Pensamiento científico

Por: Hernán Montecinos
Fuente: Tomado del ensayo “Del pensamiento mágico al posmoderno”. Autor Hernán Montecinos

OBJETIVO Y FUNCIÓN DE LA CIENCIA
 
El objetivo de la ciencia se fundamenta en el esfuerzo por conocer la realidad a fin de transformarla, de dominarla para beneficio del hombre. A partir de esta premisa se dice que la ciencia moderna tiene por fin alcanzar el progreso. Pero esta idea quedaría trunca si consideráramos ese progreso sólo en la medida que nos aporte bienestar y comodidad, sin considerar los efectos que pueda reportar dentro de una concepción de totalidad humana.

En efecto, contrariamente a lo que en un principio se sostenía, el conocimiento científico no es una función desinteresada, esto es, el saber sólo por el saber. Esta última concepción, enraizada en la filosofía del medioevo que valoraba como máxima virtud el desinterés, suponía afirmar que la actividad del científico es una actividad irracional, puesto que lo racional, es actuar a fines que trasciendan el actuar mismo. Afirmar lo contrario sería alejar a los científicos de la realidad para mantener privilegios ancestrales de irracionalidad.

Al analizar el significado de las Ciencias Naturales vemos en ellas un esfuerzo por controlar los fenómenos de la naturaleza, transformar sus fuerzas en beneficio de la sociedad y de su desarrollo económico y tecnológico. Si con la Ciencia Natural el hombre pudo dominar el impetuoso paso de los ríos para generar energía, así también, con las novísimas ciencias sociales pudo diagnosticar y controlar los procesos sociales, acelerar el crecimiento económico, impulsar profundas y radicales transformaciones en la sociedad. De este modo, si las Ciencias Naturales logran convertir al hombre en dueño y señor de la naturaleza, así también, las ciencias sociales hacen del hombre dueño del destino de la sociedad, transformando sus estructuras e interrelaciones.

Sin embargo, esta instrumentalidad sólo hacía suponer efectos beneficiosos, en el contexto de la idea de Progreso propugnada por la Modernidad. Nada hacía suponer los daños que pudiera ocasionar, precisamente, en contra de aquella humanidad a la que supuestamente se beneficiaba. La idea del riesgo de la ciencia y, en particular, de la tecnología, hace su aparición en la segunda mitad del siglo pasado. No solamente la energía nuclear, aplicada civil y militarmente en la época de la guerra fría, reforzaría esos temores, sino que ahora un peligro mayor emerge, en la medida que enormes volúmenes de desechos deben ser esparcidos y almacenados en el propio entorno de la naturaleza. La ciencia y la tecnología, ya no son sólo fuente de oportunidades, sino también de riesgos, incluso, puede llegar a ser el instrumento de su propia destrucción.

Este diagnóstico no es catastrofista en la medida que se sustente el principio de que la misma ciencia y la tecnología sabrán sacarnos de este atolladero. Sin embargo, tal cual se nos presentan los acontecimientos, nos inclinaríamos a sustentar lo contrario, por cuanto un desmesurado tecno-optimismo nos ha puesto al borde de la destrucción de la naturaleza y al borde de un colapso ecológico con el consiguiente desmejoramiento de la calidad de vida. Sin embargo ambas posiciones se muestran irracionales, pues es irracional que en nombre del beneficio económico se siga depredando la naturaleza con daños que, a mediano y largo plazo puedan ser, incluso, desde el punto de vista económico, mayores que los beneficios presupuestados. También es irracional pensar que se pueda renunciar a la ciencia y a la tecnología para seguir evitando depredar a la naturaleza. Lo anterior por cuanto el hombre ha construido su medio reformando una naturaleza que cada vez le es más distante. Destruir la técnica, por tanto, es destruir al hombre en la medida que la humanidad es la ilustración de un círculo vicioso: siendo la técnica un producto humano, el ser humano ha pasado a ser también un producto de la técnica.

