Por: Claudio Matta
Fuente: Revista “Tambor”
PARA QUE HAYA LUZ, DEBE EXISTIR LA OSCURIDAD, QUÉ DUDA CABE. LAMENTABLEMENTE, NO SIEMPRE CUALQUIER OSCURIDAD. HITLER, STALIN, LA INQUISICIÓN Y LAS BOMBAS ATÓMICAS, SON ALGUNOS DE LOS PERSONAJES Y EPISODIOS EN LOS QUE UNA SUERTE DE NEO-MALDAD, SE HA HECHO PRESENTE.
A CONTINUACIÓN, CÓMO LAS LEYENDAS Y LOS MEDIOS MASIVOS TRATAN DE EXPLICAR ESTE FENÓMENO, RECURRIENDO A COMPONENTES CULTURALES, Y A ANTECEDENTES BÍBLICOS Y ESPIRITUALES
Es muy probable que al oír la palabra “violencia”, inmediatamente pensemos en los episodios personales en los que esta fuerza nos ha arrastrado, y también en las imágenes que nos muestran los medios de comunicación. Respecto de estas últimas, si consideramos que las manifestaciones más extremas de este acto, se han producido en contextos históricos en los que la televisión o internet ni siquiera existían (Inquisición medieval, régimen hitleriano, stalinismo o Hiroshima y Nagasaki, por ejemplo), entonces queda claro que lo que vemos en el cine o medios en general, no es sino la punta del iceberg de algo mucho más de fondo, y frente a lo cual la pregunta esencial que debiera hacerse es: ¿cuáles son las verdaderas causas de los actos destructivos?
Al respecto existen muchas teorías, pero básicamente hay dos grandes grupos en los que éstas se dividen. Uno corresponde a la postura científica o racional, que se basa en argumentos biológicos, genéticos, de educación, etcétera; y el otro –más bien presente en las religiones- tiende a ligar esta tendencia a entidades como demonios y espíritus. No deja de llamar la atención, por otro lado, los matices respecto de estas posturas, que van desde la rigidez científica y mecanicista, cerrada por completo a la posibilidad de realidades paralelas no humanas, hasta el fanatismo de grupos pseudomísticos, religiosos o filosóficos, que defienden sus dogmas hasta con sangre.
En todas las culturas existen arquetipos que representan al “mal” y la violencia. En este sentido, hay que observar un común denominador, como es la sangre, presente no sólo en las imágenes que vemos en los medios de comunicación, sino también en los propios relatos bíblicos que retratan los albores del judaísmo, cuando los grandes sacrificios de animales eran “moneda corriente”.
En el caso de las culturas precolombinas -maya, azteca, tolteca, inca-, este arquetipo simbólico está muy presente en las leyendas de brujos, vampiros indígenas y sus ritos. Al respecto, ¿eran estos ritos simples tributos a sus dioses, o sólo el fruto de una particular cosmovisión? En este sentido, las enseñanzas toltecas planteadas por el indio yanqui don Juan Matus al antropólogo Carlos Castañeda, tienen un tremendo valor para intentar comprender este misterio, ya que son un sistema integral, no dogmático, de ideas que hablan de una dualidad universal (Tonal-Nagual), aplicables a la cotidianeidad. En ellas se plantea la existencia de entidades no humanas desde tiempos inmemoriales, tratando de influenciar la mente y emociones del hombre desde inframundos o planos espacio-temporales distintos al de la realidad ordinaria, con el propósito de obtener alimento o energía. Esta idea también se encuentra en el cristianismo, en culturas como la egipcia, china, hindú y celta, e incluso, en teorías modernas que además plantean la posibilidad de un desarrollo social y tecnológico dentro de estas realidades (teoría de los universos paralelos).
Según Matus, un grupo grande de los toltecas a los que se les llamó “los brujos de la antigüedad”, se habría comunicado y asociado con estas entidades para acceder a un supuesto “poder”, a cambio de la energía contenida en la sangre y dolor de animales y, sobre todo, de humanos. Esto se traduce en una directa proporcionalidad entre el grado de conciencia, y la “calidad” de la energía requerida por las entidades.
Este intercambio conocido como la “caída”, es lo que habría unido a los brujos a estos “aliados”, en un peregrinaje vampiresco muy difícil de comprender para la razón. Parte esencial de la estrategia sería la de limitar a las personas en su razón mecánica, haciendo creer que todo esto podría ser parte de un cuento de ciencia ficción o de simples “patologías”, es decir, la incredulidad sería el resultado exitoso de una de las tantas jugadas, para obtener sus nutrientes energéticos necesarios.
Construcción y destrucción, vida y muerte. Para que haya luz, debe existir la oscuridad, ley física que también se aprecia en símbolos “filosóficos” como el I Ching (más conocido como Yin y Yang), el Hunab Ku de los Mayas y otros, que con el tiempo se han politizado en cuanto a su real significado, como la “estrella de David”. Respecto de esta “distorsión”, es claro que lo que comúnmente comprendemos como el “mal”, siempre ha pretendido aparecer como el “bien”.
Basta recordar los argumentos dados para llevar a cabo sucesos como la Inquisición o el régimen hitleriano, siempre cargados de moral y altruismo que los justifican.
El mal puro (y no en equilibrio con el bien, como lo muestran los símbolos mencionados) es la mentira misma, que no dudará en utilizar cualquier artimaña para hacer caer en su juego a las conciencias: utilizar la culpa, hacer creer que sólo siendo bueno y pasivo se puede alcanzar la “gloria divina”, hacer olvidar el control que posee el hombre sobre sus impulsos. Sea todo esto un asunto genético o de demonios, a fin de cuentas, da lo mismo. Curiosamente, el ADN tiene forma de serpiente, que en muchas culturas es un arquetipo que representa al mal -pero también a la fuerza vital y a la divinidad-; por lo tanto, cabe pensar que la influencia maligna podría ser un asunto tan genético (o interno), como producto de fuerzas foráneas (causa dual).
Otro claro reflejo de cómo el mal se disfraza de bien, son las sectas (las verdaderas, y no aquéllas que algún incauto vea en casos puntuales de tipos que hacen tonteras). En ellas, la característica básica es el engaño hipnotizador que ejercen los gurúes.
Quizás el misterio más grande de todos, radique en la posibilidad cierta de que estos líderes no sean sino monigotes movidos desde “más atrás”. De acuerdo a esto, cabe preguntarse: ¿no será la humanidad una gran secta esclavizada a sutiles dogmas, como el culto a la imagen, la admiración social o el poder material? ¿No son acaso estas ideas -insertas subliminalmente tras discursos morales, los medios de comunicación, la publicidad, la educación, los padres y uno mismo- las causas básicas de los derramamientos de sangre a lo largo de la historia?
Hay que tener muy claro que la estrategia de la oscuridad ya no utiliza títeres tan obvios y obsoletos como Hitler, pero tampoco los descarta. Ahora, la verdadera maniobra está en la sutileza, en lo que nadie pudiera llegar a imaginarse siquiera y que, segundo a segundo, asola nuestras mentes y pensamientos, sea esto a través de los genes, la televisión, nuestros traumas de infancia o la educación recibida. Quizás a los nuevos gurúes o títeres, ahora únicamente les baste un buen bronceado, o discursos moralistas que promuevan la competencia social, profesional y económica. Por lo tanto, queda claro que la violencia que vemos en los medios, sólo viene a ser el reflejo obvio de una fuerza inconmensurable, digna del espanto y, a la vez, de la risa más profunda e infinita. .
Filed under: F2.- Violencia |
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