La construcción de la masculinidad y sus relaciones con la violencia hacia las mujeres

Por: Autor Antonio Ramírez
Fuente: http://www.ahige.org*

Ahige: Asociación de Hombres por la Igualdad de Género

Ponencia presentada durante las Jornadas de Reflexión sobre la Violencia hacia las Mujeres en Guatemala (27-29 de noviembre de 1997, Grupo Interagencial de Género y Avance de la Mujer, Sistema de Naciones Unidas). El texto es parte del libro «Violencia masculina en el hogar», de Antonio Ramírez, publicado en 1999 en México por Editorial Pax. Se reproduce con autorización del autor.
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Buenas tardes. Comenzaré mi exposición analizando varias explicaciones de por qué el hombre es violento en el hogar. Las podemos dividir en tres: biológicas, psicológicas y sociales.

Explicación biológica

Para empezar podemos definir la violencia desde una posición biológica, como una respuesta de supervivencia de un individuo u organismo a su medio ambiente. El medio ambiente está lleno de peligros naturales como el hambre, sed, picaduras de animales como alacranes, ataques de animales como perros, lobos, etc. Para poder sobrevivir a estos eventos naturales, es necesario en muchas ocasiones actuar de una manera violenta; por ejemplo, para satisfacer el hambre una persona puede matar un animal y comérselo. Esta violencia es parte de la cadena de supervivencia y por lo tanto normal. Esta idea es importante porque en parte nos ayuda a entender por qué una persona cree que tiene que ser violenta con otra.

Para definir la violencia intrafamiliar desde esta explicación, se dice que la violencia es parte de la estructura biológica del hombre. Se supone que para sobrevivir el hombre ha tenido que ser violento y por lo tanto ha tenido que desarrollar su agresividad. De esta forma se supone que el hombre es violento porque está genéticamente propenso a ser violento, pues por medio de esta violencia ha podido sobrevivir. Se dice que el hombre, comparado con la mujer, es naturalmente más agresivo sólo por tener más fuerza física y tener el papel de protector.

Esta explicación deja de lado el hecho de que los humanos estamos más alejados de nuestra naturaleza biológica que de la social y que, de hecho, los procesos cognoscitivos y sociales están más evolucionados que los biológicos.

Esta explicación no clarifica, sin embargo, por qué el hombre es violento, pues existen también muchos hombres que no son violentos, aunque sean mucho más fuertes físicamente que su pareja o que otros hombres. Mucho menos explica por qué existen mujeres que son violentas con sus compañeros, ni por qué en relaciones homosexuales también existe la violencia entre los o las compañeras.

Es claro que la violencia es selectiva. Cuando el hombre violento se encuentra con una persona más fuerte que él, mejor decide evitar el choque. Si la violencia está predispuesta genéticamente, automáticamente se sugeriría que aunque la otra persona fuera de mayor tamaño o de mayor fuerza, esto no tendría influencia en cuándo, cómo y en contra de quién esta violencia se cometería. La violencia en el hogar es selectiva y va dirigida hacia quien tiene menos poder físico y especialmente social.

Explicación psicológica

La segunda explicación de la violencia del hombre hacia la mujer en el hogar es asumir que el hombre tiene un problema psicológico o psiquiátrico y por esto es violento. Muchos terapeutas trabajaron y aún trabajan con hombres basándose en esta explicación psicodinámica. Las explicaciones psicológicas más comunes dicen que el hombre sufre de una disfunción psicológica que lo hace sentir vulnerable, inseguro y con baja autoestima y, por lo tanto, tiene que sobrecompensar por medio de violencia al enfrentarse a su pareja, para afirmar su valor. En muchas ocasiones se busca el origen de esta inseguridad en su infancia y los problemas que vivió al crecer. Se asume que porque vio violencia en el hogar, va a ser violento él mismo. Se supone que al resolver su enfermedad psicológica, el hombre dejará de ser violento pues la causa de sus reacciones agresivas serán resueltas. Al obtener autoestima, no tendrá razón para ser violento con su pareja, pues si se siente seguro de quién es y de su valor, las acciones de su pareja no le afectarán tanto.

