“DEMOCRACIA”, con mayúscula

Por: Hernán Montecinos
02.06.08

Recientemente estuvo de paso en Chile Thomas Wood, experto en historia y política estadounidense. Sus opiniones difundidas por la prensa aparecen categóricas y provocativas. Para este intelectual, las supuestas   diferencias entre el republicano John McCain y los demócratas Barack Obama e Hillary Clinton son sólo meras apariencias, y nada más que eso. No existen ni en sus ideologías ni en sus pensamientos verdaderas alternativas que se contrapongan, salvo algunos ligeros matices  formales pero que no apuntan al corazón de la política imperialista que sustenta Estados Unidos hacia el resto del mundo

Para dar más fuerza a su opinión, este politólogo estadounidense, rubrica: “Esta elección muestra la farsa que es la democracia en EE.UU.” Para este experto, los tres aspirantes a la Casa Blanca son clones. Sea quien sea el triunfador de las presidenciales de noviembre en EE.UU., las cosas no cambiarán demasiado ni en política exterior, ni en economía, ni en la política interna, asegura Thomas Woods,

Este  análisis tiene significativa importancia porque no proviene del juicio de un estadounidense de izquierda o progresista como, por ejemplo,  Noam Chomsky o Jaime Petras. En efecto, Woods ni siquiera titubea al hacer afirmaciones tan categóricas como éstas, aún pese a ser un connotado ciudadano de ideas conservadoras y por antonomasia, un votante declarado pro republicano. Alega muy seguro  que las alternativas que hoy tienen los estadounidenses, no son reales opciones. Los tres son candidatos que pertenecen a la clase política dirigente que en términos generales, no quieren hacer mayores cambios a la economía, el aborto, el sistema de impuestos, ni la presencia militar en el exterior.

Woods, autor de varios libros sobre historia de EE.UU., reclama que Obama aparece como el candidato antiguerra, pero además de prometer sacar las tropas de Irak -algo de lo que tampoco tiene certeza, apunta- no tiene intenciones de retirar los contingentes que hay en unos 130 países. Mientras que Hillary y McCain votaron a favor de la invasión a Irak, pese a las supuestas y  débiles pruebas que Bush presentó ante el Congreso para que le avalaran su nuevo acto de piratería (Petróleo), disfrazado bajo el derrocamiento del dictador  Saddam Hussein.

“¿Dónde está la decisión de los votantes en esta elección? Supuestamente EE.UU. es la gran democracia en el mundo, pero los candidatos son clones unos de otros. No hay una verdadera posibilidad de elección”, dijo Woods a “El Mercurio” en una entrevista durante su visita a Chile para realizar unas charlas en la Universidad Gabriela Mistral.

“Esta elección muestra el tipo de farsa, de estafa que es la democracia estadounidense. Y que este régimen se atreva a presumir y a dar clases al resto del mundo sobre cómo sus países deben ser manejados es la guinda de la torta”, añadió Woods, académico del Ludwig von Mises Institute, en Alabama.

Ahora bien, no deja de tener razón este gringo en sus contundentes afirmaciones porque un acabado estudio del sistema político norteamericano tiene que llevarnos a concluir   que no hay  democracia ni sistema de elecciones que sea más falsa como la que se vive en Estados Unidos. En ese país todo es una farsa plagada de imágenes que la hacen aparecer ante el imaginario de la opinión pública mundial como el arquetipo de sistema democrático que debiera imperar en el resto de los países del mundo.

Y si bien, no tiene nada de malo que cada país adopte el sistema democrático como mejor lo crea o como mejor le avenga, de ahí a tratar de imponerlo en el resto del mundo, con guerras o sin guerras, hay un gran trecho Ello atenta contra la misma libertad que subyace en cualquier sistema político que se precie de democrático.

A partir de las declaraciones de este gringo quiero retrotraerme a un artículo de mi autoría publicado en distintos medios alternativos hace ya algún tiempo bajo el título “LA DEMOCRACIA, ALGUNAS PRECISIONES”. Por encontrarlo de actualidad e interés,  y muy pertinente a propósito de las declaraciones precedentes, me permito reproducir parte de este artículo, con las complementaciones y actualizaciones del caso, para que se entienda en todo su más amplio y mejor contexto:
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Reproducción del artículo:
 
La gran falacia de la “democracia”, en su fase actual, es que se la ha considerado desde un punto de vista puramente instrumental, desde una visión reductora, alejada de sus principios teóricos fundacionalistas (“gobierno del pueblo y para el  pueblo”, “igualdad de derechos”, “justicia social”, etc.).

