época quiso evitarlo porque sabía que suponía un peligro para su estabilidad. Lo significativo es que esta situación facilitó enormemente las labores de organización de los revolucionarios republicanos que introdujeron la democracia en Francia.

Sociedades bajo vigilancia en el siglo XX

La vigilancia a la que fueron sometidas diferentes sociedades durante el siglo pasado fue la causante de algunos de los episodios más tristes y violentos de dicha centuria. En todas las sociedades y en todos los Estados ha existido siempre un cierto nivel de vigilancia; lo diferente, en los casos de vigilancia masiva, es el patrón seguido para decidir qué y por qué se vigila. Y eso es lo que salió mal en algunos momentos del siglo pasado y eso es lo que está saliendo mal en lo que llevamos de éste.

La vigilancia existe y es una herramienta, y cuando está bien usada es provechosa: cuando se sospecha de alguien o de algo, se le vigila y de esa manera se ayuda a mantener un cierto orden social que todos agradecemos. En el siglo XX, numerosos Estados y dictaduras de todo signo violaron este principio de seguridad extralimitándose y abusando de esta vigilancia para utilizarla en contra de la oposición política o de personas que no apoyaban explícitamente al régimen dictatorial de turno.

El abuso de esta vigilancia interna nace de la naturaleza dictatorial, percibida como tal o no, de estos regímenes. Una dictadura ve en cada ciudadano un posible enemigo, alguien que en todo momento podría actuar en su contra. Eso hace que los ciudadanos deban ser oprimidos y sus acciones limitadas: es un recurso para la perpetuación del régimen. Los motivos esgrimidos para lograr la colaboración de parte o toda la población son muy diversos y van desde los religiosos (si la dictadura promete preservar los valores religiosos tradicionales, obtendrá el apoyo de grupos de este entorno) hasta los meramente políticos (si las personas piensan que no apoyar a un régimen socialista contribuye a la erosión de los valores sociales y a la derrota del Estado a manos de otros Estados y sistemas).

Pero sobre todo, las dictaduras se apoyan en el miedo de sus ciudadanos hasta convertirlos en súbditos. Dos de los regímenes cuyos ciudadanos han estado más vigilados a lo largo de la historia fueron regímenes idealistas que surgieron en el siglo XX, revoluciones populares que se apoyaron en el propio pueblo para triunfar y que luego utilizaron a ese mismo pueblo para actuar en su contra, causando millones de víctimas.16 Hablamos del régimen soviético y del chino, dictaduras nacidas de revoluciones idealistas en las que el gobierno optó por volver a robar al pueblo la soberanía recién adquirida para perpetuarse en el poder.

El primero de ellos tardó casi ochenta años en derrumbarse, y las secuelas de los años de los oligarcas de Yeltsin y las actuales políticas de Putin aún recuerdan demasiado a aquella época. El segundo ha migrado del comunismo al libre mercado manteniendo como constante del sistema la opresión del pueblo y la corrupción de sus dirigentes, algo que no tiene visos de cambiar. La sociedad china es un claro ejemplo de sociedad bajo vigilancia en la que las nuevas tecnologías se utilizan para apresar y reprimir a los disidentes.17 China aplica frecuentemente la pena capital (más que ningún otro país del planeta) y algunos de los delitos que se castigan con la muerte, como la evasión fiscal, ni siquiera implican violencia.

También se apoyaron en la vigilancia interna de sus ciudadanos las dictaduras del Cono Sur en las décadas de los setenta y ochenta, instauradas gracias a la Operación Cóndor de la CIA, que colaboró con equipos informáticos para facilitar la vigilancia de los disidentes políticos en regímenes dictatoriales como el de Pinochet en Chile.18

La política del miedo

Conocemos como política del miedo una nueva manera de entender la política en la cual los discursos políticos no enfatizan las promesas de un futuro mejor, sino que abundan en profetizar el catastrofismo derivado de no obedecer al pie de la letra lo que nos está ordenando el político de turno. Si tradicionalmente la política ha consistido en desarrollar acciones que desembocarían en un futuro mejor y en explicarlas al pueblo para ganar su apoyo, la política del miedo recurre a la seguridad (generalmente la seguridad nacional) para obtener el apoyo incondicional de la ciudadanía a una serie de medidas políticas que de otra forma no serían respaldadas.

En la política del miedo se presentan al pueblo una serie de amenazas difusas y caóticas (como el «terrorismo internacional») como excusa para conseguir que se acepten políticas de recorte de derechos y de vigilancia masiva de la ciudadanía (como el derecho al secreto de las comunicaciones, el derecho a la intimidad o la aceptación de tratos indignos en controles aeroportuarios) a cambio de ayudar a preservar el orden y la fuerza del Estado que apresa y encarcela a los terroristas, manteniendo así ese caos profetizado en un segundo plano de la realidad.

La política del miedo es una respuesta a una realidad social: tras décadas de promesas incumplidas, el poder del encanto verbal del político que pretende convencer a la población de que eligiéndolo a él en lugar de a los otros candidatos el mundo se convertirá en un lugar mejor ha desaparecido. Los políticos necesitan algo más para recobrar su influencia y es ahí donde la generación de miedo le gana la partida a las simples promesas de bonanza económica y social.

El origen de la política del miedo

Para buscar el origen de la actual política del miedo hay que viajar hasta mediados del siglo XX. En esa época, en dos sociedades distintas, la occidental y la árabe, algunas personas tendrán ideas y plantearán acciones que desembocarán en la radicalización de las ideologías Dos transformaciones que se oponen como enemigas íntimas, pues se fortalecen en su propio entorno cuanto más se fortalece la opuesta en aquellos lugares donde tiene influencia.

En 1949, el maestro egipcio Sayyid Qutb viajó a Estados Unidos (la nueva tierra prometida tras la victoria en la segunda guerra mundial) con el objetivo de estudiar su sistema educativo. Lo que vio allí le inspiró una serie de ideas que medio siglo después han influido y conformado la visión político religiosa de grupos islamistas radicales. La sociedad norteamericana de la posguerra mundial, que en Occidente se percibía como una sociedad alegre y optimista tras la victoria aliada, le pareció a Qutb una sociedad en decadencia ética, colmada de un enorme vacío personal y entregada a banalidades (cine, automóviles, etc.) innecesarias. Según Qutb, el materialismo y el individualismo estaban pudriendo la sociedad estadounidense y, tras su viaje, volvió a Egipto dispuesto a evitar que esta cultura «sucia» se adueñara de su país. Según él, la moral nihilista estadounidense amenazaba el correcto desarrollo de una vida acorde con los preceptos del islam y por eso el medio que ideó para prevenir la entrada de este nuevo nihilismo en Egipto fue devolver al islam un lugar preeminente en la política de su país. Qutb escogió la «politización del islam» para imponer reformas sociales que limitaran la libertad que, según él, amenazaba con devorar al país e impedir el desarrollo de una vida acorde con las normas coránicas. Las ideas de Qutb acabarían teniendo largo alcance, pues con posterioridad a su ejecución en Egipto (acusado de rebeldía) algunos de sus compañeros en los Hermanos Musulmanes decidieron poner en práctica su ideario. Más adelante, ese grupo se convertiría en el embrión del Yihad Islámico. Entre ellos se encontraba Ayman alZawahiri, que años más tarde sería mentor y una de las mayores influencias ideológicas de Bin Laden.

