Nociones de juventud

Por: María Iciar Lozano Urbieta*
Fuente: www.libertadeslaicas.org.mx

Artículo publicado en la revista “Última Década”, N° 18, CIDPA, Viña del Mar, Abril del 2003 (Pags 11-19)

     1.- EL SURGIMIENTO DEL CONCEPTO

LA BÚSQUEDA DE UNA definición de lo juvenil ha quedado tradicionalmente sin respuesta satisfactoria. Situar al objeto de la búsqueda no es sencillo, porque éste es uno desde el punto de vista de la biología, y es otro si hablamos de una cualidad social, psicológica o fenomenológica.

Algunos han definido a los jóvenes como aquellos que ya no pueden seguir siendo considerados niños, pero que todavía no son adultos. Otros, como Bourdieu,1 remiten la juventud a las relaciones de poder entre las generaciones, es decir, los jóvenes son los que luchan por el poder frente a los viejos. Los teóricos del desarrollo humano coinciden en que la juventud es el período de la vida que con mayor intensidad evidencia el desfase entre las dimensiones biológicas, psicológicas y socioculturales.2
La problemática generacional es un fenómeno reciente en los países latinoamericanos. En el medio rural de principios de siglo, las generaciones se integraban a las responsabilidades de la vida adulta a través del trabajo familiar y del matrimonio. Los procesos de urbanización
y las legislaciones, al mismo tiempo que los requerimientos de incorporación y capacitación laboral, fueron estableciendo marcos simbólicos y normatividades cada vez más marcados en torno al ser joven.

Tradicionalmente, el imaginario sobre este ser joven revestía a los sujetos de un rol de menores, no sólo en la capacidad de asumir responsabilidad legal, sino también en la capacidad de entender, actuar y ejercer el carácter de sujetos. La adolescencia y juventud se entendieron como etapas de paso y transición, poco relevantes en sí mismas y solamente redituables como inversión social para el futuro de largo plazo. En este contexto, el ejercicio de derechos ciudadanos fue considerado como un ámbito irrelevante.

Durante el período de modernización de muchos países latinoamericanos,
en las décadas de los sesenta y setenta, los hombres jóvenes se fueron insertando directamente en los empleos abiertos por la industrialización, en instituciones de educación e instancias de capacitación.

Las mujeres jóvenes se insertaron particularmente en estas últimas, sosteniendo desde el espacio doméstico la inserción de los varones. Fue hasta las décadas de los ochenta y noventa que ellas accedieron a los empleos y entonces se marcó para ellas una etapa de juventud diferente a la anterior. Se pospuso la edad del matrimonio y la principal demanda del momento fue la educación. La masificación de ésta en los países corresponde a la demanda. El otro componente nuevo era el tiempo libre, que permitió que la juventud respondiera a los programas que los gobiernos populistas orquestaron para esta generación.

2. LAS REPRESENTACIONES DE LA JUVENTUD Y SU CONTEXTO

Las posturas más difundidas conciben lo específicamente juvenil como una etapa caracterizada por los desajustes, crisis o conflictos que se deberán resolver al llegar a la adultez. En esta visión, la juventud aparece como un tiempo del desarrollo humano con características casi universales, ajena a las circunstancias sociales, políticas y económicas del entorno. Hay quienes cuestionan que en los medios rurales, o en los urbanos populares, exista realmente este período de transición, o bien lo relativizan considerándolo un período breve de la vida a partir de la pubescencia. Por el contrario, en las clases medias y altas urbanas, se reconoce que este período es amplio y de hecho parece haberse prolongado.

Podríamos hablar de cuatro tendencias que han marcado las representaciones de lo juvenil, frecuentemente desde el mundo de los adultos y casi siempre desde la perspectiva institucional.

Una tendencia concibe la juventud como una etapa desprovista de valor real por su carácter transitorio, y que no merece una inversión significativa de preocupación y de recursos. La juventud solamente adquiere su sentido en el futuro, y por ello a los jóvenes hay que contenerlos mientras llega su sensatez en la edad adulta.