Instrumental, en el sentido que se la mira desde un punto de vista puramente cuantitativo,  alejado de sus elementos cualitativos  o valóricos. Democracia remitida a una cuestión de simple número, como  democracia puramente representativa (y no participativa) ligada a un puro ritual eleccionario, en que la gente sólo es convocada a votar pero no a elegir, lo que la hace desviarse de sus propósitos fundacionalistas más proclamados.  Se soslaya  que  la práctica de los actos eleccionarios, para que vaya a correlato con sus supuestos teóricos más proclamado, exige la expresión del ejercicio de la “voluntad libre” del ciudadano elector; esto es, una voluntad que no sea ni inducida, ni coercionada, ni menos condicionada ni tampoco manipulada.

Sabemos que los supuestos de libre elección atribuibles hoy a la democracia no se cumplen en la mayoría de los países del mundo, siendo más marcada esta imagen en los países del Tercer Mundo. La apologización de la democracia, a la que recurre frecuentemente la clase política contemporánea, no tiene más sentido que inscribirla dentro de aquel contexto intelectual que se ha plegado a las concepciones liberales de hacer política, esto es, orientada a preservar el poder en el ámbito de una elite minoritaria y clasista. Un plegamiento que valora la vida política sólo como una asociación meramente instrumental, cegándose ante la esencial importancia de la participación ciudadana activa en la vida pública.

Considerando las actuales realidades en que se desarrolla y desenvuelve la democracia en el mundo, fijemos la mirada en el propio Estados Unidos, el que según la propaganda es el  ejemplo de democracia en el mundo. Una de las mayores falacias e invenciones de la propaganda política,  porque… ¿Qué diferencia puede haber en Estados Unidos entre el partido Republicano y el Demócrata?…En estricto sentido, allí todo obedece a un pensamiento similar, no existen opciones diferentes  como expresión  de lo que debe ser en sí la posibilidad democrática. Es sabido que  la democracia norteamericana se encuentra muy lejos del pluralismo político e ideológico que le es intrínseco y  consustancial a un proceso verdaderamente democrático, del momento que no existen allí grandes movimientos políticos e ideológicos con una fisonomía marcadamente diferenciada entre unos y otros.

Si se supone que un republicano se distingue de un demócrata, no por las determinaciones básicas de las ideologías que les subyacen, sino por el tono de su agresividad respecto al modo de encarar ciertos temas, sin embargo, ese tono ha resultado ser intercambiable  entre uno y otro referente político de acuerdo a circunstancias no previstas y no explicables dentro de una racional lógica política. Valgan como ejemplos, la abortada invasión a Cuba cuya operación fue aceptada, promocionada y financiada por un prominente demócrata como Jhon Kennedy; la Guerra de Corea, iniciada por Truman y terminada por Eisonhower; la sostenida agresión a Vietnam, los acuerdos sobre desarme, el reconocimiento de la República Popular China, etc.

No se puede partir entonces desde un marco puramente reduccionista para explicar o comprender la democracia, del momento que ésta no puede soslayar elementos valóricos de profundidad que la tienen que sustentar. Porque como bien lo ha apuntado Eduardo Saffirio: “quienes sustentan el vaciamiento ético del régimen democrático o su reducción a un simple conjunto de procedimientos neutros, se equivocan respecto de las razones profundas que están tras las instituciones democráticas”. Y no deja de tener razón, si pensamos que una democracia para que sea real, requerirá del acuerdo “consciente” y del apoyo “activo” de los ciudadanos, basado en la persuasión “racional” y no en la “coerción” o “manipulación” como ha estado ocurriendo hasta ahora.

De otra parte, en tanto subsista una multiplicidad de grupos que pueden navegar entre lógicas antagónicas, resulta contradictorio negarles sus derechos a las lógicas minoritarias por el simple hecho que así lo haya determinado una mayoría. Por eso, solucionar la democracia mediante un puro procedimiento de suma y resta aparece hoy bastante mezquina. Y es en este cuadro cuando una democracia más participativa que representativa debe empezar a tomar vuelo.