Leo Strauss (filósofo, Universidad de Chicago) compartía la visión de Qutb: Estados Unidos se autodestruye, víctima de su individualismo. Strauss pensaba que era posible detener esta destrucción nihilista y egoísta y para ello propone que «los políticos deben instaurar mitos en los que todos puedan creer; pueden ser mitos falsos si hace falta, pero son, al final, mitos necesarios». Según Strauss, la solución al problema pasaba por la construcción de un nuevo conjunto de ideales que posibilitara la recuperación, por parte de la ciudadanía, de la fe en sus políticos, bastante débil tras las promesas (nunca cumplidas) de «un mundo mejor». Según Strauss, dos mitos serán suficientes para conseguirlo: la religión y la nación. En Estados Unidos esto se tradujo inmediatamente en la idea de que Estados Unidos es el «pueblo elegido» para combatir a las fuerzas del mal en todo el planeta. Se unieron los dos nuevos mitos en uno y se utilizaron de forma indistinta, recurriendo, de camino, a uno de los mitos políticos más antiguos que existen: el de «el pueblo elegido».

De este modo, Strauss produjo el mismo efecto que Qutb había conseguido en los países árabes: la religión se volvía a mezclar con el Estado. Las ideas de Strauss también tendrían largo alcance, ya que, pasado el tiempo, serían las que inspirarían a los denominados neoconservadores, neocons, estadounidenses, que durante decenios han estado ostentando los poderes político y económico de dicho país (Rumsfeld, Cheney, Bush padre) y cuyas ideas se extienden por Europa desde la década de los ochenta gracias al gobierno de Margaret Thatcher en Reino Unido. Como último apunte, mencionar que Strauss ya pensó en la posibilidad de que la elite del país no compartiera el mensaje que transmitía. De hecho, en su opinión, la elite destinada a propagar el mensaje no necesitaba creer en el mensaje: tan sólo debían hacer lo posible para que la ciudadanía sí lo creyera, adoptando en público actitudes que dieran esa impresión.

La política del miedo en la actualidad

En años recientes, y de manera muy acusada desde comienzos del siglo XXI, son los atentados de Nueva York, Washington, Madrid y Londres los que se están utilizando para justificar la mayoría de medidas mediante las cuales se da cobertura a la política del miedo, que han alcanzado cotas de abuso muy elevadas. En este comienzo de siglo esta política se ha extendido por todo Occidente, y concretamente en la Unión Europea es ampliamente utilizada para justificar medidas de control en todos los ámbitos: intercepción de comunicaciones, vigilancia ciudadana, excesivos controles, reducción de derechos en los aeropuertos e incluso operaciones contra el intercambio de archivos en la red se justifican con los argumentos de la lucha contra el terror y la seguridad nacional. La seguridad es la excusa estrella cuando se requiere una justificación pública de unas actividades que no parecen muy justificables.

Desde el ascenso a lo más alto del poder político de los primeros discípulos de Strauss (entre los que podemos contar a Donald Rumsfeld) a principios de los años setenta se había promovido la idea de que una oscura red de movimientos terroristas alrededor del mundo estaba siendo financiada por Moscú y el bloque comunista de Europa del Este. El objetivo al que apuntaban estas supuestas informaciones era el supuesto interés de este bloque comunista por sumir al mundo en un caos que lo haría desangrarse para posteriormente emerger de este caos y dominarlo. Es interesante porque utiliza un concepto de enemigo difuso y en red que se hará mucho más poderoso cuatro decenios después, en la actualidad.

La caída de la Unión Soviética sin la desaparición del terrorismo hizo necesario reinventar el mito del enemigo. Tras años de reestructuración propagandística, las agencias de seguridad estadounidenses encontraron una situación asimilable a esta teoría del enemigo difuso, una situación en la cual se nos presenta una amenaza terrorista coordinada, pero ya no bajo las órdenes de Moscú y el bloque comunista, sino bajo control del enemigo islamista. Se trata de una red de la que casi nadie sabe nada y a cuyos líderes nunca se les ve en público, un enemigo difuso para una guerra larga.

Este cambio de táctica hizo que la otra parte que está en el origen de esta nueva política, los islamistas politizados seguidores de las ideas de Qutb, que también ganaban adeptos, redefiniera su mito: ahora no es la moral estadounidense la que destruye a los musulmanes, sino los estadounidenses mismos los que destruyen a los musulmanes extendiendo deliberadamente lo que ellos consideran una enfermedad.
En los últimos años, uno y otro bando han radicalizado sus ideas: de los tristes atentados del 11S  al no menos triste uso de armas químicas en Falluya, que causó 35.000 muertos en dos días. Por parte estadounidense, la «guerra contra el terror» se hace fuerte en los medios y comienza a llenar telediarios, portadas de periódicos y columnas de opinión. De hecho, esta propaganda progresa alarmantemente en ambos bandos, ya que en la polémica y en la guerra tanto los conservadores como los islamistas se aseguran un mayor poder y un mayor control (en tiempos de guerra se pueden exigir al pueblo cosas que de otro modo serían imposibles). Mediante esta confrontación lo que tenemos es una estrategia para perpetuarse en el poder a cualquier precio, cada uno en sus dominios.

El éxito de la política del miedo

Es evidente que estos dos grupos han cambiado el mundo, pero no de la manera que en un principio perseguían. Ambos eran idealistas que rápidamente se dieron cuenta de que estas ideas les devolvían el poder que la política tradicional y sus promesas (nunca consumadas) ya no les volvería a otorgar: el poder de conseguir que el pueblo les obedeciera. Pero, a diferencia de las promesas de antaño, ahora los más influyentes no serán aquellos que prometan el mejor futuro, sino aquellos que, azuzando los miedos más oscuros, puedan conseguir más concesiones de la población.

Tras este cambio en la forma de hacer política, la doctrina de la guerra preventiva se hace fuerte y se aplica tanto en ámbitos internos como externos. La idea de que para prevenir atentados «desde dentro» hace falta controlar qué hacen los ciudadanos del propio país gana cada vez más adeptos entre los dirigentes políticos de todo el mundo. Suele decirse que esto es consecuencia del 11S, pero dficha afirmación no es correcta. Estas políticas ya se venían planeando y desarrollando con anterioridad a los atentados de Nueva York y éstos constituyen tan sólo el parapeto, la coyuntura utilizada para consolidar esta política de restricción de derechos y libertades.

La doctrina del shock

La doctrina del shock es el nombre que Naomi Klein da a la ideología económica reformista de Milton Friedman, miembro de la escuela de Chicago y compañero de Leo Strauss en la Universidad de Chicago. Según esta doctrina del shock, la atmósfera creada por una crisis a gran escala provee el pretexto necesario para invalidar los deseos expresos de los votantes y entregarles la economía del país a los tecnócratas.19 Para la aplicación de la doctrina del shock se requiere por tanto una crisis, casual o inducida, que se pueda sostener durante el periodo de tiempo necesario para la imposición de estas medidas impopulares.

Se relaciona íntimamente con la política del miedo, pues el shock es por definición un estado transitorio y superable. La política del miedo persigue mantener a la población sumida en un estado de shock para poder llevar a cabo medidas y reformas impopulares.

Las medidas de seguridad

Si algo caracteriza a la política del miedo es la necesidad de oponerse a ese enemigo invisible mediante la implementación de medidas de seguridad y vigilancia que recortan nuestros derechos pero, teóricamente, ayudan a mejorar la seguridad.