Frente a esta disyuntiva hay quienes postulan que la naturaleza se nos muere. La red técnica que la recubre la estaría asfixiando. Sobre esta amenaza que es real, debemos imprimir a nuestro supramedio técnico una aplicabilidad que sepa evaluar previamente sus posibles efectos negativos. Nuestra razón, entonces, debe ser capaz de servirnos de guía en la adopción de decisiones que permitan asumir con discrecionalidad los modos de aplicación de la ciencia y la tecnología. Pero esta razón para que sea válida debe ser una razón que se traduzca en decisiones y obras proactivas y no reactivas.

En este marco, el péndulo de varios sectores se ha ido inclinando hacia el más radical de los pesimismos respecto de la ciencia y sus productos derivados. La salvación de la naturaleza ha sido la preocupación de muchos movimientos y programas. Han tenido éstos, pues, un carácter eminentemente reactivo, y sólo a partir del año 90, han sido sustituidos por iniciativas crítico-constructivas. Se tiene conciencia que los efectos negativos que producen la aplicabilidad dela ciencia pueden preverse con el auxilio de la misma ciencia. Esta oportunidad de la ciencia para identificar los propios males que ella engendra debemos de aprovecharla, no tan sólo para la salvación de la naturaleza y de la misma especie humana, sino también, para la dignificación del mismo quehacer dela ciencia. De seguro, la ciencia puede, debe, y de hecho ya nos está ayudando a fijar límites que hay que respetar.

A partir de estos hechos se ha empezado a cuestiona a la ciencia, sobre todo a partir de la década de los setenta, cuando ya se dejan ver los efectos devastadores de su aplicación. Este ha sido un problema que se mantiene latente hasta nuestros días y lo seguirá siendo en la medida que la negatividad de sus efectos siga una curva exponencial. ¿Quién es el culpable de todo esto? Se podría decir que la ciencia, Pero decirlo así representa un juicio valorativo abstracto, porque la ciencia no nace ni menos se desarrolla sola, sino que es creación de los científicos. Pero, ¿se querrá decir con ello que los científicos son los responsables? Por cierto, aquí entramos en el terreno de las especulaciones de cuyo reconocimiento es muy difícil dar cuenta. Debemos recordar que todos los inventos traen consecuencias. Así, cuando el hombre primitivo logró los primeros instrumentos rudimentarios para la caza, con ellos también mató a sus semejantes, y en ese tiempo no existían los científicos. Cuando a partir de las investigaciones de Einstein se logró la fisión del átomo, éste nunca llegó a imaginarse el uso destructivo que el hombre haría sirviéndose de sus investigaciones realizadas pensando en su utilización para fines pacífico. El hecho que se hubiera utilizado para lanzar la bomba atómica, ciertamente no fue una decisión de Einstein, sino una decisión del poder militar–político. Sin embargo, en una política científica razonada, los científicos deben asumir responsabilidades cuando tengan el convencimiento de que la aplicación de sus descubrimientos científicos pueden ser perjudiciales. No olvidemos que el gran Oppenheimer tuvo que comparecer ante la justicia por haber rehusado su concurso a trabajos cuyos resultados le parecían peligrosos para la humanidad.

Llegamos a un punto en que la función de la ciencia no puede concebirse ya sin dejar de considerar principios éticos mínimos. Así, ya no se puede hablar de la ciencia sin incorporarle este nuevo elemento, sin el cual la ciencia del presente y del futuro perdería todo su sentido. El científico entonces, ya no podrá desatender, junto con su cuestión investigativa, una íntima reflexión ética respecto de sus posibles resultados. El científico, por tanto, requerirá también de ciertos conocimientos humanísticos, pues, si no ha reflexionado largamente sobre cuál es el verdadero alcance del concepto de lo humano, sus descubrimientos podrán ser mucho más devastadores que otros. Así, los científicos tendrán que considerar el modo de utilización de sus investigaciones en las estructuras complejas de la política y de la economía. No será necesario que sus conocimientos sean profundos en ciencias políticas ni económicas, pero deberán, a lo menos, poseer una cultura general suficiente y una percepción justa de lo que acontece en la realidad de la sociedad. Con tal criterio, el científico podrá discernir por fin si el resultado de sus investigaciones pueden convertirse en un peligro para la vida de un gran número de seres humanos y, por consiguiente, obrar con lealtad, coraje y ética, tal como lo hizo en su oportunidad Oppenheimer.

