Los límites filosóficos del liberalismo

Por: Miguel Ángel Pérez Pirela
Fuente: Rebelión (18.04.08)

Segundo límite del liberalismo
Síntomas disfrazados de diagnósticos: la propuesta política del liberalismo

Pero detrás de dicha moral de la autenticidad se esconde una propuesta política. De hecho, el instrumento político del narcisista contemporáneo no es otra cosa que el capitalismo. Hemos de notar entonces que detrás de un argumento moral (el ideal de la autenticidad) se esconde un argumento político (el capitalismo) y que éste último, más que ser político, es económico.

Podemos considerar a Robert Nozick como una de las figuras emblemáticas del liberalismo de derecha o libertarismo actual. Este propone una pauta capitalista compuesta por el libre mercado y la limitación del Estado. Pero las razones que da Nozick para justificar el capitalismo son por lo demás radicales.

Muchos suponen que el implante del capitalismo obedece a razones de orden productivo, es decir que asumen el problema desde un punto de vista económico. Otros plantean que la pauta capitalista funciona como un medio eficaz para evitar la tiranía, encontrando en éste una solución política. Pero para Nozick estas dos vertientes del capitalismo son contingentes en cuanto ven en las soluciones capitalistas instrumentos en pro de fines económicos y políticos. Lo específico del liberalismo de derecha de Nozick va más allá de los dos puntos anteriores, afirmando que el libre mercado es algo intrínsecamente justo y, más aún, que la puesta en práctica del mismo obedece a una cuestión de derechos connaturales al individuo.

De todo lo antes dicho resulta que la propuesta libertarista que promueve el Estado mínimo, el libre mercado y la institución de un cierto tipo de derechos de propiedad del individuo, va más allá de todo ello, presentándose como una visión intrínseca de todo lo que el individuo es, proponiéndose entonces como meta el vasto territorio de la naturaleza misma del individuo.

Pero analicemos más de cerca los elementos principales de la propuesta liberal de autores como Nozick que, sin duda alguna, funciona como base teórica de eso que en el plano económico llamamos el neoliberalismo.

La dogmatización de los derechos individuales

La teoría de Nozick limita toda la dimensión individual y social del individuo al respeto por los derechos individuales, considerados como «derechos negativos»1. Los derechos de los cuales habla Nozick no proponen nada que no sea no pasar sobre ellos. A partir de los mismos se crea una «libertad negativa» la cual parece ser sólo el resultado de la prohibición por parte de los otros de intervenir en mis decisiones personales.

Según la teoría, la radicalidad de los derechos no debe ser valorada en consideración con las situaciones existentes, ni mucho menos en relación con las situaciones que se derivarán de la aplicación de los mismos. Juzgarlos de ese modo sería una acción utilitarista. Toda acción realizada, independientemente de los motivos por la cual fue realizada y del ambiente que la determinó, será juzgada sólo en relación a los derechos ya establecidos antecedentemente por el libertarismo.

A partir de este consecuencialismo implícito a la teoría surge el argumento del mercado. El mercado de Nozick puede ser definido como deontológico. Éste se justifica a partir del hecho que se presenta como la única institución económica coherente con la tutela de la igual libertad negativa para los individuos2. De hecho, de la dogmatización de los derechos individuales y de la fundación de los mismos en el mercado surge su propuesta del Estado Mínimo como solución política.

El mini del Estado y el hiper de los derechos

Nozick afronta la cuestión política a partir de su propuesta de un Estado mínimo. Según su modelo del «anárquico individualista» el planteamiento de la existencia de un Estado es «intrínsecamente inmoral» en cuanto: (a) Establece un monopolio del uso de la fuerza. (b) Castiga a aquellos que traten de violar ese monopolio. (c) Obliga a todos los individuos a ampararse en su protección. (d) Obliga a algunos a proveer los medios para proteger a otros según una pauta redistributiva.

De ello surge una conclusión categórica: plantear la existencia de un Estado quiere decir contradecir las necesidades básicas de las libertades individuales a través de la asignación de derechos exclusivamente individuales a una institución monopolizadora.

La posición sostenida por este defensor del Estado ultramínimo será congruente, si su concepción de derechos sostiene que forzarle, a usted, a contribuir al bienestar de otros, viola sus derechos; mientras que, el que alguien no proporcione a usted las cosas que necesita imperiosamente, incluyendo cosas esenciales para la protección de sus derechos, no viola por sí mismo sus derechos, aun si esto evita que sea más difícil para alguien violarlos3.

