La medicina y su poder

Fuente: “Etcétera” (Correspondencia de la guerra social)
N° 42, Julio del 2007

1) Medicina y sociedad capitalista

La enfermedad es correlativa al tipo de sociedad, tanto por las patologías que en ésta se desarrollan, como por el concepto mismo de patología y de enfermedad. Nuestra sociedad capitalista, en la que domina el valor de cambio, es decir que pone el trabajo y la producción al servicio de la valorización y no al servicio de las necesidades del hombre como parte de la naturaleza, va a generar sus propias patologías. Al ser considerados la naturaleza y el hombre sólo como fuente de valor, la generalización de la miseria, la radioactividad, la contaminación (del aire, agua, alimentos…), la actual aceleración de la vida cotidiana, etc., entrarán dentro del desarrollo lógico de esta sociedad y no sólo como excepción. Tal tipo de desarrollo provoca una serie de patologías propias como por ejemplo el sida, el cáncer, el stress, los desequilibrios psíquicos, etc. Están aún por ver las patologías que puedan derivarse de los últimos avances de la Técnica: los organismos genéticamente modificados (OGM), las plantas genéticamente modificadas (PGM), la nanotecnología (técnicas que trabajan la materia átomo a átomo: nanotubos de carbono, nanoláseres en los lectores de DVD…), la telefonía móvil, etc. con su impacto contra la salud. Por ejemplo las consecuencias de la inhalación de las nanopartículas de carbono dispersadas en el aire que pueden fijarse en los alvéolos pulmonares y provocar, como antes el caso del amianto, cánceres. Detrás de todo este desarrollo está el mercado y la valorización, y no cabe por tanto pensar que su rechazo ético prevalecerá sobre su desenlace mórbido; sabemos que hoy la Técnica se ha autonomizado y no atiende a otras instancias, como por ejemplo la ética, sino sólo al principio técnico: si algo se puede hacer se hará.

La enfermedad es concebida como la llegada de un agente patógeno que viene a dañar un órgano de un cuerpo entendido, a su vez, como la suma de órganos, especie de marioneta a reparar. La medicina, la institución médica, el cuerpo médico jerarquizado van a reparar este órgano (o recambiarlo), luchando contra la enfermedad, contra lo que dicen que la ha causado (virus, microbio, bacteria…), y desarrollando, en su contra, una de las mayores industrias: la hospitalaria, la farmacéutica, el enorme negocio con las patentes… En tal concepción de enfermedad, la morbilidad propia de nuestra sociedad capitalista antes apuntada queda pues fuera de la causa desencadenante de la enfermedad.

La curación se entiende igualmente dentro de la lógica de la valorización y por tanto contempla el cuerpo como fuerza de trabajo. Llevando hasta el extremo la irracionalidad del sistema capitalista, no se contempla la cura como un fortalecer el goce de vivir, sino como la restauración del cuerpo para arruinarlo de nuevo en el trabajo (cualquier tipo de trabajo); igual que fertiliza la tierra para hacerla más productiva y no para que coma más gente sino para que de más beneficio. Sanear rima con destrozar, contaminar, valorizar y esto es lo que se lleva a cabo con el sanear la tierra (fertilizantes que agotan la tierra, plantas genéticamente modificadas que matan, transgénicos, patentes, etc.), con sanear la empresa (hacerla más rentable para el accionista…), sanear el cuerpo (para hacerlo más útil para el trabajo…). En este mundo al revés, en nombre de la vida se generaliza la muerte (aumento del hambre, de las enfermedades…). El mismo sistema que contamina, que generaliza la pobreza… es pues el que desencadena la enfermedad y el que a continuación desarrolla la industria para paliarla (Valium contra el stress, Prozac para soportar una vida insoportable, etc.).

La medicina bajo la órbita de la valorización

Una mirada a la actual medicina, lo más ingenua posible, no puede dejar de constatar la enorme industria que la contiene. Así la duda más cerrada sobreviene sobre el arte de curar desligado de la finalidad industrial del máximo beneficio; como la industria cultural, por ejemplo, que acaba con cualquier veleidad informativa para ser simplemente propaganda al servicio de la rentabilidad. Esto, claro está, es así en el límite, pues algo queda en ambas industrias de cura y de información, resto gracias al cual se sostienen. Si la tendencia del capital es reducir el valor de uso y aumentar el valor de cambio, siempre queda algo de valor de uso en la mercancía producida, como algo de cura queda en la industria médica o algo de información en la industria cultural.

Un respeto atávico a todo aquello que concierne a la vida y a la muerte, a las prácticas curativas y a sus expectativas, favorece la creación de un mito sobre la actual medicina alopática, que consiste en considerarla como un arte de curar por encima de todo. Pero una observación cualitativa y cuantitativa de este arte nos lo da a entender como una práctica (e ideología y propaganda) al servicio de la valorización: como industria (de la salud) propiamente, y como medio de facilitar el proceso de valorización (producción industrial o inmaterial y consumo) mediante la reparación de la fuerza de trabajo, objetivo no accidental o de añadido, sino prioritario, o haciendo aumentar la producción, mediante la detección de enfermedades contagiosas, vacunación, técnicas de orientación profesional… Reparar el cuerpo para hacerlo útil al trabajo y al consumo es el objetivo primero de la medicina y del cuerpo médico. Acelerar el proceso de «curación» vía antibiótico en lugar de esperar el lento proceso de recuperación del propio cuerpo a través de sus defensas naturales (a través de la propia enfermedad). En la orientación del saber médico lo que prima es el aspecto económico: horas de trabajo perdidas, coste de las patologías, etc.

Otra cuestión es que tal saber se convierte él mismo en industria, hoy una de las industrias más desarrolladas. La industria farmacéutica es la segunda en EEUU, y marca con su lógica del máximo beneficio la vida en el planeta a través de los medicamentos cuyo campo de acción se amplía sin cesar y a través de las patentes, que aseguran su monopolio.

La medicina invade cada vez más campos: la escuela, la vida cotidiana, la salud. Así la industria farmacéutica, para optimizar sus ventas se dirige ahora a los sanos para decirles que están enfermos. Manipulando el concepto de salud inventan nuevas enfermedades: lo que siempre ha sido, por ejemplo, un niño más movido hoy es catalogado médicamente como con síntomas de hiperactividad, o a uno más tímido se le adjudica un trastorno de ansiedad. Y tal catalogación se hace imperativa a través del miedo que imparte: ¡si no se atiende a tiempo tal disfunción puede acarrear problemas graves! La medicina invade así la salud misma: siempre somos posibles enfermos y para descubrir nuestras enfermedades se pone en marcha una gran industria. Situaciones normales o temporales de menor actividad sexual son calificadas de disfunción eréctil o de síndrome distónico premenstrual, lo cual generará un incremento de ventas de viagra o prozac. Con las patentes, la industria farmacéutica se arroga también el monopolio de los medicamentos. En nombre de la necesaria inversión en investigación y tecnologías reclama el derecho de patente e impide el desarrollo y venta de genéricos.

