Por: Colectivo Pedagogía Crítica*
Fuente: Icalquinta.cl
(*) Marcelo Pizarro, Miguel Caro, Marcos Cuevas, Luis Astorga, Claudio Vistoso, Carolina rojas, Fabián González.
Quién pudiera negarle hoy a la escuela un sitial privilegiado en el devenir vertiginoso y global de nuestra sociedad? ¿Quién duda que la institución escolar se corresponda con procesos de formación orientados a la humanización, a la solidaridad social o a la ciudadanía crítica? ¿Quiénes niegan, desde dentro o desde fuera, la posibilidad creadora que significa la escuela? ¿Por qué seguir alojando la esperanza y el empeño en el envejecido edificio escolar?
Ni afirmaciones definitivas ni negaciones ciegas, simplemente interrogantes abiertas. O, si se quiere leer de otro modo, respuestas contradictorias frente a la. crisis de sentido, que atraviesa el corazón de la escuela, aquella crisis que la mantiene malherida y entre tumbos, pero pese a todo con vida.
Mirar la escuela con los ojos del corazón
Una de las claves que explicaría la crisis de la escuela actual, dice relación con la desorientación y desconocimiento respecto del tipo de sujeto que debe formar y la ausencia de sentido histórico de la sociedad en curso. No hay proyecto social que sustente la escuela, no hay actores constituidos o en constitución que enarbolen discursos que otorguen un lugar a la escuela. Como dice Lewkowics, la escuela históricamente tenía un lugar preciso, con un sujeto identificado, con fronteras delimitadas que permitía hablar de la escuela como algo concreto que en sí contenía un sentido, una articulación histórica. Hoy, en una coyuntura histórica cuya característica central es desintegrar al sujeto, no queda más que desfiguración y desfondamiento subjetivo. Qué otra cosa se puede ser en un escenario que no permite la decantación y legitimidad de la escuela como institución que referencia por un lado un proyecto histórico y por otro un sujeto histórico que encarna la posibilidad de conducir ese proyecto. Sólo semblanza de un pasado, sólo actualización conservadora, sólo resistencia reaccionaria. Desde su masividad solitaria, desde su institucionalidad sistémica que en fondo es pura individualidad regresiva, proponemos hacer una lectura descarnada de la escuela, porque si algo contiene este maravilloso espacio social son quiebres, resistencias, tensiones. Tensiones plenas de potencialidades constructoras, hebras que anudadas con otras pueden devenir en trenzas, que a su vez trenzadas con otras van creando cruces imbatibles, donde los trazos de transformación pueden constituir un actor social de envergadura histórica, el profesor, la profesora. No sólo eso, la realidad de la escuela nos convoca a gritos a transformarla, y materia prima para ello sobra. Nuestras prácticas, en muchos casos son ejemplos de lo que se puede hacer, nuestras conversaciones, nuestras angustias, la alegría de ver que un(a) estudiante aprende, etc., son expresiones de la potencialidad que hoy tiene la práctica pedagógica.
Uno podría decir que estas prácticas son aisladas y siempre individuales, no alcanzando a ser visibilizadas como práctica social. Podemos concordar con ello, pero lo que nos deberíamos preguntar, es si bajo dicha práctica aislada e individual, ¿no se teje algo de mayor envergadura, que no sabe como presentarse, que no adquiere aún carta de ciudadanía?. Desde nuestra perspectiva, desde la toma de posición en que estamos, el trabajo de construcción que abre la educación en general, y la escuela en particular, nos enfrenta a un escenario muy positivo. Todo aquello que hemos enunciado como negativo tiene otra cara, que son las posibilidades que se abren.
