Trabajo y ocio según prédica del Sr. Buchanan

Por: Gaizka Larrañaga Argárate –
Fuente: Cuaderno de materiales N° 9 (Febrero 1999)

1- El fundamento biográfico de una tesis “económica”.

El Sr. James M. Buchanan es, además del premio Nobel de economía del año 1986, un ciudadano estadounidense «criado en una tradición presbiteriana, escocesa-irlandesa del Tennesee medio» y un aficionado a las retransmisiones televisivas de fútbol americano. Con estos elementos puede construirse un pequeño “drama psicológico” que refleja, a escala individual, la tensión entre la “ética puritana del trabajo” y el hedonismo consumista que caracteriza al tiempo de “ocio” de gran parte de la población de los “países ricos”. Veamos un planteamiento autobiográfico de esta tensión y su resolución que el mismo Buchanan nos relata: «En el fin de semana del 3 y 4 de Enero de 1987 había programados cuatro partidos de fútbol americano profesional. Me encanta ver por televisión el fútbol profesional, de modo que mis preferencias me sugerían que mirase los cuatro partidos. Pero me sentía muy culpable por estar planeando estar casi quince horas en el sillón en un fin de semana. Estaba muy preocupado ante la perspectiva de “pérdida” de un tiempo valioso. Estaba en mi casa de campo (…) y me acordé de que hacía unas semanas había recogido una buena cosecha de nueces de un árbol de mi jardín. (…) Me hice a la idea de recoger unos cuencos, tenazas apropiadas, un martillo y una antigua plancha de metal, de modo que pudiera ir abriendo las nueces mientras miraba las muchas horas de fútbol. Con los dos días acumulé varios jarros de nueces, lo que hizo innecesaria cualquier compra de nueces en el mercado. Me di cuenta(…) de que el trabajo de abrir nueces había borrado mi mala conciencia por estar mirando el fútbol por la televisión. Disfrutaba, desde luego, del espectáculo, pero al mismo tiempo estaba realizando una actividad que permitía evitar la “pérdida” completa del tiempo». Este corto relato es capaz de producir una especie de interés empático en los lectores en cuanto se situa en un plano psicológico que compone contenidos de una cotidianidad socialmente generalizada en “Occidente”. Sin embargo, este relato no se halla contenido en ninguna novela, sino en un ensayo que versa sobre la relación entre ética y progreso económico y cumple en el mismo un papel fundamental, pues la «intuición» o la moraleja que el relato suministra se traduciría en una tesis que su autor trata de reconstruir en el plano de la teoría económica, de manera que la tesis requerirá, al menos, ser reformulada de un modo que rebase el tono psicológico de la biografía individual. La traducción de la moraleja en tesis relevante para la teoría económica reza así: «Las restricciones éticas y morales sobre el comportamiento económico ejercen importantes efectos económicos. De esta tesis resulta que, debido a que tales restricciones ejercen efectos económicos, las normas o principios éticos son determinantes relevantes del bienestar de todas las personas que comparten ser miembros del nexo económico» 1. Así, pues, La superación del tono novelesco al que nos referiamos se realiza, en primer lugar, formulando como “principios éticos” las pautas de superación del “drama psicológico”, es decir, mostrando que esas pautas son normas sociales ya acuñadas en la tradición de la “ética puritana” y que se han traducido en efectivos mecanimos de socialización aún presentes en gran parte de la población estadounidense. Con el mero trascender el tono novelesco de la narración de peripecias personales no acontece, empero, el abandono de un planteamiento centrado aún en la conciencia del agente que guía su conducta de acuerdo a principios éticos que producen efectos lenitivos de la tensión psicológica propia del “holgazán”. Más aún, Buchanan no quiere abandonar este plano psicológico del agente individual, pues sus esfuerzos se dirigen justamente a mostrar que la “ética puritana” es un factor necesario en la eficiencia y el progreso del nexo económico (capitalista). En efecto, el ensayo de Buchanan es una defensa de la bondad económica de la “ética puritana” que, fundamentalmente, nos obligaría “en conciencia” a trabajar más y ahorrar más de lo que dictan nuestras simples «preferencias». El economista puede y debe, de este modo, convertirse en «predicador» de una versión restringida y laica de la “ética puritana” sin abandonar los límites de lo que su disciplina le señala como “bueno”.

