La dimensión utópica

Fuente: http://www.sindominio.net/
Etcetera/REVISTAS/ETC-7.

Una reflexión sobre nuestro pasado, sobre nuestra historia, nos pone de manifiesto un continuo empeño el hombre en no dejarse encerrar en lo ya dado, en afirmar que lo ya dado no agota lo posible, que lo que hay no coincide con lo que puede haber, que la realidad existente se puede criticar y superar… que la barbarie o la explotación no son productos naturales sino históricos y, por tanto, modificables a partir de la actividad humana. A todo ello aludimos más o menos al decir que constatamos una dimensión utopista en el hombre. Esta dimensión utopista no acepta lo real como dato incambiable o modificable solamente por factores exteriores a la libre actividad humana, como si el factor económico o psicológico o genético determinaran lo que puede ser, al margen de su actividad; como si, por ejemplo, la lucha por la vida, o la agresividad, o el ADN, agotaran la explicación de la actividad humana, sin dejar lugar a la solidaridad, a la ayuda mutua. Esta dimensión utopista incluye pues una crítica a todo determinismo reduccionista. Negar tal determinismo, afirmar que lo que hay no es lo que puede haber, no quiere decir que esto que puede haber pueda ser cualquier cosa. Aquí es donde esta dimensión utopista se separa de la quimera, de la ilusión. La dimensión utopista habla acerca de un posible, y no acerca de un imposible, o una ilusión. Pretende, por ejemplo, establecer entre los hombres unas relaciones no enajenadas (por el dinero, por el Estado…), es decir, en base a las necesidades de los hombres y no a las impuestas por el capital, por el poder, pero no ilusas en el sentido de unas relaciones sin mediaciones, totalmente transparentes, sin conflicto… Habla pues, acerca de un posible del hombre en la historia y no más allá de la historia. Esta dimensión utopista es siempre crítica respecto a la realidad existente. No legitima el orden de cosas existente sino que es disconforme con él: en este sentido se distingue pues de la ideología. Y tampoco es, distintamente de la prospectiva, una simple extrapolación de lo que hay sin criticarlo. Además, esta crítica al Estado de cosas existente se hace en nombre de un posible distinto y mejor, en nombre de un óptimo; afirma pues una noción de valor: valora y afirma, por ejemplo, que una cosa es mejor o peor que otra. Hablamos pues de la dimensión utópica como de una realidad, de la que puede hacerse, por tanto, una crónica.

Vamos ahora a fijarnos en algunos momentos de esta crónica. Aquellos momentos más próximos a nosotros, en el tiempo y en el espacio. Más en concreto, vamos a fijarnos en las revoluciones modernas en Europa: durante las guerras campesinas en Alemania, siglo XVI; en el transcurso de las revoluciones burguesas en Inglaterra y en Francia; y durante las revoluciones obreras del siglo pasado. Con esto no se trata de hacer una historia o una sociología de las utopías que recubriría realidades bien dispares, críticas o legitimadoras…, sino de fijarnos como, en estos determinados momentos, aquella dimensión utopista acontece. De este árbol de la utopía que esbozamos, nos fijamos en esta dimensión utópica que a caballo de un movimiento social intenta negar la sociedad existente.

Durante las guerras campesinas del siglo XVI en Alemania

En una época de crisis, de gestación de un nuevo mundo, prolífica en discursos utópicos (Moro, Campanella, Andreade…), aparece un movimiento campesino insurreccional que con Munzer (1490-1525) y los anabaptistas lucha por una sociedad agraria igualitaria. La situación del campesinado se va agravando durante todo el fin del siglo XV y principios del siglo XVI, con el crecimiento del capital comercial y del absolutismo de los príncipes (los caballeros están en recesión enfrentados a los campesinos y a la gran nobleza). Este factor económico, que condicionará el desarrollo del conflicto, viene a confluir con la esperanza milenarista: para dar lugar a un movimiento insurreccional que arrasará y quemará castillos, destruirá archivos y títulos de propiedad…,en una lucha desigual con un ejército mal coordinado y peor armado, frente al ejército de los príncipes que teniendo tiempo de rearmarse, con seis columnas aplastará, en la batalla de Frankenhansen (1525) al ejército campesino. En esta batalla, Thomas Munzeres detenido y decapitado. Así, la guerra del campesinado, una serie de revueltas poco coordinadas durante medio siglo, termina en 1525 con un saldo de cien mil campesinos muertos en combate. La reforma preconizada por Munzer, al revés de la de Lutero que se adapta al poder de los príncipes, va de los anatemas a obispos y clero al enfrentamiento abierto con los señores. Huyendo por toda Alemania (Praga, Allstedt, Nuremberg…) organiza a los obreros, especialmente en las zonas mineras (Saxe) y a los campesinos. Su lucha contra la corrupción existente mira a la instauración aquí, y ahora, no en el más allá, del comunismo igualitario. Mientras, rigen entre sus partidarios dos principios básicos: el rechazo a toda autoridad y la comunidad de bienes. La Liga Secreta que funda en 1524 incluye en su programa:«que todos los bienes sean comunes y que cada uno reciba según la medida de sus necesidades».