Otra tendencia es pensar que la población que atraviesa por esta etapa solamente tiene condiciones para absorber recursos, pero no para aportar ni cultural ni socialmente a los procesos de desarrollo de la sociedad. Se ve al sector como una carga y a veces como una afrenta a la cultura, no como una riqueza. Se tiende a percibir que la sociedad adulta hace un favor a los jóvenes al aportar o consentir recursos especiales para ellos, y cualquier demanda adicional se considera desproporcionada.

Una tercera forma de percibir a la juventud es la de idealizar a los jóvenes, ya sea colocándolos en el plano de lo peligroso para ser dominados, convertidos o contenidos, o bien situándolos en plano de lo puro y frágil. Esta percepción representa una forma de no querer ver la realidad de la juventud.

Una cuarta tendencia, que está presente en todas las anteriores, es la de homogeneizar a la juventud como si en todas partes las personas de una determinada edad fueran iguales, tuvieran las mismas necesidades o se debiera esperar lo mismo de ellas.
Dos retos aparecen en el esfuerzo por superar estas cuatro tendencias: por un lado, establecer cuáles son los límites de la juventud, y por el otro, definir las formas y categorías que permitan el ordenamiento de la heterogeneidad que encontramos en esta etapa. Solamente así se pueden definir necesidades y objetivos de una intervención.

En relación al límite inferior, es decir, al comienzo de la adolescencia, el criterio tiene que ver con el desarrollo de cambios físicos, como indicadores de la aparición de las funciones sexuales y reproductivas. Aquí la edad propuesta como inicio de la adolescencia varía desde los 9 a los 12 años. Es interesante señalar que a pesar de este criterio, la sexualidad y su ejercicio quedaron excluidos de las tareas o actividades propias de la adolescencia, considerándose propios de la juventud o edad adulta, aunque evidentemente esto no es así.

En relación al límite superior, el criterio tiene que ver con la capacidad de la persona joven para establecer un hogar independiente, un trabajo que le permita independizarse, o con la finalización de sus estudios. La edad en donde se coloca varía entre los 25 y los 30. Estos criterios ya no son biológicos sino sociales y económicos. Por ello, es necesario contextualizarlos de acuerdo a otras variables.

      3.- ADOLESCENCIA Y JUVENTUD

Una diferenciación que ha adquirido consenso es la establecida entre los conceptos de adolescencia y juventud, tomando como marco cronológico para la adolescencia de los 10 a los 16 ó 18, y de los 18 a los 30 para el período de la juventud.

En el plano de lo sociopsicológico, existen muchas interpretaciones sobre la diferencia entre la adolescencia y la juventud. Se considera que en la adolescencia se depende en mayor o menor medida de la familia, la escuela, y de otras instituciones. La identidad se va construyendo a medida que aparecen las manifestaciones biológicas de la pubescencia, el cuerpo y sus comportamientos se transforman y se vivencian éstos a través de las percepciones y las ideas de los otros. Sin ser un cambio abrupto, aquellos que ya hicieron el tránsito lo expresan como un antes y un después. Son los demás quienes a partir de la edad y los cambios observados deciden que ya se hizo el tránsito de la adolescencia a la juventud.

Se ha planteado también que alcanzar el carácter de joven implica la concientización de sí mismo en relación al mundo. Las persona joven dependerá de su familia en mayor o menor medida, según él o ella lo quieran o puedan hacer. Su asistencia a clases, su inclusión en procesos
productivos, su deseo sexual y hasta de reproducirse, su preferencia política, su participación en los movimientos sociales será una decisión. Participación limitada, preconfigurada, mediatizada, pero invariablemente
consciente. En esta tesis, es la conciencia la que lleva a un sujeto a dejar de ser niño y perfilarse hacia la madurez social.
Entender y describir la heterogeneidad y especificidades que aparecen en cada edad, requiere ordenar los fenómenos en torno a cuatro variables que marcan y separan profundamente la realidad de la juventud: el género, la escolaridad, el estatus socioeconómico y la región de pertenencia.

