Esquizofrenia, sentido e insensatez

Por: María Lucrecia Rovaletti
Fuente: http://www.psiquiatria.com

(Texto para fines exclusivos de Estudio. Círculos de Estudio Existencial CEE. Biblioteca Anthropos de Psicología Existencial & Psicoanálisis. Asociación Colombiana de Análisis Existencial ACDAE.)

Ante una psiquiatría tradicional que ha condenado a la esquizofrenia a ser explicada desde la anarquía de la disgregación, la fenomenología considera esta experiencia como una posibilidad humana que trasciende la mera sintomatología….la esquizofrénica constituye “una de las experiencias psicológicas más dolorosas y turbadoras de las cuales es posible escribir sólo con temor y temblor” (Eugenio Borgna, 1995,13).

La locura (Wahnsinn), afirma Heidegger, no indica un pensar que fantasea cosas in-sensatas, al contrario la misma etimología de Whan (Wana en antiguo alemán) dice referencia al sentido. Sinnen es tender, tomar una dirección hacia, pero que no está destituida de sentido. La psicosis en su dramática, ¿en qué medida testimonia lo que hay de irreductible y de sentido en el hombre? “¿Es que yo existo”? cuestionaba un paciente repetidamente. La pregunta llega profundamente al fondo de su propia existencia; es una experiencia “auténtica”, en el sentido exacto de Eigentlich, de esto que me es eminentemente propio, absolutamente mío, es decir ab-soluto, suelto de cualquier fundamento que no sea el acto de mi propia fundación. Y continua Maldiney (1991, 6), “… El Dasein psicótico es una existencia cuya autenticidad está en juego en su inautenticidad misma. Esta autenticidad de la existencia humana es aquella para y contra la cual lucha a la vez la existencia psicótica, tanto del yo que queda en agonía, es decir presa de… y bajo… los momentos críticos en los cuales se ve forzado a ser o a no ser.

Uno está tentado a preguntar: ¿si la psiquiatría no será como la “esfinge” que no conocemos porque su fundamentación última se nos oculta? ¿ Cuál camino seguir entonces? Pongamos fuera de juego toda toma de posición previa, en primer lugar toda distinción normativa, entre normal y patológico, donde el loco “excluido en nombre de la razón …, está alienado por un saber que confirma su extraneidad y la codifica” (Foucault) .

Más allá de todo a priori categorial de una psiquiatría more naturalis, la “epojé” nos coloca con ello ante el fenómeno puro, es decir ante las expresiones de los psicóticos mismos, tomadas en sí mismas y no a partir de síntomas o de indicios. Como bien decía Hegel en el “Prefacio” de la Phénomenologie der Geist: “dejar que el contenido se mueva de acuerdo a su propia naturaleza”, es definir el método científico.

Se trata de una búsqueda que se construye sobre la experiencia del enfermo, concediendo a esta expresión el doble sentido de un genitivo subjetivo y de un genitivo objetivo: “En un caso, se trata de la experiencia pre-teórica y pre-objetiva que nosotros hacemos en presencia del enfermo, en el otro caso de la cuestión cómo se constituye para él un mundo-de-la-vida-particular que marca su experiencia, su vivencia, su comportamiento, y su manera de vivir “(Blankenburg, 49). Se busca pues describir la “extraneidad” (Entfremdug, Extranéation, alienation) de la experiencia del enfermo y la “extrañamiento” (Befremdung, Étonnement) que nosotros mismos hacemos: es la experiencia frente a él de un mismo movimiento.

Esquizofrénicos reflexivos

Para ello, quisiera referirme a un tipo de pacientes esquizofrénicos, capaces de reflexionar sobre su propia experiencia subjetiva de la enfermedad y que hace de esta misma reflexión una estilo particular de ser-al-mundo-de-la-vida. Son los llamados “esquizofrénicos reflexivos”, como Ana (Blankenburg), Ellen West (Binswanger), Elena (Morselli), Margherita (Borgna)… Escuchemos a Ana describir su propia experiencia: “¿Qué es lo que me falta? Algo tan Pequeño, algo tan Importante sin lo cual no se puede vivir… No era adulta … En las cosas cotidianas más simples yo tengo necesidad de sostén…Cada ser humano debe saber cómo comportarse… Las bases me faltan…Hay cosas que de tal modo me son extrañas. Se trata de la vida simplemente … Los otros, yo tengo siempre que alinearme tras ellos… yo recibo las cosas siempre como los otros, pero yo no podría jamás afirmarme contra los otros, yo no podría jamás fiarme de mis juicios…”(Blankenburg, 77-78)