Durante la revolución inglesa,1640-1666

Mientras en Europa reina el absolutismo y un rey puede decir«el Estado soy yo», en Inglaterra se ejecuta a un rey. Con siglo y medio de antelación respecto al continente, la burguesía inglesa se enfrenta al feudalismo y abre el paso al nuevo orden: el modo de producción capitalista. Durante todo este proceso, de conflictos entre las mismas fracciones burguesas y entre estas y las masas desposeídas (la tierra ha devenido ya objeto de compra y venta, fuente de beneficio monetario: se necesitan tierras para las ovejas, los mercados deAmérica piden lana), aparecen toda una serie de movimientos emancipadores que quieren ir más allá del nuevo orden, planteando un comunismo agrario en el caso de los «cazadores».Durante la primavera de 1649, en St. George’ Hill unos cuantos hombres, mujeres y niños pondrán en pie una colonia comunista. Luego, esto se extenderá a otras ciudades (Kent, Buckingham…) hasta que el ejército burgués los dispersará. Winstanley, instaurador de una de estas colonias, escribirá en 1652, una vez disueltas, La Ley de la libertad en una plataforma o la verdadera magistratura restaurada, casi un centenar de páginas sobre la restauración de la sociedad en torno al principio de la comunidad. Hay una crítica a la propiedad que ya es definida como un robo (la verdadera libertad no puede existir mientras los hombres no tengan libertad económica) y una crítica del dinero (cuando la humanidad empezó a comprar y a vender perdió su inocencia y entonces empezó la opresión de unos sobre otros… Los hombres nunca aprenderán a cambiar sus espadas por arados, sus lanzas por útiles de jardinería, no sabrán nunca desembarazarse de las guerras si antes no barren junto con la inmundicia del poder real el timo que han inventado de la compra y de la venta); y una práctica de apoyo mutuo (cada cual da según sucapacidad y recibe según sus necesidades).Hay también toda una parte de castigo, severidad, vigilancia para los infractores de su propia ley. Aquí ya aparece lo que será una constante en todo este proceso que miramos: cómo conjugar libertad, igualdad y comunidad, contradicción que quizás tomará su forma más extrema con Robespierre: imponer la libertad.

Durante la revolución francesa

El siglo XVIII en Francia abunda en perspectivas igualitaristas: Linguet, Meslier, Dom Deschamps, Mably, Morelly, Restif de la Bretonne… son sólo unos nombres que jalonan tal espíritu igualitario. El que mejor capta tal escisión entre la voluntad individual y la voluntad común es Rousseau. Crítico de la sociedad de su tiempo (El origen de la desigualdad, 1754, influirá en todos los hechos de la Revolución) busca en la voluntad general la armonización de ambas voluntades. Voluntad general, que no es la suma de todas las voluntades individuales, sino la voluntad que está por encima de todas y a la que se han de sujetar. Al final de la revolución sólo ve como cosa posible la construcción de una pequeña ciudad-estado. Robespierre resolverá la escisión mediante el empleo del terror, llevado a cabo por un Comité de Salvación Pública, que obligará a los hombres a ser virtuosos y a que la república de la virtud no puede alcanzarse con la mera proclamación de lo que es justo. Robespierre será decapitado el 94, pero durante la reacción«Termidor», que acaba con la Constitución de 1793,un grupo de hombres reivindicará la vuelta a la Constitución del 93 como paso hacia el comunismo. Babeuf,Darthé, Sylvan Marechal, Buonarotti, Germain,Bertrand… preparan la conjura que, volviendo a la Constitución del 93 y profundizando la revolución, ha de instaurar la comunidad de bienes. Abortada ésta, son condenados a muerte. Darthé y Babeuf son ejecutados(1797). Buonarotti, que vivirá hasta el 1837, hará llegar el babeuvismo hasta la generación de los Blanqui, Raspail, Weitling, V. Considerant, Dézamy, Owen, Cabet…El objetivo de los conjurados es la felicidad común y para esto es preciso profundizar la revolución, transformar la igualdad civil en igualdad social. Y esto no es posible sin los proletarios, el nuevo sujeto que entra en escena. En este sentido la conjuración de Babeuf está en el origen del movimiento proletario y revolucionario moderno. El Manifiesto de los Iguales, redactado por Sylvain Marechal, postula un comunismo igualitario, la posesión de la tierra, la comunidad de bienes. Su doctrina está resumida en Análisis de la doctrina de Babeuf, (programa de la conspiración, mayo 76), en los siguientes doce puntos:

1. La naturaleza ha dado a cada hombre un derecho igual a la fruición de todos los bienes.
2. El fin de la sociedad es defender esta igualdad, a menudo atacada por el fuerte y el malvado, en su estado natural, y aumentar mediante el concurso de todos, la felicidad común.
3. La naturaleza ha impuesto a cada uno la obligación de trabajar; nadie ha podido, sin crimen, sustraerse al trabajo.
4. Los trabajos y la felicidad deben ser comunes.
5. Hay opresión cuando uno se agota por el trabajo y tiene necesidad de todo, mientras que otro, sin hacer nada, nada en la abundancia.
6. Nadie ha podido sin crimen, apropiarse en exclusividad los bienes de la tierra o de la industria.
7. En una verdadera sociedad, no debe haber ni ricos ni pobres.
8. Los ricos que no quieren renunciar a lo superfluo en favor de los indigentes, son los enemigos del pueblo.
10. El fin de la revolución es destruir la desigualdad y restablecer la felicidad común.
11. La revolución no está acabada, porque los ricos poseen todos los bienes y mandan en exclusividad, mientras que los pobres trabajan como verdaderos esclavos, languideciendo en la miseria, y no son nada en el Estado.
12. La Constitución de 1793 es la verdadera ley de los franceses porque el pueblo la ha, solemnemente, aceptado.

Sin ver aún la incipiente actividad autónoma de los obreros, pues son vistos aún sólo como apoyo exterior a la causa emancipadora, la conspiración de los iguales subraya ya la aparición de este nuevo sujeto histórico que vamos a ver actuar a continuación durante el siglo XIX, a la vez que continúa la perspectiva comunista igualitaria. En este comunismo igualitario subyace un despotismo producto del momento histórico y de su concepción de la naturaleza humana: si es conforme a esta naturaleza vivir en estado de igualdad y amor mutuo, obligaremos a ello –el terror camino de la utopía–.

Durante la revolución europea de 1848

Antes de la mitad del XIX, el proletariado desgajado ya de la pequeña burguesía, afirma su perspectiva comunista. En la revolución de febrero, los obreros parisienses demuestran que no necesitan a los patronos y realizan la democracia económica en el taller. De los combates de febrero sale un gobierno provisional, como compromiso de distintos intereses: burguesía, pequeña burguesía, obreros (L. Blanc, Albert). El idilio de febrero acaba en los fusilamientos de junio. El comunismo teórico emergente se pierde en la democracia y el proletariado busca un lugar en el interior del Capitalismo.

Francia aglutina en estos momentos el impulso revolucionario. Allí acuden Weitling, Mazzini, Marx, Bakounin… que vienen a juntarse con toda una constelación de corrientes sociales presentes en este febrero de 1848:-

Saintsimonismo, sin apenas influencia en los hombres de las barricadas, propagando las ideas socialistas entre las clases educadas.-

Fourierismo, que si tiene alguna influencia a partir de sus cooperativas de producción y consumo, pero muy lejos de la causa obrera como podemos ver con Flora Tristan, en su viaje por Francia en el 43-44.-

Icarianos, que postulan una comunidad igualitaria, sin propiedad y sin dinero, pero exterior también a la actividad obrera.-

