La ciencia como real maravilloso

Por: Roberto Follari *
Fuente: http://www.isepci.org.ar

Profesor titular de Epistemología. Univ. Nacional de Cuyo (Mendoza, Argentina)

La ciencia es una producción, una construcción: por tanto, de ninguna manera una simple constatación de algo pre-constituido. Y, a partir de allí, que en realidad -al decir del filósofo Heidegger- la ciencia es un fruto del platonismo. La ciencia sería resultado de las tendencias espiritualizantes propias del pensamiento occidental postulado por los griegos (tras destronar a los sofistas): de modo que su exactitud, su supuesta certidumbre, no serían otra cosa que la negación cerrada de la falibilidad, la imposibilidad de aseguramiento, y la contingencialidad propias del conocimiento -y el acontecer- humanos.

Nada más exacto y objetivo que el conocimiento científico, según las versiones aceptadas por el sentido común de los científicos mismos. Nada más parecido al “dibujo natural del mundo”que el mapa que ofrece la ciencia, según las difundidas tesis de las epistemologías más anticuadas y -sin embargo- más conocidas, al menos en Argentina [ Nota 1 ]. La pereza del pensamiento y la apelación a la intuición sensible -lo cual son dos modos de decir lo mismo [ Nota 2 ] -, se imponen masivamente para hacernos creer que el conocimiento científico es una especie de fotografía de la realidad, una copia pasiva de sus características intrínsecas. Esto oculta el hecho de que la ciencia es una producción, una construcción: por tanto, de ninguna manera una simple constatación de algo pre-constituido. Y, a partir de allí, que en realidad -al decir del filósofo Heidegger- la ciencia es un fruto del platonismo. La ciencia sería resultado de las tendencias espiritualizantes propias del pensamiento occidental postulado por los griegos (tras destronar a los sofistas): de modo que su exactitud, su supuesta certidumbre, no serían otra cosa que la negación cerrada de la falibilidad, la imposibilidad de aseguramiento, y la contingencialidad propias del conocimiento -y el acontecer- humanos.

La ciencia puede así ser advertida en lo que tiene de “objetivación”, más que de “objetividad”; es el fruto de una cierta forma de poner los objetos en perspectiva, de captar sus aspectos legaliformes y repetibles, de modo de hacer desaparecer de la percepción aquello que -visto como desordenado- queda fuera de dicho campo de estipulación previa.

Si hacemos caso a lo que se abre desde una posición como la que hemos brevísimamente delineado (desarrollarla implicaría un trabajo más largo que el que cabe a esta publicación), caerían toda una serie de supuestos que suelen darse por obvios, y pretendidamente “naturales”:

La ciencia no señala cómo son los hechos; sólo el comportamiento ideal de leyes que en la realidad fáctica nunca se dan aisladas [ Nota 3 ]. Es decir: la ley de la gravitación universal se cumple, pero siempre existen resistencias a la caída de los cuerpos; muy claro resulta el caso de los planos inclinados, o las variaciones de temperatura de hervor de los líquidos de acuerdo a la altitud, etc. En una palabra: las leyes científicas nunca surgen de una simple lectura inmediata del comportamiento de lo real.

La ciencia no “dice lo real”, sino que lo explica por medio de teorías. Ello implica que la ciencia no surge de la observación -según a menudo se cree [ Nota 4 ] – sino que implica siempre la existencia de supuestos previos que son puestos a contrastación por vía de la experiencia. Este es uno de los puntos que más contradicen la supuesta evidencia: como “lo real no habla” [ Nota 5 ], sólo se hace inteligible en orden a los interrogantes conceptuales que se le formulan.

En continuidad con el punto anterior, la ciencia implica apelar a teorías, y ello a provocar recortes empíricos disímiles. Dicho más fácilmente: la observación no es neutral ni objetiva, se capta diferencialmente de acuerdo con cuáles son los supuestos -explícitos o no- que ordenan la mirada del observador. De modo que sólo para aquellos que convencionalmente se han puesto de acuerdo sobre los criterios y protocolos observacionales, cabe establecer luego bases intersubjetivamente válidas para observaciones en las que pudieran acordar los tipos de descripción empírica. A teorías (o a “paradigmas”) diferentes, corresponden recortes empíricos diferentes (modalidades disímiles de clasificación, por ej.).

Teorías diferentes implican también categorías de análisis disímiles en relación a “los mismos”objetos del mundo (en realidad, al categorizarlos diferencialmente deja de ser factible tomarlos simplemente por “los mismos”) [ Nota 6 ]. Es decir: se plantea la cuestión de la diferencia de lenguaje entre teorías. Si -como toda la concepción pragmática del lenguaje muestra [ Nota 7 ] – el lenguaje no refiere inmediatamente a lo real, sino lo hace por mediación de condiciones socioculturales específicas, cabe establecer que no existe un lenguaje neutro interteórico que pudiera remitir directamente a lo real para resolver diferencias, o para permitir comunicación fluida. Ello lleva al tema de la “inconmensurabilidad”entre teorías [ Nota 8 ] o paradigmas, que planteara Kuhn: dos teorías diferentes se sostienen en supuestos diferentes, y ello implica -por ej.- diferencia en cuanto a qué se entiende por ejemplo relevante, qué por prueba empírica suficiente, etc. La consecuencia es evidente: dos teorías no pueden resolver argumentativamente sus diferencias, ni tampoco empíricamente, dado que sus protocolos de validez son no/homologables. La ciencia crecerá -muestra Kuhn- en razón de su posibilidad de resolver problemas, no de su mayor racionalidad en función de algún supuesto patrón neutro de lo que se pudiera entender por esta [ Nota 9 ].

