Una reflexión taxi sobre la educación

Por: Kemy Oyarzún*
Fuente: Revista «Pluma y Pincel» Nº 182, Noviembre-Diciembre 2004

Escribo estas palabras de prisa, en un taxi, mientras circulo entre una clase y otra por la calle Portugal. No soy profesora «taxi», como se les dice hoy a quienes trabajan por hora. Detento lo que en estos tiempos más que derecho es privilegio: contrato de planta, jornada completa. Sin embargo, hoy, puedo embarcarme en esta reflexión taxi, como si fuera académica por hora, académica en tránsito.

Avanzo hacia las calles de Santiago Centro. Los nombres de las calles me llevan a pensar en nuestra historia republicana. Advierto enseguida que las universidades públicas no son hoy las ciudadelas letradas de la República de antaño. Tampoco las del Estado Docente. Tal vez las universidades «tradicionales» siempre espejearon la Nación-Estado. Y tal vez por eso mismo la universidad de hoy se encuentra parcializada, su universalidad mermada, su capacidad de convocatoria cívica disminuida, su estatuto nacional tan desperfilado como la propia nación transnacionalizada que la instituye. La ciudadela universitaria no es una: ella se esparce por el mapa incierto de la gran ciudad neoglobalizada, con sus mermas, sus jóvenes descontentos, sus «mediaguas» y sus «palacios», sus rituales polimórficos. Todo un andamiaje de claro-oscuros se difumina junto a sus bastidores centrales. Aquí, lo más «democratizado» es la fragilidad material, aunque también se ha democratizado el desencanto. Mucho se ha dicho ya sobre el supuesto desencanto social con lo político. Pienso que del desencanto al descontento hay unas pocas letras de diferencia y me imagino que algunos no sabrán ya distinguir entre ambos. Me acuerdo de Norbert Lechner y sus encuestas para el PNUD(1998 y 2000). En sus correspondencias con José Joaquín Bruner le insistía que ese supuesto desencanto tiene más relación con una creciente «desconfianza» hacia la clase política hegemónica que con un desinterés por la res pública.

En los setenta se insistía que lo personal es político; cuestión que adquiere en el Chile de hoy renovada vigencia y nos invita a llenar de contenidos situacionales las implicancias psíquicas, privadas y públicas de la dominación neoliberal. Tal vez habría que profundizar estas reflexiones «taxi» sobre las propias condiciones de nuestro quehacer universitario. Como vengo de la cultura, he tenido que insistir muchas veces hacia afuera de nuestro campo de estudio que el pragmatismo ha arrinconado la reflexión, ésa que uno hace con tiempo y con la distancia crítica necesaria. Muy ligados están tiempo y juego para nuestra actividad. Pensar «hacia adentro y hacia fuera» depende en gran medida de nuestra capacidad de abrirnos hacia ese «otro tiempo», ése que el capitalismo hace mucho tiempo ha confundido con «ocio», como si se tratara de un «vicio». Yo pienso «ocio» y pienso libertad. Pienso vicio de libertad y no me molesta para nada la asociación ocio/vicio. Puede que entre un taxi y otro se nos abra un espacio intransigente e insobornable, un «ocio» intenso y vertical.

Digamos, a la rápida, que todos nuestros saberes, sean científicos o artísticos, requieren de ese «dulce vicio» del tiempo libre, hoy convertido en tiempo de tránsito. Digamos también que se trafica con nuestro tiempo y con nuestros cuerpos, cuestión que me parece más grave que la simple idea de los «tráficos» de nuestros quehaceres. Me atrae ese transitar entre campos y disciplinas; me hace «fuerza» la movilidad, la elasticidad, sentir que el campo cultural «se mueve», que conmueve, que tiene un vasto potencial para remover anquilosadas estructuras, compartimentos estancos.