Cierto es que estos juicios no tienen que limitarse al desarrollo de la ciencia, sino compatibilizarla con las apremiantes necesidades humanas evitando sus posibles consecuencias devastadoras. En tal contexto es necesario establecer que constituiría un error dejarse llevar por aquella tendencia de querer desnaturalizar el sentido más esencial de la ciencia moderna poniendo cuestionamientos a su utilidad y función. A decir verdad tal atributo escapa a la responsabilidad misma de la ciencia al ser el hombre, en definitiva, el que le confiere el carácter último de su instrumentalidad. En tal sentido, siempre se encontrará latente el problema de las opciones, toda vez que si bien la computadora puede accionar el dispositivo de lanzamiento de un proyectil devastando ciudades enteras, no es menos cierto que se puede desencadenar también una reacción en cadena para producir energía que de vida y esperanza a toda una zona humana.

Lo anterior no impide desconocer los devastadores efectos de desorbitadas aplicaciones tecnológicas que se han realizado con total desprecio del bien común. Pero no podemos inferir responsabilidad en sí misma de la ciencia a tales hechos. Esta convicción surge si tenemos en cuenta que el papel de la ciencia no conduce a la formulación de códigos éticos, sino que sólo intenta resolver lo que es y lo que no es, nos entrega simples resultados, es decir, no intenta por sí misma caracterizar lo que encuentra como bueno o malo; sus datos se valorizan tan sólo por el criterio eminentemente científico, vale decir, por criterios de veracidad. Al reivindicar a la ciencia tan prejuiciada a partir de los males de la Modernidad, es preciso hacer la distinción de que no es precisamente de allí de donde derivan los males del tiempo moderno, por tanto, ello no sirve para hacer justificación de los males actuales por los que atraviesa la humanidad. Héctor Croxatto, Premio Nacional de Ciencias señala a este respecto que aunque se invoca que la prodigiosa expansión de la ciencia ha contribuido a la actual deshumanización, se deja en sordina su más preciada virtud, la búsqueda de la verdad, uno de los valores supremos que ennoblecen el quehacer del hombre y que alimenta una de las aventuras intelectuales más grandiosas que el hombre pueda acometer. Ahonda en el tema con su siguiente reflexión: “El progreso científico-tecnológico ha sido fruto de la inagotable capacidad inquisitiva del espíritu humano, hurgando en los más recónditos lugares del Universo, desde los espacios siderales a los constituyentes ultramicroscópicos de la materia. Nunca se dice bastante de esa cualidad creativa tan maravillosa que el hombre posee, que hace de él un ser único que lo distancia de un modo inconmensurable de toda otra criatura terrenal. Rara vez se piensa suficientemente en este atributo específico que genera los frutos de la ciencia, gemas de su creatividad que surgen de su vocación de saber y que por su fascinación son productos comparables a las obras maestras de la creación artística”

LA CIENCIA COMO PARADIGMA

Sin el auge de la ciencia, la historia de la Modernidad se habría estado escribiendo en otro sentido. De allí que, entre todos los elementos que caracterizan a la Modernidad, la ciencia aparece como el más fundamental. Es, por así decirlo, la que le imprime el ritmo de su curso y la determinación última de su desarrollo. Por eso, el paradigma de la Modernidad no puede ser otro que la ciencia.