Hay una pregunta que es obligatorio formularse en este momento: tras haberse demostrado que la mayoría de estas medidas son completamente ineficaces cuando hablamos de mejorar la seguridad de las personas, ¿de qué están hablando cuando hablan de medidas de seguridad? Aunque la psicología con la que está elaborado el mensaje nos incita a pensar que se habla de nuestra seguridad, está claro que no hablan de nuestra seguridad tal y como la entendemos habitualmente. Las medidas de seguridad que anuncian a bombo y platillo nuestros gobiernos no nos ayudan a a estar más seguros frente a lo desconocido, sino que permiten un control intensivo y extensivo de las personas por parte de éstos. Las medidas de seguridad no nos defienden a nosotros del enemigo desconocido, sino que defienden a los gobiernos de lo que sus ciudadanos podrían hacer para exigirles responsabilidades.

Este uso confuso y malintencionado del término seguridad es el culpable de muchas malinterpretaciones en materia de privacidad, que llevan a la aceptación de medidas restrictivas de los derechos que de otra forma no se aceptarían. Luchar contra este astuto uso de la propaganda política es también parte de lo que tenemos que hacer.

Las netwars

Netwar es el nombre que se da a un nuevo tipo de conflicto bélico en el cual el adversario no es un ejército organizado a la manera tradicional, con numerosos efectivos repartidos entre generales y soldados, sino a un enemigo configurado en forma de red de células o nodos, activos e independientes entre sí, con capacidad para tomar decisiones propias y realizar acciones de forma unilateral.

El problema que plantean estos nuevos conflictos es que, al no haber, teóricamente, un líder claro, toda baja es sólo un nodo en la red cuya pérdida no pone en riesgo su estabilidad ni genera problemas de liderazgo. El problema ficticio de este tipo de conflictos radica en otorgar espíritu de red difusa a organizaciones que no la tienen, para de ese modo justificar medidas intrusivas que de otra forma no se aceptarían. Un ejemplo sencillo, el término netwar se utiliza para definir el tipo de conflicto que representaría al Qaeda para Occidente en general y para Estados Unidos en particular.

AlQaeda, tal como nos la describen a veces los medios de propaganda estadounidense, es un ente oscuro: una red distribuida de terroristas en la cual nadie conoce a nadie, con capacidad autónoma y, en resumen, con todas las características de una organización de este tipo. Este mensaje tiene su lógica en el marco de la política del miedo: un enemigo invisible nunca puede ser derrotado porque nadie lo ve ni antes ni después de una teórica derrota; un enemigo que no puede ser derrotado es un enemigo eterno y las medidas temporales implantadas para combatirlo se convierten entonces en intemporales. Si el enemigo contra el que luchas es una especie de guerrilleros organizados en cuadrillas que lo mismo ponen una bomba que usan la red para difundir un mensaje y que no tienen conexión con otras células similares, el estado de excepción en el que estamos sumidos temporalmente en nuestra «lucha contra el terror» no puede dejar de funcionar nunca, ya que no sabemos cuántas de esas células independientes hay con capacidad para actuar porque nadie puede verlas.

Éste es el sencillo argumento que consigue convertir en permanente una renuncia temporal a ciertos derechos, como admitir la traza sin control judicial, el espionaje de nuestras comunicaciones, la videovigilancia masiva o los inacabables controles y restricciones aeroportuarios. Es importante señalar que estas actividades no contribuyen necesariamente a nuestra seguridad: afectan a nuestra privacidad y a nuestros derechos, permiten que estemos más vigilados, pero no tienen por qué contribuir a que estemos más seguros.
La definición de alQaeda que la poderosa maquinaria de propaganda estadounidense nos intenta vender (una banda terrorista organizada con líderes claros como Bin Laden, el mulá Omar y dirigentes regionales que son apresados periódicamente) choca con las medidas que tratan de justificar en nombre de la lucha contra un enemigo serpenteante, difuso y oculto. Existe un doble discurso evidente que se modifica convenientemente. Las evidencias parecen ser más acordes con este último enemigo organizado jerárquica y piramidalmente. Nadie pone en duda el papel que Bin Laden ha desempeñado en esta organización. Hasta se le pudo ver en uno de los vídeos que más circularon en nuestras televisiones en fechas posteriores al 11S, donde uno de sus lugartenientes se jactaba de haber dado él mismo la orden; esto es, de ser un líder dentro de la organización. ¿Cómo conjugamos todo eso con la idea de células independientes y aisladas que operan ejecutando sus propias acciones aisladas?

A falta de otra información, habrá que pensar que toda organización terrorista posee una cierta organización piramidal y determinados líderes que marcan el camino a seguir. Por tanto, la estructura que hay que combatir no requiere como contramedida la monitorización masiva de la ciudadanía que supuestamente ayudaría a ganar una netwar, sino una monitorización centrada en sujetos previamente identificados como sospechosos. Esto ahorraría molestias al resto de ciudadanos, dinero al erario y aumentaría la seguridad real de nuestra sociedad, además de permitirnos escapar del terror mediático y ayudarnos a vivir sin una psicosis televisiva, callejera y aeroportuaria.

El teatro de seguridad

Llamamos teatro de seguridad al conjunto de medidas de seguridad que, proveyendo sensación de seguridad, no ayudan (o ayudan muy poco) a la mejora de dicha seguridad. El término fue utilizado por primera vez por Bruce Schneier en Beyond Fear.

Para actuar realmente como medidas de teatro de seguridad estas medidas deben ser visibles y ser percibidas por todos. De hecho, su misión fundamental es tranquilizar a los ciudadanos haciéndolos creer que se han analizado los asuntos de seguridad y se han tomado las medidas oportunas. Habitualmente, y con el fin ya mencionado de hacer que estén muy presentes, estas medidas interfieren en las actividades normales de los ciudadanos, limitando sus movimientos y sometiéndolos a constantes violaciones de su privacidad.

En la actualidad podemos incluir dentro de este conjunto de medidas de seguridad la mayoría de controles que se han impuesto con posterioridad a los ataques terroristas del 11S contra el World Trade Center, sobre todo las restricciones aeroportuarias, que ayudan a aumentar la diferencia entre riesgo percibido y riesgo real.

El problema del teatro de seguridad es que estas medidas tienen un coste sin beneficiar en modo alguno a la seguridad. Este coste puede ser inferior al de las medidas que harían falta realmente, pero al no venir acompañado de una mejora de la seguridad real tiene efectos secundarios bastantes graves. El continuo desfile de militares armados en aeropuertos y estaciones de tren de las principales capitales es un ejemplo de ello. Infunden miedo a la población al hacerla creer que así está más segura, cuando la presencia militar no va a disuadir a un terrorista suicida. El motivo por el que se recurre a la creación de miedo es que de otra forma las medidas serían rechazadas. En el teatro de seguridad, la política del miedo y la doctrina del shock se dan la mano. Está claro que sería mucho más beneficioso educar a la población para que aceptara el peligro y reaccionara adecuadamente ante determinadas situaciones de riesgo, pero eso requiere tiempo y dinero público. Al final se opta por la opción barata y coercitiva: el teatro.

La sociedad digital y la vigilancia

A lo largo de los dos últimos siglos todo avance tecnológico ha sido puesto al servicio de las herramientas de control estatal y de la vigilancia de sus ciudadanos. La situación actual no es algo nuevo si consideramos que el telégrafo permitió que los policías se comunicasen entre sí y enviasen mensajes de unas oficinas a otras para solicitar información o apoyos. Lo que sucede es que en los últimos años la tecnología está avanzando a una velocidad que aumenta de forma exponencial, siendo el número de nuevas herramientas disponibles cada vez más elevado y siendo mayor el poder de cómputo, análisis y almacenamiento informático de éstas.