En la gran mayoría de los casos, cuando se tratan los problemas psicológicos del hombre, se deja el tema de su violencia para investigar sus procesos internos, como si lo importante fuera esto, en lugar de parar la violencia que el hombre comete. Es muy fácil culpar a su infancia o a la presión psicológica bajo la que está, asumiendo que su conducta violenta es sólo un resultado de la influencia de su historia y que él es una parte pasiva en el proceso.

También se ha explicado la conducta de hombres violentos como una respuesta a su enojo o ira. Se creó, de hecho, una forma de tratamiento en que se le permite al hombre “sacar” su enojo por medio de poner en práctica ese enojo para entenderlo y expresarlo adecuadamente. Este tipo de tratamiento se conoce como “control de la ira”. Esta forma de tratamiento tiene el problema de que no aclara por qué el hombre es violento, pues todas las personas se enojan y llegan a la ira muchas veces al día, pero no son necesariamente violentas. Se supone, en esta teoría, que el hombre tiene que aprender a expresar la ira adecuadamente. Se asume que el hombre toma decisiones erróneas al ser violento por causa de la ira, pero entonces ¿por qué la violencia del hombre es calculada y llevada a cabo en forma tal, que daña hasta un punto y no destruye totalmente? Se supondría que al perder control el hombre por su enojo o ira, no podría medir el daño que su violencia causaría. Se asume al hombre como una entidad pasiva en el proceso de violencia, que lo dejaría sin poder cambiar esa violencia.

Otra forma de explicación desde una posición psicológica, es desde la teoría de sistemas. Se supone que la pareja es la que está dañada, no solo el hombre. Se trata de esclarecer cómo ambas partes de la pareja participan como responsables de la violencia que existe. Se ve a la pareja como un sistema que tiene cierto balance y cuando sale de balance por influencia de una o ambas partes, existe el potencial de violencia. Se supone que ambas personas tienen que aprender a participar para restablecer el balance del sistema.

Esta forma de explicación tiene varios problemas. En primer lugar, ese sistema familiar forma parte de una estructura social jerárquica y por lo tanto desigual y que por principio está desbalanceada. Se espera que ambos miembros de la pareja tomen papeles preestablecidos de sumisión o dominio. Segundo, se asume que la constelación familiar es única y universal; que la forma de ser en una relación es siempre en dúos y heterosexual. Tampoco toma en cuenta que cada una de las partes de la pareja tiene sus propios procesos de decisión muy aparte de la otra persona y que la decisión de ser o no violenta es un proceso muy personal. Tercero, al haber violencia en una pareja, es casi imposible restaurar un punto medio de negociación, pues la persona violentada no puede tener la seguridad de no ser castigada por sus opiniones, especialmente si éstas se oponen a las de la otra persona.

Nuevamente, estas formas de explicación quedan sin darnos una respuesta satisfactoria a por qué el hombre es violento con su pareja.

Otra explicación paralela es la psiquiátrica. Esta forma de explicación sugiere que el hombre tiene una enfermedad mental grave y por esto es violento con su pareja. Esto sugiere que el hombre está dañado a tal grado, que está fuera de la realidad. Sus formas de razonamiento están fuera de las normas sociales y por lo tanto se creería que es un psicópata o sociópata. Esta explicación se usa especialmente cuando la violencia del hombre llega a nivel “impensable”, por ejemplo, cuando ataca a la mujer con un objeto punzocortante y le amputa un miembro. Se cree que hombres que no tienen un problema psiquiátrico no llegarían a este nivel de violencia y, por lo tanto, se asume que los que comenten estos grados de violencia tienen un problema psiquiátrico grave. Cabe decir que sí existen casos en que el hombre tiene un problema psiquiátrico y por esto es violento con su pareja. Estos casos son realmente raros comparados con el número de casos en que no existe una enfermedad psiquiátrica.

Si es verdad que la violencia del hombre es causada por una enfermedad mental, ¿por qué su violencia es selectiva? Los hombres que son violentos en su hogar con sus parejas, no son necesariamente violentos en la misma forma en su trabajo o con sus amigos de fútbol o con otros miembros de su familia. Si el hombre tiene una enfermedad mental y por esto es violento, esta violencia no puede ser selectiva: sería violento en muchas situaciones.

