La tiranía de la clase media: ontología de la seguridad

Por: Elena Sánchez Gómez
Fuente: Periódico “Tierra y Libertad”, N| 236 (Marzo 2008)

El dilema entre libertad y seguridad se ha convertido en los últimos tiempos en uno de los centros principales del discurso político y de la vida social. Pero este va más allá de la cuestión aparentemente planteada, esto es, se ha transformado en un poderoso mecanismo de socialización, normalización y domesticación de sujetos.

La clase media, burguesía, o como se le quiera llamar, es un fenómeno reciente en la historia occidental. Su cuna se ubica en la Revolución Industrial, alimentada con los sueños victorianos del siglo XIX del canon de normalidad, su madurez transita por la democracia de la mayoría convirtiéndose en el gran freno de cualquier forma de revolución. Su biografía se desarrolla como «clase contrarrevolucionaria» que anhela el cambio progresivo sin alterar prácticamente nada, mediante el progreso material. Su gran «logro» ha sido contener el empuje subversivo de la clase obrera instaurando el Estado de bienestar sostenido en un sistema amplio de protecciones sociales.

Este carácter pedigüeño le lleva a que las demandas materiales de la burguesía se hayan hecho inmateriales en la sociedad post-industrial. De la sólida cadena de bienes en la producción en serie a la volátil protección individual. La demanda de la seguridad lo es todo. La seguridad cambia su rostro, su uniforme y su función, así la menor extravagancia, lo que se sale de la regla, la menor infracción, el menor sobresalto o el menor acontecimiento pasa del ámbito de lo raro a ser un hecho delictivo. Se denomina comportamiento ilegal cuando simplemente es anormal. La confusión de estos dos registros no es azarosa.

Los nuevos procedimientos de seguridad van más allá de lo que experimentamos al pasear por calles repletas de cámaras, al entrar a Estados Unidos con el control de las huellas digitales, etc. En Francia se diseñó el Vigipirate en 1978, reactualizado después de los atentados del 11 de septiembre. Aunque el sistema de seguridad más potente es Echelon: sistema de interceptación universal de mensajes dirigido por Estados Unidos y Gran Bretaña. Echelon se creó al terminar la Segunda Guerra Mundial, EE UU y Reino Unido firmaron un tratado secreto (pacto UKUSA) en 1948 que se mantuvo oculto hasta 1999, año en que se unieron Canadá, Australia y Nueva Zelanda. El 5 de septiembre de 2001 el pleno del Parlamento Europeo aprobó una resolución donde denunciaba la existencia de una red de espionaje de las comunicaciones operada por Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Esta denuncia se tornó inocua el 11 de septiembre con el atentado de las Torres Gemelas ya que todos se unieron a la guerra contra el terrorismo en la cual Echelon es un arma esencial. Es capaz de trasmitir a sus bases todas las señales y las formas de comunicaciones: llamadas telefónicas, faxes, correos electrónico, telex, las distintas frecuencias de radio, fibra óptica, satélite, etc. Es capaz de analizar cualquier tipo de comunicación en cualquier parte del mundo. Su objetivo original era vigilar a los gobiernos comunistas, ahora impedir el terrorismo internacional. En su carácter titánico funciona con diccionarios que interceptan cualquier tipo de comunicación electrónica que atraviesa el planeta en busca de palabras claves.

Los últimos avances en tecnologías de la vigilancia se usan no sólo para desactivar terribles atentados terroristas sino también para seguir las actividades de disidentes, activistas pro derechos humanos, minorías, opositores políticos… es un potente control de la intimidad que funciona sin ningún tipo de control social.

Creemos que no existe un plan previo diseñado, ni un complot organizado. Negamos que se dé una «teoría de la conspiración» planetaria. En lugar de un perverso e implacable agente particular que sea su instigador, más bien se está desarrollando un régimen de control difuso y licuescente en todas partes. Su invisibilidad es su máscara y principal rasgo.

La esencia de esta vigilancia es la ambigüedad. Todos somos sospechosos en potencia, todos somos consumidores en acto: se nos da la más cálida, afectuosa y feliz bienvenida a este gran centro comercial que es el mundo en el que vivimos pero simultáneamente se nos mira de reojo: a la vez que «inocentes» consumidores somos (toda persona lo es) delincuentes en potencia, terroristas en ciernes. La vigilancia se encarga entonces de prevenir, rectificar, rechazar toda forma de desviación. Su esencia y legitimidad se fundamenta en nuestra doble naturaleza, el doctor Jekyll y Mr. Hyde que todos llevamos dentro será al fin descubierto por el todopodero y omnipresente sistema de seguridad. Un sistema que espía no sólo a los que considera potencialmente peligrosos sino a sus propios ciudadanos.

El gran laberinto y trampa de la seguridad esconde y obtura las salidas a la libertad.

La actual fábrica de sujetos está fundamentada en la ontología de la seguridad. De tal forma que sean tan pocos, cada día menos, lo que osan ser excéntricos. En el inconsciente colectivo infantilizado cada vez se exige más protección. Es el problema más acuciante de esta época: la normalidad como imposición, como modelo de vida. Todo se uniforma, desde los zapatos hasta las ideas, no es sólo el conformismo y mediocridad de la clase media sino la propia constitución de la subjetividad. El desplazamiento y confusión de los planos de lo no-normal y de lo no-legal.

Ya no existen las clases sociales en sentido marxista, ni en ningún otro sentido. Prácticamente hoy, por lo menos en Europa, no existe la conciencia de clase portadora de un proyecto común. El nuevo proletariado ignora que lo es. Los lazos de unión y socialización se han desplazado a los márgenes de la autocomplacencia con el sistema por nuestro propio bienestar, por nuestra seguridad.

¿Volveremos alguna vez a ser mayores de edad? ¿A luchar por, y a pensar sin, a vivir de forma autónoma e independiente?

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