Pues bien, nuestro propósito es mostrar que la “ética puritana”, tal y como la entiende Buchanan, no puede ser un fundamento adecuado o, ni siquiera, un factor decisivo del incremento o mantenimiento de la eficiencia ecónomica del “sistema capitalista”. Para ello nos centraremos en lo que sólo es un indicativo de la deficiencia de la tesis de Buchanan, a saber, su fracaso de reconstrucción de la “experiencia ejemplificante” de las nueces en el plano de la teoría económica.

2- Relación de la tesis Buchananiana con la weberiana

El objetivo de Buchanan de bendecir la “ética puritana” como a un “aceite moral” que serviría para agilizar el mecanismo capitalista y obtener así mejores rendimientos económicos, conecta con la conocida tesis de Max Weber que ve a dicha ética en la génesis del “espíritu capitalista”. A nuestro juicio, el matizado estudio de Weber, sin embargo, se apoya en un error metodológico que lastra toda la sociología comprensiva: dar prioridad en el análisis sociológico a la acción del agente individual y al aspecto “intencional” de esta acción tal y como puede ser empáticamente comprendida. De este modo, parece verosímil deducir sin más la conducta profesional del capitalismo temprano de una dogmática teológica “tradicionalista”. En realidad, la novedad de las doctrinas teológicas “reformadoras” ha sido extraordinariamente exagerada, pues los reformistas no hicieron sino recomponer elementos de la ya larga e internamente heterogénea tradición cristiana con un “espíritu restaurador” de la “primitiva comunidad de fe”. Por otra parte, no puede decirse que las raíces del capitalismo broten cronológicamente de la reforma, pues ya las grandes transformaciones del medioevo favorecen el surgimiento del “espíritu capitalista”. Sin embargo, no hay que confundir la tesis de Weber -que estrictamente sólo se refiere al papel de la ética puritana en la génesis de una conciencia profesional y de ahorro (espíritu del capitalismo) como secularización de una determinada conciencia religiosa- con la cuestión de la génesis del “capitalismo”. No puede decirse que factores distintos a los de la pura secularización de contenidos teológico-psicológicos tales como los políticos, económicos, geográficos, cientifíco-técnicos, etc. no expliquen adecuadamente la “génesis del capitalismo”, pero además todo ello explicaría, al menos parcialmente, también las propias transformaciones de la “conciencia teológica” en relación a la economía, por ejemplo, la diversa importancia de calvinistas o católicos en el desarrollo de la economía burguesa. En esta medida, el “capitalismo” explica mejor las transformaciones del psicodrama religioso puritano de lo que, por ejemplo, el dogma de la predestinación explica la ética profesional o el “espíritu del capitalismo”. En efecto, casi nada añade a la comprensión de la importancia del puritanismo holandés o inglés en el desarrollo del capitalismo el dogma teológico de la predestinación de la que se deriva la necesidad psicológica de una certitudo salutis, en cambio, el hecho de que tal necesidad se “secularice” como vocación o deber profesional no puede explicarse sin acudir a una compleja combinación de causas extrateológicas (entre ellas las económicas que suponen, a su vez, condiciones no económicas que tampoco son exclusivamente “éticas”) que favorecen esa secularización del “espíritu religioso” y determinan en parte la dirección en que esa transformación ha acontecido, pues, si se atiende solamente a factores teológico-espirituales, que sin duda han de estar también presentes y activos en este proceso genético, no se explica precisamente la razón por la que se produce una securalización y, del mismo modo, si no hay mecanismos extra-religiosos parcialmente determinantes de esa transformación de la conciencia religiosa no se explica la razón por la que tal secularización acontece precisamente en una dirección económico-profesional capitalista y no en cualquier otra dirección. Solamente atendiendo a dichos factores extra-teológicos se puede comprender la causa por la que no fue el calvinismo ginebrino sino, por ejemplo, el calvinismo de los que se lanzaron al comercio maritimo transeuropeo desde Holanda o Inglaterra sin un estricto control político del Estado pero sobre la base de un gran desarrollo de nuevas técnicas financieras, de manufactura, de navegación etc. los que cobraron más importancia en el desarrollo de un nuevo sistema económico. Así, el sistema capitalista puede, no sólo mundializarse y reproducirse en lugares ajenos al influjo de la “ética calvinista” (como el Japón), sino que puede deshacer esa misma “ética” como algo que no es estrictamente necesario ni para su desarrollo ni para su mantenimiento. Pues bien, si hemos traído a colación a Weber es porque la obra de Buchanan que nos concierne sostiene una tesis que, según confesión de su autor, es complementaria de la tesis del sociólogo alemán. Pero, la tesis de Buchanan ya no se referiría al momento supuesto de la génesis del capitalismo, marcada aún por la efectividad de los mecanismos institucionales religiosamente impregnados, ni tampoco simplemente al “espíritu del capitalismo” como “vocación profesional” que se adecua a los mecanismos trans-psicológicos del capitalismo, sino a la eficiencia puramente económica del capitalismo abstractamente considerado, por tanto, con independencia de la “fase histórica de desarrollo” del mismo. Se concibe, así, a la “ética puritana”, en primer lugar, como una garantía de eficiencia funcional del “nexo económico” capitalista y sólo secundariamente como fuerza histórica constitutiva de dicho “nexo”, si bien, en uno y otro caso se ve en esta ética un fundamento “espiritual” individualista del mecanismo económico. Esta perspectiva buchaniana no es, por tanto, meramente complementaria de la perspectiva de Weber, sino que determina importantes cambios en ésta última. En primer lugar, la “ética puritana” con la que se encuentra Buchanan está desfigurada en un mundo mucho más impregnado por el laicismo que aquel que estudia Weber, de modo que la “ética puritana” de Buchanan tiene mucho de fantasma proyectado hacia el pasado. Esta operación se adecua muy bien a la perspectiva de Buchanan que, como dijimos, trata de seleccionar solamente el “núcleo” del “puritanismo” funcionalmente compatible con la situación del capitalismo tardío y con el contemporáneo contexto socio-político estadounidense. Por eso, Buchanan se ve obligado a presentar su defensa del valor “ético” del puritanismo de un modo exclusivamente “económico”. Pero, además, Buchanan opera una selección de supuestas características del puritanismo “tradicional” que no son más que recetas del ideario del liberalismo conservador americano actual.