Tampoco explica cómo y por qué hombres que tienen posiciones de poder, altos grados de educación y salarios altos, son violentos. Hay ejecutivos, médicos, políticos, actores de cine, boxeadores, etc. que son violentos con sus parejas y es obvio que no hubieran podido llegar a esas posiciones si no tuvieran una alta autoestima que les permitiera desarrollarse a tales niveles. ¿Por qué hombres que funcionan sin violencia en unos niveles de vida son violentos en sus hogares con las personas que aman? La explicación psicológica se queda corta al tratar de contestar a esta pregunta.

Explicación social

La historia de la humanidad está llena de ejemplos en que se divide a la raza humana en dos opuestos: mujeres/hombres, ricos/pobres, altos/bajos, jefes/trabajadores, blancos/negros, etc. De hecho, antes de que existiera una división entre razas o clases existió una división entre géneros. Así, se ha creado una división artificial en que se cree que los hombres y las mujeres son diferentes. Dado que los hombres son los que han establecido leyes y reglas en nuestras sociedades, éstas precisamente están basadas en mantener las diferencias entre los sexos. La idea de dividir la sociedad en esta forma es para obligar a las mujeres a que sean las que aportan sus recursos para ser usados por los hombres, para poder obligar a las mujeres a aportar sus recursos. Casi desde el principio de la humanidad se ha asumido la superioridad del hombre sobre la mujer, y para mantener esa superioridad y dominio es imperante hacer uso de la violencia.

La explicación social dice que la violencia tiene unos objetivos muy específicos que no necesariamente tienen que ver con la supervivencia del individuo. Cuando el hombre es violento con su pareja, el objetivo es tener a su compañera bajo control para obtener beneficios de los recursos de ella. Dicho de otro modo, la violencia en el hogar es una forma de imponer esclavitud de una persona para que sirva a otra.

Con base en este concepto, los hombres se han convertido en los cuidadores y promotores de esa supuesta superioridad del hombre sobre la mujer. Para poder mantener este tipo de dinámica social, es imperante que haya una forma de control social; ésta es la violencia doméstica. Cuando se mantiene a una mujer desbalanceada, sin alternativas, desprovista de recursos económicos o intelectuales, desprovista de sus propias capacidades para nutrirse a sí misma y tomar decisiones, cansada hasta estar exhausta de cuidar a toda la familia, se está manteniendo el paradigma que conocemos como patriarcado. El patriarcado es un sistema de relaciones sociales en que se usa a los individuos para imponer control sobre sí mismos y sobre otros para usar sus recursos y proveer de control al superior: el patriarca. Por esto es importante concebir a la violencia doméstica o intrafamiliar, como un problema de control social de un grupo sobre otro, hombres sobre mujeres.

Esta visión explica mejor por qué un hombre es violento con su pareja. Cada hombre desde muy pequeño aprende que hay dos posiciones sociales: unos que son los que dan órdenes y son servidos; por ejemplo, cuando llegan a casa se les trata como reyes y son vistos con admiración y respeto. Se les ve lejanos y libres pues salen a buscar la supervivencia de la familia y por lo tanto son los jefes, los que merecen crédito por todo lo que hacen y tienen necesidad de descansar y divertirse en formas diferentes del resto de la familia. Son aquellos seres grandes y seguros que llevan las riendas de la familia y por lo tanto son los guías que lo saben todo. Son los que dan permiso y castigo cuando es necesario.

Por otro lado están las otras, las inferiores que son muy comunes y son las que sirven, aceptan órdenes y castigos y son vistas como algo que se puede desechar fácilmente porque sólo reciben del hombre y no aportan. Son las que tienen poder en el hogar hasta que llega otro, el hombre. Son las que tienen que actuar para satisfacer cada necesidad del hombre y pueden y deben ser castigadas si quieren salirse de ese papel. Son las que son reemplazables, pues siempre habrá otra que sea más joven y bella que quiera encontrar un hombre a quien servir. Son las que son severamente castigadas si se les ocurre querer tener las mismas capacidades y derechos del hombre-jefe.