Decimos, casi con arrogancia, que la Escuela es una posibilidad de construcción social y política. Que desde este lugar simbólico es posible imaginar, aunque aún sinuosas, huellas por donde transitemos en la gran tarea de construir esperanzas, luchadores sociales, proyecto. Magna tarea, porque hay que luchar contra nosotros mismos, contra nuestra fragmentación, contra nuestros prejuicios; pero por otro lado, inmensamente posible, en tanto lo que se requiere es justamente la tenacidad, el convencimiento, el compromiso, que los y las docentes y todos aquellos hombres y mujeres, que están dedicados a la formación y la educación. La escuela que conocemos, la escuela desde la que dialogamos está en crisis y ello más allá de un acercamiento formal o académico, nos habla de una cierta impotencia de esta institución para enfrentar las misiones que le encomienda la sociedad. El espacio educativo ha desfigurado sus contornos, perdiendo los «límites» que le otorgaban sentido. Su frontera se ha licuado, haciendo borroso aquello que permite decir que «algo» está fuera o que está dentro; algo pertenece o no pertenece; su misión cada vez es más difusa, cada vez más amplia; su identidad, si es que podemos hablar de ello, está siendo pulverizada constantemente. Quién puede hoy con meridiana claridad decir ¡esto es la escuela!, sin que ello no implique mencionar una cantidad de aspectos o fenómenos que son compartidos por otras instituciones o esferas. Nadie. A no ser que se vomite una cantidad desvergonzada de lugares comunes, o principios que más bien hablan de una prédica, de letanías dolorosas por recuperar lo perdido La escuela, nuestra escuela, se vive como el lugar de los sueños, como el lugar de los ideales, como el lugar de los grandes principios. La escuela, nuestra escuela, es vivida, sentida, como el espacio purificador de naturaleza y embriagador de cultura, no cualquier cultura, sino una cultura que nos engrandece en lo más vigoroso del humanismo. Por siglos y por generaciones, las confianzas del mundo han reposado sobre las anchas espaldas de la Escuela, esperando que este medio conduzca allá donde todos esperamos. Sin embargo, hoy más que nunca, la idea de que la escuela es el vehículo preciso para viajar desde la infancia a la adultez, desde la oscuridad al resplandor del conocimiento, desde el alboroto callejero a la vereda de la civilidad democrática está claramente en duda. La escuela, más bien supone un lugar esclerotizado, incapaz de visualizar su tiempo, que a regañadientes trata de crear condiciones de aprendizaje, sin tener muy claro cuál es el lugar y perspectiva de dicho aprendizaje. La escuela, nuestra escuela, sin embargo, se nos aparece como una traición, como una impostura, como una frustración.
¿Qué es la escuela hoy?
Dicho fríamente, una sofisricación llena de números, indicadores, estándares, una aplastante máquina de pruebas y tests, una singular manera de idiotizar, una verdadera industria tayloriana. Y esto no lo decimos con un tono moral, sino con una rabia ética y una intuición histórica. La escuela que hoy tenemos, cruda y deshumanizada, no tiene nada que ofrecer, a no ser que queramos exclusión, violencia, discriminación, ahistoricismo. O mejor dicho, sí, nos ofrece algo, un campo de batalla donde las exclusiones, las violencias, las discriminaciones, son los nutrientes para pensar las preguntas que nos permitan develar la escuela que tenemos. En verdad nos entrega más, nos entrega la soledad del profesor(a), nos muestra jóvenes encapsulados en el presente, nos muestra el magnetismo autoritario y violento de las interrelaciones, nos muestra los despliegues desesperanzados, las biografías cansadas. No sólo eso, la escuela nos da pruebas de la privatización de lo social, de la inmanencia del presente. En fin, la escuela es la presencia misma de lo social y su estructuración. Entonces, qué nos está diciendo esto, que efectivamente la escuela está en crisis, en tanto lo que ella representa es un orden social desfigurado de proyecto, de sujeto y de esperanza. ¿Qué es la escuela hoy? Cómo nos dice Lewkowics, un galpón vacío, como decimos nosotros, un lugar a ser llenado. O podríamos decir, un lugar que tiene que ser vaciado para ser posteriormente llenado con otros sentidos, con otros valores, con otro protagonismo.
Aún en el panorama sombrío en que se desenvuelve la escuela, no deja de llamar la atención, que la escuela sigue teniendo una legitimidad social, por sobre otras instituciones de socialización, como es el caso de la familia y la iglesia. Esto nos habla de la necesidad de la escuela en el plano de la afirmación social. Aun más, la escuela se ha convertido en un lugar de cobijamiento, de resguardo. Sigue teniendo, en el imaginario social, la capacidad de transformar las condiciones de existencia de los individuos. La escuela es el espacio donde miles de familias dejan a sus hijos(as) diariamente, con la finalidad de que los sueños y las esperanzas se cumplan. ¿Qué otra institución tiene este nivel de legitimidad? ¿Qué otra institución, logra transportarnos por los carriles de los sueños?