Delegación y participación; nada de antagonismo sino complemento enriquecedor. La somera enumeración de caracteres distintivos de la democracia, por sí sólo no bastan. Las democracias para que sean plenas requieren, además de otras condiciones, de la participación efectiva de la ciudadanía. Por eso, frente al encandilamiento de las supuestas bondades de la democracia puramente representativa, aquí estamos los que hoy observamos esta modalidad con desconfianza, con conciencia crítica, porque avizoramos e intuimos de algún modo la crisis que se avecina.

Cabe preguntarse hoy, si la implementación práctica de la democracia puramente representativa, ha estado en consonancia con sus fundamentos más proclamados. Porque cuando se proclama la libertad y ejercicio democrático, esto es, sufragio universal, elecciones libres, libertad de palabra, de prensa y de pensamiento, todo ello no son más que bellas palabras para ocultar y enmascarar una realidad distinta. Más aún, cuando nuestras constituciones parten del supuesto de la soberanía popular, ésta no es más que una de las grandes abstracciones. Porque, ¿de qué poder popular se puede estar hablando cuando el pueblo sólo es convocado a votar en las elecciones, pero en la práctica no administra la riqueza social ni participa de un modo directo y decisivo en la gestión y administración de los asuntos públicos y la economía?

Lenin escribía en su época: “Decidir una vez cada cierto número de años que miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el parlamento: he aquí la verdadera esencia del parlamentarismo burgués.” Y no deja de tener razón cuando examinamos a los miembros de nuestro parlamento: una elite política minoritaria clasista, remitida casi exclusivamente a profesionales y empresarios. Se excluyen a vastos sectores sociales de las instancias del poder político (obreros, campesinos, dueñas de casa, etc.). Incluso, en países desarrollados se repite el mismo fenómeno. Porque, ¿qué diferencia puede haber en EEUU entre el partido Republicano y el Demócrata? Allí, todo obedece a un pensamiento similar, no existen opciones que sean diferentes como expresión de lo que debe ser en sí la posibilidad democrática. El bipartidismo tradicional en EEUU, no va más allá de ser un mero mecanismo electoral, el elemento principal de la idea que tienen las elites sobre la democracia política. Como bien se dice, no hay nada más parecido en EEUU que un demócrata a un republicano.

Ya Aldous Huxley explicaba, en su tiempo, los signos vitales de la contradicción del régimen llamado democrático describiendo la campaña electoral de 1956 en los siguiente términos: “…Están movilizados y puestos en función todos los recursos de la psicología y de las ciencias sociales. Representantes minuciosamente seleccionados de entre los electores se someten a entrevistas en profundidad. Estas entrevistas revelan temores y deseos subconscientes que prevalecen en la sociedad en el momento de las elecciones. Frases e imágenes orientadas a debilitar o, si es necesario, reforzar estos temores y satisfacer estos deseos, son seleccionados por los peritos; se prueban en los electores y en los auditorios, y se perfeccionan a la luz de la información obtenida de este modo. Después de eso, se desenvuelve la campaña política en las masas. Lo que se necesita ahora es dinero y un candidato que parezca “sincero”. En estas condiciones, los principios políticos y los planes de acción específica pierden la mayor parte de su importancia. La personalidad del candidato y el modo en que es presentado por los expertos son las cosas que determinan realmente el éxito”

Ahora bien, si bien en nuestra región ha habido una creciente vuelta a gobiernos elegidos por el voto popular, el acto eleccionario no ha podido garantizar el término de los problemas que surgieron tras las cruentas dictaduras militares. Por el contrario, la democracia coexiste con la secuela de las violaciones a los DDHH y comparte las penurias originadas en la situación de dependencia del sistema institucional al que estamos adaptados. Aún así, nos encontramos en un momento en que el discurso político pretende hacer vigente el dogma de que el poder político y la soberanía radican en los pueblos. Sin embargo, asistimos al espectáculo de la existencia de regímenes autoritarios –lo sean o no en su forma democrática- que atentando permanentemente contra derechos fundamentales, no se atreven a reconocerlo y, más aún, pretenden avalarse en los principios representativos de la democracia.

En sus efectos prácticos, las elecciones no han sido otra cosa que la máscara utilizada por el liberalismo para producir la ficción de una participación popular en el gobierno lo que ciertamente, de ningún modo, se cumple. Porque si bien el pueblo vota, éste no tiene ninguna incidencia en el manejo de los asuntos públicos ni tan siquiera en los asuntos de los problemas vecinales.