Cada hombre, por principio, es entrenado desde muy pequeño a ser hombre-dueño-jefe-padre, que tomará algún día el papel que su padre lleva mientras él es niño. A los pocos años de edad se encuentra en una situación de tener que decidir si se quiere aliar con los que dirigen, o con las que son dirigidas, y la respuesta es lógica, dadas las circunstancias. Nunca se le da alternativas al pequeño y cuando tenga que relacionarse con otras personas, especialmente del otro sexo, lo va a hacer desde esa posición dicotómica en que dirige o es dirigido. Esta decisión está basada no solamente en su aprendizaje de lo que se supone que debe de ser un hombre, sino en su propia experiencia de haber sobrevivido también él mismo al hombre-dueño-jefe-padre en su propia vida.

Tomamos esta explicación social de la violencia del hombre. Al identificarse como el “hombre-dueño-jefe-padre”, está suprimiendo su verdadera identidad y cambiándola por una imagen externa de supuesta superioridad. Esta imagen externa es lo que conocemos como masculinidad o machismo.

Dentro de esta masculinidad, la promesa de ser superior en el hogar también requiere que, si no lo hace, va a ser castigado por romper las reglas del patriarcado. Al intercambiar su verdadera identidad, está suprimiendo su habilidad de conocerse tal cual es y basa su identidad en la creencia de que es superior en su hogar; su imagen externa. Al creerse superior, por definición va a ser violento para imponerse y mantenerse como dominante. De aquí viene la violencia del hombre en el hogar. Para mantener una posición de superior, es necesario ser violento porque nadie quiere ser inferior y las personas sobre las que se quiere ser superior se van a rebelar a esta supuesta superioridad. Al rebelarse, el hombre cree entonces que es justificado usar la violencia para imponerse.

Un marco de análisis

La gran mayoría de actos violentos es ejecutada por hombres. Existe entonces una clara conexión entre el género de la persona violenta y su violencia. Las características de la masculinidad están directamente relacionadas con el potencial de violencia del individuo. Por eso es necesario analizar qué es la masculinidad.

La masculinidad, de acuerdo con Gilmore, es “la forma aprobada de ser un hombre adulto en un determinada sociedad”. Las características de la masculinidad en nuestras sociedades, dictan que el hombre adquiera ciertas características para “obtener el ser hombre”. La masculinidad espera que el hombre “construya”(1) su masculinidad o identidad de “hombre”. Es interesante notar que la identidad masculina es tan precaria que “es un premio que se tiene que ganar por medio de lucha” y las sociedades crean “una imagen de la masculinidad que es elusiva o excluyente, por medio de sanciones culturales, rituales o pruebas de habilidad y fortaleza”.(2) Parte de esa sanción se da por medio de dos mecanismos: identificación y diferenciación. La diferenciación es clave para el desarrollo de la masculinidad, pues el hombre aprende desde pequeño a “ser diferente” de la persona con quien más contacto tiene, su madre. Esta diferenciación se logra alejándose de las características que ve en su madre. El pequeño se aleja de las conductas que son nutritivas, sensibles, emocionales, cooperativas, demostrativas, suaves, etc. para adoptar las características masculinas de competencia, desconfianza, alejamiento, rudeza, individualidad, dominación, etc.

Esta forma aprobada de “ser hombre” en nuestra sociedad conlleva también una forma de relaciones sociales. “La cuestión de género es una forma de ordenar la práctica social”,(3) según Connell. Esta forma de ordenamiento de la práctica social es muy clara en la violencia intrafamiliar: el hombre se asume superior a la mujer y, por lo tanto, la tiene que controlar por medio de violencia.

Vamos a analizar cuáles son las expectativas de la masculinidad y cómo maneja el hombre violento estas expectativas de acuerdo a sus cinco espacios, para sentar las bases de explicación de la violencia del hombre hacia su pareja.

El espacio intelectual y la masculinidad

El espacio intelectual es aquél donde se generan ideas para entender lo que está sucediendo por medio de estructuras simbólicas. Estas estructuras están basadas en definiciones de las causas de un hecho por medio de conceptos conocidos. Por sí solas, las estructuras intelectuales no tienen la validez necesaria para entender estos hechos, pues se requiere que estos conceptos estén en interacción con los espacios emocionales, físicos, sociales y culturales.