Eso que parece ser el respeto absoluto por la autonomía de cada individuo, a través de la imposibilidad de establecer obligaciones que no salgan de su esfera individual, traería consigo precisas consecuencias prácticas en el plano político y social:

Por ello no hay educación pública, ni atención sanitaria estatal ni cuidado del transporte, caminos, o parques. Todas estas actividades implican una tributación coercitiva sobre cierta gente en contra de su voluntad, lo que vulnera el principio de que «a cada uno como escoja, a cada uno según ha escogido»4.

Resultados de la propuesta política del libertarismo de Nozick
La desigualdad social y la inseguridad social

No siempre las prerrogativas impuestas a partir de una posición individual llevan a resultados positivos para el individuo o el grupo interesado. Es por ello que, incluso para el bien individual, las acciones en el campo político se deben desarrollar siempre a partir de un dato concreto que presuponga a todos los otros.

La inaplicación de este criterio nos lleva a un resultado observable en muchas ciudades del mundo en las cuales: (a) la puesta en práctica de exageradas políticas de libre mercado respetuosas de los derechos del individuo que, en cuanto tales, anulan la intervención redistributiva de los bienes en manos de poco, (b) han llevado a una desigualdad social que, a su vez, se hace tangible en (c) una inseguridad social atroz, que lleva por una parte a (d) medidas de seguridad privadas que hacen encerrar a los más privilegiados en urbanizaciones-cárceles y por otra (e) llevan al Estado a la práctica de medidas policiales y judiciales exageradas de carácter punitivo que tienen como mira a los presuntos sospechosos, es decir, a aquellos que poseen menos recursos.

Es importante notar que estas últimas medidas (e) se presentan entonces como las novedosas y sofisticadas soluciones a los problemas de inseguridad, diferencia social y atomismo social; cuando en realidad es el punto (a) el problema. Muchas de las soluciones liberales de nuestros días se presentan entonces como «síntomas disfrazados de diagnósticos»5. Es ilógico querer establecer políticas económicas y sociales basadas en el individualismo y querer resolver los inconvenientes que derivan de las mismas mediante medidas de represión. La solución se encuentra más bien en la puesta en práctica de verdaderas políticas sociales, no sólo de la redistribución de bienes, sino también de las libertades de los menos favorecidos. Igualdad y libertad van de la mano en cuanto una libertad neutral y desmedida, típica del capitalismo libertarista, lleva a una desigualdad que no permite el desarrollo de las posibilidades del individuo, quitándoles la libertad a los mismos; pero de igual modo una igualdad absoluta, típica de un Estado paternalista-perfeccionista, arrebata las diferencias naturales de cada uno, dejándolos sin sus libertades fundamentales.

La unión inusual: el liberalismo paternalista

Actualmente la confusión en el campo político ha llegado a niveles tales que derecha, izquierda, liberales, conservadores, democracia social, Estado mínimo, Estado paternalista, etcétera, parecen ser apelativos sin ninguna definición precisa. Ello gracias a una desconcentración en relación a las razones que fundan el liberalismo que hoy muchos critican sólo desde el punto de vista económico. Más allá de los partidos y las tendencias políticas particulares existe hoy día un modelo de Estado en las democracias occidentales con características comunes. Dicho Estado en sus propuestas políticas aplica de más en más un mínimo de redistribución social y de intervención en el mercado, y un máximo de intervención policial y procesos jurídicos.

Esta corriente viene catalogada como «liberal» en cuanto estableciendo un mínimo de intervenciones en el plano de los cambios económicos da lugar al crecimiento del mercado privado y, por ende, al incremento del capital privado. Desde este punto de vista el Estado se presenta como un Estado débil.

El problema está en que por otra parte se desarrollan políticas estatistas que presuponen una exagerada intervención estatal, y que se ven reflejadas en la acción contra la inseguridad, a través de políticas de mano dura policial y de leyes fuertemente punitivas que hacen del Estado un Estado fuerte.

Los proyectos de privatización de la educación ofrecen, por ejemplo, ventajas a los intereses individuales, obligando al Estado a no encaminar políticas perfeccionistas miradas a «educar ideológicamente» a los individuos, lo que para el libertarismo significaría dejar intactas sus libertades. A través de estas medidas el Estado sería entonces de nuevo Estado débil.

Pero por otra parte vienen invertidas grandes cantidades de dinero para preservar las «garantías» en relación a la «soberanía del Estado», a través de la compra o producción de armas de guerras y la puesta en práctica de duras políticas de inmigración, medidas a través de las cuales los individuos y el mercado son asegurados contra el peligro de una inestabilidad que venga del exterior. Podemos decir sin lugar a dudas que estas medidas hacen y presuponen entonces un Estado fuerte.