Blanquismo, al revés que L.Blanc, partidario de la reforma gradual, August Blanqui cree en la fuerza de la voluntad revolucionaria y transmite la herencia de Babeuf a la generación del 48 introduciendo la idea de conspiración en el movimiento obrero, y la de la dictadura del proletariado ejercida por una minoría. Dé-zamy, representará, dentro de esta corriente, la síntesis de Babeuf y las corrientes comunistas: construir una sociedad de felicidad común, mediante una revolución violenta, llevada acabo por el proletariado. Pero mientras Fourier y SaintSimon piensan sus utopías en base a la reconciliación del capital y del trabajo, el proletariado afirma su perspectiva comunista. Weitling y Marx ilustran bien esta actividad del proletariado: si bien la utopía de Weitling es la de un comunismo primitivo de carácter evangélico, ve que para construir un nuevo mundo los obreros sólo pueden confiar en ellos mismos y en su fuerza.

Marx capta ya plenamente la autoconciencia de la actividad revolucionaria de la clase trabajadora, actividad libre a la vez que históricamente necesaria. La aspiración a una comunidad humana («de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades»; «el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos…») sólo puede triunfar cuando la vida social adquiere un carácter colectivo, y este es el caso del proletariado, del trabajo asociado, y no el de antes («dijimos a los miembros de la Liga que no se trataba de realizar un sistema utópico cualquiera sino de participar con pleno conocimiento de causa en un proceso histórico de cambio de la sociedad que se desarrolla bajo nuestros ojos», carta a Vogt).

A mitad del s.XIX un nuevo sujeto autónomo ha entrado en escena con un proyecto propio: la sociedad comunista

Hoy

Aquella perspectiva comunista afirmada por el proletariado a mediados del pasado siglo, desaparece globalmente y cede el paso a la lucha política por hacerse un espacio dentro de la sociedad capitalista. La perspectiva política prevalece frente a la perspectiva crítica o de ruptura. Esto no quiere decir que no se produzcan asaltos: 1917, 1936, 1968… pero son ahogados por la burocracia o por la democracia.

¿Vendrá la realidad actual a desmentir aquella dimensión utopista y a afirmar el reinado de las contrautopías, o es más bien nuestra manera de entender y de buscarla en el pasado lo que esdesmentido?

¿Qué hay de esta dimensión utopista en los pillajes de Brasil o de Brixton, o en los movimientos de masas de Yorkshire, Gijón o Gands…? Quizás de lo que se trata hoy es de la desaparición de un proyecto político común, de una falta de credibilidad de lo político y de una resistencia en torno a unas necesidades individuales y colectivas sentidas.

¿No será más bien nuestra inercia sobre la manera de entender el Estado y la clase obrera, la que nos lleva a dudar de esta perspectiva utopista o, mejor dicho, de su actual concreción posible, el comunismo?

¿No será más bien nuestra incapacidad de comprender la actual multiplicidad del Estado y, por decirlo de alguna manera, la actual no centralidad de la clase obrera industrial, lo que nos impide ver la real actividad del movimiento que subvierte las actuales relaciones existentes?

Aquella dimensión utopista continúa abriendo brechas en la actual sociedad cerrada, dejándola, por tanto, sin efecto: esta sociedad cerrada no ha logrado cretinizar a sus masas; desde los medios de comunicación de masas, pasando por el trabajo, hasta la ingeniería genética, no han podido acabar con la actividad de sus proletarios, dando así la vuelta a la cuestión: la cuestión no es ya cuánto poder tiene la sociedad actual, sino cómo, con tal poder, no logra acabar con toda la actividad crítica, cómo no logra domesticar al viejo topo.

El comunismo o la comunidad humana o un mundo sin dinero o el fin de la economía y de la política o el fin del Estado y del trabajo… son sólo una posibilidad. No obstante, esta posibilidad es suficiente para alimentar una esperanza racional y, parafraseando libremente a Marvin Harris, podemos decir que la voluntad de resistir y luchar por algo mejor es un importante componente de la lucha y que, por supuesto, desear algo con la fuerza suficiente para pelear por ello no garantiza el éxito pero altera las posibilidades; el comunismo puede ser improbable, pero sólo será imposible cuando la última fracción del proletariado deje de intentar hacerlo realidad.

Etcétera.

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