He aquí la riqueza del momento histórico. En la medida que la oleada transformadora deslegitimiza las instituciones socializadoras, se van abriendo brechas por donde se puede acumular, tensionar, aprender, esperanzarse. Como pesimistas activos que somos, según diría W. Benjamín, las derrotas infligidas por el neoliberalismo a la conciencia histórica nos permiten apostar por luchas que adquieren fuerza y legitimidad en los momentos que se gestan y llevan a cabo. Si la escuela está en crisis, hagámosla reventar, para que lo purulento que haya en ella sea expulsado y así poder permitir que la herida se muestre en toda su magnitud. Quizás la herida está gangrenada y habrá que amputar, o quizás podamos aplicar intervenciones quirúrgicas que permitan salvar el órgano. No podemos pretender que la escuela sea una institución natural y permanente, que viva de una esencialidad o un alma inmanente que los tiempos de los tiempos no altere; no podemos sentarnos a contemplar, desde lejos, lo que en ella ocurre como si fuera algo superficial con la idea de esperar que los tiempos aplaquen su ira para que todo vuelva a su redil.
Hundamos nuestro dedo en la herida, hasta que el paciente caiga inconsciente, de lo contrario, caeremos en el coro positivista. Si no golpeamos allí donde duele, nos adormeceremos en los cánticos de la mirada tecnocrática y nos dormiremos en el oropel de los apóstoles de la educación, aquellos que forman en la obsecuencia, el éxito y la cuadratura.
Una escuela con los ojos y los brazos abiertos «…he aquí nuestra única arma, catapulta, lamida por el fuego secreto de las manos, alimentada en el frío de nuestra certeza, moldeada en silencio a toda hora para el sitio preciso del asalto.» (Efraín Barquero, La Piedra del Pueblo)
Una escuela que navega a velocidad de galeón en plena era post-supersónica, esa es la imagen que despliega este fantasma que nos asusta y nos alarma con la misma simpleza con que nos embruja. Sobre esta nave viajamos, navegamos sin rumbo. Nuestros capitanes duermen placenteramente embriagados por la derrota, mientras el velamen, vuelto jirones, perdido por los aires nos condena a quedar suspendidos en medio de la nada. ¿Qué hacer ahora que todos los peligros nos acechan, ahora que los vientos no soplan de nuestra parte, ahora que la noche se traga una a una las luces que dibujaban un mañana distinto en el horizonte? ¿Abandonar la nave? ¿Entregarse a la nada? ¿Atesorar una isla y mirar cómo se hunden los sueños a nuestras espaldas? ¿Aferrarse a los despojos del sueño?. Probablemente, si algo nos detiene a pensar sobre el futuro de la escuela y responder responsablemente a esas preguntas es la simple certeza de que no viajamos solos, los miedos y las esperanzas son también de niños y niñas, de jóvenes, de padres de familia, de madres, de vecinos, de una comunidad de la que los profesores somos apenas una parte. La escuela por habitar es la que abre sus puertas a quienes, a pesar de estar dentro, la han mirado históricamente desde fuera.
Entendemos una escuela con los ojos y los brazos abiertos aquella que se construye y constituye como experiencia histórica, territorial e imaginaria en tanto recicla y potencia los saberes instalados en una localidad específica- una comunidad- donde la escala de la participación real, activa y democrática puede construir sus primeros peldaños. Una escuela concebida, al mismo tiempo, como una experiencia imaginaria, un espacio de nacimiento y reformulación de aspiraciones colectivas, una experiencia creativa de nuevos roles que prefiguren actores educativos más integrales. Esta es la escuela que mira más allá de sus muros y que respira el mismo aire que sus alumnos. La que incorpora el tiempo histórico y el tranco vivido de su entorno comunitario, la que aporta en la construcción de espacios participativos de aprendizaje social, la que democratiza en el habla y en la escucha. La que enseña y aprende.
«He aquí nuestra única arma» dice E. Barquero, he aquí nuestro campo de batalla más precioso – decimos nosotros- nuestra arma cotidiana. Nuestra escuela, tal cual, «alimentada en el frío de nuestra certeza» acompasando la vigilia antes del asalto.
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