a) El género es una categoría que distingue las expectativas, los atributos, las formas de ser y los mandatos sociales asignados a hombres y mujeres en cada sociedad. Estos contenidos varían con los tiempos y con las culturas, aunque algunas de sus dimensiones centrales tienden a ser comunes a través de las culturas. Por ejemplo, la tendencia a la valorización de lo masculino sobre lo femenino, y la tendencia a la asignación real y simbólica de los hombres a los lugares de poder y de las mujeres a lugares de menor poder.
Desde lo sociocultural, la sexualidad es uno de los ejes en torno a los cuales se construyen las diferencias sexuales y las identidades. Una conceptualización de la juventud debe de incluir las confrontaciones y las posibles resistencias o desviaciones de lo que la sociedad entiende como trayectoria ideal de los hombres a diferencia de aquel de las mujeres.

Por ejemplo, el inicio de la pubertad en las mujeres suele provocar reacciones diferenciales por parte de las personas adultas y de los propios
jóvenes. Mientras llega el tiempo de «maduración», se establece un sistema de vigilancia que no aplica por igual a hombres que a mujeres. En la pubertad a los hombres se les tolera —e incluso se les alienta— para que experimenten sexualmente con su cuerpo, mientras que a las mujeres se les reprime.3 Por otra parte, la experiencia erótica de dar y recibir placer es diferencial en el hombre y en la mujer, tanto por las diferencias anátomo-funcional como por el condicionamiento sociocultural de la respuesta sexual humana.

Foucault,4 llama la atención sobre la construcción social de la sexualidad cuyo entramado se constituye por tres ejes: los saberes, los sistemas de poder y el autoreconocimiento de las personas como sujetos de esa sexualidad, deseantes o deseados. Plantea este autor que en torno a la sexualidad el cuerpo de la mujer se convierte en receptor y mediador del poder, y punto de atracción de corrientes ideológicas que pretenden controlarlo. La constitución de la joven en sujeto de su propio cuerpo, en su propio sujeto, implica que ella reafirme su identidad y desarrolle los saberes y poderes apropiados, pese a que para ello deba enfrentar a su propio grupo social.5

Tanto en el plano de la sexualidad como en el de la educación o el trabajo la construcción social del género impacta a la juventud en el plano de las condiciones sociales, entendidas como el conjunto de  derechos y obligaciones que definen la identidad de las y los jóvenes y el acceso que tienen a ejercerlos. También impacta a las y los jóvenes en el plano de las imágenes culturales, es decir, de lo que es deseable y apropiado para ellos. Utilizar la categoría de género es importante para analizar adecuadamente las vivencias diferentes de las mujeres y hombres jóvenes. Pero es fundamental, además, para analizar si las propuestas de atención a sus necesidades abren nuevos espacios para que unas y otros desarrollen el tipo de expresión, de ejercicio de poder y de capacidad para individuarse y convertirse en sujeto que la cultura dominante tiende a negarles también diferenciadamente.

b) La escolaridad es una variable que marca diferencias entre grupos de jóvenes, incluso cuando éstos provengan de un mismo medio social. Grandes sectores pueden quedar excluidos de ámbitos concretos, o integrados en ellos a través de las instituciones educativas. Se ha señalado que incluso los universitarios han dejado de ser un sector homogéneo y por ello es necesario precisar el contexto escolar de donde provienen los jóvenes para entender la estructura de empleo o la participación política.

c) La región de pertenencia, particularmente la ubicación marcadamente rural o urbana, es una dimensión que marca profundamente la experiencia de la juventud, y por lo tanto debe ser tenida en cuenta en cualquier investigación, diagnóstico o diseño de propuesta.

d) Una cuarta dimensión a tener en cuenta es la clase o el nivel socioeconómico, no solamente desde la perspectiva del acceso material a los recursos, sino como parte de la cultura parental que configura desde muy temprano la imagen y expectativas del mundo, ya sea para negarlo, reproducirlo o reconciliarlo.

            4.- LA JUVENTUD DESDE LAS IDENTIDADES JUVENILES

Un punto de partida útil para superar la dificultad de delimitar lo juvenil ha sido el colocarse en la perspectiva de entender el sentido que los propios jóvenes dan a su realidad y a sus expresiones. El supuesto central es que son los mismos/mismas jóvenes quienes se reconocen entre sí por su identificación en torno a situaciones, causas u objetivos, creencias o cualquier otro motivo o sentimiento; se adscriben a comunidades, y definen lo que es propio de ellos. Son ellas y ellos quienes pueden dar razón del sentido de sus sentires, acciones e identidades.