De otra parte, al imponer a los ciudadanos los mismos valores, las mismas tendencias culturales, las mismas ideas políticas, el mismo tipo de consumo, las modas, los gustos, etc., éstos se mostrarán incapaces de elegir cualquier cosa por sí mismos. Percepcionando muy bien este aspecto, Zbigniew Brzezinski ha señalado que: “En la sociedad tecnotrónica, el rumbo al parecer lo marcará la suma del apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerán fácilmente dentro del radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo, las técnicas más recientes de comunicación para manipular las emociones y controlar la razón”.

Esta reflexión revela la realidad actual en que vivimos. Ello se debe a que la democracia, en su actual modalidad y fase, contiene todos los elementos para dar curso al ejercicio de la manipulación. Manipulación no tomado como un término del todo cerrado, sino más bien como un concepto asociado a la idea de que la ambigüedad en lo humano, como realidad ontológica que lleva sobre sí el hombre, es volcado en favor de tal o cual proyecto, o tal o cual acción, sin que el sujeto se de cuenta de ello. Por tal, una decisión que aparenta ser libre, no es sino la expresión de condicionamientos inducidos que actúan desde el lado de afuera hacia los subconscientes hasta terminar por minar las resistencias más estoicas. Sin embargo, reconocer la manipulación contraría la conciencia de la adultez y, por tanto, tal posibilidad, aunque sea un dato de la realidad tiende a ser negado, fundamentalmente, por aquellos mismos que son manipulados.

Ya Gramsci en sus notas referidas al carácter de la opinión pública señalaba que cuando el Estado quiere iniciar una acción impopular o poco democrática, empieza a ambientar una opinión pública que sea adocilada a tales propósitos. Sirviéndose de los aparatos ideológicos del Estado es capaz de crear una sola fuerza que modele la opinión de la gente y, por tanto, la voluntad política nacional, convirtiendo a los discrepantes en “un polvillo individual e inorgánico.” Esto quiere decir que la adhesión “espontánea” de las masas a los propósitos y fines del sistema, no implica una adhesión racional y consciente, sino más bien el resultado de un proceso compulsivo y manipulador capaz de dejar en total estado acrítico a los que recepcionan el mensaje.

Podemos concluir, entonces, que la democracia no se ha cumplido ni realizado. Porque una democracia que se recubre de eufemismos, por más que quiera, no es ni puede ser democracia. De nada valdrán democracias tuteladas, transitadas, restringidas, autoritarias, o de cualquier otro título. En este sentido no debemos llamarnos a engaño, pues, si reconocemos que en ningún país del mundo la democracia se ha aproximado a su último estado de cristalización, en América Latina, a partir de ese punto nos encontramos sumamente atrasados. Lo dicho, por cuanto la democracia de nuestros pueblos ha tenido una evolución desdichada, regresiva, por más que se bautice a sí misma de avanzada. Y no podría ser de otro modo, cuando hoy día nos gobiernan personalidades que no son elegidas ni por sus principios ni por sus ideas, sino más bien, porque han logrado penetrar en los subconscientes después de agotadores bombardeos publicitarios y un buen juego de marketing. Es decir, elegidos de la misma manera como se elige cualquier producto en el supermercado.

Entonces, la democracia representativa, tal como hoy la vivimos, es susceptible de un claro cuestionamiento, no tanto más por lo que el poder de dinero puede producir como agente manipulador en las voluntades de los votantes. Pensarlo así sería un grave error, en tanto dicho hecho, más allá de ser un factor coyuntural y detonante del problema, forma parte consciente de todo el proceso, a fin de preservar seculares privilegios de poder. Por eso no es extraño que en los procesos electorales los candidatos hagan un discurso de izquierda pero cuando llegan al poder hacen una política de derecha y los elegidos traicionen a sus electores al pasar a representar intereses ajenos al mandato recibido. Estas prácticas han llevado a que los partidos políticos se hayan convertidos en cúpulas separadas de las necesidades reales del pueblo y, como contrapartida, comprometidos con los grandes intereses que financian las campañas de sus candidatos.