Hacia adentro de nuestro campo cultural muchas veces me descubro insistiendo en esa «flexibilidad»; vértigo de la Modernidad, fuente de cuestionamiento de absolutos y de dogmas. Luego me detengo a pensar en una paradoja. La gatilla la palabra «flexibilidad», actual eje de tensiones. Porque una cosa es que nuestro campo se abra, que seamos capaces de imaginar los límites, las fronteras de lo conocido y por conocer. Pero una cosa muy «otra» es que esa flexibilidad se conjugue con una rigidez estamental en nuestros cuerpos colectivos, en nuestras instituciones, hecho que se aprecia actualmente en nuestras universidades. Hablamos de flexibilizar las verdades, pero practicamos la intransigencia, como colectividades, digo (he deseado no incurrir en esto a nivel individual, pero ello no tiene mucho peso simbólico). No confundir «discurso» con «prácticas discursivas» («obras son amores, no grandes razones», dijo una Santa poco recordada en nuestros días). Hoy se enuncia desde la intransigencia la importancia de ser flexibles, se enuncia desde la intolerancia la «necesidad» de ser tolerantes. Pero hay otro tema vinculado a esta «ideología» de la flexibilidad. Recuerdo que en estos días ha habido mucha polémica en torno a la «flexibilidad laboral». ¿Qué tendría que ver aquello de la «flexibilidad laboral» con el vértigo del saber, con la dulce garra del vicio y el ocio?

Si se tratase de ampliar los derechos sobre nuestras propias energías creadoras y sobre nuestro tiempo, esa flexibilidad laboral podría implicar un cambio «copérnico» en la cultura, en la actual cultura del quehacer. Pero como estamos insertas en la era de la sospecha, indago un poco más y me encuentro con una inconsistencia: aquí no se trata de flexibilidad «horaria», sino más bien de «flexibilidad honoraria». Diversificar nuestros tiempos no se conjuga en este sistema neoliberal con ampliar el potencial de apropiarnos de nuestras energías y de nuestros tiempos. Más bien, lo que se pretende es facilitar y flexibilizar las capacidades para que otros se apropien de nuestras energías. En el fondo, como cuando negociamos el «alquiler» de nuestras mentes y cuerpos lo hacemos en «contratos», lo que aquí está en cuestión es ceder la capacidad de negociar el valor de nuestro tiempo a cambio de una supuesta liberalidad horaria. Liberalidad horaria vendría entonces a coincidir con falta de libertad sobre nuestra energía/cuerpo, con carencia contractual. Las políticas universitarias actuales se funden y confunden con gestiones privatizadoras, verticalistas y localistas, de corto plazo, sin proyección país. Con frecuencia, la creación naufraga en la mera administración del saber. La venta de servicios cohibe la generación libre y libertaria del conocimiento, aunque se diga que el mercado «democratiza» los mecenas. Los saberes producidos quedan hoy cruzados por las crudas pugnas involucradas en la obtención de recursos: el autofinanciamiento deforma y contrae geométricamente las posibilidades de autonomía y distanciamiento necesarias para la creación de conocimiento. Se tiende a investigar aquello que está preasignado con fondos; no siempre en función de objetivos propios ni de necesidades país. El clientelismo mediatíza las relaciones entre quienes generan y difunden saber y no parece haber más «dialogismo» que el de la oferta y la demanda en crudo. Las condiciones de sobrevivencia inciden sobre el tiempo y el ritmo de la producción artístico-científica, contraen la divagación, redistribuyen la errancia: reflexión «taxi». En alguna ocasión, el Lukács hegeliano anunciaba que en la Modernidad, el «camino termina» y «el viaje comienza». No le temo al viaje, más me perturban los pactos silentes de los tráficos del poder/saber. He aquí el destino latinoamericano globalizado y sus inquietudes tránsfugas: una aventurilla de circunvalación, de periférico. Nada «fluye» más que el capital metropolizado. Las tecnologías del saber, la propia cultura, se anexa a los flujos de la acumulación y hace proliferar plusvalía. Ni el paseante de las calles ni el obsesivo de los anaqueles bibliotecarios. Las bibliotecas funcionan a pulso, por la obstinación de las bibliotecarias. Tampoco el viraje cibernético. Su acceso no es aún masificado. Cada vez menos tiempo. Un medidor constante interrumpe las pulsiones estéticas y críticas; las conversaciones pierden espontaneidad, agudeza; se consolidan y programan, aparecen «sobreproducidas». La recreación se jibariza.

