Música clásica, globalización y multiculturalismo

Fernando Peregrín Gutiérrez
Fuente: www.mundoclasico.com(31.05.02)

Son muchas las razones que se aventuran para explicar la falta de interés de las nuevas generaciones por los conciertos sinfónicos, incluso entre aquellos de ellas que escuchan, con mayor o menor asiduidad, grabaciones de música clásica, bien en sus propios equipos reproductores, bien a través de la escasa oferta radiofónica. Entre las causas de esa indiferencia se menciona siempre la falta de enseñanza musical en una educación general cada vez de menor calidad. En vista de lo dicho, no parece realista pensar que se vaya a cambiar el sistema educativo, a fin de promover la música clásica entre los jóvenes y confiar en que así se empiece a renovar el encanecido público de las salas de conciertos.

Más bien, la tendencia es promover el interés de los escolares por otras músicas. Debido a que el pensamiento relativista está cada vez más en boga entre los docentes y pedagogos, se ha puesto de moda enseñar a los alumnos otras músicas, a fin, se dice, de fomentar en ellos la tolerancia hacia otras culturas y tradiciones. En España, poco o nada se hace para atraer nuevos públicos a través de conciertos escolares, familiares, etcétera, un interés impuesto—la mayoría de las veces—por consignas populistas de los políticos de turno, pero que no parten de ningún criterio serio basado en el estudio riguroso sobre la forma más eficaz de atraer a niños y adolescentes al mundo sinfónico. Y aunque en otros países las orquestas realicen labores docentes más juiciosas y sistematizadas, no parece que se obtengan resultados muy alentadores para solucionar este problema generalizado en todo el mundo occidental, pues las orquestas sinfónicas, cada vez más, tocan en auditorios medio llenos de un público envejecido, que ha hecho de la asistencia a los conciertos de abono una rutina formal, tranquila y sosegada. En un futuro, y a medida que la escuela se llene de alumnos hijos de emigrantes de culturas no occidentales, la enseñanza de la música culta occidental, caso de querer impartirse, se verá contestada por las comunidades étnicas, que exigirán para sus tradiciones musicales un trato equivalente al que se da a las de Occidente. A fin de cuentas, indostanos, coreanos y vietnamitas, por ejemplo, tienen también un amplio patrimonio de música culta.

No es este el momento ni el lugar para seguir analizando la enseñanza musical , [nota 20] aunque no quiero dejar en el tintero la paradoja de una sociedad como la española, que ha sembrado de auditorios la geografía nacional—sin atender a la realidad de la demanda—y que subvenciona una importante cantidad de orquestas sinfónicas cuya implantación social es muchas veces nula, pues desarrollan su actividad de espaldas a la comunidad en que residen, mientras que los responsables de las políticas educativas de dicha sociedad y los gerentes de las mencionadas orquestas, olvidan enseñar a los más jóvenes a apreciar y degustar como algo propio, gratificante y recreativo, el rico patrimonio sinfónico europeo. El hecho de que la red de auditorios española sea relativamente reciente, enmascara la realidad de la crisis sinfónica occidental que, muy probablemente, se presentará en nuestro país antes de diez años.

Audiencias envejecidas, auditorios medio vacíos

El desinterés de la juventud occidental por los conciertos sinfónicos y el continuo envejecimiento de las audiencias, provoca una situación que preocupa en los países donde los responsables de las subvenciones públicas quieren saber la función social de éstas . [nota 21] Así, de los estudios realizados por la National Endowment for the Arts americana y por el Ministerio de cultura holandés, se deduce que las razones principales de esa desidia son de tipo demográfico y por la gran competencia entre las múltiples ofertas de distracción que se ofrecen para ocupar el escaso tiempo de ocio de que disponen ciertos segmentos de la población, precisamente los que, por educación y disponibilidad económica, deberían estar reemplazando a sus mayores. La consultora Social and Cultural Planning Office (SCP) realizó en 1995, por encargo del ministerio del Ministerio de Educación, Cultura y Ciencias de Holanda, un análisis de las causas del cambio de tamaño, composición y hábitos de las audiencias de las artes escénicas y musicales . [nota 22] Se encontró que el sector mejor educado de la población comprendida entre los 30 y 45 años tenía poco tiempo para el ocio, ya que, además de las largas jornadas de trabajo necesarias para entrar lo antes posible en la exigente carrera de las promociones profesionales, tenía que atender a los asuntos domésticos en mayor medida que lo hubiesen tenido que hacer unas cuantas décadas atrás (y mucho más que en 1935, por ejemplo). Respecto de sus gustos, ese público tiene interés por las novedades y es sensible al marketing imaginativo que se usa muchas veces para promover la diversión y el ocio. Y aunque manifiesta cierto interés por la música clásica y considera la asistencia a conciertos una actividad social prestigiosa, tiene otras prioridades, por lo que rara vez se plantean acudir a alguno. Sin embargo, a partir de los 50 años, aparece un grupo social—formado en muchos casos por retirados—que dispone de mucho tiempo libre, y lo que es más importante, al desaparecer la presión de los horarios, tiende a ocupaciones más sosegadas y físicamente descansadas. Además, estos espectadores mayores se han vuelto más pacientes y rutinarios, y han desarrollado una cierta educación humanística a través de muchos años de lectura, por lo que manifiestan un interés creciente por las actividades artísticas y culturales. Los datos holandeses indican, según esta situación sociológica, que los conciertos de música clásica están atrayendo nuevos espectadores de edades superiores a los 50 años. De hecho, es la manifestación artística que consigue más audiencia entre los mayores de 60 años que han recibido educación superior y disponen de razonables medios económicos.