Desde pequeño se le enseña al hombre a no poner atención a sus procesos emocionales, pues supuestamente obstaculizan una forma clara de pensar. Se supone que el pensamiento, por sí solo, es la única forma de entender hechos. El problema es que entender un hecho es muy diferente de procesar ese hecho. Se puede entender algo intelectualmente, pero esto no garantiza que se va a poder generar una solución adecuada, si es necesaria. Para llegar a una solución adecuada, es necesario poner en juego todos los cinco espacios de la persona para que esa solución considere todos los parámetros posibles.

El espacio intelectual es el más importante para la masculinidad y el hombre violento, porque es ahí donde realmente es el jefe, el superior y el que ordena. No hay alguien en el mundo que le pueda demostrar al “hombre-superior” que lo que piensa es erróneo. Se le puede dar pruebas empíricas y, sin embargo, el hombre que ha decidido definir un hecho a su manera no podrá ser convencido de otra forma de ver las cosas. Esto es especialmente cierto cuando el hecho del que se habla es subjetivo, y su identidad de superior es absolutamente subjetiva. Como ha aprendido a creer que es superior a la naturaleza, cree automáticamente que es más inteligente, sagaz, creativo, poderoso, rápido, sarcástico, y que sus definiciones son las únicas válidas. Cree que sus ideas son las más apropiadas y superiores a las de los demás. Aunque reciba pruebas empíricas, puede controlarse para probarse a sí mismo que lo que está observando es incorrecto y lo que piensa es correcto o verdadero. De aquí surge la violencia emocional a otras personas y a sí mismo.

Su concepto de superior vive solamente en su pensamiento y allí mismo lo puede justificar. Es por esto que para el hombre violento es tan importante que se acepte siempre su punto de vista como el único válido y acertado. Es fácil para el hombre justificar sus actos violentos dentro de un marco de análisis, porque en primer lugar usa su propia lógica con sus propias bases y este análisis no puede ser comprobado y/o cambiado por otra persona.

Cuando el hombre se da cuenta de que no es superior, busca una forma de explicación de qué fue lo que lo hizo flaquear y en todo caso se dice a sí mismo que realmente no quería ser el ganador en esa situación. Se crea un ciclo tautológico en que su mismo pensamiento refuerza sus creencias de estar siempre en lo correcto.

El lenguaje es también parte de su comprobación de superioridad. Todas las groserías buscan descalificar a la otra persona y mantener al que las dice por encima de los demás.

El espacio intelectual es el mediatizador entre los espacios. Sus espacios intelectual, social y cultural se pueden manipular por medio de su pensamiento y sus espacios físico y emocional se controlan sólo reprimiéndolos.

En términos de su pareja, dado que el hombre violento cree siempre estar en lo correcto, exige que ella siempre apoye su forma de pensar. Para hacer esto, crea una guerra intelectual en que su pareja siempre es la que tiene que perder o afirmar que él tiene razón. Ella debe dejar su propia forma de pensar, porque ahora que está en una relación con él, es él su dueño, incluyendo sus pensamientos.

El espacio físico y la masculinidad

El espacio físico es también fundamental para la masculinidad y el hombre violento, porque es allí donde se comprueba a sí mismo que es superior, al creer obtener una prueba empírica. El hombre compara su fuerza física con la de las mujeres y la gran mayoría del tiempo termina siendo el más fuerte, lo que lo hace creer que es una prueba irrefutable de que es superior en todos aspectos. Para mantener esta superioridad física se controla a sí mismo y toma actitudes que según él comprueban su superioridad. Al caminar expande los brazos para parecer más grande y más fuerte, camina generalmente rápido, serio y con la frente fruncida, se abre la camisa porque cree que se ve “sexy”. Cuando pasa una mujer a su lado, le dice cosas para demostrar que está listo para conquistarla, comprobando su potencia sexual.