Pues bien, lo que le falta a Ana no es un saber particular sino el marco mismo en el cual todo saber particular adquiere sentido. Y a este marco, corrientemente se lo designa como sentido común; ella misma insiste sobre la banalidad de esto que pregunta, sin embargo experiencia -experimenta- que esta cuestión tiene un carácter fundante: lo que a ella le falta es la confianza trascendental (Husserl), esa fiabilidad primaria. Una “admiración de forma repetitiva se observa constantemente en ella, al mismo tiempo que una perplejidad desesperada” (Blankenburg, 101). Como señala Ana, “la existencia es tener confianza en la manera de ser …. es sin duda la evidencia natural que me falta”. “Es la in-evidencia de lo evidente” (o.c. 121).

Pero el problema que se nos plantea ahora es la accesibilidad de tal fenómeno. Es preciso ahora captar el fenómeno en su misma extraneidad (Entfremdung, Étonnement, Alienation) comparándolo con aquella experiencia de “extrañamiento” (Befremdung, Extranéité) que siente el terapeuta: él mismo debe desprenderse del sentido común y de la evidencia natural.

La epojé esquizofrénico se impone a la paciente por su misma enfermedad, poniendo fuera de juego la tesis de la realidad, que es también la condición de toda posibilidad de todo delirio. Sin embargo, no se trata de una puesta entre paréntesis voluntario sino de una sustracción de base. Pero digamos mejor, el paciente no puede hacer un epojé de la evidencia natural, porque previamente no ha estado plena y originariamente comprometida con ella. Por eso muchos pacientes despliegan grandes esfuerzos para conservar un mínimo de evidencias necesarias para la sobrevivencia, por el contrario el fenomenólogo lucha en una posición opuesta, contra una resistencia que concierne casi apenas a la relación teórica del mundo.

Si el término “alienado” significa primitivamente algo que pertenece a otro, ¿este fuera de sí sería un fuera de sentido? El “loco” es hoy un ser que está puesto para ver y clasificar, pero no para oír y comprender. Así se dice que los fenómenos psicopatológicos se manifiestan como disturbios de la comunicación, sin embargo bajo esta incomprensibilidad engañosa ¿no se dejan ver líneas autónomas y estructurales de organización que nos permiten captar ese mundo desesperado y torturado de significaciones? ¿Cómo puede ese mundo ser sondeado y llevado a la luz de sentido?

La esquizofrenia como posibilidad humana, a diferencia de la melancolía, es una experiencia psicótica que se manifiesta con una variable configuración sintomatológica y clínica, y con una oscura fundamentación genético-causal. Pero la esquizofrenia, rescatada de toda reificación naturalística en su realidad dilemática y en su dolorosa capitulación, también expresa un horizonte de sentido, y adviene entonces una contra-realidad portadora de significados.
De allí que Morselli afirme que, “La metamorfosis del yo esquizofrénico está bien lejos de ser un fenómeno de automatismo regresivo-pasivo, o una pura consecuencia reactiva psicógena; el enfermo para soportar el peso de la disolución y de los factores psicógenos, tiene que construirse una forma de vida, así como los esquimales construyen para protegerse un iglú, la campana de nieve. ”

Esta imagen que capta el modo de ser constitutivo de la vida esquizofrénica podía descubrir la historia vital de Margherita, una paciente cuya experiencia psicótica se acompaña de algunas expresiones poéticas que nacen contextualmente al estallar la psicosis y se agotan cuando ésta se apaga y se detiene.

Otras veces, en el discurso psicótico, aparecen de repente imprevistas modificaciones de la conciencia de realidad, como una dolorosa ironía sobre la vanidad del sueño y la fantasía, sobre su irrealidad cruel y evanescente. Así Claudia, una muchacha que alucina dice : “No puedo captar si estoy al inicio o al fin, no me arriesgo a ser aquí y ahora. Estoy toda confusa: no me arriesgo a tener un punto firme sobre nada. Cualquier cosa que yo sienta, o yo vea, hace surgir dentro de mí una serie de posibles interpretaciones que se suceden insensatamente y ninguna me parece clara y simple. Siento su voz –la de Mauricio- cuando me habla desde el corredor. Déjenme al menos con mis fantasías: con las fantasías puedo tener un hijo. Este es mi sueño. Cuesta creer que no comprenda la realidad: pero yo la comprendo. Por esto tengo necesidad de la fantasía” (Borgna, 1995, 52-53).