Observar este desarrollo de las identidades juveniles nos permite identificar algunas características que definen lo juvenil: éste es un concepto relacional, que sólo adquiere su sentido dentro de un contexto social más amplio, a través de su relación con lo no juvenil (como son categorías como género, etnia, clase, etc.); es un concepto históricamente construido, que por fuerza continuará evolucionando; es situacional, y depende de la disputa (al estilo referido por Bourdieu) entre jóvenes y no jóvenes por la definición de quiénes están dentro de lo joven y quiénes no.
En este marco se puede decir que la juventud es un concepto cambiante que se reconstruye permanentemente; se reproduce en lo cotidiano, y sus ámbitos de referencia son íntimos, cercanos y familiares, barrios, escuela, trabajo y otros; también se puede reproducir en lo imaginario, donde las comunidades y grupos de referencia marcan formas valorativas de lo juvenil; se construye en relaciones de poder definidas por las condiciones de alteridad, dominación, o desigualdad, unas veces superpuestas entre sí, otras veces definidas por el conflicto.

Así, manteniendo definiciones de carácter abierto, es posible vincular las búsquedas y necesidades de las personas jóvenes con determinadas etapas de edad o de condiciones sociales, y de esta forma adoptar marcos que favorezcan la creatividad.

5.- LA FUERZA DINAMIZADORA DE LAS GENERACIONES Y EL                 PODER INSTITUCIONAL

Existen diversas hipótesis sobre las dinámicas que configuran y construyen los procesos juveniles. De acuerdo a la mirada de Bourdieu, la división por edades en todas las sociedades es el reflejo de una lucha por el poder entre las generaciones. Es una forma que tienen las generaciones adultas, dice el autor, de establecer límites, de producir un orden en el cual cada quien debe permanecer en su lugar. En este aspecto no sorprende que haya en la juventud una actitud de desobediencia, de irreverencia, de confrontación, que es el reflejo de su respuesta a esta lucha de poder.

Desde esta óptica, tanto la adolescencia como la juventud están constituidas por un conjunto de relaciones sociales dentro de una estructura jerárquica que establece la supremacía de las personas mayores sobre las más jóvenes, en un período de la vida en que los cambios biológicos y psicológicos de la adolescencia debilitan los controles establecidos sobre al cuerpo y la sexualidad.6 La adolescencia no es un conjunto universal de rasgos universales, sino que expresa las especificidades histórico-culturales de un grupo social determinado.

En este proceso, las personas adultas participan en la transformación de los jóvenes y en su inserción en el mundo. Existen en la vida cotidiana infinidad de formas en que los adultos, pero también los jóvenes, modelan el campo social que da lugar a las posibilidades de acción de, hacia, y por parte de éstos.

Las fronteras entre las generaciones jóvenes y las mayores han sido objeto de lucha para detentar el poder a lo largo de la historia. La representación ideológica de la división entre jóvenes y viejos otorga a los jóvenes ciertas cosas a cambio de que dejen de hacer muchas otras a los mas viejos.

En este ámbito, el pensamiento de Foucault,7 también configura las propuestas. En todas las modalidades de interacción humana, propone, el poder se expresa a través de las instituciones sociales; el poder estructural es central en la conceptualización de la juventud, porque moldea el campo social de la acción haciendo posible algunas conductas y menos posible otras. El poder supone sujeción o dominio.

Por su carácter de constructor de subjetividades, el poder es una forma de asumir la propia existencia, de relacionarse, constituirse y reconocerse
como sujeto en un tiempo y lugar específico. El poder, en ese sentido, no sólo es represivo sino también «productor» de juventud.

Las instituciones encarnan de maneras muy complejas esta cualidad de ser productoras de juventud, es decir, de determinar a quiénes tratan como jóvenes. Tres tipos de instituciones se perfilan como productoras centrales de lo juvenil.