En su Antropología Filosófica, Ernst Cassirer señala que la ciencia representa el último paso en el desarrollo espiritual del hombre y puede ser considerado como el logro máximo de la cultura humana. Se trata de un producto tardío y refinado que puede desarrollarse sólo bajo condiciones muy especiales. Desde el punto de vista conceptual ni siquiera existió antes de los pensadores griegos. Una vez acrisolada, aún incipientemente con Aristóteles, la concepción de la ciencia pareció olvidarse o eclipsarse en los siglos siguientes. Tuvo que ser redescubierta en el Renacimiento. Después de este redescubrimiento el triunfo de la ciencia se ha detenido y ha parecido ser completo. Se puede decir que no hay ningún otro poder en el mundo moderno que pueda ser comparado con el que otorga el pensamiento científico. Se considera como la consumación de todas nuestras actividades humanas, como último capítulo de la historia del género humano. Será posible discrepar con ella en lo que concierne a sus resultados, pero parece fuera de toda duda su función general, esto es, que nos proporciona seguridad en un mundo que se nos muestra siempre cambiante.

Ya antes de las ciencias, habían surgido diferentes técnicas que tuvieron aplicación práctica, tanto en la civilización mesopotámica como en la egipcia o en la misma Edad Media. Estas habían permitido al ser humano ciertas reformas en la naturaleza, pero sin llegar a conocerla. El control de estas técnicas había sido finalmente ciego en su acción. Es en el Renacimiento cuando la técnica recién empieza a orientarse científicamente. Es el nacimiento de lo que hoy se reconoce como tecnología, esto es, la técnica a la que la razón científica explica no solamente lo que hay que reformar, sino la forma de hacerlo.

La nueva ciencia se plantea ya no sólo como una manera de pensarla teóricamente sino que, ahora, recoge las expresiones más genuinas del trabajo empírico de la observación en terreno. La observación entonces permitió descubrir las causas que producen la infinita variedad de las formas en que las cosas ponen de manifiesto su existencia. Con el apoyo de los resultados de la ciencia, la imagen del mundo se conformó a las dimensiones y posibilidades reales del hombre. Podemos concluir que el mérito mayor de la ciencia moderna es que revoluciona el sentido mismo de ella, es decir, la hace más acabada y completa, por vez primera se piensa y se practica para ponerla enteramente al servicio de la vida del hombre y se liga directamente al objetivo del progreso.

Empero, su característica más fundamental es el “carácter revolucionario de su actividad”, surgiendo con ella la producción mercantil en gran escala, ahora mecanizada y automatizada. Entonces, la ciencia moderna pasa a convertirse en uno de los factores que dan mayor impulso a este desarrollo. Y, a la vez que coadyudó a la transformación de las condiciones de la existencia humana, logró también producir un cambio profundo en las formas del pensar del hombre moderno y redoblar su vigor como fuerza revolucionaria de la sociedad en el campo del dominio económico, político y cultural. Se convierte en el centro del maquinismo propio de la Revolución Industrial y de la Revolución Científico-técnica que empieza a operar a partir de la segunda mitad de nuestro siglo.

El carácter revolucionario de la ciencia moderna sabe llegar desde las bases fundacionales aportadas por Copérnico, Kepler y Galileo, hasta las ciencias de Newton y la de Einstein. Del mismo modo, en nuestros días nos hacen reconocer la invasión de su práctica en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. Desde tomar un avión para vacacionar con la familia, usar la aspiradora para limpiar la casa, conducir nuestro automóvil para dirigirnos a nuestros trabajos, hasta cuando manejamos el control remoto haciendo zapping para manejar los canales de televisión cuando llegamos a casa.

A su vez, la ciencia permite el descubrimiento de nuevas tierras en Africa, Asia y América, logrando probar así las inmensas posibilidades que el hombre tiene para superar sus propias facultades y ampliar su dominio sobre la naturaleza. Más tarde, la nueva ciencia social lograría enseñar que, de la misma manera como la Tierra no constituye un cuerpo privilegiado en el Universo, los privilegios sociales que el hombre ha logrado darse sobre la Tierra no son indestructibles. Como consecuencia de ello se llegó a concluir la posibilidad de lograr establecer una sociedad sin privilegio, tal cual la habían vivido nuestros antepasados más primitivos. Es así como la historia recoge el testimonio de esta idea como meollo del pensamiento de Jordano Bruno, quien la propaga por toda Europa hasta terminar quemado por la Inquisición. En cuanto al anhelo de lograr mejorar la sociedad estableciendo condiciones más favorables para la existencia humana, dicha idea quedó bellamente expresada por los utopistas como Moro, Campanillea y Bacón. En una época tan científica no es de extrañar que más tarde apareciera el genio de Carlos Marx, para transformar estas ideas utopistas en ideas científicas que logran influenciar el pensamiento de la humanidad, aún hasta nuestros días.