Una metamorfosis

¿La experiencia esquizofrénica se reduce a un manojo de escombros y un agregado anárquico de síntomas, o es una existencia dotada de sentido, aunque diversa de la nuestra? La metamorfosis psicótica no se limita a arrastrar consigo una sintomatología clínica, esa lectura del orden del tener, sino que modifica el modo de ser y de participar-en-el-mundo de todo paciente.

Esta metamorfosis de la intersubjetividad expresa una profunda modificación del modo de comunicarse con los otros y con el mundo, es decir una evanescencia de la habitual articulación mundana e interpersonal con la consiguiente disolución del suelo originario (Heimat). El hombre tiene patria en la cercanía del ser y se convierte en apátrida cuando se aleja del ser. La apatridad del hombre consiste en que no ha aprendido a habitar. Ser en el mundo es habitar (Heidegger muestra la raíz común entre “bin”-soy, “buan”-habitar, en sajón “wuon”, en alemán “bauen”, en gótico “Wunian” -estar contenbto, estar en paz y permanecer en ella), es recuperar la patria, es retrotraer la pérdida de las evidencia naturales (Blankenburg)

Hay un extrañarse que está marcado por la pérdida de la familiaridad del yo, del cuerpo y del mundo y por la desaparición de los habituales vínculos mundanos e interpersonales. Esta experiencia de “extraneidad” (Entfremdung), señala Heidegger, es un exiliarse de la familiaridad y un encaminarse a otro lugar, como son los de la alteridad y de la inquietud. ¿Pero qué significa la raíz Fremd? Fremd (fram en alemán antiguo) significa propiamente avanzar, hacia otro lugar, en camino hacia, es cercar un ámbito donde poder quedarse, es un encuentro con aquello que ya le ha sido pre-reservado. El que es extranjero va cercando un lugar donde poder quedarse como caminante, y no vaga sin destino y como a ciegas. El extranjero sigue la voz que apenas a él le ha sido develada y que lo conduce al lugar que es suyo.

Sin embargo el término fremartig, generalmente dice referencia a aquello que no es familiar, que no atrae sino que más bien pesa e inquieta. El esquizofrénico en este dirigirse se encuentra aislado y camina en el desierto de la incomprensión y del silencio, que es más doloroso que toda agresión y todo rechazo. La soledad traduce entonces la nostalgia de un retorno a la patria perdida y la nostalgia de una presencia que lo acompañe escuchándolo. ¿De qué modo, nuestra tarea permite captar este nudo de significaciones cuyas líneas de destino parecen bifurcarse a las nuestras?

Así Alejandra dice “No sé quién soy yo que hablo o si soy un eco de mí”: eliminada de su historia y del devenir, sin patria y sin morada, su existencia está anulada. No sólo se siente profundamente cambiada y transformada, sino se vive como destituida de toda intencionalidad. No hay dialéctica más atroz que aquella antinómica entre ser ya muerta y el desear la muerte, esencial en la esquizofrenia de Alejandra. Pero la experiencia de ser-ya–inmersa en la muerte no es sino una expresión de extraneidad cuando llega a la intensidad y radicalidad de esta paciente.

En la psicosis, la extraneidad, esta infinita incognoscibilidad del propio yo y del propio cuerpo que no son ni siquiera vividos como vivenciados, se propaga hasta extinguirse cualquier comunicación con la realidad personal y cósica, hasta quitar todo significado de la propia existencia y aquella de los otros de sí.

La fascinación de la muerte voluntaria

La esquizofrenia en su apariencia de páramo desértico, es cruzada por la vida y la muerte: por esta vida que se regenera en las distintas modalidades de ser dotadas de sentido y por esta muerte, esta experiencia recóndita de la muerte posible que se inserta en el horizonte de algunos esquizofrénicos con una fascinación a lo inefable, a esa otra parte de la vida.