El ocio parece vicio. Ortega se equivoca. En esta Modernidad no hay ensimismamiento, todo es reacción. El movimiento se confunde con el vértigo de la hiperactividad, como accionar sobre un mismo punto, sin desplazamiento. Producción/objeto, a expensas de los sujetos emergentes (jóvenes, mujeres, pueblos originarios). Los sujetos universitarios son referidos a función, a pieza desechable: honorarios, contratos «taxi», por hora.

Saberes por hora. Ansiedad honoraria. Aquí la desregulación del mercado estanca las carreras académicas, cercena las plantas sin su renovación. ¿Se genera crítica en estas condiciones? ¿Se critican las prácticas culturales, las políticas económicas del saber, las biopolíticas dominantes? ¿Con qué límites y autocensuras? ¿Cuáles son sus agenciamientos? Entre bambalinas, se habla del fin de los grandes relatos universitarios. El Estado Docente, ¿un gran relato? El Estado de Bienestar, ¿otro? El público, ¿un gran relato derrotado? Y los proyectos derrotados ¿circulan aun? ¿I)onde? ¿En qué actores, en qué sujetos se encarnan? En los pasillos la autocensura cambia de nombres. Se enmascaran los términos: palabra «Reforma», palabra «derechos». Traducir es traicionar y las traducciones no se escatiman. La palabra «Reforma» viene tachada y sustituida por el vocablo «Reestructuración». Los «Derechos» emergen más bien como nuevos miedos: miedo/ expresión, miedo/ educación, miedo/trabajo. No ya el terror Estado. Terror es palabra demasiado épica y reservada para la historia inmediata. Más bien un «pequeño» estado generalizado de miedos, pavuras cotidianas «democratizadas», mas bien miedo a la democracia, a una sociedad de sujet@s no tutelados. La triestamentalidad (estudiantes, funcionarios, académicos) apabulla. Los cogobiernos mercantiles no, ellos se han convertido en la «norma». Se sabe que un Normativo en el que los estamentos participan ponderadamente no implica cogobierno, y sin embargo, el temor a las discusiones no tuteladas subsiste.

La nueva modalidad organizativa del capital implica una gran desconcentración de los procesos productivos: la subcontratación de unidades productivas autónomas y solo coherentes con la lógica de la acumulación. El modelo exige flexibilidad y fragmentación del capital-productivo. En este sentido, la reorganización de los procesos productivos en Chile se vincula estrechamente a las nuevas modalidades de la internacionalización. A nivel mundial, ni sólo internacionalización del capital-dinero ni pura internacionalización del capital-mercancía. Más bien, internacionalización del capital-productivo mismo, desconcentración territorial de los procesos productivos en la búsqueda de costos menores (Agacino, 2002). El repertorio de proyectos de reestructuración hegemónica del sector público, en particular el universitario, se plantea opciones bipolares, falsas disyuntivas excluyentes entre un excelentismo sacrificial (fagocitismo reflexivo-cultural) y un gremialismo estereotipado, de corto vuelo. No parece haber más «dialogismo» que el de la oferta y la demanda. El abaratamiento de la producción de saber coincide con una feminización del sector público. Las mujeres constituyen el 57% de la fuerza laboral del sector público, pero ni el perfeccionamiento ni la formación responden a criterios de equidad de género y generación. Entre Bambalinas, se fantasea con una M.I.T. chilena: intervenir quirúrgica, cosméticamente los fragmentos desmembrados de la Universidad del Estado Docente. Mas, la ausencia de políticas de financiamiento pensadas y canalizadas desde los conjuntos concretos, coherentes con políticas transparentes de carrera funcionaría, cara a las comunidades universitarias y al país, permite que sólo los fragmentos autofinanciados sobrevivan con excelencia y calidad de vida. Una reestructuración de «elegidos» no logrará jamás constituir reformas. Apenas reingenierías parciales (paradójicamcnte, lean, el adjetivo predilecto de las gestiones neoliberales es en ingles sinónimo de carestía y adelgazamiento). Un sueño desarrollista más: refundar algo pequeño, dócil, magro y maleable; remedar y remendar, pero sin solución de continuidad frente a los ethos que confunden mérito con exclusión.