No existe “el” método científico, fetiche preferido de la mitología científica. El método depende del específico objeto, y por ello es variable en cada caso. Imposible practicar con el experimentalismo en Antropología, o para realizar el análisis clínico en Psicología o Medicina. Las ciencias no comparten un método -como machaconamente insiste el positivismo en retirada [ Nota 10 ] -, sino la rigurosidad metódica (respecto de la coherencia interna, la postulación de teorías públicamente expuestas, la contrastación empírica, el alcance del contenido empírico, etc.). Como bien se ha señalado, la insistencia en la cuestión del método suele esconder la incapacidad para advertir los problemas epistemológicos de fondo en la construcción de la ciencia [ Nota 11 ].

Las teorías científicas no están comprobadas, en tanto son imposibles de comprobar. Ya lo mostró sobradamente Popper [ Nota 12 ]: en tanto los casos nunca pueden agotarse, siempre una teoría podría hallar un futuro contraejemplo. Podría establecerse una teoría como falsa, pero es imposible demostrarla verdadera. De modo que someter las teorías a contrastación empírica es sin duda necesario, pero no permite asumir como válida la teoría que pase positivamente la prueba. Es más: varias teorías pueden resistir las mismas pruebas empíricas positivamente, ser coherentes con ellas, sin ser teorías equivalentes o coextensivas. Esto haría que hubiera “más de una teoría verdadera sobre el mismo objeto” [ Nota 13 ], y que la prueba empírica no funcione como supuesto “experimento crucial” definitorio, como se pensaba desde el Círculo de Viena (fundador del positivismo lógico).

La ciencia no progresa linealmente, sino por rupturas. Es decir: una nueva teoría habitualmente plantea corte, no continuidad con la anterior. Así, la ciencia no devela gradualmente una realidad pre-dada cuyas características van apareciendo cada vez más, sino define tal realidad en cada caso diferencialmente según el tipo de aproximación teórica [ Nota 14 ]

Una teoría científica no se cae por un contraejemplo. Lejos de la imaginería experimentalista, se ha mostrado que una teoría resiste casos adversos, hasta tanto exista otra mejor que sea capaz de resolverlos. Ninguna teoría cae hasta que exista otra que la reemplace, por lo cual una teoría se sostiene mientras sus contrajemplos sean escasos, y resulte heurísticamente útil en la resolución de problemas de investigación [ Nota 15 ].

Los científicos no son grandes racionalistas dedicados a la cuestión de confirmar o refutar teorías, sino hombres ligados a la resolución de problemas concretos de investigación, que suelen ser inconcientes de los supuestos teóricos de su actividad. Es esto lo aportado por la noción kuhniana de “paradigma”, y ayuda a demitificar la noción de lo que son los científicos, su actividad y sus productos. La mayoría de los científicos cree habérselas directamente con la realidad, no asume estar mediado por supuestos conceptuales específicos.

Los científicos -en consonancia con lo anterior, y en contra de posiciones como la de Popper- no es un desinteresado buscador de verdades, sino un sujeto socialmente condicionado que busca, en primer lugar, legitimarse dentro de la comunidad científica. El elemento objetivo de su posición no es la referencia a una realidad incontaminada, sino a una situación social objetiva dentro de un campo de relaciones de poder en el aparato institucional de los científicos, el “campo”(Bourdieu). Los científicos no buscan abstracto conocimiento, sino concreto reconocimiento [ Nota 16 ].

Las posiciones que se tome en las querellas de interpretación científica, están condicionadas por el lugar relativo que se ocupa dentro del espacio social global, y también en el espacio de las jerarquías científicas. Las tomas de posición en el campo del conocimiento están afectadas por situaciones contextuales ajenas a lo científico mismo, de las cuales a menudo el científico no es conciente [ Nota 17 ].

En fin, podríamos continuar atentando contra los prejuicios constituidos sobre la ciencia. Advertir su relación con la dominación y el poder (Foucault, Escuela de Frankfurt), enmarcarla en relación a intereses específicos que condicionan su tipo de perspectiva (Habermas), insistir en su actual creciente y peligrosa puesta al servicio de necesidades pragmáticas del aparato político y económico (Lyotard). O adentrarnos por la ruta que muestra que los sistemas físiconaturales también son productivos, y por ello no limitables a la explicación causalista clásica (Prigogyne): lo cierto es que los caminos están lejos del bostezo positivista que aún habita la mentalidad de un amplio campo de los científicos prácticos. A estos, les cabe todavía a pleno la frase que -en un ámbito de influencia diferente- sostenía C.Marx: “lo hacen, pero no lo saben”.

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