Los deportes son muy importantes para el hombre, porque le dan una forma de competencia física que es tangible y relativamente objetiva. Este espacio físico también es controlado por su actividad intelectual; si hizo ejercicio se siente fuerte y más hombre. Si jugó fútbol, ráquetbol o básquetbol, espera que las mujeres lo vean con admiración, porque hizo la hazaña de aventarse contra el enemigo, o por su rapidez en la pequeña cancha de ráquetbol, por ejemplo.

En el hogar, su superioridad física se comprueba al usar fuerza física sobre su pareja. En este caso recibe una prueba empírica irrefutable de su superioridad. Al llegar al hogar toma el espacio físico como si él fuera el único que está presente. Si está cansado se acuesta y espera que su pareja y sus hijos e hijas se adapten a sus necesidades. Generalmente toma los lugares más cómodos, enfrente de la televisión o en la cabecera de la mesa, donde no se le va a molestar. Cuando hay otras personas, actúa como si fuera muy benevolente con su pareja y esto, nuevamente, no es para apoyarla, sino para demostrar que es físicamente más fuerte. Al dejarla sentarse en el autobús o si están en un restaurante, le cede a su pareja el lugar más cómodo, no para nutrirla, sino para que ella lleve a los niños cargados y convencerla de que él es más fuerte, pues ella se cansa muy rápido, y para protegerla de otros hombres, pues ella es de su propiedad.

El espacio emocional y la masculinidad

El espacio emocional son los sentimientos o emociones muy particulares de la persona. Es la forma de reacción interna de una persona hacia su medio ambiente y hacia sí misma. El espacio emocional se refiere a los sentimientos y expresiones de una persona de sí misma o hacia otras personas o situaciones. El espacio emocional son las experiencias individuales de cómo la persona procesa internamente su relación con el mundo externo e interno. Cada individuo se relaciona diferente con las experiencias que tiene, debido a la relación emocional que tiene con esa experiencia.

El espacio emocional es el menos desarrollado en el hombre. Se le ve con cautela pues las emociones hacen sentir al hombre vulnerable, ya que requieren que él tenga flexibilidad para procesarlas. Una característica de la masculinidad es la inflexibilidad, pues el hombre cree que al ser inflexible, se va a mantener en total control de sí mismo. Evita, por lo tanto, este nivel de acción emocional y lo reprime lo más posible. Al reprimir este nivel emocional, se quita su propia individualidad para ajustarse al parámetro social que le indica cómo mantenerse como superior.

Las emociones son la base de la individualidad, pues cada experiencia es procesada emocionalmente en una forma muy diferente de acuerdo con las experiencias internas de cada persona. Presenciar violencia, para una persona, va a ser muy diferente si esta persona creció en una familia violenta, o creció en un hogar en que no hubo violencia.

Sabemos que la identidad del hombre-superior es una construcción externa que se impone por medio de coacción y control. Como vimos, cuando el hombre trata de llenar un estereotipo que se le impone desde el exterior, deja sus habilidades de supervivencia y cree que sólo va a poder sobrevivir por medio de ajustarse al patrón social de superior que se le enseñó. Desecha sus procesos internos de supervivencia como algo que sólo interesa a las mujeres y que no valen la pena, porque son superficiales y no corresponde a los hombres trabajar en ellos. Traslada su supervivencia interna a las expectativas externas de ser superior a su mujer, hijos e hijas y a todas las demás personas. Cree que sus emociones, son las expectativas externas que le marca su grupo social. Esto lo pone en una situación de total vulnerabilidad, porque nunca sabe lo que está sucediendo consigo mismo, y para resolver sus sentimientos, los reprime y espera que su pareja o alguien más los satisfaga. Así, deja su espacio emocional vacío y, por lo tanto, una quinta parte de su supervivencia está en constante crisis. Es por esto que el hombre se afirma constantemente que no tiene miedo, ni dolor, que poco le importa lo que le suceda, porque es heroico y masculino sufrir sin quejarse.