Otros saberes

Cualquier otra concepción de la enfermedad, cualquier otro saber es anatematizado, perseguido o simplemente despreciado por la medicina imperante. (Sin ir más lejos, los médicos colegiados de Barcelona acaban de impugnar el decreto de las terapias naturales con el que se quería dar cabida a la homeopatía, la naturopatía, la acupuntura y otras terapias). Erigida en ciencia, en logos, la medicina «oficial» remite a los anteriores saberes sobre el cuerpo al mito, a la vez que crea ella misma un mito.

Queremos ahora ver estos otros saberes, que vienen de un pasado más o menos lejano, sin mitificarlos: al revés, abordarlos con precaución y miedo: no por su antigüedad tienen más crédito. Como hemos anotado en otras ocasiones, al hablar por ejemplo de la historia, es muy fácil una mirada ideológica del pasado. La crítica que hacemos hoy a saberes religiosos para nosotros alienantes no podemos dejar de hacerla a otros saberes que así nos parezcan, por el mero hecho de ser arcaicos. No podemos desvalorar el esfuerzo de desencantamiento del mundo que la humanidad ha ido realizando a lo largo de su historia, lo cual no quiere decir que demos primacía a la razón sobre el mito. El mito y la razón son construcciones, cosmovisiones derivadas de las distintas formas de organización social. El mito es una narración relacionada con una práctica mágica-religiosa, el rito, sin el cual el mito cae y se convierte en literatura. La razón occidental, instrumentalizada por la valorización, entiende la naturaleza sólo como dominación y explotación. Hoy, en nombre de no volver a una interpretación mítica de la naturaleza, corremos el riesgo de considerarla sólo como objeto a explotar, y no considerarla como una relación ínter subjetiva, y no considerar la ambivalencia del relato mítico, la parte que tiene de verdad i la parte de falsedad que consiste precisamente en reducir lo histórico a lo natural, tarea primordial del mito de ayer y de hoy. Hoy, el mito de la razón médica trata como hechos naturales las consecuencias mórbidas de nuestra sociedad capitalista.

El psicoanálisis discute la concepción organicista de la medicina imperante al abrir una profunda brecha en la seguridad del sujeto cartesiano, introduciendo la hipótesis de otro sujeto, el del inconsciente, que no es otro que el efecto estructural de la represión. El síntoma, expresión de deseos reprimidos, no puede desaparecer más que si la represión es levantada. Para permitir este paso, para tener conciencia de lo inconsciente, para acceder a lo inaccesible, Freud inventó una técnica: la verbalización a partir de la libre asociación sin crítica alguna.

La homeopatía, a partir de los descubrimientos de Hahnemmen en el s. XVIII al comprobar que algunos medicamentos administrados a un hombre sano provocan los mismos síntomas que habitualmente curan, entiende a la persona como un todo inseparable cuerpo-mente, y la enfermedad como el proceso de curación. Respeta los mecanismos propios de defensa y estimula, con substancias vegetales, animales y minerales, el sistema inmunitario. Trata los síntomas como defensas del cuerpo ante una enfermedad y por tanto deben ser ayudados y no suprimidos.

La antigua medicina china se basa en la circulación de la energía, el Qi, la energía vital que constituye el universo. Tiene una visión psicosomática de las patologías, dando importancia a los problemas emocionales y mentales relacionados con los órganos internos. No se trata de hacer desaparecer los síntomas sino restablecer la circulación armónica del Qi, el principio vital, lo cual evitará la enfermedad que se considera como un desequilibrio energético.

La medicina maya, curiosamente en continuidad con la medicina tibetana, otras medicinas ancestrales, el vasto campo del esoterismo, de las medicinas naturales, de las medicinas alternativas, etc., son igualmente saberes sobre el cuerpo, que discuten el saber médico occidental erigido en verdad al servicio de la valorización.

No se trata ahora de ver las respectivas formas curativas de estos otros saberes, de estas otras medicinas, ni del estudio de las sociedades que les han dado origen, sino de escuchar y acumular los saberes que sobre el cuerpo (enfermo) tienen. En síntesis, todas ellas insisten en una concepción holística de la persona, y no dualista a base de la dicotomía cuerpo-alma, enfermedades físicas y psíquicas; insisten en una concepción unitaria del cuerpo y en no considerarlo como suma de órganos. La enfermedad misma es, en todas ellas, considerada como proceso de curación, siendo las causas de la enfermedad múltiples (sociales, posturales, alimentarias, etc.) y siendo el protagonista de la curación el propio sujeto. Insisten también en una concepción unitaria con la naturaleza, hombres y mujeres como parte de la naturaleza, y en una concepción del sujeto basada en su autonomía.

Esta autonomía que requiere un saber propio sobre nuestro cuerpo, es lo que con la actual medicina y con la medicalización de la vida se ha perdido. Otros saberes se pierden a instancias de un saber hegemónico guiado, como hemos visto, no por el arte de curar sino por la lógica mercantil. Insistimos, no se trata de recuperar, sin más, prácticas ancestrales, también ellas recorridas por relaciones de poder, sino de hacernos cargo de nuestra salud, incorporando lo que reconozcamos de estos otros saberes. La cuestión es cómo. Cuando la industria médico-farmacéutica controla el mercado mundial de la salud, cuando están esquilmando las plantas medicinales que aún quedan en territorios vírgenes codiciadas por la industria farmacéutica, ¿cómo hacer frente a tal poder? Cuando el individuo ha perdido su autonomía y su relación con la naturaleza y con la comunidad, ¿es posible aplicar tales saberes sin invertir la actual tendencia del desarrollo técnico-capitalista?, ¿pueden estos otros saberes sobre el arte de curar enfrentarse a unas patologías que son provocadas por modos de vida que le son contrarios en su esencia?, ¿la curación no está precisamente en el abandono de estas nocivas formas de existencia?, porque es ya en la vida y no en la enfermedad o en su terapia donde se disocian cuerpo-psique, hombre-naturaleza, donde se pierde la autonomía del sujeto y el protagonismo de éste sobre su propia existencia¨
2. El negocio de la salud y la medicalización de la vida

En el nº 38 de Etcétera hablamos y escribimos sobre El cerco a la Vida. El poder del Capital también bajo su forma de dominio político, mediante el Estado y sus burocracias, pretende y en mucho consigue apoderarse del control sobre la vida de sus «súbditos/ciudadanos». Los seres humanos, cada vez más, constituimos una multitud de repeticiones uniformadas, de clones. El control sobre la vida forma parte esencial de los objetivos de los poderes económicos y políticos: «el poder se hace cargo de la vida» y esto da lugar entre otras consecuencias a individuos aislados, inmersos en la fragorosa soledad de la aglomeración.