Esta situación, unida al desarrollo de la sociedad en red, permite almacenar una gran información sobre las personas y comunicarnos desde un entorno local con un entorno lejano sin desplazarnos y en un tiempo reducido. De esta forma, se cotejan informaciones referentes a un determinado individuo o se añade nueva información a las bases de datos que estará disponible en próximas consultas, desde donde quiera que éstas se realicen.

Aquí es donde la política del miedo que hemos comentado anteriormente comienza a jugar un papel importante. La extensión de la videovigilancia ciudadana en nuestras calles y nuestras redes de metro, la retención de datos de telecomunicaciones, la intercepción y violación del derecho al secreto de las comunicaciones y las nuevas restricciones en los aeropuertos son medidas políticas, decisiones políticas que atentan contra nuestros derechos fundamentales y nos sitúan bajo la lupa constantemente.

En el contexto actual, donde cada vez más queda un registro de todas nuestras actividades en alguna parte (algo que será aún más inevitable con la migración de la telefonía convencional a la telefonía digital y a la telefonía sobre IP), esto supone un paso más hacia la muerte de la conversación efímera, ésa cuyas palabras se llevaba el viento. La idea es constituir un panóptico estatal omnipresente y coercitivo; un sistema perfectamente vigilado donde todo es, en todo momento, controlado por los vigilantes. Cuídese de decir algo de lo que más adelante pueda arrepentirse porque, no lo dude, alguien lo tendrá grabado y, conociendo al género humano, puede dar por seguro que, si hiciera falta, se usará en su contra.

Esta nueva conducta tiene consecuencias en nuestras aspiraciones si nuestros opositores tienen acceso a nuestros datos o los de nuestras comunicaciones. Esto, que a la mayoría de las personas nos puede parecer algo lejano, cobra verdaderos visos de realidad cuando se trata de la privacidad de personalidades políticas, que pueden ver arruinada su reputación por escándalos en su vida privada que poco tienen que ver con su capacidad como gestor público. Es lo que le sucedió a Mark Foley, ex senador conservador de Estados Unidos, en fechas previas a la cita electoral de su país en 2006.21 Estos actos oportunistas conllevan una pérdida de calidad democrática y podrían generalizarse con la extensión del registro de datos recogidos sobre todos nosotros gracias a las telecomunicaciones, la videovigilancia y tecnologías como la RFID.

El panóptico de Jeremy Bentham

Si hay alguien a quien se puede considerar el padre de la vigilancia moderna ése es sin duda el británico Jeremy Bentham, quien a finales del siglo XVIII diseñó la que, según él, era la cárcel perfecta y a la que denominó panóptico, debido a su diseño especial.22 El panóptico es un sistema carcelario dotado de un sistema de vigilancia coercitiva que no pretende penalizar las malas acciones, sino que está concebido para evitarlas. Este sistema busca amenazar al sujeto, convencerlo de que cualquier acción indebida será advertida por el vigilante (principalmente el Estado) y de que la represalia será tan desproporcionada que no vale la pena siquiera intentarlo.

Su nombre, mezcla de dos raíces griegas (pan que significa «todo» y ópticos que significa «visión») evoca una cárcel en la que se vigilaría todo. En el diseño de Bentham esto se haría desde un único punto y sin que el vigilante fuera visto en ningún momento. Según la teoría de vigilancia de Jeremy Bentham, bastaría la certeza de la vigilancia misma para que cada uno, sintiéndola pesar sobre sí, la interiorizara y comenzara a vigilarse a sí mismo, eliminando las acciones no permitidas para, de este modo, eludir los castigos. Evidentemente, el problema del panóptico, la consciencia y el condicionamiento de nuestra conducta al estar vigilado, es aplicable a toda tecnología de control. No por ello hay que dejar de indicar que es en el ámbito de la vigilancia visual, precursora de baja tecnología de la actual videovigilancia, donde surge este concepto represivo.
Bentham se dio cuenta de que este panóptico era un gran invento, útil no sólo para una cárcel, sino también para las fábricas, donde se podía coaccionar a los obreros que pudieran estar tentados a trabajar menos de lo debido. Si bien el modelo de Bentham fue criticado, se impuso aplastantemente y esta idea fue adoptada ya en el diseño de las primeras cárceles construidas por la recién triunfante República Francesa.

El panóptico en la actualidad

Aunque parezca un tanto extraño, éste es el principio que desde finales del siglo XVIII rige todas las cárceles, escuelas y fábricas construidas en Occidente desde entonces. El panóptico es una suerte de política del miedo dieciochesca que no sólo ha logrado sobrevivir hasta nuestra época, sino que se ha fortalecido con el paso del tiempo.
En la actualidad, el mito del panóptico sigue presente y se fortalece con la incorporación de nuevas tecnologías a los cuerpos policiales. Está claro cuál es el motivo: el control. Es evidente que tanto en las cárceles como en las fábricas esta idea ha arraigado por motivos tan diferentes como similares y, en ambos ambientes, la idea de que un superior o un carcelero te amonestará si te descubre haciendo algo incorrecto está interiorizada por todos. El ideal de policía panóptica, extendida a numerosos ámbitos, es la herramienta utilizada para mantener el orden público y, sin duda, empleada con mesura ha permitido el desarrollo de las democracias contemporáneas. Pero, ¿qué sucede si este control sobrepasa los límites?

El principal problema es que una sociedad excesivamente vigilada jamás podrá ser libre. La conciencia de que estamos siendo vigilados y de que toda acción que llevemos a cabo será conocida por instancias superiores (sociales, laborales, policiales) nos condiciona en nuestros actos. Pregúntese a sí mismo, ¿qué pensaría si cualquiera pudiera verle tal y como se despierta por las mañanas, sin vestir, peinar ni duchar? ¿No le gustaría poder controlar a partir de qué momento pueden verle las personas que le rodean? La vigilancia y la excesiva exposición pública condicionan las cosas que decimos y el modo en que las decimos, las cosas que hacemos y la contundencia con que las hacemos. Y no afecta sólo nuestro ámbito más íntimo, ya que la conciencia de las represalias que seguirán al descubrimiento de cualquier acción punible es un arma poderosa para impedir que se lleven a cabo justamente muchas de esas acciones, aunque muchas de ellas pudieran estar justificadas y ser justas. Ésa es la línea que separa la vigilancia tolerable del exceso de control: a veces está tan difuminada y tenemos el control tan asumido, que se sobrepasa sin que la sociedad proteste por estas violaciones.

Vigilar y castigar

La visión del panóptico desarrollada por Bentham es todo un referente en la prevención de conductas no deseadas mediante la coerción. Sin embargo, si hay alguien que haya analizado con detalle ese modelo panóptico y su aplicación en la sociedad actual ése es Michel Foucault en Vigilar y castigar, su obra de 1975.

En su obra, Foucault analiza el cambio radical sufrido en las metodologías de castigo, que él llamó tecnologías de castigo, durante la época de la revolución francesa. Así, en menos de un siglo se pasa de la ejecución pública, o castigo monárquico, a las prisiones actuales, basadas en el ideario panóptico de Bentham, o castigo disciplinario. De este modo, el oscuro calabozo de las prisiones anteriores a la revolución francesa se sustituye por una cárcel luminosa y brillante en la cual la visibilidad es una trampa, ya que favorece la labor del vigilante.