La imagen exterior le da unas formas de resolver sus necesidades imponiéndole aspectos que cree que vienen de sí mismo. La sexualidad, por ejemplo, dentro de la masculinidad es una receta que tiene que seguir. El hombre, desde esta masculinidad, es activo sexualmente y es el dueño de la sexualidad de la o las otras u otros; siempre desea a una mujer, la que sea, y en cada acción que ejecuta está intentando afirmar su sexualidad. Así, se desarrollan juegos de control sexual, en que el hombre se afirma llenando los requisitos de la sexualidad desde la masculinidad, no desde sus necesidades de compañía o afecto, o sea, suplantando sus emociones por sexo.

El espacio social y la masculinidad

El espacio social es donde se desarrollan contactos, interacciones e intercambios con otras personas.

El espacio social para el hombre es otro plano en donde puede comprobarse que es superior. Todas las personas que lo rodean son percibidas como sujetos de competencia que pueden demostrarle si es superior o no. El hombre crea relaciones sociales de competencia para comprobarse a sí mismo su superioridad. De aquí surgen los juegos como los albures, que son formas de demostración simbólica de su superioridad ante otro hombre. Al crear relaciones de competencia, el hombre asume que cada uno de los otros hombres quiere destruirlo, pues también están en competencia y tratando de demostrarse su superioridad. Con su pareja también crea estas relaciones de competencia. Cree que siempre tiene que “conquistarla” para impresionarla, pues si hay otro que es superior, ella lo preferirá.

El espacio social es usado por el hombre violento como un aspecto que también debe controlar. El espacio social se divide en muchas formas dependiendo de quién está envuelto y las características de tal interacción. El hombre espera ser dueño de los espacios sociales de otras personas, pero él no acepta responsabilidad y equidad con otras personas.

El hombre violento controla los contactos sociales de su pareja; éstos tienen que ser aprobados por él. También espera controlar qué tipos de contactos tiene con otras personas. Por ejemplo, le prohibe tener contacto con su madre y, si lo tiene, le prohibe que hable con ella de determinados temas. Al limitar los contactos sociales, el hombre está quitando poder a su pareja, pues mientras más dependa de él, menos podrá tener otro tipo de apoyo que sea diferente a las ideas de él. La mujer no podrá validar su experiencia de acuerdo a otros puntos de vista y esto la lleva al aislamiento.

El hombre, por otro lado, sabe que la mujer es más sensible a sí misma y por lo tanto al medio ambiente, y utiliza esa sensibilidad para sobrevivir por medio de ella. Le da a ella la tarea de mantener las relaciones sociales nutritivas y cuando él necesita algo, recurre a su pareja para que sea ella la que negocie los intercambios, pues él sólo sabe competir. Así, ella es vulnerable, no él.

Si necesitan bautizar al hijo, por ejemplo, es ella la que se acerca a los futuros padrinos y el hombre sólo dirige quién y cómo van a ser las condiciones del intercambio. De esta forma es ella la que es rechazada, no él. El espacio social es siempre un medio de competencia para el hombre y por lo tanto una forma de reafirmación de su identidad de superior.

El espacio cultural y la masculinidad

Espacio cultural son formas de procesar la realidad, de acuerdo con parámetros establecidos por medio del aprendizaje que ha pasado el individuo en su grupo social más inmediato: su familia, grupo económico, religioso, educativo y geográfico.

En la gran mayoría de culturas se acepta que la mujer tiene que ser inferior al hombre. El hombre crea formas culturales en que se define y refuerza esta inferioridad de la mujer. Los mitos y tradiciones desde la masculinidad refuerzan estas creencias. Dentro de su familia aprende la cultura de que la mujer se queda en casa a cuidar a los hijos y a llevar a cabo las labores del hogar que no son remuneradas y donde manda el padre. En su grupo religioso aprende que las mujeres no pueden ser más que seguidoras de los hombres, sin tener “acceso directo a Dios”, por ser mujeres. En su grupo educativo y político, el hombre aprende que la mujer está limitada a puestos inferiores y los puestos donde se hacen las decisiones pertenecen a hombres. Por ejemplo, si va al hospital, espera ver al doctor hombre y a obtener ayuda de la enfermera; si va al banco, va a ver a la cajera y si tiene algún problema va a ver al director hombre; si su hijo tiene problemas en la escuela, va a ver a la maestra y si no puede resolver el problema va a hablar con el director, etc. Esto le forma una cultura en que el hombre es el que toma decisiones que van a ser seguidas y apoyadas por las mujeres.