El incremento y la aceleración en el desarrollo de las técnicas biomédicas amenazan con una modificación significativa de la biología que está dirigida, además de promover el consumismo, a la búsqueda de nuevos medios y canales de control sobre los seres humanos. Nuevas formas de control y de dominio se gestan a la sombra de la medicalización de la vida, ocultas por la propaganda y el ruido que genera la autoproclamada «revolución» biotecnológica y su ideología, la bioética.

La industria farmacéutica: otra forma más de control

Iniciada en el siglo XIX, fue a lo largo del siglo XX que la industria farmacéutica y de las drogas se desarrolló tan aceleradamente que es junto a las industrias de las armas y las petroquímicas la que más beneficios le permite acumular al Capital. La industria farmacéutica, tal como actualmente está estructurada, surgió de las potentes corporaciones que dominaban la industria del petróleo y de la química, como una manera de diversificar sus ganancias y realizar nuevas inversiones que aportasen suculentos beneficios (en EE UU el impulsor fue el grupo Rockefeller que en las primeras décadas de este siglo controló el 90% de la industria petroquímica de América). Principalmente después de la 2ª Guerra mundial estas ya grandes corporaciones se organizaron con el objetivo de controlar los sistemas sanitarios de todo el mundo, en primer lugar del llamado primer mundo capitalista que era donde más medicamentos podía consumir la población de manera inmediata y posteriormente del resto de países, promoviendo epidemias que se han convertido en plagas como el Sida. La nocividad capitalista origina enfermedades que se extienden sin querer entender sus causas, como el desmesurado aumento de todo tipo de cánceres o el de la diabetes, etc. El cuerpo humano y su salud se convierte en un medio para seguir acumulando beneficios y poder.

Actualmente las empresas farmacológicas más importantes son de EEUU, Europa y Japón. Sólo 25 empresas controlan más del 50% del mercado mundial de medicamentos. De las 10 empresas farmacéuticas y biotecnológicas más importantes 6 son de EEUU. Sus tasas de beneficios son las más elevadas de todos los sectores de la producción, en el año 2005 vendieron medicamentos con un beneficio de 605.400 millones de dólares. En el año 2004 los beneficios de Pfizer, la mayor multinacional farmacéutica, superó los 53 mil millones de dólares. Por el contrario y a pesar de sus ganancias billonarias, la carga impositiva del Estado sobre las empresas de este sector es la más baja de todas, pues cuentan con la justificación de invertir en la salud pública.

La industria farmacéutica forma el mayor lobby de Estados Unidos; durante el año 2004 invirtió más de 120 millones de dólares en influir sobre el gobierno, en los últimos siete años ha invertido más de 700 millones de dólares para este fin, esto supone el mayor gasto realizado desde un sector de la industria para influir en las decisiones del ejecutivo de EEUU; empresas como Pfizer o Glaxo fueron de las que más dinero donaron en las últimas elecciones que hicieron presidente a Bush II.

Algunos datos que sirvan de ejemplo: según un informe de la Asociación de Agentes de Propaganda Médica de la Argentina, la diferencia entre lo que realmente cuesta fabricar una droga y su precio en las farmacias puede alcanzar el 55.281 por ciento. El Valium, Diazepán fabricado por la multinacional Roche tiene un incremento del 33.623 %. Un informe sobre las tendencias farmacéuticas elaborado por el Deutsche Bank afirma que los ciudadanos del planeta gastaremos en el año 2010, 40.000 millones de euros en comprar medicinas que no curan nada.
Los beneficios de la industria farmacéutica crecen vertiginosamente a nivel mundial: los ingresos para el sector fueron en el año 2004 de 550 mil millones de dólares, un 7% más que los registrados en el año 2003; pero en el año 2005 los beneficios ascendieron a 605.400 millones de dólares.

Los beneficios del 2004 para las principales empresas corporativas son estos: (cifras de beneficios netos, se han de añadir otras inversiones como las de I+D para obtener las cifras del beneficio global).

EMPRESA INGRESOS (millones $)

1º.- Pfizer (EEUU) 46.133
2º.- Glaxo Smith Kline (EEUU) 31.377
3º.- Sanofi _ Aventis (Francia) 30.919
4º.- Johnson & Johnson (EEUU) 22.128
5º.- Merck (EEUU) 21.493
6º.- Astra Zeneca (Inglaterra) 21.426
7º.- Novartis (Suiza) 18.497
8º.- Roche (Suiza) 17.322
9º.- Bristol- Meyers (EEUU) 15.482
10º.- Wyeth (EEUU) 13.964
11º.- Abbott Labs (EEUU) 13.756
12º.- Eli Llilly (EEUU) 13.059
13º.- Amgen (Canadá) 10.600
14º.- Boehringer- Ingelheim (Alemania) 8.698

La industria farmacéutica gastó el año 2004 en propaganda para promocionar sus medicamentos más de 60.000 millones de dólares, cifra que representa el doble de lo que las diversas empresas invierten en investigación.

Ante estos datos es evidente reconocer los efectos iatrogénicos, es decir de origen médico, derivados de la medicalización de la vida. Las compañías farmacéuticas priorizando la usura han sometido a muchas personas a medicamentos y tratamientos que enferman y matan, usándonos como cobayas. Con procedimientos mafiosos han impuesto el uso de productos de dudosa eficacia y riesgos conocidos, comprando médicos a los que convierten en simples agente comerciales. Igualmente han salido victoriosos de los pleitos que les han puesto los afectados. No paran de inventar malestares para, gracias a la propaganda de los Medias y con la colaboración del Estado y de su Sistema Sanitario, convencer al máximo número posible de personas de que están enfermas, difundiendo falsas enfermedades que promueven males que no existen. Por ejemplo, según un estudio realizado por el «Public Library of Science Medicine», en EEUU últimamente se han hecho públicos informes que afirman que el 43% de las mujeres padecen disfunción sexual, cosa que es falsa; también promueven como enfermedades condiciones normales como la menopausia o que simples factores de riesgo como el colesterol sean presentados como enfermedades. El establecimiento de unos estándares de normalidad en el funcionamiento de todos nuestros órganos impone que por encima o por debajo de ellos caigas en su categoría de enfermo; estas pautas son universales, iguales para niños o ancianos, asiáticos u africanos y válidas en cualquier circunstancia. Con ello se impone la neurosis del control médico, los análisis, las pruebas y sus consecuentes medicaciones de estabilización. Estos parámetros alcanzan incluso las categorías estéticas de estatura, peso, color, forma del físico y de cada uno de sus miembros. Fuera de ellos caemos en la desgracia social y personal, emprendiendo una carrera por la cirugía y sus implantes que no acaba con la vejez, porque tampoco se aceptan las secuelas de esta condición natural. Los pensionistas, inútiles ya como productores, se convierten en los mejores clientes de la industria farmacéutica ofreciendo sus vidas, como los niños, a las vacunas y a las visitas de ambulatorio. Esta situación de locura que impone el mercado provoca múltiples desarreglos mentales y miles de inadaptados que serán otro de los pilares del negocio químico que intenta reinsertarte con sus drogas allá de donde saliste rebotado o al menos paliar la incomodidad social del rechazado «normalizándolo».