Para Foucault los conceptos de conocimiento y poder están tan entrelazados, que a menudo son inseparables, por lo que percibe la forma en que la sociedad actual está organizada como una evidencia de que todo, desde las cárceles hasta los trabajadores sociales y desde la policía hasta los maestros, está sujeto a una misma forma de poder: el que otorga el conocimiento poder obtenido mediante la vigilancia que hemos heredado del modelo de Bentham.

Sociedad digital bajo vigilancia: la sociedad de control

El binomio sociedad digital y vigilancia hacen posible el tránsito a la sociedad de control, entendiendo como tal una sociedad no asamblearia como la actual, sino una sociedad totalitaria en la que un reducido número de personas impone medidas y conductas al resto y en la que esta imposición es posible debido a un estricto control de lo que los ciudadanos pueden hacer de forma individual.

La sociedad de control es el sistema social pensado para sustituir a las democracias dieciochescas y su asamblearismo. Está basada en las posibilidades tecnológicas abiertas con los desarrollos de la segunda mitad del siglo XX y tiene su principal apoyo en la deliberada ausencia de medidas legales que limiten el abuso de estas tecnologías. Para entender bien lo que es la sociedad de control primero hay que detenerse a describir el mundo en que vivimos: la sociedad parlamentaria o asamblearia.

La sociedad parlamentaria

La sociedad parlamentaria ideal se caracteriza por la separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) y porque el pueblo elige democráticamente un número de representantes sobre los que recae la responsabilidad y el poder de dirigir la vida pública (leyes, medidas económicas, gobierno). Cada cierto tiempo, la población elige nuevos representantes, momento en el que idealmente aquellos representantes que han actuado mal (por incapacidad o por corrupción) son reemplazados por otros. El sistema puede tener sus deficiencias, como el que minorías muy pequeñas jamás vean materializadas sus propuestas, pero en general no es un sistema aborrecible: al menos es la mayoría del pueblo la que elige a los dirigentes.

¿Cuál es el problema? Nuestra sociedad parlamentaria está siendo debilitada por las élites sobre las que repetidamente recae el poder. El método escogido ha sido el de crear instituciones supranacionales carentes de todo carácter democrático. Estas instituciones están encarnadas tanto en estados macroestatales (como la UE y todas sus instituciones) como en instituciones internacionales como el FMI (Fondo Monetario Internacional), el BM (Banco Mundial), la OMC (Organización Mundial del Comercio), la ONU (Organización de las Naciones Unidas). Todas ellas adolecen de un serio déficit democrático. Esta doctrina se conoce como Consenso de Washington y persigue apartar a los ciudadanos del poder, aunque para ello haya que mentir e imponer una doctrina de libre mercado de agrio autoritarismo, a la que se recurre para desmantelar los servicios públicos y debilitar la influencia de las instituciones básicas de la democracia. Las partes implicadas en este proceso de transformación incluyen al poder político (que encarna el gobierno) y al poder económico (que encarnan las empresas). En España se han sumado además los sindicatos, bajo estricto control político, algo que recuerda alarmantemente aquel corporativismo añorado por Mussolini. Según el propio modelo de Estado del dictador italiano: «El corporativismo se refiere a un estado policial gobernado bajo una alianza de las tres mayores fuentes de poder de una sociedad el gobierno, las empresas, y los sindicatos, todos ellos colaborando para subyugar a la población y mantener el orden en nombre del nacionalismo».

De la sociedad parlamentaria a la sociedad de control

La sociedad digital en la que vivimos hace que para mantener el orden se deba recurrir a un férreo control de los ciudadanos. La sociedad digital, participativa y libre, se convierte entonces en la sociedad de control. De la amplia libertad de creación y comunicación que permite la tecnología digital pasamos a la vigilancia extensiva de los ciudadanos, que es posible gracias a esa misma tecnología digital. De la libertad de creación, uso y transmisión de información y conocimiento pasamos al levantamiento de vallas virtuales y la creación de propiedades allá donde sólo había algo que nos pertenecía a todos para servir a los mismos intereses económicos y políticos mencionados anteriormente mediante el cercamiento digital23 y la generación de escasez artificial.

Así, la tecnología, que nunca es neutral, se convierte en la llave que puede hacer que nuestra sociedad sea más libre, pero también convertirla en una desagradable distopía que utiliza el ideario heredado del panóptico de Bentham como forma de control. En este caso, la coerción panóptica se fortalece mediante la dotación de los cuerpos policiales con todo tipo de herramientas tecnológicas y de vigilancia. No debemos olvidar que parte de su función, mantener el orden, la llevan a cabo no gracias a las armas, sino a la evocación de su naturaleza panóptica que todo lo vigila: la conciencia de que, si haces algo malo, la policía lo sabrá y serás culpado por ello.

La clave está en el uso que se hace de la tecnología, en cómo se articulan su regulación y sus posibilidades. El problema viene definido por dos topes: el inferior (dónde se limita el control que se puede hacer de las mismas) y el superior (hasta dónde se permite su libre uso). Lo habitual en lo referente a tecnologías y a su uso es que se legisle de forma ultrarrestrictiva para nuestros derechos, o bien que no se legisle en absoluto para verlas venir con tiempo a fin de permitir abusos que otras leyes como la LOPD no permitirían. En muy pocas ocasiones se tiene la posibilidad de ver una reforma legal que salvaguarde nuestros derechos adecuadamente. Para justificar estas reformas en contra de nuestros derechos se recurre al nacionalismo corporativista, como ya hemos dicho. Éste puede encarnarse de dos formas:
−La seguridad nacional: las medidas se toman para defender la nación, amenazada por el uso que hacen de la tecnología enemigos difusos a los que nadie puede ver. El clásico argumento de netwars esgrimido en la época de la guerra fría y «supuestamente» instigado desde Moscú. El mismo argumento utilizado por George Bush tras el 11S en su guerra contra el terror: «Es un enemigo difuso y la guerra será larga».
−La economía nacional: las medidas se toman para proteger la economía de la nación, amenazada por el uso que los ciudadanos de a pie hacen de la tecnología.

Esto significa que el enemigo de los Estados está tanto dentro como fuera de su territorio. Nadie se sorprenderá de que el Estado vea enemigos fuera de su territorio, y por eso la conclusión más llamativa del análisis anterior es que los Estados construyen su discurso pensando que hay un enemigo interior al que combatir. Esto es sorprendente en un primer momento, pero no tanto si consideramos que en las grandes sociedades bajo vigilancia del siglo XX ya sucedió así. Para defenderse de este enemigo difuso cualquier medida de control estará justificada (espiar las comunicaciones, videovigilancia extensiva, control aeroportuario, vigilancia y control de la red, obligar a utilizar tarjetas de identidad para cada vez más acciones). La sociedad de control no es, por tanto, sino una tecnocracia autoritaria: tecnoimperialismo sin vergüenzas.

La sociedad de control es la sociedad nacida de la política del miedo. Es importante no perder esto de vista, ya que nos ayudará a entender los motivos por los que se está organizando de esta forma. En un ecosistema distribuido y con facilidad extrema para la información y la comunicación, tras numerosas promesas incumplidas, los partidos políticos habían perdido su influencia. La sociedad de control tiene como objetivo permitir a los partidos políticos recuperar la influencia social perdida, para así poder gobernar y legislar, dirigir la vida pública y nuestra economía sin que nadie cuestione sus actos. Los partidos políticos pretenden recuperar, mediante la recurrencia a un nacionalismo rampante, la influencia perdida tras décadas de desilusiones electorales y promesas incumplidas. Con esta recobrada influencia intentarán aprobar todo tipo de medidas económicas y de restricción de libertades que de otra forma no podrían implementar.