3- El fallido tránsito de la ética “puritana” a la teoría económica.

Ahora bien, justamente esta primacia de la “ética puritana” adaptada al ideario liberal conservador contemporáneo, que pretende justificarse por razones de mera eficiencia económica y estar por ello mismo dotada de aceptabilidad “universal”, encuentra sus mayores dificultades cuando se confronta con la pretendida “racionalidad inmanente” del “nexo económico”. Así, cuando se trata de dar pruebas de la verosimilitud de su tesis, Buchanan apela subrepticiamente a un saber moral “intuitivo” y normativamente generalizado que halla “confirmaciones” psicológicas en los lectores que han incorporado socialmente la “condena de la pereza”, mientras que desconfía del saber “análitico” de la “ortodoxia” económica que, tal vez, se guía por formas más objetivas de controlar la veracidad de sus tesis. De modo que, cuando se trata de proceder al análisis económico de sus afirmaciones, Buchanan acude a constantes “suposiciones abstractivas”, “experimentos mentales” y modelos ideales sacados de la teoría de la elección racional y de la teoría contractual de interacción. Es decir, la penetración analítica en las condiciones económicas reales, sólo puede hacerse hasta un límite compatible con los supuestos metódicos individualistas que ven en el mercado solamente un “nexo económico” resultante de la mera interacción de elecciones privadas exentas en su libertad originaria de la determinación de condiciones no reductibles a ese plano psicológico fundamental. Toda determinación que no se reduzca a esa red o “nexo” de interacciones entre agentes la considera Buchanan irrelevante para su propósito, de lo que resulta la restricción de lo económico a la forma de un mercado como conexión de elecciones individuales que satisfacen unos determinados requesitos contractuales. Un estado psicológico- por ejemplo, mi “preferencia” de 2º orden (provocada por un principio de la “ética puritana”) de abandonar mi “preferencia espontánea” (o de primer orden) de “holgazanear”- sería económicamente relevante para Buchanan si produce o favorece una acción que entra a formar parte del “nexo económico” como nuevo input del mercado, de manera que el nexo económico se revela como una estructura intersubjetiva que resulta del ajuste recíproco de los intereses individuales. Como se ve, la economía es considerada primariamente desde la perspectiva de una forma jurídica de interacción: el “mercado libre”. El análisis del trabajo y del ocio tendrán también que adecuarse a las límites de este estrecho marco que, como “lecho de Procusto”, les ha preparado Buchanan. En efecto, la admonición central de la “prédica” buchaniana (“trabajar más”) prescinde de todo aparato técnico de delimitación o medición que pueda complicar su efecto sobre el “sano sentido común”, no hay, por ejemplo, referencia al “cambio tecnológico” que tan sustancialmente transforma al sistema productivo en su totalidad; se prescinde explícitamente en el análisis “económico” de las constricciones institucionales de todo tipo que condicionan el “trabajo individual” así como de las formas de control de trabajo que hacen referencia a la calidad de lo producido o al tipo de trabajo que se realiza. “trabajar más” se torna, así, en un imperativo incondicional, pues se refiere al individuo abstracto.