Siempre enfermos

La medicalización de la vida o la influencia de la medicina sobre las costumbres (y por lo tanto sobre la moral), ha tomado actualmente tales proporciones que los conceptos de salud y enfermedad constituyen grandes criterios morales en los países avanzados del capitalismo. El Estado y sus burocracias sanitarias en una interesada interpretación de la «sanidad pública», se han adueñado del control de la salud de sus súbditos, convirtiéndose en los mediadores que deciden sobre el estado de salud o enfermedad de nuestros cuerpos. Como todos estamos afiliados al sistema sanitario (SS: Seguridad Social), desde que el Estado tomó su control2, la población en general pasa a ser potencialmente paciente y potencialmente enferma, desde el momento en el que todos integramos las listas de sus estadísticas y de que todos somos objetivo de sus controles, estudios o propagandas médicas. La salud ya no es responsabilidad de cada uno de nosotros (lo es tan sólo en la culpabilización por nuestra mala salud), una relación o diálogo de uno mismo con su cuerpo sino que es el Estado, instrumento del Capital, como mediador de nosotros mismos y la salud de nuestro cuerpo, quien señala e impone las pautas y normas de comportamiento a obedecer respecto a la «cultura de la salud».

La imposición de la medicalización de la vida o el triunfo de la burocracia médica transforma la relación, siempre jerárquica, entre médico y paciente que al verse mediada por el Estado, en tanto que gestor económico del sistema sanitario, convierte la cuestión y el concepto de salud en una cuestión moral, en una de las moralinas civiles de las democracias capitalistas.

Ecológicamente constatamos que el «progreso» técnico de la humanidad, que ha evolucionado en razón de su dominio y control sobre la naturaleza, no ha significado implantar los medios suficientes para paliar la necesidad y encontrar una nueva libertad. Al contrario, los medios, la técnica, se han convertido en el único fin y en medio de dominación y control sobre la mayoría de los seres humanos. Esta supuesta «línea de progreso» se representa realmente como una regresión y más a partir del triunfo total del sistema capitalista, mediante el cual la potencia técnica de destrucción de la naturaleza (también de la humana) avanza en progresión geométrica. Es un hecho que con el Capital la destrucción del ecosistema abarca el mapa planetario, los efectos globales de las heridas producidas por la cultura del carbón y la electricidad o la nuclear y del petróleo son evidentes en el mundo entero. Este desprecio del sistema capitalista sobre el medio que lo alberga, es decir sobre la naturaleza, toma proporciones catastróficas y el único criterio que no altera ni alterará jamás es el del máximo beneficio, que permita la máxima acumulación de capital en el menor tiempo posible.

La destrucción del ecosistema plantea los mayores peligros para la salud medioambiental y por lo tanto para la in-salud de los seres humanos. La patología humana del ecocidio _patogénesis por alteración de los elementos: la tierra, el agua, el aire, y los alimentos, etc._ adquiere características de nuevas epidemias (se han curado viejas pandemias, se han generado nuevas), en forma de enfermedades respiratorias crónicas, alergias, cáncer, malformaciones congénitas a causa de productos químicos o nucleares, mutaciones de microorganismos y órganos, trastornos del comportamiento, estrés, enfermedades inducidas desde los laboratorios, etc. La patodicea ecológica, es la clave de las patologías que, en esta época intersecular, han convertido al ser humano en un ser doliente, así como la Tierra en un planeta enfermo.

(…) Según muchos investigadores, gran parte de los síntomas como los dolores de cabeza, fatiga, problemas gastro-intestinales, debilitamiento del sistema inmunitario y hasta perturbaciones de orden sexual, que surgen sin relación directa con una patología concreta, ocurren como consecuencia de nuestro estilo de vida «moderno». Tales disfunciones pueden desencadenar posteriormente enfermedades como artritis, alergias, obesidad, problemas de piel (acné), cáncer, afecciones cardiovasculares, entre otras.

La Organización Mundial para la Protección ambiental publicó recientemente un estudio llevado a cabo en Europa con vistas a la detección de la presencia de productos químicos en la sangre. Efectuado en tres generaciones de familias (abuelos, sus hijas y nietas), los resultados finales son preocupantes: Se encontraron 63 productos químicos en los abuelos, 49 en las madres y 59 en las hijas.

Este hecho está relacionado con la presencia de productos químicos, tales como pesticidas, en los diversos productos que consumimos diariamente. Como es obvio, el organismo humano posee un sistema de eliminación complejo preparado para expulsar las toxinas. Pero las complicaciones surgen cuando los órganos que efectúan la eliminación están sobrecargados por el exceso de sustancias nocivas, lo que a largo plazo origina algunos de los estados patológicos referidos.

En realidad el sistema médico y la medicina en la historia de la humanidad (fundamentalmente desde el triunfo de la sociedad jerarquizada y de dominio), siempre ha ejercido un poder normalizador, es decir, de control social que se basa en los conceptos y criterios de salud y enfermedad, lo normal o sano que señala la adaptabilidad y funcionalidad en el orden establecido y lo patológico que debe apartarse o encerrarse. La medicina como cosa de especialistas que quizás nació junto y paralela a la religión como especialización de saberes, logró crear un orden normativo y de derecho propios, alejado y ya rival de la religión, como otro poder. Pero será con el triunfo de la burguesía y su toma del poder del Estado, que le permitirá la implantación de la ideología surgida de la Ilustración, con el que el sistema médico adquirirá un auténtico y «racional» estatuto científico, profesional y político.

