El antiterrorismo como tapadera para el terrorismo

Por Edward S. Herman
Fuente: Znet

Traducido por Nuria Juhera y revisado por Jesús Rodríguez Marcial

Durante la Guerra Fría, Estados Unidos apoyó a una serie de estados sustentados en el terror: desde el apoyo inmediato tras la Segunda Guerra Mundial al dictador tailandés, Phibun Songkhram, “el primer dictador pro-eje que recuperó el poder después de la guerra”, hasta el apoyo a Suharto, Marcos, Mobutu, Diem, Duvalier, Trujillo, Somoza y una larga serie de regímenes militares homicidas de América Latina. La justificación para este apoyo fue que se tenía que “parar el comunismo”, pero esta excusa se usó en casos en que la amenaza era inexistente o incluso ridícula. En mayo de 1954, justo antes de que Estados Unidos derrocara un gobierno democráticamente elegido en Guatemala con un ejército representando al dictador Somoza de Nicaragua, el Consejo para la Seguridad Nacional (NSC) emitió un informe sobre la amenaza de una “Agresión guatemalteca en América Latina”. En un estilo caracterizado por el pánico, este minúsculo país se describió como “un creciente instrumento de la agresión soviética en este hemisferio”. Guatemala no se movió fuera de su territorio ni un solo centímetro, quedó prácticamente desarmada por el boicot de Estados Unidos y su gobierno fue derrocado un mes después. ¿Realmente creía en esta estupidez histérica el NSC? Creyeran o no en esta teoría, fue una treta maravillosamente práctica para desviar la atención del deseo de EE.UU. de dominar el hemisferio. Fue además un argumento que se usó con frecuencia para crear gobiernos basados en el terror, que abrieron rápidamente las puertas a la inversión extranjera y que mantuvieron su mercado laboral tan flexible como lo requirieran las multinacionales y el FMI.

El anticomunismo fue un instrumento retórico fantástico para racionalizar el apoyo de EE.UU. a un terrorismo útil y, en 1954 en Guatemala, así como regularmente en otras partes, los principales medios de comunicación contribuyeron a su eficacia.

Durante la presidencia de Carter en los 70 hubo algunas reacciones críticas al apoyo de EE.UU. a regímenes basados en el terror. Se dijo en aquel entonces que este país debería prestar más atención a los “derechos humanos”. Esta nueva visión no arraigó, excepto en la retórica gubernamental. Durante la presidencia de Carter, por ejemplo, aumentó el apoyo a Indonesia, justo cuando los ataques de este país a Timor Oriental alcanzaban cotas genocidas entre 1977-1978; además las relaciones con Marcos, los generales brasileños y Mobutu siguieron tan sólidas como siempre. Pero, con la llegada de Reagan se produjo un bien conocido giro: de nuestra devoción por los derechos humanos íbamos a pasar a prestar atención al “terrorismo”, tal como lo anunció el secretario de estado, Alexander Haig en 1981. Se alegó que la Unión Soviética estaba detrás de una red terrorista y, en un libro que fue la Biblia de la administración Reagan, La Red del Terror, Claire Sterling veía la mano soviética en todas partes, en su apoyo a terroristas que amenazaban los gobiernos de Italia y Alemania, pasando por Argentina y Sudáfrica.

El problema con esta nueva visión es que centraba su atención en el terrorismo minorista (de forma selectiva) e ignoraba el terrorismo de estado. Prestaba atención a bandas armadas como las Brigadas Rojas y la Baader-Meinhof, en Italia y Alemania respectivamente, pero ignoraba a la red de terroristas refugiados cubanos de Miami, a Savimbi y Renamo en Angola y Mozambique, y a los contras nicaragüenses. Estos últimos eran NUESTROS terroristas, por lo tanto eran considerados “luchadores por la libertad” o bien eran ignorados. Lo que es peor, Reagan apoyó a Marcos, a Suharto, a los gobiernos asesinos de El Salvador y Argentina, y se “relacionó de forma constructiva” con Sudáfrica. Estos eran estados terroristas de primera. Sudáfrica, que traspasó sus fronteras, penetrando en estados colindantes y asesinando a miles de personas, fue posiblemente el líder de los estados terroristas en la década de los ochenta. En comparación, la Libia de Gadaffi era un estado terrorista insignificante. Argentina, un país que Reagan rápidamente apoyó en 1981, era también un violento estado terrorista. En un informe sobre la historia de ese régimen auspiciado por el gobierno de Raúl Alfonsín tras la caída del régimen militar en 1984, se afirmaba que “las fuerzas armadas respondieron a los crímenes terroristas CON UN TERRORISMO INFINÍTAMENTE PEOR QUE EL QUE ESTABAN COMBATIENDO”. Pero esto nunca penetró en los principales medios de comunicación estadounidenses mientras el terrorismo tuvo lugar. Siempre llamaron a los terroristas “minoristas”, terroristas, pero nunca usaron el mismo apelativo para referirse a los terroristas de estado “mucho peores”. Se prestó muy poca atención al informe de Alfonsín y, gracias a la propaganda milagrosa de la Administración Reagan, el apoyo a los peores terroristas del mundo se definió como una lucha contra el terrorismo. Entre estos apoyos cabe mencionar las ayudas directas en acciones militares llevadas a cabo en El Salvador y Nicaragua y el patrocinio del terrorismo al ofrecer apoyo a los contras nicaragüenses y a Savimbi en Angola (entre otros).