Pero es en el siglo XIX cuando empiezan a operarse los grandes cambios dando comienzo a una nueva era de expansión. Las ciencias físicas se constituyen con rigor y hacen que el hombre se vuelva exclusivamente al mundo de la materia situada en el espacio. Por su parte, la sociedad se hace cada vez más materialista; la química agrega a los productos minerales o vegetales cuerpos artificiales cada vez más numerosos que no existían en la naturaleza y que ni siquiera podían obtenerse mediante cultivos apropiados. Pero el gran cambio se produce en relación con los pueblos tradicionales agrarios, siendo éste un cambio de posición total del que resulta una concepción diferente del mundo. Y esa concepción se reduce a ser exclusivamente positiva y determinista, en donde el determinismo queda caracterizado cuando una causa engendra siempre el mismo efecto, pasando a ser éste el fundamento de las leyes científicas. El hombre de ciencia moderno está convencido de que si se pueden dominar las causas físicas que engendran los efectos deseados, se hace dueño del destino. A mediados del siglo XIX, se cierra el círculo de este nuevo concepto que en filosofía se conoce como el positivismo.

SUS DISTINTAS FASES

A la ciencia moderna vamos a poder distinguirle cuatro etapas bien diferenciadas que hablan de su capacidad de cambio y de profundas mutaciones. Estas fases son, a saber: la concepción de la Ciencia Moderna, la Revolución Industrial, las Ciencias Sociales y la Revolución Científico-técnica.

La concepción de la ciencia moderna

Los vientos del cambio nunca dejaron de soplar sobre la tradición científica aristotélica. Podemos encontrar toda una línea revisionista ya a partir del siglo XIII que introduce precisiones en su método. De allí que la nueva concepción de la ciencia no irrumpe como algo inesperado, sino como resultado de una serie de cambios socio-culturales y de los cambios que se habían empezado a manifestar en las mismas ideas. Faltaba solamente que se cumpliera aquel ciclo, en cuanto a que los nuevos descubrimientos se vincularan con nuevas teorías que las explicaran. Debieron de pasar muchos siglos antes que cambiara el pensamiento aristotélico respecto de las ciencias. Así, éste cambia después de un aserie de sucesos que abarcan casi todos los campos de la vida societaria. De ello, recién en el siglo XVI, las condiciones sociales y culturales empiezan a estar maduras para que aconteciera el giro copernicano de la ciencia, periodo en el cual se deja de mirar el universo como un conjunto de sustancias con sus propiedades y poderes, para verlos como un flujo de acontecimientos que se suceden según lo indiquen determinadas leyes.

El Paraíso que se encontraba perdido ahora pareciera encontrarse en la Tierra gracias a la ciencia moderna. La “deducción” da paso a la “inducción”, constituyendo este hecho un gran paso histórico como método en el cual se afirma ahora la nueva ciencia. De esta manera, acumulando y comparando los fabulosos descubrimientos que desde entonces se hicieron en los más diversos dominios, se vuelve a integrar la unidad del Universo, pero ahora en un plano muy superior al de la ciencia de los tiempos precedentes, sustituyendo con hechos experimentales lo que antes eran meras anticipaciones o deducciones geniales. Los cambios fundamentales en el nuevo pensamiento científico fueron esencialmente la indagación experimental directa en los procesos de la naturaleza y el desarrollo de la explicación racional de los resultados de dichas indagaciones. Precisamente, la conjugación de estos dos elementos han sido la base de la acción del conocimiento, destacando a Galileo como el creador de la ciencia moderna.