Es, sin embargo, a partir de la 2ª Guerra mundial y de las nuevas condiciones de ella surgidas (keynesianismo como modo de restaurar una Europa y parte de Asia completamente destruidas), que se impone este sistema sanitario ahora mundialmente dominante (cuya única variación es el modelo estatal o privado, desposeyendo ambos al ser humano de una autonomía respecto a su salud). Este sistema sanitario se basa en la medicalización de la vida como sinónimo de cultura de la salud. Esta medicalización se fundamenta en el enganche masivo de los pacientes a los fármacos. Categoría, la de pacientes, que pretende y cada vez consigue englobar más a todos los seres vivos del mundo. Este enganche masivo de los humanos y también de animales y plantas a los fármacos ha convertido a las empresas que los producen en riquísimas y poderosas corporaciones mundiales, con un poder que supera al de la mayoría de Estados. Bajo el nombre de sistema o «cultura» del bienestar y de la salud enfermó completamente el Planeta.

Pero tras la crisis del petróleo, en la década de los 70, aparecen en torno del poder de las burocracias del Estado, también en la medicina, nuevos discursos para imponer viejas ideas de dominio y de control sobre los «súbditos/ciudadanos», a los que a partir de ahora se los culpabiliza y se los considera responsables de los males del Planeta, de la contaminación de la tierra, del aire y el agua, y también de su mala salud generalizada, de la que se hace responsable al paciente por su mala conducta y mal estilo de vida. De esta manera el sistema médico consigue imponer la mala salud iatrogénica, y por lo tanto la expropiación del cuerpo por los profesionales de la salud. El ser humano no es ya una forma particular de vida, pasa a ser un objeto de control y estudio biológico, un número dentro de las estadísticas: un paciente. Para lograr convertir el género humano en pacientes el sistema sanitario impone la consigna extraída de una comedia: «La gente sana son enfermos que se ignoran».

Pero no sólo los seres humanos son convertidos en pacientes, todas las especies de plantas y animales que el hombre produce industrialmente en cautividad están sometidas al control de los técnicos, a la química y a los fármacos. Incluso ni los llamados «animales salvajes» se libran del manoseo y las molestias de los burócratas ecologistas en acción y cada vez que cae un animal en sus manos, además de colocarles chips, collares y anillas son controlados médicamente por especialistas veterinarios y, por lo tanto, medicalizados, entrando a formar parte del aislamiento de la estadística que los transforma en pacientes, pues padecen el sufrimiento que estos burócratas les infligen.

Las burocracias del Estado y entre ellas la del sistema sanitario medicalizan la vida, también, por supuesto, a través del lenguaje imponiendo un determinado uso de éste, señalando el uso de unos términos y el olvido de otros y lo que es más importante: aniquilando otros saberes. Se crea una muy determinada forma de acultura, mediante la propaganda masiva que difunde unas formas políticas que pretenden disciplinar y controlar a sus «súbditos», al igual que el sistema sanitario «cuida», es decir, disciplina y controla a sus pacientes.

El uso corriente de metáforas médicas en el lenguaje de los políticos no es un hecho de hoy, desde siempre los políticos han gustado de imaginar la sociedad como una masa enferma y a ellos mismos como los especialistas capaces de curarla, tienen «el hábito de describir exhaustivamente una enfermedad social y luego ponerle la correspondiente droga», (Chesterton).

Actualmente, en los medios de comunicación de la propaganda política, asistimos a la multiplicación de estas metáforas médicas en boca de los políticos, hay recetas políticas y económicas que son distribuidas por determinados órganos burocráticos del poder para que intercambiables políticos las apliquen y así tratar de recuperar la salud económica del país.

Así las categorías de salud y enfermedad, normal y obediente o díscolo y patológico, son trasladadas de la experiencia carnal o corporal del humano aislado al desorden de la organización social bajo el sistema capitalista.

Mayoritariamente se nace en un hospital, pero también se muere en un hospital

Hasta los inicios del siglo XIX la función del médico no se entrometía directamente en la muerte de los humanos, cumplía su tarea de curar o aliviar enfermedades, evitar la muerte quizá sí entraba en sus funciones, pero diagnosticar la muerte no. Con el invento del estetoscopio en 1818 la técnica proporciona al sistema médico un instrumento adecuado, entre otras cosas, para certificar la muerte del ya paciente. En el siglo XX, con el dominio absoluto de la técnica sobre el sistema médico éste se convierte en sistema sanitario, regulado por el estado, que no sólo tiene que evitar la enfermedad, sino también controlar la salud de todos los súbditos que son ya pacientes. El médico se convierte, pues, en experto en controlar y corregir, no sólo la salud, sino también el cuerpo de todos los pacientes.

La formación de este formidable sistema burocrático y la aparición en los hospitales de departamentos especializados en «cuidados intensivos», combinado con la implantación de todas las «novedades» técnicas, permitieron definitivamente convertir al médico en el especialista que diagnostica la muerte, de hecho en su formación se halla «la enseñanza y el diagnóstico de la muerte». Uno no está muerto hasta que el médico correspondiente lo certifica.

Con el control médico de la muerte, ésta deja de ser un dominio exclusivo de la religión o de la especulación filosófica o de la poesía, etc., para pasar a ser patrimonializada por la ciencia, es decir, por la técnica. La muerte, por lo tanto, ha de producirse en el centro donde se almacena la mayor cantidad de técnica médica, en el hospital.

Al dejar de ser una cuestión que se dirime en el hogar para pasar a decidirse en un hospital, la muerte ya no se nos presenta como una cuestión personal y una realidad existencial a la que uno se enfrenta en común junto a los allegados y conocidos, sino que pasa a ser un asunto técnico y por lo tanto de técnicos y de especialistas, por lo que siempre ha de llevar añadido un calificativo también técnico: muerte asistida, muerte clínica, muerte cerebral, etc.

En el hospital, en este ámbito tan jerarquizado como burocrático el paciente se enfrenta a la muerte aíslado, sometida totalmente su agonía al control y al orden del sistema sanitario.

Con la muerte en el hospital, concebido éste como el lugar de la muerte moderna, el sentido de ésta ha cambiado radicalmente. Lo que antes era anunciado (el moribundo sabía que se preparaba para la muerte), ahora es ocultado (muere ignorando su llegada). Lo que antes era finalmente una decisión de aceptación, ahora es censurado como no colaboración con la medicina. Lo que antes era un acto público, familiar, ahora es un acto privado, se muere en secreto y no se habla de ello. La muerte se ha convertido en un tabú, en palabras de Philippe Aries: «la muerte, esa compañera familiar, desaparece del lenguaje y su nombre se vuelve prohibido».