Así Helena, la paciente de Morselli dice: “Ahora estoy en la otra vida, en la cual veo hasta algunas veces los ángeles y yo entiendo la música. Pero siento que esto no es justo, que esto es un poco el mundo de la locura; todo cambia alrededor, Ud. también me parece despreocupado, alejado de mí …Ud. es el doctor M., pero lo veo como de lejos. Quisiera retirame de la vida real, pero algo me atrae que es más fuerte que mi. Me desdoblo, lo entiendo … Una vida como ésta no puedo vivirla y me evado a la otra. Es verdad que en “este mundo” yo estoy más próxima del alma, del paraíso de Dante, pero se es muy pequeña -dice secándose la frente-; me siento alejada de la vida, no tengo más sentimiento; me siento despegada de todo … Prefiero tanto más el otro mundo (su condición de italiana); Ud. también está allí ., y allá con Ud. puedo volver a reunir las cumbres del alma. Aquí estoy disminuida. ¿Por qué deja Ud. que me entusiasme, me abata, que me hunda? Explíqueme cómo se hace esta “cosa” allá, que me arrebata y me arranca de la vida…”

El riesgo del suicidio no solo se da en la melancolía sino también en la esquizofrenia, aunque con una modalidad diversa y una motivación diferente. No nos interesa aquí plantear una estadística, sino más bien analizar los modos como surge el suicidio, con los cuales se confronta la psiquiatría en su inseguridad y en su riqueza, en su debilidad cognoscitiva y en su conflictividad metodológica.

En la melancolía, el suicidio tiene una forma lineal de continuidad y acción que por lo menos en parte pueden ser analizados teóricamente. En la experiencia esquizofrénica, en cambio, las cosas se presentan más intrincadas e imprevisibles. El suicidio adviene, a veces, en el contexto de la descompensación aguda cuando por ejemplo fenómenos alucinatorios auditivos (voces) le sugieren acciones auto-destructivas a las cuales no se anima a sustraerse, víctimas de un poder desconocido e impenetrable. Pero el suicidio esquizofrénico parece delinearse, en particular, cuando la enfermedad se vacía de sus síntomas y se encamina también a la resolución. ¿Qué sucede en estos casos? No hay certezas. Algunos se precipitan en la sugestión de la muerte voluntaria, cuando una larga enfermedad con remisiones y recaídas han marcado su historia vital. El suicidio es vivido como la única salida de una situación insostenible y perdida: es una muerte que nace sobre la huella de una resolución obstinada e inexorable, alimentada por la conciencia de sufrimiento. Toda condición de aislamiento y de soledad interior moviliza desconsuelos y decisiones desesperadas que ahogan toda estrategia terapéutica. A veces la cancelación farmacológica de los síntomas, deja detrás de sí una condición de vacío emocional y de insignificancia existencial que solo el suicidio puede llenar.

Para ilustrar la existencia psicótica y su fatal desenlace, veamos una de las historias más fascinantes que escribiera Binswanger: Ellen West. Si -como ella dice- refiriéndose al sentido último de la enfermedad mortal (Kierkegaard), el tormento de la desesperación consiste en el hecho de no poder morir y que la muerte como última esperanza no llega más de improviso, el suicidio asume el significado “desesperadamente” positivo; y el acercarse a la muerte se transforma en una experiencia satisfactoria y triunfal. En efecto, sólo en el suicidio anegando en su desesperación, Ellen West arriesga a ser hasta en la profundidad de sí misma, aceptándose y reconociéndose en su radical autenticidad. Por eso Binswanger dirá que “la fiesta de la muerte no ha sido sino la fiesta del renacimiento de su existencia”. Cuando la existencia humana no se puede realizar sino en la renuncia a la vida, la existencia se hace “existencia trágica”. ¿Qué significa esto en la existencia de Ellen West? Buscando resueltamente la muerte como su horizonte definitivo de sentido, asume la decisión de lograrlo terminando con la vida: rechazando el ideal de delgadez al cual ha estado ligada en el curso de su vida, comienza finalmente a alimentarse y se libera de todo sentimiento de culpa.

Binswanger dice que esta fiesta de la existencia es una fiesta de despedida, pero esto no lastima su estado de ánimo feliz y exultante, salvo días después cuando tome el veneno mortal.