Desarrollando las posibilidades del método experimental, Galileo consiguió destacar las bases fundamentales de la revolución científica de la época a la cual hizo avanzar notablemente con sus propias y considerables contribuciones. Tomando como base el resultado de sus observaciones logró proyectar diversos experimentos rigurosos que luego hizo práctica en los procesos del universo. De esta manera, pudo descubrir varias de las propiedades fundamentales de dichos procesos, estableciendo una manera de medirlas con gran exactitud e invariabilidad y consiguiendo esclarecer sus relaciones básicas y expresarlas con tal acierto que se integraron definitivamente al caudal delos conocimientos científicos fundamentales. Logró descubrir que las matemáticas constituyen el método más preciso para expresar las medidas y relaciones entre las propiedades de los procesos, con lo cual habilitó a las matemáticas como instrumento metódico para las investigaciones físicas.

Con Galileo se consuma un giro definitivo en lo que respecta al futuro del quehacer científico. Se destrona así, definitivamente, la concepción científica aristotélica que primó en las ciencias durantes dos mil años. A Galileo debemos la formación del espíritu de la ciencia moderna basado en la armonía entre el experimento y la teoría, aunque siempre reconociendo la supremacía del experimento. Por la trascendencia de sus resultados y la amplitud de su perspectiva, la obra de Galileo representa la transformación del esplendor renacentista en el fruto maduro de la ciencia moderna. Una de las grandes conquistas realizadas por Galileo fue la de comprobar que el pensamiento lógico puro es estéril, puesto que no permite adquirir ningún conocimiento de la realidad objetiva. Esta conquista galileana resultó tan clara y convincente que se convirtió, desde luego, en una propiedad común de los investigadores científicos.

La revolución Industrial

Lar evolución Industrial constituye la palanca fundamental dela mayor transformación que ha experimentado la humanidad a lo largo de toda su existencia. Ha contribuido a modificar y alterar profundamente las formas de vida de los hombres y, con ello, ha originado nuevos modos de contemplar las relaciones de los mismos entre sí y con el mundo exterior. Sin embargo, al tratarse de un fenómeno de cronología e intensidad distinto según las regiones, países y áreas del globo, ha provocado situaciones de desregulación que han agravado disparidades y desequilibrios entre los mismos. Se trata, no tan sólo del gran tema de la historia económica, sino también del tema de los problemas sociales que trae consigo.

Sin embargo, pese a ser un proceso que afectó a todas las regiones del mundo, sus raíces se encuentran en la Revolución Industrial llevada a cabo en Inglaterra. Allí se produce el arranque de dicho proceso y, por tanto, es allí en donde se da en su forma químicamente pura. Según el estudioso de la historia económica, Giorgio Mori, sólo para el caso británico puede hablarse con propiedad de Revolución Industrial, y sus derivaciones al resto de las naciones es sólo efecto de este hecho primero. A partir de este arranque, la Revolución Industrial es la resultante de la superposición acumulativa de una serie de cambios que se interrelacionan y entrecruzan, no sólo en la esfera económica, sino en la esfera política y social y aún fuera de estas mismas. La naciente burguesía industrial que triunfó con ella estaba destinada a desarrollar una función cada vez mayor en el avance de la historia de la humanidad.

Fundamentalmente, comprende una revolución técnica aplicada a la industria. Comprende el periodo que media entre 1760 y 1840. La caracterización de la misma es el comienzo de una labor asumida por el hombre con el objeto de suplantar la manufactura por la máquina. Su momento clave está dado por el invento de la máquina a vapor por James Watt en 1769. Su aplicación posterior a la industria en 1786 da paso a la plena era del maquinismo, abriendo una nueva etapa histórica para las posibilidades del progreso material. En la manufactura y el artesanado el obrero se sirve del instrumento, en cambio, en la fábrica, es el obrero el que sirve a la máquina, invirtiéndose el carácter y el meollo mismo de los modos de producción anteriores. Ello, por cuanto la división del trabajo en la manufactura tiende a mantener la forma de producción alcanzada, en cambio, en la industria, el tipo de beneficio obliga continuamente a revolucionar tanto la técnica de la máquina como de los mismos procesos de trabajo.