En el 97 decíamos que sólo la presencia de Concejos Normativos permitiría empezar a desplegar cambios en transparencia y participación. Los procesos de democratización iniciados en el año 1997 culminaron, en el caso de la Universidad de Chile con la instalación del Senado Universitario (2002). Ellos son importantes herramientas para la elaboración de las normas, estructuras de fiscalización y políticas que permitan mayor transparencia de los procesos de gestión. En el caso de la Universidad de Santiago de Chile, los integrantes de la comunidad universitaria se manifestaron nítidamente en favor de reformas democratizadoras en un Plebiscito (1999) que hasta la fecha no se ha traducido en resultados concretos. No obstante, la política estatal ha incidido en descalificar en los hechos las pocas instancias democráticas conquistadas.

Sin instancias de dialogismo universitario como ésas, los paradigmas de planificación estratégica reincidirán en desarrollos fragmentarios y sectoriales, a expensas de los grandes conjuntos. Persistirán la actual confusión de «políticas» (policies) con lo político, la reducción de lo ético; lo pragmático. Entiendo que en ausencia de debates pluralistas y panicipativos se seguirán extremando las posiciones, obturando las síntesis, dificultando las articulaciones, cancelando los dialogismos. Hoy podemos constatar con malestar que en la Universidad de Chile, el Concejo Normativo («Senado Universitario») naufragó en la inacción. La cultura de los cambios tutelados sigue coartando las comunicaciones reales entre los sujetos de las diferencias.

Pareciera que a fin de evitar que las grandes universidades se coordinen en las labores de rescatar, defender y democratizar las casas de estudio, las tácticas de «resolución de conflicto» se orientan a fragmentar las reivindicaciones de manera que el año pasado fue la USACH la que vio mermado su Fondo de Crédito Solidario, en tanto que este año le correspondió a la U de Chile. En el intertanto, en la USACH se pretende llevar a cabo una profunda reestructuración neoliberal, al igual que en la UTEM, pero con el estudiantado desmovilizado. Por su parte, en la U de Chile las reestructuraciones se vienen dando en forma silente y fragmentaria, en facultades e institutos.

Los marcos legales vigentes no permiten, en el caso de la gran mayoría de las universidades públicas, una mayor profündización de los canales de participación y democracia universitaria. Me acerco a Compañía con Amunátegui, «destino final» de la circulación matutina de hoy. Por estos días se habla de un Nuevo Trato entre Estado y Educación Superior y sospecho que ese Trato nuevamente se negocia entre paredes, de espaldas a las comunidades. Más que carta vacía, letra muerta o pacto cupular, pienso una nueva carta de navegación para estas universidades, un proyecto radical por armar en conjunto. Y eso no solo significa cambio de «Trato» para las universidades públicas de parte del E.stado.

Eso implica entrar a actuar como comunidades críticas, reconocernos como Sujetos creativos y proyectar desde las diferencias audaces tránsitos democratizadores del saber que tengan en cuenta que la reflexión, sitiada por los tempos de la cotidianidad real, se encima en cuerpos/energía, se despliega en territorios y hace parte de complejos agenciamientos que no nos son ajenos. Nuestro «inmaterial» producto científico-humanista tiene raíces profundamente materiales, concretas, situadas en relaciones sociales cuyo tiempo es nuestro para apropiar y resignificar con sentido de país.

(*) Profesor;) de la Universidad de Chile, se doctoró en la Universidad de California. Fundadora del Centro de Género y Cultura de la Facultad de Filosofía y Humanidades y coordinadora del Magíster de Estudios de Género y Cultura de la misma facultad..

1 Una encuesta realizada en Enero de 1999 por el propio GIM muestra que los/las chileno.s/as perciben una «gran distancia entre sus preocupaciones y necesidades y los temas que posiciona la clase política.

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