Podríamos hablar entonces de un proceso contemporáneo a través del cual nos vamos acercando cada vez más a la creación de una definición de Estado que en sí misma posee dos términos aparentemente incompatibles: liberalismo paternalista. Dicho Estado reposa en una concepción negativa de la libertad y los derechos individuales.

El problema radica en que una libertad, defendida como el valor que vale la pena de ser instituido, si deja de un lado una rectificación de las diferencias económicas y sociales entre los individuos, lleva irremediablemente a la supresión de la libertad misma.

De todo esto surge entonces un liberalismo paternalista, es decir, la mezcla de un Estado débil y un Estado fuerte, liberal y conservador que se transfigura sólo para asegurar la libertad del mercado (liberalismo) y suprimir los efectos negativos en la esfera social (paternalismo) a través de duras políticas de control judicial y policial. En teoría, un Estado débil que libere el mercado y un Estado fuerte que luche contra los posibles peligros que vengan de las víctimas de dicho mercado.

Conclusión: la imposición de nuevos valores políticos y la confusión contemporánea
MacIntyre es muy claro en su refuto total contra eso que él llama el «orden económico moderno», por ser éste una de las causas más efectivas del individualismo actual. Su refuto se ve reflejado sobre todo en el progreso inminente de dicho orden en relación a un «afán adquisitivo» y «su elevación de los valores del mercado al lugar central de la sociedad»6.

La política libertarista trata de imponer a través de la supuesta defensa de la libertad, valores nuevos relacionados con el mercado. Mas ¿Cómo podemos resumir la libertad humana a la libertad de intercambiar productos?, ¿cómo podemos limitar la justicia a la libertad de realizar estos intercambios privados? Resulta claro que detrás de las posibles respuestas que pueda dar el libertarismo a estas preguntas, se encuentra la institución de una nueva escala bien precisa de escondidos valores, explicados en la primera parte de esta reflexión.

Más allá de lo que nos puedan decir estas teorías en relación a la neutralidad y a la ausencia de valores, no parece muy complicado enunciar el nuevo valor que proponen: el nuevo hombre económico-individualista.

El punto de partida de esta institución de nuevos valores parece ser la confusión de ideas y valores. Como ya lo dijimos, en la teoría libertarista la dictadura del libre mercado es defendida a partir de derechos individuales, que entre otras cosas se presentaban como connaturales a cada uno de los individuos y cuya defensa se resumía en los derechos de propiedad. Toda esta unión inusual de derechos naturales, justicia, mercado y política capitalista, deja como saldo provisorio una confusión generalizada de lo contemporáneo.

En este sentido la confusión actualmente existente, encarnada en la política libertarista, ha llegado a hacer del amplio horizonte de la libertad un sinónimo de la realidad circunscrita del mercado libre capitalista.

La confusión de frente a la cual nos encontramos ha separado en fin de cuentas el ámbito individual del ámbito social, y con esto ha dejado la política fuera del alcance de las relaciones entre un yo y un tú real, haciendo de la sociedad una suma de individuos, un 1+1 que nunca dará como resultado un 2. La fragmentación es entonces el saldo, aparentemente definitivo, que nos ha dejado la modernidad.

Todo esto lleva en definitiva «a que la política moderna no pueda ser asunto de consenso moral auténtico. Y no lo es. La política moderna es una guerra civil continuada por otros medios»7. Como lo afirma Charles Taylor, «no podemos abolir el mercado, pero tampoco podemos organizarnos exclusivamente mediante mercados»8. De llevar a cabo políticas libertarias fundadas únicamente en el mercado y el capital iremos irremediablemente a un modelo fundado en la fragmentación social y el individualismo. Para terminar es necesario recordar a todos aquellos que ven el mercado capitalista como un remedio contra el peligro que representa la tiranía del Estado que, hoy día, «el peligro no lo constituye el despotismo, sino la fragmentación».

NOTAS

1 S. Veca, La Filosofia politica, Roma – Bari 1998, 80.

2 S. Veca, La Filosofia politica, 79.

3 R. Nozick, Anarchy, State, and Utopia, New York 1974; trad. castellana, Anarquía, Estado y utopía, Buenos Aires 1991, 42.

4 W. Kymlicka, Contemporary Political Philosophy. An Introduction, Oxford 1990; trad. castellana Filosofía política contemporánea. Una introducción, Barcelona 1995, 112

5 A. MacIntyre, After Virtue. A Study in Moral Theory, London 1981; trad. castellana, Tras la virtud, Barcelona 2001, 142.

6 A. MacIntyre, Tras la virtud, 312.

7 A. MacIntyre, Tras la virtud, 310.

8 CH. Taylor, La ética de la autenticidad, 136.

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