Vale la pena indicar que, casualmente, estos nuevos bríos nacionalistas se ven potenciados por las políticas impositoras supranacionales del Consenso de Washington, que provocan una percepción fría y lejana de las instituciones de gobierno actuales y sus formas, incitando a muchas personas a oponerse a este nuevo orden haciendo suyos esos argumentos nacionalistas, que se perciben más cercanos, en lo que es una respuesta equivocada a este fenómeno de reorganización supranacional, ya que la oligarquía encargada de alejar a la ciudadanía del poder es la misma (ya hemos hablado de la alianza del corporativismo) que promueve el renacimiento del nacionalismo que entorpece la reacción social y facilita la extensión de estas nuevas medidas de gobierno y control.

Asimismo, mediante este control pretenden recuperar el poder que las nuevas tecnologías de la información les han arrebatado. No hay que pasar por alto en este análisis que toda arquitectura de la información sostiene una arquitectura de poder. La arquitectura de la información ha sido históricamente piramidal y centralizada en los poderes político y económico; las nuevas tecnologías abren la posibilidad de articular debates, problemas y soluciones al margen de estos poderes y, por tanto, la arquitectura de poder subyacente se tambalea.

Dicho de otra forma, Internet y las actividades en red en general arrebatan a los viejos poderes su capacidad de definir los temas y las preocupaciones de la gente, la agenda pública, haciendo que los partidos políticos pierdan su papel de dirección y timón social. Los partidos políticos han perdido su leitmotiv porque la gente ha dejado de buscarlos como solución, por eso el desapego social a los mismos es creciente. Las personas han comenzado a buscar a las personas. Es por eso que, cuando se trata de regular y salvaguardar estas nuevas libertades adquiridas, todos ellos actúan rechazándolas, sin importar los enfrentamientos ni las ideas que los puedan separar en otros asuntos. Frente al sistema distribuido que resta poder a todos los partidos, éstos escogen la alianza de su club cerrado para doblegar al nuevo mundo: quieren seguir siendo el nodo por el que todo debe pasar y la nueva sociedad digital les aterra porque dejan de hacer falta en el mapa social. Por eso la rechazan, por eso les da miedo. Es por ello que cuando se trata de proteger derechos digitales, la clase política se une en contra de la sociedad, a menudo para proteger los intereses del poder político, pero también para proteger los derechos de los importantes oligopolios económicos que, gracias a la oleada de privatizaciones realizadas en las últimas tres décadas, poseen casi todas las industrias críticas (energéticas, telecomunicaciones) y apoyan económicamente a estos partidos para, en parte, pasar inadvertidos a los ojos de la sociedad y escapar a sus iras.

La sociedad de control presenta, en consecuencia, muchos problemas, y el primero de ellos es su gran déficit democrático. La sociedad de control se sustenta en el poder coercitivo de la vigilancia y necesita dichas imposiciones coercitivas para subsistir. Allí donde la sociedad parlamentaria y asamblearia posee protocolos en los que todas las partes llegan a un acuerdo (unas elecciones democráticas son un protocolo de gobierno), la sociedad de control tiene controles, y un control es siempre una imposición de una parte a la otra (como la imposibilidad de mantener la intimidad de tus comunicaciones). La sociedad de control es incapaz de defender la democracia porque no nace de ideales democráticos, sino impositivos, y por ello, para evitarla, es necesaria la interposición de protocolos, acuerdos sociales que limiten estas acciones y mantengan nuestra sociedad dentro de los límites que requiere toda sociedad libre.

La guerra contra el terror como alienante

Desde que los medios de comunicación aparecieron y demostraron su poder para influir en la agenda pública, los gobiernos se han empeñado en mantener un cierto control de los mismos para que éstos presten mayor atención a lo que ellos consideran importante y enfoquen la comunicación del modo que consideran conveniente. Lo han hecho siempre, aunque ello significase desatender las inquietudes de la gente o no ser fieles a la verdad.

Los medios de comunicación amplifican hasta los límites las informaciones sobre «la guerra contra el terror». En estos mensajes nuestros gobernantes nos dicen que la guerra contra el terror se está ganando, que alQaeda ya no es tan poderosa como antes y que la victoria final es inevitable. Acto seguido, y descuido contradictorio, nos vuelven a recordar que alQaeda es una organización extremadamente peligrosa, con miles de tentáculos repartidos por todo el mundo que se han fortalecido tras la guerra de Irak, y que se necesita todo nuestro esfuerzo y colaboración para derrotarla, incluso si esta colaboración implica renunciar a algunas libertades fundamentales, como el secreto de las comunicaciones, e incluso si esta colaboración incluye destinar a la guerra contra el terror el dinero que se debería dedicar a mejorar las formación de nuestros jóvenes o el cuidado de nuestros mayores.

El poder alienante de la política del miedo tiene repercusiones en nuestra privacidad. La política del miedo se emplea para conseguir que el pueblo acepte medidas que de otra forma no aceptaría. Con ello se consigue que pasen por excepcionales y temporales medidas altamente impopulares de duración indefinida que amenazan con ser permanentes. ¿O acaso alguien piensa que, en caso de que la guerra contra el terror deje de formar parte del discurso de la seguridad, se van a reducir drásticamente los controles de seguridad en los aeropuertos o la videovigilancia ciudadana? No ocurrirá, porque no son medidas temporales aunque para convencernos de su necesidad hayan recurrido a amenazas puntuales y promesas de temporalidad.

Lo que los terroristas quieren

Utilizar la guerra contra el terror, islamista o independentista, como excusa para recortar las libertades civiles tiene una doble consecuencia negativa. La primera y básica es que los terroristas estarían encantados si de repente nuestras libertades básicas se vieran reducidas y ninguneadas. Si súbitamente un día no viviésemos en una sociedad libre, sino en una sociedad aterrorizada y autoritaria, los terroristas habrían tenido éxito. Si de pronto nuestras vidas no pudieran desarrollarse en libertad, el objetivo básico de los terroristas se habría cumplido: habrían derrocado nuestra libertad. Además, ese entorno facilita la inaceptable justificación de la violencia: los actos terroristas estarían justificados como forma de oposición violenta a un régimen que nos aprisiona.

Hay que tener en cuenta que el objetivo último de los terroristas es sembrar terror, a veces porque pretenden conseguir un objetivo político más adelante, a veces como simple consecuencia del odio. Los muertos que provocan los terroristas, por triste y doloroso que parezca, no son el objetivo, sino el medio. Reventar aviones, trenes, mercados, quemar autobuses o cajeros, los actos de terrorismo no son el fin, son la herramienta.
El objetivo real de los terroristas es el resto de la población; millones de personas que no somos asesinadas, sino aterrorizadas por los asesinatos de personas con las que nos identificamos: ciudadanos libres como nosotros. El objetivo real del terrorismo no es matar o destruir coches o inmuebles, sino el acto mismo de aterrorizar. Y el éxito del terrorismo depende, siguiendo esta lógica, no de que sus acciones programadas lleguen a materializarse, sino de nuestra reacción frente a las mismas.