El consumo de medicamentos en el mundo en el año 2005

América del Norte 44,4%
Europa (CE + Comunidad Estados Independ. 30,8%
Japón 11,4%
Asia Sudoriental 4,6%
América Latina 4,4%
Oceanía 1,3%
Subcontinente indio 1,2%
África 1,1%
Oriente Medio 0,9%

3. Sobre la Técnica médica

En las postrimerías del siglo XIX, la ciencia había perdido los últimos restos de ilusoria independencia que aún se le daba y se había puesto decididamente al servicio del nuevo orden económico capitalista nacido en occidente.

«La descomposición del espíritu científico, hoy en día acabada, comenzó cuando su poder de separación convertido en operacional posibilitó, cuando los medios de investigación y de acción dejaron bien atrás a los medios de representación y de comprensión, la destrucción del mundo sin comprenderlo; y desde entonces, la arruinada totalidad lleva una existencia fantasmagórica en las especulaciones cosmogónicas arbitrarias de los físicos, que ya no son sino pobres metafísicos, como esos adoradores de los cuantos que gravemente se preguntan: «¿Existe la realidad?» Llevar a las proporciones del entendimiento humano los medios técnicos cuya desmesura escapaba a nuestras facultades de representación y de comprensión no era, desde luego, una tarea «científica» _más bien social y revolucionaria_, pero solamente su realización hubiera podido salvar la ciencia de la sinrazón que la arrastraba tras de sí. Y el que esto no sucediese ha sido una de las catástrofes del siglo que termina, o mejor, uno de los semblantes de la larga catástrofe que ha sido dicho siglo.»1

Tampoco la medicina escapó a esta sugestión de una civilización nacida con la revolución industrial y al fin aceptó integrarse en las tupidas redes de la industria, elevando la salud a la categoría de negocio. Un negocio muy rentable, por cierto. La teoría microbiana, que Pasteur desarrolló frente a la teoría de Bechamp en la segunda mitad del siglo XIX, tuvo inmediatas repercusiones en la medicina del momento _especialmente en lo referente a la pasteurización de la leche o sus derivados y a las vacunas y en particular la vacuna contra la rabia2_ consiguiéndose indudables éxitos en el tratamiento de diversas enfermedades. Para Pasteur es el microbio la causa de la enfermedad, mientras que para Bechamp es la enfermedad la causa del microbio. Los motivos para que la teoría de Bechamp, diametralmente opuesta a la de Pasteur fuera ignorada, no fueron de índole «científicos», los motivos fueron mucho más prosaicos e inconfesables. Entre ambas teorías no había posibilidad de un punto intermedio y la fuerza del desarrollo industrial exigía necesariamente una teoría que le suministrase la base necesaria para integrar en la misma al ser humano. Este era el último eslabón de una cadena que sometía la humanidad a los logros de la producción masiva de medicamentos que la librasen del secular peligro de la enfermedad.

Con esto se lograban dos objetivos: por un lado supeditar el ser humano a los avances en la investigación de los laboratorios farmacéuticos, con lo cual se lograba industrializar la enfermedad y por otro despojarle de su condición de ser autónomo, organismo vivo en relación con su entorno, para convertirlo en una máquina, en un mecanismo que al igual que cualquier otra máquina industrial podía ser desmontada y reparada por partes.

«La parcelación médica es, cuando menos, muy cómoda. El especialista que suprime tal lesión, transfiere el testigo al colega correspondiente en el momento en que otra afección sobreviene inmediatamente. De ese modo, todo conocimiento y responsabilidad se diluye en el curso de la transferencia»3.

Por otro lado, mediante este proceso de industrialización, se convierte a la medicina _y a la ciencia en general_ en una técnica y debe, por tanto someterse a los dictados de la misma.

«En este autocrecimiento la Técnica hace un llamamiento a la Técnica: en su desarrollo plantea problemas eminentemente técnicos, que por eso mismo no pueden ser resueltos más que por la técnica. El nivel actual incita a un nuevo progreso y este nuevo progreso aumenta, al mismo tiempo, los inconvenientes y los problemas técnicos, además de exigir también nuevos progresos»4.

O dicho de otro modo: «Todo lo que esta medicina se esfuerza en sanar se agrava y tal aceleración exige la multiplicación de médicos, hospitales, industrias farmacéuticas y el presupuesto de las naciones. Estamos en presencia del descarrilamiento de una locomotora agotada, de la cual muchos prefieren ignorar quién la conduce»5.
La dicotomía Pasteur-Bechamp que hemos señalado antes se ha mantenido inalterada hasta nuestros días, las teorías del segundo se infiltraron subrepticiamente por los intersticios del edificio aparentemente sólido de la medicina oficial. El vehículo utilizado fue la medicina naturista que en España comenzó a tomar carta de naturaleza a finales del siglo XIX y se arropó en gran parte bajo el manto ideológico del anarquismo.6

Pero, desafortunadamente, una gran parte del movimiento naturista _especialmente en su vertiente médica_ se adentró por los cenagosos caminos del ritual, convirtiendo un pensamiento de extraordinaria carga crítica contra el desarrollo de la medicina oficial, en un extremismo casi religioso, esterilizando de ese modo un debate que sin duda hubiera sido muy fructífero. El médico anarquista Isaac Puente, uno de los pensadores ácratas más brillantes _y no sólo en medicina_ constató este hecho en más de una ocasión: «Si hasta en sectores científicos reina un espíritu indisciplinado y un desbarajuste en lo que ha de admitirse como cierto, nada tiene de particular que en el naturismo, donde cualquiera se erige en doctor, el desconcierto en las ideas ofrezca caracteres alarmantes»7. Y en lo que respecta a los milagros de la «naturaleza», señalaba: «Se exagera también la eficacia de la vida natural en la curación de las enfermedades, ya que se llama vida natural a cualquier cosa, y muchas veces, especialmente en las grandes urbes y por gentes que viven de un salario, todo suele reducirse a un rigor vegetariano en la alimentación»8.

Isaac Puente, mediante la observación y la experimentación, nos proporciona un valioso método para analizar los trastornos del organismo vivo, intentando no caer en dogmatismos perniciosos. Señalaremos algunos de los aspectos de su pensamiento en torno al problema de la enfermedad, porque sus análisis nos proporcionan elementos inestimables para tratar de entender el desarrollo de lo que hubiera podido ser un debate serio. Ante todo, Puente intentó en todo momento huir de apriorismos o prejuicios que dificultaban un análisis sereno de los fenómenos que le interesaba investigar. Fue sobre todo su mirada crítica y sus experiencias clínicas lo que le condujo a modificar de modo radical sus convicciones basadas en la medicina oficial. En un interesante cruce de opiniones con el doctor Fontela de Montevideo afirma con respecto a la causa de las enfermedades: «Por mi parte, no había llegado nunca a manifestarme contra el dogma microbiano; pero hace mucho tiempo que no me satisfacía. La clínica y la terapéutica me han proporcionado muchos argumentos en contra, haciéndome dudar de la ciencia de Pasteur. Las ideas del distinguido compañero doctor Fontela, satisfacen plenamente mis dudas, y me proporcionan una convicción en el asunto que voy a tratar de exponer aquí»9.