Algo muy semejante está ocurriendo en Estados Unidos, donde las audiencias de música clásica están envejeciendo mucho más rápidamente que la población general , [nota 23] por lo que las orquestas se han lanzado, con nuevas ideas de marketing, a captar espectadores entre los mayores de 50 años. Si esta situación se puede generalizar a la sociedad occidental, en España tal vez fuese conveniente que el INSERSO incluyese, junto con los viajes a Benidorm y Palma de Mallorca, y los bailes para la tercera edad, cursos de apreciación de música clásica y llegase a acuerdos con orquestas y auditorios para insertar los conciertos en su programa de actividades artísticas. A fin de cuentas, cada día aumenta el número de jubilados y qué mejor que ofrecer a nuestros mayores, si así lo desean, el disfrute del rico patrimonio sinfónico de nuestra cultura.

Preservación del patrimonio sinfónico

Si las envejecidas audiencias de los conciertos sinfónicos del mundo occidental no se renuevan, o, al menos, se mantienen con nuevas incorporaciones de espectadores, peinen o no, también canas, la crisis puede acabar con muchas instituciones orquestales y reducir este género musical a una especie de museo destinado a preservar lo que fue el gran repertorio sinfónico de Occidente. Tengo para mí, en vista de los datos demográficos disponibles, que la incorporación de oyentes más jóvenes, por debajo de la edad media actual, es una causa perdida, al menos, por unos cuantos años, por lo que solamente cabe esperar que se mantenga o crezca el interés por los conciertos entre los más maduros y los nuevos jubilados, y que estos los disfruten durante mucho tiempo. Puede incluso que, dentro de un plazo más o menos largo, haya que viajar a Viena, Helsinki , [nota 24] Berlín, Munich, Ámsterdam, Chicago o alguna que otra ciudad europea o estadounidense donde aún haya orquestas sinfónicas, para oír un concierto. O que, en virtud de la globalización, el centro de gravedad de la actividad filarmónica se desplace hacia el Extremo oriente, donde los jóvenes llenan los conservatorios de tradición occidental y asisten regularmente a los conciertos, situación posible (aunque bastante improbable), ya que no sería la primera vez que una categoría cultural, un género artístico originario de una cultura se trasplantara, absorbiera, continuara e, incluso, prosperara de nuevo en otra.

Seguramente, y como afirma Charles Rosen, la tradición sobrevivirá, pues siempre habrá documentación –partituras, grabaciones, tratados de musicología, etc.– disponible, aún en el caso de que la música sinfónica desapareciera como estilo, como forma artística. Mas no será lo mismo, pues,

“Es esencialmente la naturaleza fundamentalmente insatisfactoria de la notación lo que ha permitido a los monumentos de la música occidental la supervivencia, escapar de la ruinosa erosión del tiempo. De hecho, es el antagonismo básico entre partitura e interpretación, de concepto y realización, lo que constituye la gloria de la música occidental.” [nota 25]

Si se rompiese la tradición interpretativa, se perdería la continuidad y la admirable habilidad que ha demostrado hasta ahora la música culta occidental de adaptarse a diferentes condiciones sociales e históricas, a evolucionar según los gustos y sensibilidades artísticas de las audiencias que se interesaron por ella, flexibilidad que no puede conservarse ni en fonotecas ni en bibliotecas.

¿Sería una pérdida irreparable? Para mí, y para los que hemos gozado, y seguimos gozando, ampliamente de esta música, sin duda. Para los que, entre nosotros, en nuestro país, viven a costa del presupuesto público que propicia el gran prestigio cultural de la música clásica, también; mas por razones fundamentalmente distintas. Las lágrimas de cocodrilo de algunos de ellos, sus continuas fustigaciones al público por su falta de interés en una actividad artística mal gestionada y peor difundida, o sus eternos lamentos reclamando un respaldo para sus aburridas composiciones y una consideración intelectual y artística que tantas veces no merecen, me dejan frío. Hay demasiado en juego como para hacer caso a los que se han demostrado incapaces de conservar y ampliar el gran repertorio sinfónico, una de las cumbres absolutas, junto con la ciencia moderna, de la inventiva y del ingenio que la civilización occidental ha dado a la humanidad.

Notas

20 Para el musicólogo Charles Rosen, la razón por la que los jóvenes no se acercan a las salas de conciertos es porque cada vez hay menos niños que aprenden a tocar el piano. Además, enseñar a apreciar la música clásica es una tarea de ámbito privado, más de la familia que de las escuelas. Concluye Rosen diciendo que aprender la música en las grabaciones en vez de tocándola, ha restado interés por la música en vivo (C. Rosen: The future of Music. New York Review of Books, 20 de diciembre de 2001).

21 Evidentemente, no es el caso de España, donde las subvenciones están burocratizadas y no hay interés alguno en evaluar críticamente ni sus resultados sociales ni artísticos, lo que propicia que medre el amiguismo muñidor.

22 The performing arts in an age of remote control: a study on the causes of change in the size and composition of entertainment outside the home. Social and Cultural Planning Office. Summary Cahier 117. Amsterdam, mayo de 1995.

23 Age and Arts Participation. Research Division Report #42. National Endowment for the Arts. NEA Publications. Santa Ana, CA.: Seven Locks Press, 1998. Según este informe, entre 1982 y 1997, la proporción de oyentes mayores de 60 años en las salas de conciertos, pasó del 15,6% al 30,3%.

24 Junto con Austria, Finlandia es el país con más demanda por habitante de música clásica y uno en los que ésta goza de mejor salud. No obstante, las audiencias siguen una pauta parecida a la del resto de Occidente.

25 C. Rosen: The future of Music.

(Agradezco a mi buen amigo Xoán M. Carreira el intercambio de opiniones mantenido durante la redacción de este artículo).
 

 

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