Por eso utilizar el terrorismo como alienante es contraproducente. Y nuestros dirigentes, con sus políticas del miedo dirigidas a recordarnos que vivimos en un mundo lleno de peligros donde cualquiera puede activar el detonador que acabará con la vida de nuestros hijos o con nuestra propia vida, están haciendo exactamente lo que los terroristas quieren: aterrorizarnos para conseguir que obedezcamos.

Lo que habría que analizar es qué ganan las instituciones públicas con ello. Aquí está la paradoja: nuestros gobiernos reducen nuestras libertades y nuestros derechos para defendernos, a todos nosotros y al Estado, de unos terroristas que quieren acabar con nuestras libertades y nuestros derechos. ¿No resulta paradójico, entonces, que se produzca ese recorte de libertades? En la lucha contra el terror, George Bush ha llegado a afirmar que la tortura, como el ahogamiento simulado o waterboarding, está justificada para defender a Estados Unidos.

Antes de que alguien se pregunte si estoy equiparando la muerte de un inocente con las molestias que genera el teatro de seguridad y las colas en el aeropuerto, los sistemas de videovigilancia públicos que inundan nuestras ciudades y el hecho irritante de que todo, absolutamente todo, lo que hacen sea por nuestra seguridad frente al terrorismo, debo decir que no las estoy igualando. Ni muchísimo menos. Sólo quiero recalcar la contradicción que supone combatir el terrorismo con el terror, terror mediático en este caso. La privacidad es un derecho fundamental que, sin el más elemental derecho a la vida, no sirve absolutamente para nada, pero eso no impide que la privacidad siga siendo un derecho fundamental a preservar, porque en ausencia de privacidad la vida de las personas corre peligro.

La realidad es tan desagradable que parece indicar que los más radicales de cada bando podrían brindar para celebrar cada endurecimiento de esta pugna, ya que cada uno de ellos tiene, a su modo, una posición de fuerza en su entorno. La supervivencia del clan está asegurada por encima de lo que podría ser el interés general, un interés general que se ignora cuando es el terror policial el que causa los muertos, como en el caso de Jean Charles de Menezes, que murió en 2005 cuando le disparó la policía mientras leía el periódico en un vagón de metro, o el de Carlo Giuliani, muerto a manos de la policía durante una manifestación de repulsa al G8 en Italia en 2001.

La vigilancia como vía de perpetuación

Si unimos el poder del terror para conseguir que medidas impopulares sean aceptadas al teatro de seguridad incapaz de impedir un atentado, la última justificación que tenemos para que desde algunos gobiernos se apueste por sistemas de vigilancia global en lugar de sistemas de vigilancia de sujetos sospechosos es que en algún momento podrían necesitar datos de cualquiera para impedir que lleve a cabo alguna protesta legítima (pero en contra de los intereses del poder establecido) o quizá para destruir su reputación, en el caso de ser oposición política.

Ambos casos apuntan a un mismo fin: utilizar la vigilancia para perpetuarse en el poder más allá de lo que permitiría la democracia. No estoy diciendo, ni mucho menos, que estemos viviendo en alguno de nuestros cuentos distópicos en los que las mayores catástrofes son causadas por el gobierno mismo para perpetuarse. No estoy diciendo que la situación esté tan deteriorada que la única forma de cambiar las cosas sea mediante la anarquía, rebelión, máscaras y asesinatos, como propone Alan Moore en V de Vendetta. Pero debemos ser conscientes de dónde y cómo nos encontramos ahora para identificar adecuadamente la encrucijada de la que debemos salir.
En el contexto de la sociedad digital, donde la red se utiliza para todo, donde existe un almacenamiento masivo de datos de comunicaciones por parte del Estado y donde cada receptor de un mensaje, por pequeño que éste sea, tiene la posibilidad de guardar una copia del mismo, la conversación efímera consistente en hablar y olvidar está en vías de extinción. ¿Se podría abusar del acceso a esta información para desestabilizar la imagen de un contrincante político? Sí, incluso se podría disfrazar de filtración casual lo que podría ser una estudiada operación de descrédito.

La guerra como negocio

Resulta evidente, años después de los atentados del 11S en Nueva York, que tras la conmoción inicial se ha aprovechado la coyuntura para llevar a cabo una de las operaciones económicas más grandes de nuestro tiempo. Sin duda se trata de un gran negocio, que en Estados Unidos ha incluido, por primera vez en las democracias modernas, la privatización y subcontratación de un sector tan importante para la seguridad de los países como es la defensa: la privatización de la guerra.

Cuando hablo de la privatización de la guerra no me refiero únicamente a la privatización del ejército llevada a cabo por George Bush y su contratación de mercenarios para mantener la ocupación de Irak (algo que ya sería suficientemente grave), sino al uso mercantilista de la guerra contra el terror. En este sentido, es imposible no mencionar el endurecimiento de las medidas de control antiterrorista que se produjo en Estados Unidos en agosto de 2007. Estas medidas contemplan que se destinen más fondos públicos a aquellas ciudades en las que haya más indicios de posibles atentados terroristas;26 han leído bien: indicios. Esta ley, que aparentemente parece una buena idea, podría acabar desbocando el uso de la política del miedo, ya que cuanto más creíble sea la amenaza que se cierna sobre una ciudad, más fondos recibirá del erario público. Así, aquellas que sean capaces de crear los miedos más oscuros, recibirán más fondos públicos, para desesperación de sus ciudadanos.

El rediseño del contrato social

Muchos de nosotros tenemos la suerte de no haber vivido bajo una dictadura. Entre nuestras obligaciones se cuenta la de de no descuidar algo tan importante como permitir a los que nazcan después disfrutar de esta posibilidad: nacer y vivir en democracia. Para ello hay que proteger el contrato social actual.

En las democracias actuales el contrato social se puede resumir, a grandes rasgos, como un contrato por el que los ciudadanos pagamos unos impuestos para dotarnos de un gobierno, unas instituciones y unos servicios públicos que nos pertenecen a todos. Sin detrimento de estos servicios públicos, todo aquel que quiera puede poner en marcha sus propios servicios, formar su propio negocio y hacer de él su modo de vida. Nada está prohibido en el mar de posibilidades disponibles.

En los últimos tiempos muchos líderes europeos plantean la necesidad de rediseñar el contrato social añadiendo a la ecuación del mismo una cantidad de parámetros cuya valoración no es viable sin una fuerte vigilancia de los ciudadanos. Es el caso del ya ex primer ministro británico Tony Blair, que proponía adaptar el contrato social para obligar a aquellos que son más propensos a tener enfermedades a llevar una dieta sana y pagar por ser atendidos en una sanidad pública que ya están pagando con sus impuestos.