El hombre violento obviamente apoya estas creencias, pues es él quien obtiene beneficios. Al unirse a él, la mujer tiene que cambiar muchos de sus patrones culturales para ajustarse a los del hombre. Antes de unirse por ejemplo, celebran los dos juntos yendo al cine, o yendo a bailar, o con sus amigos y amigas. Al unirse, el hombre empieza a “celebrar” sin ella, se emborracha en las fiestas cuando ella nunca había aceptado que se embriagara en su presencia y no sólo tiene que aceptar que lo haga, sino que lo tiene que apoyar sacándolo de los problemas en que se mete. Así, la mujer termina cambiando parte de su cultura.

Causas de la violencia del hombre en el hogar

Los procesos que hemos visto nos ponen en condición de saber la razón por la que el hombre es violento con su pareja. Dos aspectos están siempre presentes: primero, el hombre se cree superior a su pareja y a la naturaleza. Segundo, al creerse superior, hace todo lo posible para imponer esta superioridad y la única forma de hacerlo es controlando por medio de violencia.

Así, la necesidad de controlar es uno de los ejes de la violencia del hombre en el hogar. Aunando su deseo de control y la confusión de su identidad con el estereotipo machista, entendemos por qué un hombre es violento con su pareja. Si su identidad está basada en ser superior y ser el dueño de su pareja, en el momento que siente que no tiene ese control, cree que está entrando en una crisis que lo puede matar. Si está esperanzado en que va a obtener su validación de la obediencia de su pareja, en el momento en que ella no acepta hacerlo, él siente que ella lo está atacando mortalmente. No se da cuenta de que la que está siendo atacada es su autoridad, no él mismo como ser humano. Al sentirse atacado, entonces recurre al proceso biológico que lo puede ayudar a sobrevivir: la violencia.

En nuestra sociedad creemos que un hombre que no controla a “su mujer” no es un hombre, y de hecho se le castiga por su inhabilidad de mantenerse como superior. “El mandilón” es una forma de definirlo como inferior por no imponerse. Es interesante notar que el concepto tiene dos partes que son muy importantes para la masculinidad: la diferenciación entre sexos por medio de lugares, herramientas o vestimentas que definen la pertenencia a determinado género. Para la masculinidad es fundamental tener un opuesto, dado que la única forma de saber que se es masculino es “no ser lo otro”, lo femenino. Su identidad se establece como opuesto a alguien más, a las mujeres y especialmente a su mujer. Para el hombre es mortal convertirse en algo que no es un hombre superior, pues de nada le sirve parecerse o ser como su pareja/mujer. De aquí que cuando su pareja pide o exige igualdad, el hombre siente que está en peligro mortal. A este momento lo conocemos como “riesgo fatal” y éste es el momento en que cree que está a punto de morir porque su identidad de superior ya no existe.

Es importante ver que el hombre está más preocupado por mantener su identidad de superior que le impone el medio social, que en crear relaciones de igualdad, que lo van a ayudar a desenvolverse en un proceso nutritivo y de intimidad.

Para poder parar la violencia, el hombre necesita aceptar que su pareja es igual a él y tratarla como tal. Esto quiere decir que el hombre necesita alejarse de la identidad machista de superioridad, nutrir y apoyar los espacios de su pareja y aprender a relacionarse en una forma cooperativa.

Referencias

Badinter, E.: “XY: La Identidad Masculina” Ed. Alianza Editorial, Madrid, 1993.

Gilmore. D.: “Manhood in the Making”, p. 1, Ed. Yale, 1990.

Connell, RW.: “Masculinities”, p. 71. University of California Press, 1995.

Antonio Ramírez realizó estudios superiores en Psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México y de Música en la Universidad de Santa Cruz, California, y en el Conservatorio de Música de San Francisco. Ha sido maestro en Psicología y consejero en Psiquiatría. Es fundador y director del Centro de Capacitación para Erradicar la Violencia Intrafamiliar Masculina en San Francisco, California (EE.UU.). ARamirez10@compuserve.com

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