Un primer conjunto son las instituciones de socialización, las cuales parecen ser instancias obligadas de paso. Dependiendo del carácter positivo o negativo de la experiencia, la permanencia o expulsión de la familia, escuela, barrio, comunidad, etc. y las relaciones de respeto, subordinación o conflicto que surjan en su contexto, se determinan las estrategias institucionales hacia los jóvenes, así como la reacción de éstos hacia aquéllas.

Como segundo conjunto de instituciones que impactan a la juventud están los bienes simbólicos, culturales y de consumo, las empresas productoras de éstos y el imaginario construido en torno a ellos. Se ha señalado que, a diferencia de otras instituciones, éstas han operado a partir de una imagen de la juventud como sujeto activo, y han presentado modelos que amplían la gama de posibilidades para las diferentes expresiones e identidades de la población joven, aun cuando esto sucede bajo intereses distorsionados y comercializados.

Un tercer grupo de instituciones son las normas y aparatos jurídicos y políticos que definen el estatus de la juventud en un determinado momento y lugar. A partir de éstas se configuran las características deseables que una sociedad se plantea para las generaciones jóvenes, y las sanciones establecidas para fomentar o detener estas conductas.

Por ejemplo, los intentos por reducir la edad penal en el nivel jurídico, en muchos países muestran la intencionalidad de definir quiénes son jóvenes o adultos, y las contradicciones de estas definiciones. El argumento para proponer la reducción en la edad penal no se sustenta en evidencias empíricas, sino en el supuesto de que a los 16 años de edad las personas son capaces de discernir el alcance de sus acciones. Sin embargo, ese mismo supuesto no aplica para las decisiones que toman las mujeres jóvenes sobre su propio comportamiento sexual, ya que el ejercicio de la sexualidad a esa edad se percibe en ellas como un problema de carácter.

La mayoría de las instituciones producen también definiciones sobre la juventud: el servicio militar, el sistema electoral, la legislación laboral, entre otras. La traducción de las concepciones e intereses institucionales apolíticas y medidas concretas ha sido objeto creciente de debate entre diferentes actores de la sociedad civil en México y en el continente

En décadas anteriores el protagonismo del debate y de la resistencia estuvo colocado en los sectores universitarios y obreros, al tiempo que grupos muy amplios permanecían como consumidores de los programas gubernamentales para la juventud. Actualmente son jóvenes de la sociedad civil, de muy diversos orígenes, los que protagonizan el debate
y la disputa por definir el campo de acción de la juventud.

Entrar a la disputa implica entender qué concepción y qué imaginario proyecta cada una de las instituciones en torno a la juventud, qué espacios están en juego, qué impacto tienen estas definiciones en las personas jóvenes, dónde se coloca la responsabilidad de los procesos, quién asume el protagonismo. Significa encontrar cómo, en el marco de la disputa, constituirse sujeto.

CIUDAD DE MÉXICO, ENERO 2003
* Doctora en Psicología Clínica mexicana y consultora independiente de CLAVE S.C. Participó en el equipo de consultores del proyecto «Fortalecimiento de la movilización juvenil en México, redes y organizaciones», trabajo del que resultan las reflexiones del presente artículo.

1 P. Bourdieu: «La juventud no es más que una palabra», en Sociología y cultura. Conaculta-Grijalbo, Colección Los Noventa, México, 1990, pp.
163-173.

2 Ser joven en México. Concepto y contexto. Jóvenes e instituciones en México, actores, políticas y programas. SEP-IMJ, México, 2000.

3 G. Rodríguez: «Sexualidad juvenil», en Jóvenes: una evaluación del conocimiento.
La investigación sobre juventud en México, 1986-1996. SEP, Causa Joven, Centro de Investigación y Estudios sobre Juventud. Tomo III, México, 1996, Colección Jóvenes Nº1., pp. 91-148.

4 M. Foucault: Vigilar y castigar. Siglo XXI, México, 1987.

5 R. Román: Del primer vals al primer bebé. IMJ, México, 2000.

6 P. Bourdieu: op. cit.

7 M. Foucault: Historia de la sexualidad 3. La inquietud de sí. Siglo XXI,
México, 1987.

 

 

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