Esto último resulta bastante insolidario, porque los impuestos sirven precisamente para redistribuir la riqueza y las oportunidades entre aquellos que, por algún motivo, se ven obligados a afrontar costosos tratamientos médicos o molestas enfermedades; también en el caso de los enfermos de obesidad. E incluso podríamos añadir un agravante, ya que en muchos casos las personas se ven obligadas a trabajar lejos de su hogar, a comer fuera de casa o a pasar gran cantidad de tiempo fuera del hogar. En este caso una persona podría no llevar una dieta sana sin que fuera estrictamente culpa suya, sino del propio sistema laboral contemporáneo que nos empuja a una movilidad constante. Todavía es mucho más interesante revisar la hipótesis de partida (ciudadanos que genéticamente son más propensos a engordar) y el primer punto propuesto por Blair: que sean obligados a llevar vida sana o paguen más impuestos si no se someten a esta dieta. Esto es algo que ya se ha aprobado en otros países europeos como Finlandia. Aunque Blair, que ha transformado Reino Unido en la sociedad occidental más vigilada,29 ya no es primer ministro del país, el cargo lo ha heredado quien desde un principio fue su hombre de confianza, Gordon Brown. Mucha sorpresa sería que las ideas de Brown fueran muy diferentes a las presentadas por Tony Blair, y los primeros meses de su gestión son una continuación de la senda de vigilancia extensiva y recorte de derechos que abrió Blair. Además, desde mayo de 2007 los partidarios de reformar el contrato social tienen a un nuevo paladín en la figura del conservador Nicolas Sarkozy, presidente de la República Francesa, quien en los días posteriores a su elección declaró que es urgente reescribir el contrato social.

La amenaza del rediseño del contrato social

Existen serios indicios de que en los últimos tiempos se pretende romper el estado de equilibrio de nuestro contrato social, de forma que muchos de aquellos derechos conseguidos con mucho esfuerzo se renegocien a la baja o incluso suprimidos. En el contexto de la extensión globalizante del Consenso de Washington y la privatización y subcontratación de la mayoría de los servicios públicos, los Estados aparecen como muñecos de trapo debilitados incapaces de forzar a las grandes corporaciones transnacionales. Esto propicia que las grandes multinacionales no tengan dificultad para cambiar de nacionalidad de un día para otro, llevándose a sus trabajadores a países del tercer mundo donde, por arte y magia de la ósmosis que inducen las políticas antimigratorias, los sueldos son enormemente inferiores.

Como consecuencia de estos flujos de trabajo y de dinero (que no de trabajadores) promovidos desde la oligarquía económica y política mediante esta falsa globalización, los trabajadores del primer mundo ya no están vinculados directamente a la producción de los bienes que consumen y ello debilita la posición de fuerza que podrían mantener en una nueva negociación del contrato social. Si la teoría dice que antes de sentarse a negociar hay que asegurarse una posición de fuerza, la experiencia nos dice que renegociar un contrato social ahora es una mala idea.

Como frenar completamente estas medidas no es sencillo, los derechos van menguando (pensiones, prestaciones por desempleo, libertades civiles). Para ver hasta dónde podemos llegar, imagine lo que sería un espejo de la tristemente famosa directiva Bolkestein,31 en la que los derechos laborales de los países desarrollados no se igualaran ya a los del país más pobre de la UE (algo ciertamente preocupante y que fue lo que promovió campañas ciudadanas contra esta directiva),32 sino a los de cualquier país asfixiado económicamente del sudeste asiático.

Visto el desamparo en el que los sectores más desfavorecidos de la sociedad se encuentran frente al ideario de estos reformistas y vista la poca presión que se puede ejercer desde el sector terciario mayoritario en nuestra economía sobre un Estado cada vez más débil, acceder a la revisión de nuestro contrato social en nombre de una viabilidad económica que las grandes empresas dicen necesitar equivaldría a un suicidio social. La mayoría de las veces estas empresas ni siquiera tienen déficit, sino que argumentan que sus beneficios no son tan abultados como en años anteriores. Pero son beneficios al fin y al cabo, por lo que ¿justifican estas quejas el rediseño del contrato social?

Tolerancia hacia la vigilancia

La lucha contra la sociedad de control no es una lucha a corto plazo; de hecho, podría decirse que es la lucha eterna (imposición de control contra resistencia antidisciplinaria), pero sí es una lucha que se endurece con el paso del tiempo. En la lucha contra la sociedad de control el tiempo juega en nuestra contra. El desarrollo de tolerancia, entendida como capacidad de soportar estas medidas sin que nazca una sensación de desasosiego y rechazo de las mismas, es un factor dependiente del tiempo y que aumenta exponencialmente con el paso del mismo.

El hecho de que el tiempo sea nuestro enemigo se debe a que éste favorece el desarrollo de tolerancia hacia las medidas de control. Con el paso del tiempo interiorizamos la existencia de controles que nos limitan, condicionan y adoctrinan. El proceso en sí de interiorizar el control ataca y debilita la oposición al mismo, pues sería como atacarnos a nosotros mismos. No desarrollamos tolerancia a la idea de estar controlados, ya que a nadie le gusta sentirse controlado, sino que dejamos de percibir el control como tal, creándose un desajuste entre el control real al que estamos sometidos y el control percibido. Este desajuste entre lo real y lo percibido hace que no seamos plenamente conscientes de hasta qué punto existen controles y todo está vigilado, lo que reduce toda posibilidad de oposición a esta vigilancia.

El discurso sobre el que se construye este control en un mundo de redes está encaminado a enlazar directamente las medidas de control con la capacidad de gobierno de la sociedad actual. Los mensajes de la política del miedo y la guerra contra el terror persiguen crear un imaginario en el que un mundo distribuido no es gobernable en términos de promesas y de un futuro mejor, sino que la gobernabilidad misma pasa a estar definida en términos de seguridad, aunque en ningún momento se aclara si estas medidas protegen a los ciudadanos o a los poderes establecidos del ataque (que podría darse en forma de simple indiferencia y búsqueda de realidades de organización alternativas) por parte de esos mismos ciudadanos. Que la construcción misma de estas medidas y el modo en que se comunican al público constituye otra forma de control y manipulación social es algo evidente, aunque no lo abordaremos en este capítulo.

En ese sentido, también la manera en que se construyen estos discursos, apelando al civismo y al patriotismo para favorecer esta asimilación, debe ser lo primero en recibir nuestras críticas, pues es con la ayuda de estos discursos con lo que se logra que toda oposición, crítica y propuesta de reforma sea rechazada y marginada. De repente, a alguien que se opone a las medidas de control se le percibe como un cómplice de los delincuentes o un odioso antipatriota. Es el discurso el principal vehículo para la asimilación de estas medidas y para el desarrollo de tolerancia al control. No podemos dejar de considerar que las medidas de control forman parte de la educación y el condicionamiento que las generaciones posteriores deben recibir para garantizar la continuidad del sistema, como parte de una violencia simbólica33 que diluya sus protestas hasta volverlas inofensivas.

El desarrollo de tolerancia a las medidas de control comienza a operar tan pronto éstas están operativas, ya que a la inclusión de las mismas en nuestros hábitos (con la consecuente reducción de atención prestada, pues abrir la puerta con el transpondedor pasa a ser un acto mecánico y no un acto razonado) hay que unir que, debido al modo en que se justifican las mismas, muchas personas son automática e inconscientemente obligadas a aceptarlas. Sin embargo, en nadie es esta tolerancia tan acentuada como en las generaciones que nacen y crecen con posterioridad a la entrada en vigor de las mismas. Aquello que estamos acostumbrados a utilizar desde niños nos resulta más fácil de comprender, y aquello que entendemos con facilidad nos da 74
confianza. El proceso de asimilación de las medidas por parte de los jóvenes constituye un enorme factor en contra de la resistencia a estas restricciones y controles, y por eso la oposición a las medidas de control es una lucha que, sin constituir una derrota asegurada a largo plazo, será más fácil ganar si evitamos que este nuevo régimen se prolongue innecesariamente en el tiempo.

Una respuesta

  1. Je, justo queria leer acerca de esto, investigando llegue hasta tu blog, exelente entrada !!! gracias !!

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