Con el propósito de dar un más claro contenido económico a este marco ideal de interacción basado en la “ética puritana” Buchanan alega simplemente que un mercado así configurado tendrá la propiedad de producir un constante aumento del bienestar general (generalidad individualmente distribuida). La traducción de la suma global de elecciones de trabajar más en incremento del bienestar económico de los individuos que interactúan en el mercado se haria plausible, principalmente, mediante dos estrategias de argumentación: 1)se sugiere que son equivalentes el aumento de input de trabajo individual añadido al mercado y el output retributivo obtenido como salario por el trabajador en virtud de aquel aumento, lo que supone, a su vez, que todo aumento de trabajo operado por un individuo en relación al mercado supone un aumento equivalente de “valor económico”. Sin embargo, En el llamado “capitalismo sin trabajo más capitalismo sin impuestos” que se basa, no en la “ética puritana”, sino en la “revolución tecnológica”, en la ingeniería fiscal, en la creciente “externalización” de costes esenciales al empresario como gasto público, etc., rige menos que nunca ese ficticio juego de equivalencias. Los países de la UE, por ejemplo, son entre el 50% y el 70% más ricos que hace 20 años, pero también hay muchos más parados que entonces, en los EEUU el 10% se ha llevado el 96% del plus de riqueza, En Alemania, los beneficios de las empresas han aumentado desde 1979 en un 90%, mientras que los salarios sólo lo han hecho en un 6%. Naturalmente el problema de las medidas políticas de distribución de la riqueza, los problemas relativos a la “institución” fiscal, las transformaciones tecnológicas, la posible “globalización” de la política empresarial, etc. quedan fuera del alcance del “fundamento ético” al que metódicamente se atiene Buchanan, pero, por ello mismo, es absurdo presentar el “crecimiento económico” o la inmensidad de las diferencias de la distribución de la riqueza como mera “consecuencia económica” de la generalización de la “elección individual” de “trabajar más”; 2) La otra estrategia argumentativa principal afirma que la generalización del incremento del input de trabajo individual al “nexo económico” se traduciría en una ampliación correspondiente de este nexo del que se derivaría mayor bienestar económico general. En este punto Buchanan confunde su propia tesis con la conocida tesis de A. Smith que atribuye a la división del trabajo la virtud de ampliar el mercado, pero una cosa es el mero “trabajar más” del premio Nobel y otra bien distinta es la especialización del trabajo de Smith. Así, Buchanan parece confundir a veces el mero entrar en el “nexo económico” que acaba con la autarquía económica con la división del trabajo en el interior del “nexo económico”. En efecto, el barbero del Oeste americano que hacía también las labores de cirujano y dentista cumple con el simple imperativo buchaniano de “trabajar más” que el que sólo se dedica a rasurar barbas, pero, este trabajador pluriempleado, al no especializarse en su trabajo, no amplía el mercado en el sentido de Smith. Es decir, la segunda estrategia de justificación “ecónomica” del principio “trabajar más” consiste en confundir éste con un principio distinto de A. Smith para derivar de él consecuencias que se atribuyen al primer principio.