Ahora bien, el hecho de que nuestro país fuera durante décadas una isla de democracia, en medio de un continente plagado de dictaduras, hizo que nos atribuyéramos un cierto sentimiento de superioridad que nos impidió percatarnos de nuestros déficits. Lo cierto es que hoy, nos encontramos frente a una asignatura pendiente respecto de la democracia, no hay otra manera de superar el problema que reconocerlo y enfrentarlo. Somos –con todas las letras- democracias excluyentes, y este proceso de exclusión lejos de revertirse se expande y multiplica de manera alarmante. Para percatarnos de la amenaza que la exclusión y la pobreza significan para la democracia, reparemos por un instante en lo que puede sentir una mujer o un hombre que viven en un asentamiento precario, sin saneamiento, con la basura como única fuente de sustento, con cinco o seis hijos a los que no puede alimentar, ni educar, ni sanar ante una enfermedad, rodeado de promiscuidad y violencia inimaginables. Por cierto, en un estado así, sus únicos destinos posibles serán el carrito para hurgar en los desechos de otros, o recurrir al delito para acceder a lo que la sociedad de consumo le muestra sin darle oportunidad alguna para alcanzarlo honradamente. ¿Cuán intensa puede ser para esta enorme masa de gente su convicción respecto a los beneficios y virtudes de la democracia?

Lo que se requiere hoy es replantearse la construcción del concepto de democracia no excluyente en un nivel de articulación innovador. Los valores de libertad y de justicia social, de tolerancia y de solidaridad habrán de precisarse como parte de un proyecto universal de democracia con mediaciones a crear y fomentar desde la sociedad civil, pero con roles y responsabilidades intransferibles por parte del Estado que no deberá abdicar de sus cometidos esenciales de modo de hacer posible una Democracia con mayúscula, con plenas posibilidades de realización.

Es necesario revisar con espíritu crítico los entusiasmos frívolos o livianos de “milagros económicos” que en la región, luego de finiquitada la ilusión, revelan su verdadero rostro: auténticos y devastadores desastres económicos y sociales y hasta éticos y culturales. Otra amenaza que jaquea a nuestras democracias es el temor a la inseguridad. El paradigma hoy dominante provoca situaciones de inseguridad a nivel individual, comunitario e internacional. Esta poderosa sensación que puede sentir el ciudadano común, frente a la perspectiva de perder el empleo o el de no poder conseguir otro, se suma también el que se puede sentir frente al incremento de la delincuencia que amenaza a diario la vida individual y familiar.

Finalmente, debemos considerar el hecho de la educación. Es evidente el valor que la educación tiene en la promoción de una cultura democrática. En particular para nosotros los chilenos esto es algo más que una elucubración teórica. Por el contrario, es nuestra propia experiencia, nuestra historia, nuestra tradición, la que nos ha demostrado el vínculo estrecho e indisoluble que existe entre educación y democracia. Nuestro país sostuvo durante décadas una educación democrática e integradora, que supo ser de vanguardia, y que forjó, ciertamente lo mejor de nuestra propia identidad. La tolerancia, el respeto, la convivencia pacífica comenzaban a internalizarse en las aulas de nuestras escuelas y llegaron a constituirse en verdaderas señas de identidad como Nación. A tal punto la educación promovió los valores y contribuyó a desarrollar las prácticas democráticas que aún cuando sobrevino la dictadura y todo estaba prohibido y nada podía hacerse ni decirse en lugares públicos, la llama se mantuvo encendida en cada familia. Décadas de educación universal, laica, gratuita, obligatoria y raigambre democrática habían ganado su batalla en nuestro país.

Educación y democracia se retroalimentaron en nuestro país durante décadas y fue como consecuencia de esta feliz interacción que pudimos exhibir ante el mundo, la mejor versión de nosotros mismos. Lamentablemente, pasada la dictadura -al contrario de lo que pudiera haberse creído- hoy en nuestro país la educación se ha hecho más clasista, más excluyente, y su calidad se ha deteriorado a límites alarmantes, sobre todo, en las escuelas públicas y municipalizadas.

Es fundamental detener este deterioro, relanzarlo, vigorizarlo; volver, en suma, a convertirlo en el pivote de la democracia y el progreso. Si este país tiene que definir prioridades, no podemos darnos el lujo de dilapidar, por pereza u omisión, nuestro más preciado capital, nuestra más importante ventaja comparativa: el capital humano, el nivel educativo, el talento y la inventiva de nuestra gente.

Por último, la democracia no se enseña ni se aprende en un libro, ni en una clase de Educación Cívica, aunque puedan cumplir un papel importante. La democracia debe cruzar transversalmente, estar presente en las miradas plurales de la historia, de la geografía, de la filosofía, en las controversias suscitadas en la evolución de la ciencia. En las escuelas se debe vivir y respirar democracia, sin discursos, sin retórica y sin impostaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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