A los 18 años, Ellen dice que “la melancolía se extiende sobre su vida como un pájaro negro que está en la emboscada”; a los 21 años, considera que “la muerte es la felicidad más grande de la vida, tal vez la única. Sin la esperanza de un fin, la existencia sería insoportable. Sólo la certeza que el fin, antes o después debe llegar me consuela un poco”. Con la muerte voluntaria se configura el cumplimiento de su vida. En su suicidio y en su destino marcado por una experiencia psicótica tan radical, Binswanger capta la expresión última y significativa de su vida, es decir su epifanía misteriosa e in-aferrable. Como bien señala Borgna, aquí uno experimenta la incapacidad infinita de todo discurso y la disolución vertiginosa de todo saber.

Una existencia entre la libertad y la escisión

El discurso de la muerte voluntaria presenta aspectos complejos y enigmáticos. ¿Cuáles son las áreas de libertad y de escisión que allí se confrontan y que empujan a la existencia herida a la fría y solitaria atmósfera de la des-razón? ¿Cuál es la libertad e i-libertad con la cual el suicidio puede ser realizado? ¿Cuál es la autonomía respecto a las causas “patológicas” y cuál su dependencia a ellas?. El misterio que sella el instante cercano y lejano de la última decisión, cierra toda posibilidad de desciframiento o de interpretación.

El esquizofrénico, en su extrañedad se ha quedado sin patria, y en su nostalgia la busca sin hallarla. ¿Desfallece y se mata? ¿O todavía va en busca de la tierra perdida? Las motivaciones con las cuales se presenta un suicidio en el contexto de una experiencia esquizofrénica, son complejas y heterogéneas.
Aristóteles en su Etica a Nicómaco, dice que el hombre por pertenecer a una patria, a la sociedad y por su actividad, no tiene el derecho de privarle de su presencia mediante el suicidio.

Para Jaspers, por el contrario, “Solamente el hombre, una vez que puede darse cuenta de la muerte, se encuentra delante de la posibilidad del suicidio. El no sólo puede conscientemente poner en peligro su vida sino puede también decidir si quiere o no vivir. La muerte vuelve a entrar en la esfera de su libertad. ”
Sin embargo considera, que “quien ha participado de cerca del drama de un suicidio, si está dotado de algún sentido de humanidad y está de algún modo inclinado a ver claras las cosas del alma, encontrará que no hay un motivo único que pueda sólo desde sí explicar su advenimiento. Al fin de cuentas, permanece siempre un misterio”, aunque la vía más simple y más cómoda sea aquella de atenerse a una hipótesis de la enfermedad mental, colocando al problema del suicidio. Pero ¿es así?. Muchas veces, aquello que arroja a alguien al suicidio es el estado insoportable de angustia, como en las melancolías. “El origen primero e incondicionado del suicidio permanece un secreto para la persona singular, y no puede revelarse a los otros” (Jaspers).

¿Un tiempo que ha perdido la esperanza?

Todo suicidio dice referencia al tiempo, al tiempo que ha perdido la esperanza y a la tentativa desesperada de arrancarle al futuro su secreto y su imprevisibilidad. Cuando el advenir se hace evanescente y lábil, y el pasado no es sino la repetición de un sufrimiento sin fin, el suicidio deviene la posibilidad más radical. Entre el advenir como imposibilidad y el advenir ya consumado y descifrado, la muerte voluntaria traduce la expresión última y radical de una de un tiempo clausurado.

Para Ana, mientras una supresión de la evidencia daba lugar a una nueva evidencia, la existencia era aún posible. Pero cuando la evidencia y la no evidencia no pueden dar lugar a una nueva relación, la unidad de la realización del Dasein se pierde y ella se suicida.

Así también Ellen busca trascender para ser, pero como un ser sin cuerpo, y en ese intento de ser “allende el mundo” sólo logra una vuelta a la nada. Su muerte es ese llévame de vuelta, “créame una vez más pero créame mejor de lo que soy ahora”, para no sentirse vacía, abandonada, rota, cáscara inútil. En su existencia segada por la muerte voluntaria, se vislumbra finalmente la nostalgia desesperada de una patria perdida y deseada.

REFERENCIAS

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Callieri, B.: Quando vince l’Ombra, Problemi di Psicopatoloia Clinica, Roma,Cittá Nova, 1982; “La ambigüedad existencial del suicidio”, Relaciones, Nº 86, Julio de 1991.
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