4- El fundamento “económico” del psicodrama buchaniano

Si el trabajo se define como actividad que refuerza (o amplía) el “nexo económico” el ocio consistirá en retirar esfuerzo del mercado o en no incorporarlo a él. Tal es la definición “específica” del ocio que ofrece Buchanan. El ocio es, de este modo, algo que señala los límites exteriores de la economía de mercado (todo esfuerzo productivo autárquico es identificado en este sentido como “ocio. De ahí la importancia de que en ese ámbito de la decisión personal impere la “ética puritana” que obliga al individuo a trabajar, es decir, a incorporar esfuerzo al “nexo económico” en lugar de elegir quedar “ocioso”, es decir, quedar al margen de la interdependencia económica capitalista. Ahora bien, puesto que este sistema de interdependencia económica excede con mucho los estrechos límites Buchanan le asigna, no sólo la “decisión” de “trabajar más” (o lo que es lo mismo de acortar el tiempo de “ocio”) depende decisivamente de factores que la teoría de la elección racional no contempla, sino que el sistema de interdependencia económica incluye dentro de su esfera, y precisamente como actividad, variables importantísimas, como el consumo, que sólo pueden acontecer en el tiempo de “ocio”, es decir, en aquello que se nos quería presentar como algo exterior a lo económico. De este modo la coacción del sistema económico invade, no sólo la decisión ética de “trabajar más”, sino también aquello que se presenta, por ejemplo, como “preferencia” espontánea por holgazanear. Los participantes en el sistema económico contemporáneo adecuan sus “decisiones” de un modo no consciente al doble imperativo de una disponibilidad motivacional ascética ante el mercado de trabajo y una actitud hedonista ante el mercado de consumo que moldea su ocio. La fractura social decimonónica que obligaba al obrero industrial al sobretrabajo y a la austeridad, mientras obligaba al burgués al se reproduce hoy bajo la apariencia de fractura psicológica en una población que es a la vez “activa” y “consumista”. Ante este malestar “esquizofrénico” del consumidor individualista que trabaja para satisfacer las demandas de un ocio adaptado al mercado de consumo, la “ética puritana” ofrece la promesa de una sutura psicológica evocando una vida atenida al duro trabajo “espiritualmente” reconfortante y a la austera administración de las necesidades “naturales”. Pero el bienestar que el “puritanismo” de Buchanan ofrece puede medirse, no según parámetros económicos, sino parámetros psicológicos que se refieren a la administración de un ocio idiotizado, pues mientras el sobretrabajo decimonónico ha sido reglado “institucionalmente” en la legislación laboral, el “sobreconsumo” no parece enfrentarse a otra alternativa que a un control “responsable” del propio consumidor que se atiene a principios de austeridad y de actividad voluntaria. En este sentido la “ética puritana” puede ser un lenitivo de la “conciencia consumista”, pero en tanto esta alternativa no traspasa los límites de la psicología social no puede contrarrestar eficazmente las coacciones del sistema económico. Esto se ve con claridad si analizamos atentamente la experiencia con las nueces de Buchanan que contradice de hecho las tesis económicas que este mismo autor pretende haber derivado de ella. En efecto, lo que allí se describe como “trabajo” (abrir las nueces) es, de acuerdo a la propia definición buchaniana de este término en el sentido específico de su disciplina, una “actividad extraeconómica” (“ocio”), pues esa actividad no entra a formar parte del nexo de interdependencia económica, sino que sólo sirve para un fin estrictamente privado, es decir, aminorar el propio sentimiento de culpa por mirar los partidos de fútbol americano. Al contrario, esta última actividad no revela meramente una “preferencia” del individuo ajeno a la interdependencia económica, pues sin la “elección racional” de una suma considerable de individuos que siguen los partidos el “mercado” del fútbol americano se colapsaría como sub-sistema económico. En efecto, si fuera consecuente con las definiciones específicamente económicas que formula, Buchanan tendría que llamar “actividad ociosa” a su privada ocupación de abrir nueces tal y como llama “ocio” en el mismo sentido al solitario esfuerzo de subsistencia de R. Crusoe en su isla, mientras que debería llamar “trabajo” a mirar los partidos, pues con ello el espectador entra en el sistema de interdependencia económica como consumidor. Es decir, tales definiciones específicas de “trabajo” y “ocio” que pretendían ser consecuencias económicas de una premisa ética, contradicen a esta premisa (luego no pueden ser consecuencias de ella), pero, el ser consecuente con sus conclusiones obligaría a Buchanan a condenar sus “experiencias puritanas” y el bienestar psicológico que ellas le reportan. En realidad la satisfacción de su preferencia espontánea resulta más provechosa, vista desde los intereses de una economía de mercado, que su “prédica”, pues como espectador favorece al “nexo económico” mientras que como abridor de nueces sólo pacifica su conciencia. Así, el premio Nobel, si bien se comporta como un elector racional respecto al mercado de consumo, pierde el derecho a ser pagado como “predicador”, pues: «Todos debemos pagar al predicador, pero sólo si predica lo que sostiene y promueve nuestros intereses económicos. 2»

Notas:

1.- James M. Buchanan, “Ética y progreso económico”, Ariel, 1996, p. 13.

2.- Ibid. p. 83.

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