El amor de las mujeres en tela de juicio

Por: Victoria Aldunate Morales
Fuente: http://www.g80.cl (07.08.08)

Ana Morán Garrido: de víctima a acusada…

Ella, Ana, comenzó a amar a otro hombre. Da lo mismo si aquel lo merecía o no. Ella lo amó. ¿Sublimó su dolor? ¿Escapó de la violencia con fantasías? ¿Amó a otro para no ver lo que le sucedía con un agresor que la violaba?

Ella amó a otro mientras cada día escapaba del acoso de un tipo que aún cree que ella es “de su propiedad”. Un hombre que decía en una patética carta que “la traición se paga con la muerte”.

¿Y cuál fue la traición de Ana?: dejar de amar a alguien que no solidarizaba con ella, ni afectiva ni económicamente.

Ella alguna vez lo amó, es cierto, y hasta aceptó su mirada violenta. También creyó que “él cambiaría”… Pero no cambió porque los agresores, aquellos que pueden golpear a “su” mujer, pero jamás se atreverían a responder a su patrón cuando los humilla. Esos rastreros que se comportan como torturadores, esos, no cambian. Ana no lo sabía: su ignorancia es la ignorancia en que las mujeres nacemos y crecemos. Es la ignorancia que asegura al patriarcado nuestro trabajo impago, que garantiza que nos someteremos a las reglas impuestas de trabajar callando, de amar suicidándonos, de entregarnos abandonándonos…

Si desapareciera el amor romántico de las mujeres, el Patriarcado se termina… y si no amamos nos volvemos una piedra deslavada y sin ternura que nos lleva al mundo de la nada… No sabemos, no hemos aprendido, a amar de otra manera. Esa es nuestra gran responsabilidad, pero no es un crimen (sí un karma machista).

¿Qué hace Ana entonces? ¿Cómo responde a su cuerpo que la hace desear los labios de un hombre que ni la ve? ¿Qué hace Ana entonces, cómo se salva de la crueldad de un macho violento que no entiende que el amor se mata con miradas como las de él, que el amor se pudre con atentados torturantes como los que él lleva a cabo? Porque el tipo, el femicida frustrado Marcelo Rojas Requena, es un torturador: la apuñala, la vuelve a apuñalar, toma la sangre de ella y se la hace mirar, la golpea mientras ella se desangra y le anuncia te vas a desangrar ahí, y le refriega voy a matarte a ti a y a tus hijas… Así es el hombre que ella dejó de amar para fantasear con otro… Y luego de que todos saben en la Corte que el tipo es un torturador que planeó su crimen, que le anunció a un amigo de Ana: “Pa’ que la cuidan tanto si igual le queda poco”… Luego de eso, el defensor del criminal, un rubicundo que no cesa de sonreír y meterse los dedos en las narices, la desafía: “¿No será que el señor Rojas Requena estaba enojado con usted porque usted mantenía una relación con un señor de nombre Guillermo?”…

¿Merecen ser torturadas y morir las mujeres por el delito de enamorase de otro –o de otra-? Estoy segura: si los infieles merecieran morir, pues el mundo estaría repleto de cadáveres de hombres, incluidos muchos abogados…

Entonces, la sórdida creencia del femicida, un homofóbico que se ríe de un amigo gay de Ana –probablemente porque él se siente “muy macho”-, que expresa en su limitado lenguaje esa cantinela agotadora que asegura que la mujer lo engañó y entonces merecía morir, que intenta probar que “su” mujer “es mala madre”, esa creencia machista que él tiene de que las mujeres somos santas o putas -y que los hombres intelectuales niegan como propia asegurando que es sólo una idea ignorante de hombres pobres- esa creencia, es la misma que con palabras doctas mantiene el rubicundo y burgués abogado defensor. Su ley es la misma de todo el Patriarcado… O sea, el básico alegato de un macho resentido que vive en la periferia de la ciudad, es la misma ideología que escuchamos en un Centro de Justicia parecido a un mall -o mal-.

La ideología dominante está en todas partes -como Dios-, y asegura que la mujer está sobre la tierra para servir al hombre, parir y criar “sus” hijos. El dios Capital, por su lado, agrega a las mujeres el trabajo de mano de obra más barata que la barata: lo que ha sido siempre Ana, una trabajadora que asea de noche supermercados y de día casas particulares. Y el Neoliberalismo remata a las mujeres – y a Ana- con su maquillaje de género y leyes que sólo salvan a candidatos que comercian votos a costa de campañas mediáticas con las muertes de las mujeres.

El primer día del juicio contra un femicida frustrado, mostró una vez más que no hay protección para las mujeres: Ana tenía denuncias de VIF, pero las medidas de protección no se hicieron cumplir. Fue sentada en el banquillo de los acusados a pesar de ser la víctima. Se juzgó sus amores y desamores con sorna y sin un ápice de vergüenza por lo burdo de la maniobra. Todo, mientras la familista familia del criminal sonreía ante cada afirmación de Ana sobre la violencia que sufrió durante 11 años.

Nadie realmente defendió a Ana. Sólo ella supo hacerlo cuando dijo fuerte y claro: “Yo quiero que me entiendan, estar enamorada no es tener una relación”. Así, ella es la juzgada, y ni siquiera por “infidelidad”, sino por haberse enamorado de otro, la misma razón por la que el femicida la quiso matar el día 18 de junio de 2007.

Victoria Aldunate Morales
Memoria Feminista, feministas autónomas

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