Su exposición concluye con estas significativas palabras: «Los gérmenes microbianos no deben ser mirados como causa, sino como efecto de la enfermedad. No es a ellos a quien hay que atacar, sino al desequilibrio orgánico, o a la impureza humoral que les brinda condiciones para vegetar.»10

Insistiendo en este tema, para el doctor Puente de vital importancia, advertía: «Tenemos que reaccionar médicos y público contra este absurdo pánico que sólo estragos ha producido hasta la fecha. Queriendo librarnos de los gérmenes nocivos, hemos artificializado más aún nuestro medio y nos hemos privado también de los gérmenes protectores (…) Hemos topado con dos estupideces: Una, la de querer exterminarlos con desinfección y desinfectantes sin hacer nada, porque el medio les fuera adverso, sino al contrario. Otra, la de librarnos de la infección, haciéndonos la ilusión de que nos apartábamos del microbio huyendo de los enfermos.»11

Por ello no se cansaba de denunciar siempre que lo consideraba oportuno los errores de la medicina oficial: «La Medicina se ha metido en una falsa ruta al pretender curar una enfermedad combatiendo solamente al microbio, y sin tratar de reparar en el organismo atacado el trastorno bioquímico primordial. De aquí, la ineficacia de sus remedios, demostrada por el número infinito de los mismos. Pero se ha metido en una más falsa ruta, además, al orientar la Sanidad en el sentido ingenuo de destruir los gérmenes microbianos por medio de antisépticos. Ninguna especie animal es posible aniquilar por tal procedimiento.»12

Pero, ¿mediante qué mecanismos puede la ciencia _y la medicina en particular_ adentrarse por enrevesados vericuetos que la niegan? Isaac Puente nos ofrece algunas de sus reflexiones en torno a tan espinoso asunto: «El médico, si hemos de juzgar por el modo como hoy ejerce su profesión, no responde a su prestigio lírico, de espíritu comprensivo y hermano del que sufre. Predominan demasiado dos tipos de etismo rebajado: el médico-funcionario, que se adapta a cualquier actividad con tal de que le asegure el condumio, y aunque hayan de sacrificar su independencia de criterio o la honradez de su conciencia, y el médico-mercader, que explota sus conocimientos con la misma disposición del que vende garbanzos»13. Y por lo que respecta a la medicina, afirma: «La Medicina, ni como institución, ni como colectividad, cumple con su papel de prevenir la enfermedad, cultivar y hacer respetar la salud y laborar por el perfeccionamiento y el bienestar del hombre. En la sociedad capitalista, existen muchas causas morbosas, y muchas enfermedades dependientes del régimen económico injusto. La Medicina las acepta, como si se tratase de hechos naturales, y lejos de protestar o rebelarse se aplica a atemperarlas o a disminuir la proporción y alcance de sus estragos. En lugar de propugnar la adaptación de la sociedad al bienestar del hombre, sacrifica al hombre en beneficio del orden social»14.

Efectivamente no se solucionan los problemas, simplemente ignorándolos o tratando de paliar sus efectos negativos. Tal como sugiere el médico Isaac Puente, la única salida posible sería la revolución de las ideas y devolver a la ciencia la independencia que nunca debió perder. Pero a ello se oponen, desde luego, tanto los convencionalismos sociales como una cierta adecuación al orden social establecido, el cual ha conseguido sobre todo que procuremos ignorar aquello que sabemos, porque nos han convencido de lo inútil de cualquier esfuerzo para tratar de resolver problemas que escapan a nuestra capacidad de iniciativa.

«La subversión ha de alcanzar a todo. No puede librarse de ella la Medicina, convertida hoy en ciencia dogmática y en institución amparadora del orden establecido, al que defiende con el arma de su autoridad científica a cambio de la «carta blanca» que proporciona el título y de la consideración social de primer orden, que otorga el ejercicio, liso y llano de la profesión»15.

Aunque, como señala Puente, en determinados círculos se hubiera admitido una estrecha relación entre ambos factores determinantes de la enfermedad: «Reaccionando algo contra la microbiomanía (que concedía una importancia exclusiva al microbio en las enfermedades), hoy se tiende a aceptar que el despertar, como la marcha de las enfermedades, depende de dos factores, del microbio y de nuestro organismo (…) Entre la Medicina social y el Naturismo hay siempre esta pugna interminable. La primera, trata de atribuir siempre el papel primordial al microbio. El segundo concede mayor importancia al organismo»16, lo cierto es que la dicotomía siguió vigente. Al igual que en nuestros días sigue persistiendo, porque a pesar de que parece bastante generalizada la tendencia a considerar el microbio como necesario, pero no suficiente para causar una enfermedad, se sigue actuando como si éste fuera el único elemento causal.

Por desgracia el doctor Isaac Puente fue asesinado por los militares sublevados y su pensamiento _al igual que el de otros muchos_ abortado. En España siguió un largo período de silencio, roto de vez en cuando por los gritos de los torturados, pero tampoco en el resto del mundo las cosas mejoraron. Tras la segunda guerra mundial, la tendencia de la ciencia _y de la medicina, no olvidemos que lo que mejor funciona de ésta es el taller_ a convertirse en una técnica se aceleró y consumó en muy poco tiempo. A partir de ese momento, los problemas planteados sólo podrán ser resueltos técnicamente con todo lo que ello supone. Además la producción de medicamentos se intensificó, especialmente a raíz del descubrimiento de la penicilina y ya pocas enfermedades escaparon al uso masivo de los mismos. Había por fin comenzado la definitiva guerra a muerte contra los microbios.

Por otro lado, algunos médicos que han recorrido el camino de Damasco, se han visto derribados de su pedestal y la luz cegadora les ha hecho vislumbrar la verdad, sin embargo, por razones que se nos escapan, han tratado de explicar su conversión con un lenguaje casi esotérico17, reapareciendo de nuevo la dicotomía Pasteur-Bechamp en su prístina pureza. Con todo, hay que reconocer que la doctora Guylaine Lanctôt no ha vacilado en exponerse a que las iras de la medicina oficial caigan sobre ella por sus denuncias de las instituciones que según ella perpetúan el asesinato médico, en especial la Organización Mundial de la Salud (OMS). ¿Es llegado el momento de que la única salvación posible del mundo sea la venida de un nuevo profeta? Sería triste, aunque no es menos cierto que uno de los factores principales de la perpetuación de este estado de cosas es la sumisión generalizada a las instituciones en general y a las sanitarias en particular.