Tomando como base los efectos productivos, mercantilistas y de progreso material, el pensamiento moderno plantea, desde un principio, que el mundo debe modificarse como una especie de deber “ultra”. La transformación permanente de lo natural pasa a ser el leimotiv conductor tanto del Estado, del científico, del tecnócrata como del hombre de empresa. Se empieza a privilegiar la idea del avance ilimitado del conocimiento científico como único instrumento de apoyo posible para alcanzar el progreso. Se empieza actuar así, no en la perspectiva de mejorar la vida misma del hombre, sino para cambiar lo que constituye su propio entorno. Con la tecnología que se expande se inicia lo más importante para l os fines de la meta del progreso, esto es, una serie de innovaciones tecnológicas que permiten al modernismo exhibir con mayor fuerza su dinamismo y su capacidad de perfeccionamiento.

A partir del industrialismo, el hombre quiere forzar su avance adquiriendo el poder de extraer lo máximo de la naturaleza en función de una visión mercantilista utilitarista. Pero el descubrimiento de la máquina a vapor es sólo el comienzo de una cadena de producción mucho más sofisticada gracias a nuevas máquinas y a nuevos inventos. Prontamente la producción basada en la energía del vapor es reemplazada por otras clases de energías, como la electricidad y las de combustión interna, las cuales ceden paso finalmente a una energía mucho más potente, la energía atómica. Pero la era industrial que determina el curso futuro de la sociedad moderna es sólo un aspecto del problema, por cuanto tanto o más importante aparece su aspecto mercantil que dinamiza la práctica del mercado haciéndola centro y motor de la vida económica del hombre moderno.

Así como la Revolución Francesa marcó el estado de cristalización del principio libertario del pensamiento moderno, así la Revolución Industrial marca el hito fundamental para el arranque de la práctica de la misma ciencia. La Revolución Industrial, como acontecimiento clave en la historia moderna, constituye un hecho técnico que se verifica en el marco ético de un naturalismo individualista, y en el marco político-jurídico del liberalismo más exultante. Esto hizo que la Revolución Industrial, fenómeno técnico por excelencia, tuviera tantas y tan graves consecuencias sociales, políticas, económicas, morales, culturales, etc. Para los efectos de la explotación de la producción se necesita la concentración de los hombres, mujeres y niños en los nuevos núcleos industriales que se instalan en las periferias de las grandes ciudades. La ley económica de la “oferta y la demanda” es la que determina el salario, suponiéndose que lo hace sin el menor error y con la mayor justicia. En dicho orden, el Estado, por tanto, no debe actuar de ningún modo; interviene solamente para evitar que se violen los derechos particulares, especialmente los de la propiedad privada.

A la par con los procesos productivos y mercantiles se produce un nuevo ordenamiento social que se caracteriza por la diferenciación de dos clases sociales: los proletarios desposeídos y los capitalistas burgueses propietarios de los medios de producción. Se instaura así una división decisiva entre capital y trabajo. Surge la llamada “cuestión social”, a cuya solución se orientarán las principales doctrinas e ideologías dela época. En pleno auge de este periodo surge la doctrina de Carlos Marx, justamente, como respuesta a los males sociales que derivarían de este nuevo tipo de producción que trajo consigo la explotación capitalista.

Así y todo, el industrialismo termina por expandirse por todo el mundo. La superconcentración dirige ahora la economía y la vida política de los países. Pero este mismo industrialismo, que es capaz de desatar todas las potencialidades económicas no contemplaba las derivaciones negativas que en lo económico, social y espiritual podría sobrevenirle a la sociedad industrial. Empiezan entonces a tambalear los presupuestos que fundamentaban al “progreso”, voceado por la época moderna; se vienen abajo los supuestos emancipatorios económicos propuestos por el capitalismo. Toda esta situación conlleva al germen de lo que será la aparición de una nueva ciencia, ya no para definir y establecer los parámetros del os fenómenos derivados de las ciencias naturales, sino para orientar y dirigir los pasos de una incipiente nueva ciencia: LAS CIENCIAS SOCIALES.

Capítulo V del ensayo, “Del pensamiento mágico al posmoderno (Hernán Montecinos)

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