Así que la nueva dedicación de George W. Bush a la lucha contra el terrorismo nos resulta familiar. La regla es que es terrorismo lo que el gobierno estadounidense dice que lo es. Si los aliados o clientes hacen exactamente lo mismo que los llamados terroristas, eso no es terrorismo, debido a la afiliación con Estados Unidos. Por poner un ejemplo, si bombardeamos instalaciones civiles serbias para intimidar a la población y matamos a cientos de personas, eso no puede ser terrorismo, porque lo hicimos nosotros. Lógicamente no se manifiesta de forma tan descarada, sencillamente se sobreentiende. Las leyes son distintas en función de quien sea objeto de las mismas. Se entiende tácitamente, igual que se sabe que la legislación internacional es aplicable a otros pero no a nosotros.

Si nos negamos a permitir que Irak importe equipo para reparar las plantas de depuración de agua destruidas y si esto, junto con las sanciones en general al régimen, mata a miles de civiles, mientras intentamos echar del poder o controlar a Saddam Hussein, estos actos de intimidación y asesinatos a gran escala no son terrorismo, porque lo hacemos nosotros. El apoyo de Estados Unidos al ejército colombiano e indirectamente a sus grupos paramilitares, no es propiciar el terrorismo, a pesar de los miles de asesinados y desplazados todos los años, porque por definición no podemos apoyar el terrorismo. De igual modo, el papel crucial de Ariel Sharon en las matanzas de Sabra y Shatila, Qibya, y en otros lugares le concede un número de víctimas civiles que excede el de las víctimas de Carlos el Chacal por más de quince a uno. Carlos es la encarnación del MAL, un terrorista tremendo, mientras que Sharon es aceptado y apoyado como primer ministro de Israel. Además, puede invadir el Líbano repetidamente, mantener un ejército asesino de “contras” en el Líbano, así como matar y expropiar como le plazca en sus territorios ocupados. Todo ello sin que Israel sea tachado de estado terrorista o de impulsor del terrorismo, gracias al principio de afiliación.

Asimismo, George W. Bush puede amenazar con atacar Afganistán si los gobernantes (o facción) talibanes no entregan a bin Laden, sin proporcionarles ninguna prueba de su participación en los bombardeos del World Trade Center (Centro Mundial del Comercio) y el Pentágono, provocando que un gran número de afganos huyan por miedo a ser bombardeados. Además, Bush puede obligar a Pakistán a cerrar sus fronteras, amenazando a varios millones de afganos, que ya corren peligro de morir de hambre, con una muerte prematura. No obstante, en los principales medios de comunicación estas acciones no son definidas como actos terroristas, a pesar de que coinciden plenamente con la definición de diccionario: “Modo de gobernar u oponerse al gobierno, basado en la intimidación”.

Mencioné anteriormente que durante la Guerra Fría, la Amenaza Roja proporcionó la excusa intelectual para apoyar a una serie de estados fundamentados en el terrorismo que servían a los intereses políticos y económicos de Estados Unidos. La guerra de Bush contra el terrorismo, ya está proporcionando la misma excusa para apoyar a NUESTROS regímenes basados en el terror, y éstos se han mostrado encantados con los nuevos acontecimientos. Benjamin Netanyahu apenas pudo ocultar su alegría por los bombardeos, conteniéndose a duras penas para lamentar las muertes que originaron: “Está muy bien…. Bueno, no muy bien, pero despertarán simpatías inmediatamente”. Sharon inmediatamente escaló su propia campaña de intimidación, y la nueva Guerra contra el terrorismo coincide perfectamente con sus intereses, ya que Israel ha sido considerado durante mucho tiempo únicamente como víctima del terrorismo, pero nunca como activo participante en el terror. Por lo tanto, se trata de un aliado natural en la lucha contra el terrorismo, del cual podemos aprender mucho. Los únicos que cometen actos terroristas son los palestinos, y éstos nunca están obligados a combatir el terrorismo.

Bush está estrechando los lazos con Pakistán, Rusia, Turquía e Indonesia, además de con otros estados implicados en graves acciones terroristas, igual que Reagan estableció relaciones con Sudáfrica, Argentina, Marcos, y los gobiernos de El Salvador y Guatemala en los ochenta. No hubo un problema de relaciones públicas insalvable en el pasado y tampoco lo hay ahora, porque los principales medios de comunicación consideran que es la pura verdad que nosotros somos virtuosos y que son terroristas aquellos que nosotros decimos que lo son. El liberal E. J. Dionne, Jr. escribe que “los progresistas que crean en la justicia deberían poder apoyar la guerra contra el terrorismo” (Philadelphia Inquirer, 29 de septiembre, 2001). En la gran tradición de justificadores del terrorismo propiciado o cometido por los Estados Unidos, Dionne no se toma la molestia de preguntarse qué es el terrorismo. Considera una premisa patriótica que este país nunca comete o apoya actos terroristas. Se suma a sus predecesores que nunca se cuestionaron si era legal derrocar el gobierno electo de Guatemala en 1954, o si era moral, o justificado por una amenaza comunista, al igual que tampoco se cuestionaron si la campaña antiterrorista de Reagan en los ochenta sólo fue una tapadera para apoyar a terroristas “mucho peores” que aquellos a los que Reagan y los medios de comunicación hacían la guerra.

En resumen, el sistema de propaganda funciona a las mil maravillas, dando resultados dignos del Gran Hermano en un sistema basado en la “libertad”. Los únicos perdedores son los que Thorstein Veblen denominó “la población subyacente”.

 

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