Como no podía ser de otro modo, casi todas las revistas que se sitúan en la vanguardia de la crítica, dedican un espacio, más o menos extenso, a valorar algunos aspectos de la realidad médica que están sometidos a fuertes crítica, por ejemplo, el caso del sida. Sin embargo, después de una o, a lo sumo, dos incursiones, dejan el asunto de lado y se dedican a criticar otros aspectos de la realidad que acaparan su atención sin importarles ya un pepino que es lo que sucede con su crítica anterior. Es el triste destino de una crítica fagocitada por el mercado mundial que exige, para no verse superada por la velocidad de los hechos, pasar de un asunto a otro sin pérdida de tiempo.

Para concluir, señalaremos algunos de los mecanismos sociales _ya los hemos ido insinuando a lo largo del trabajo_ que hacen posible que hechos de tan grave trascendencia, en los cuales estamos todos involucrados, puedan tomar carta de naturaleza y decidir el destino de millones de personas.

Una de las razones que les sirve de fundamento es la supeditación de la medicina _y la ciencia en general_ a la técnica. No cabe duda que ello ha posibilitado la extensión de los conocimientos a todo el planeta, pero al mismo tiempo ha extendido también la posibilidad de la manipulación a gran escala gracias al desarrollo técnico, pero sobre todo ha supeditado a médicos y científicos a los dictados de la industria, la cual no admite _ni puede admitirlo_ la más leve vacilación a la hora de tomar una determinación, especialmente si ésta redunda en beneficio de la misma. Esta pérdida de independencia obliga a cerrar los ojos ante hechos inadmisibles que de otro modo sería inconcebible que pudieran ser tomados en serio, porque de lo contrario se corre el peligro de perder los privilegios y ser condenado al anonimato.

Cómplices necesarios de todo este proceso son los medios de comunicación de masas cuyo servilismo podemos constatar nosotros mismos. Basta con que nos tomemos la molestia de analizar qué intereses defienden y cuál ha sido su posición en estos últimos años respecto a los problemas que atañen a un amplio número de la población y en el cual están involucrados los intereses de las grandes compañías.

Y por último, un importante número de la población que ha hipotecado su autonomía a cambio de mendigar una cierta seguridad y exige respuestas absolutas de forma inmediata. Unas respuestas que sólo existen en su imaginación, pero que los poderes constituidos no duda en proporcionárselas, aunque las mismas no sean más que absurdos sin sentido.

Todo ello conforma nuestra sociedad, basada en el terror, el miedo y la muerte y sus múltiples combinaciones, y de la cual ha desaparecido prácticamente el espíritu crítico que se ve obligado a refugiarse en las catacumbas para no acabar sucumbiendo bajo el peso de la estupidez.
1. «El declive de la ciencia en la era de la manipulación genética», por Encyclopédie des Nuisances, Mania, (Barcelona), 7 (julio de 2000), 57 (las cursivas son del texto). Aunque los autores se refieren a un tema específico de factura reciente, puede ser generalizado, sin graves distorsiones al conjunto de la ciencia.

2. Sin entrar en valoraciones, existen científicos que han negado la existencia de una enfermedad llamada rabia, por ejemplo el doctor Millicent Morden, cfr., Lanctôt, Guylaine (1998), p. 155

3. Bounan, Michel (1990), p. 74: «La parcellisation médicale est quand même bien comode. Le spécialiste qui supprime telle lésion passe le relais au confrère concerné quand une autre affection survient, immédiatement après. Et toutes connaissances et responsabilités se dissolvent au cours du transfert».

4. Ellul, Jacques (2003), 98

5. Bounan, Michel (1990), p. 75: «Tout ce que cette médecine s’efforce de soigner s’aggrave, et une telle accélération exige une multiplication des médicins, des hôpitaux, des industries pharmaceutiques, du budget des natios. Nous sommes en présence du déraillement d’une locomotive surmenée, dont beaucoup préfèrent ne pas savoir qui tient les commandes».

6. Recientemente ha aparecido el libro de Roselló, Josep Maria (2003), una excelente síntesis del desarrollo de las teorías naturistas en España en sus diferentes vertientes.

7. Un Médico Rural, «Extremismos naturistas», Estudios (Valencia), 73 (septiembre 1929), p. 4.

8. Id., p. 5. Creemos que el doctor Puente pone el dedo en la llaga -quizá sin darse cuenta- al criticar la inconsistencia de las teorías basadas en el «regreso a la naturaleza».

9. Puente, Isaac, «Los microbios, ¿son causa de enfermedad?», Estudios (Valencia), 94 (junio 1931).

10. Id., p. 11

11. Un Médico Rural, «Contra el miedo a los microbios», Estudios (Valencia), 115 (marzo 1933), p. 16.

12. Puente, Isaac, «Una falsa ruta de la medicina», Estudios (Valencia), 96 (agosto 1931), p. 16

13. Puente, Isaac, «El médico ante la misión social de la Medicina», Estudios (Valencia), 88 (dbre. 1930), p. 4.

14. Ibidem.

15. Un Médico Rural, «Medicina subversiva», Estudios (Valencia), 108 (agosto 1932), p. 13

16 Un Médico Rural «Los microbios y nuestro cuerpo», Estudios (Valencia), 89 (enero 1931), p. 32.

17 Se podrían citar muchos ejemplos, pero baste como muestra la obra de la doctora Lanctôt, Guylaine (1998).

Bibliografía

-Bounan, Michel (1990), Le Temps du Sida. París, 153 páginas

-Ellul, Jacques (2003), La edad de la técnica. Barcelona, 447 páginas

-Lanctôt, Guylaine (1998), La mafia medical. Comment s’en sortir et retrouver santé et prosperité. Québec, 253pp.

-Parra, Edwin (2003), Psicoterrorismo científico, ¿lo ha escuchado todo acerca del sida? The Ecolgist (Barcelona), 14 (julio/septiembre 2003), 6-7

-Roselló, Josep Maria (2003), La vuelta a la naturaleza. El pensamiento naturista hispano (1890-2000): naturismo libertario, trofología, vegetarismo naturista, vegetarismo social y librecultura. Barcelona, 321 páginas

Ida Applebroog, 1987

.

Deja un comentario