Con compromiso de género

Por: Cora Ferro y Zaira Carvajal
Fuente: Icalquinta.cl

«La fuerza de una mujer, es la fuerza de las mujeres. Porque en ella encontramos nuestra fuerza y juntas nos valorizamos como mujeres»

Este artículo va dirigido a lectoras que se inician en el proceso de reflexión sobre la temática de la mujer, con las que tenemos en común necesidades y expectativas de una vida más justa y más digna. Por lo tanto, nuestro propósito es brindar algunos conocimientos que nos permitan reflexionar acerca de la vida cotidiana de las mujeres, transformar algunos de los conceptos que tenemos de nosotras mismas e iniciar un proceso que nos conduzca a la construcción de una sociedad que no nos discrimine.

Es necesario, entonces, que las mujeres conozcamos quiénes somos, de dónde venimos y cuáles son los argumentos y mecanismos que la sociedad utiliza para formarnos como se espera que seamos.

Las personas nacemos con sexo femenino o sexo masculino, que es la única diferencia biológica entre las mujeres y los hombres. Ahora bien, aprendemos lo «femenino» y ellos lo «masculino», por medio de un proceso de socialización, en el cual nos enseñan a comportamos según el sexo.

El juego es una de las actividades socializadoras más importantes, aprendemos límites, nos comunicamos, tocamos, sentimos, interactuamos con otros niños y niñas, pero el juego, a su vez, sirve para que desde temprana edad sepamos qué debemos hacer y a qué nos debemos atener, si no nos mantenemos dentro de los patrones establecidos. A las niñas se les regalan muñecas, implementos para la cocina, escobas, trapeadores, y otros artículos que tiene relación con el trabajo doméstico. Es curiosamente el trabajo doméstico el que ha de caracterizar gran parte de la vida de la mujer, el que aceptamos y realizamos sin cuestionar, pues se nos asignó y lo interiorizamos desde niñas. Mientras que los juguetes y juegos permitidos a los niños, no sólo son más variados, sino que posibilitan el desarrollo de habilidades y destrezas, tanto físicas como mentales. Esto también los prepara para el futuro como adultos, en el que van a desempeñar las más variadas ocupaciones.

La división del trabajo por sexos es reforzada por la familia, la educación formal, el lenguaje, los medios de comunicación de masas, en fin por toda la estructura social.

Así la sociedad espera del hombre que sea fuerte, inteligente, hábil en su capacidad para discernir; creativo, agresivo, aventurero, dinámico. Que sepa que debe conquistar un lugar en el mundo, crear «su mundo», dominar la naturaleza y ponerla a su servicio. De la mujer se espera que sea socialmente dócil, suave, abnegada, paciente, sencilla (tonta?), con capacidad para soportar el sufrimiento, sumisa, cuidadosa, hermosa. Que sepa que debe conservar y mantener el mundo que, en realidad, es el mundo del hombre.

Es decir, la misión asignada socialmente al hombre es recrear el universo, en tanto que la de la mujer, es reproducir los seres humanos que lo poblarán. «El mundo es la casa del hombre, la casa es el mundo de la mujer», pensamiento que resulta ilustrativo al poner en un juego de palabras, la situación a que nos conduce la errónea desigualdad de poder y de oportunidades entre los hombres y las mujeres, a que nos han sometido.

Lamentablemente la socialización ha logrado que sea .abrumadora la falta de conciencia de la mujer en este aspecto, la cual es la primera en creer que su lugar natural es la casa. En el mundo fuera de la casa está el poder, las oportunidades, el éxito, el prestigio, la remuneración del trabajo; muy diferente a lo que ocurre en el mundo de la casa, donde el trabajo que lo caracteriza -doméstico- no es valorizado ni reconocido socialmente. Por supuesto esto no fue determinado por razones naturales, no corresponden a hechos biológicos.

Resulta, pues, muy importante distinguir entre sexo y género. Sexo hace referencia a la diferencia anatómica entre hombres y mujeres. En cambio, género hace referencia al conjunto de conductas atribuidas a los varones o a las mujeres; es decir, son construcciones sociales, estructuradas por los humanos. Las sociedades han establecido qué es ser mujer y que es ser hombre. Por lo tanto, así como fueron construidas, puede y deben ser transformadas. Una sociedad que privilegia al hombre y que considera a la mujer inferior a él se denomina sociedad patriarcal. Adrianne Rich define el patriarcado así: Es el poder de los padres en un sistema familiar y social, ideológico y político con el que los hombres -a través de la fuerza, la represión directa, los rituales, la tradición y la división del trabajo- determinan cual es y cuál no es el papel que las mujeres deben interpretar, con el fin de estar en toda circunstancia sometidas al varón . Es una sociedad que privilegia a los padres, es decir a los varones, a quienes les entrega el poder para dirigir los destinos de la sociedad y, por ende, de las mujeres.

Los hombres son llamados a dominar, las mujeres a colaborar con las decisiones de ellos ya sea procreándoles hijos, apoyando sus iniciativas o complaciendo sus requerimientos. Así, las mujeres en la sociedad patriarcal, estamos formadas para complacer, servir y estimular la actividad de los hombres. Esto es lo que se espera de cada mujer. Aquéllas que aspiran a un desarrollo diferente, enfrentan presiones sociales de todo tipo y dificultades en la consccusión de su proyecto de-vida. Como la mujer es concebida en función de «otros», si no cumple los roles para ella establecidos, pierde su identidad social y se constituye en un «problema». Para rectificar este «problema» se utilizan mecanismos ideológicos, amenazas, ridiculizacioncs, descalificaciones, que le causan sentimientos de culpa y de fracaso, pomo satisfacer las expectativas de los demás. La desigual relación de poder entre hombres y mujeres que se da en la sociedad patriarcal, genera muchas formas de violencia.

Es una realidad innegable que cada día se hace más notoria la violencia contra las mujeres. Mujeres maltratadas, heridas, vejadas por sus propios esposos, compañeros, hijos, hermanos, etc., muchas de las cuales creen que se trata de una situación que debe aceptarse y justificarse, como algo inherente a la relación hombre-mujcr.

Pero además de esta violencia, que ya comenzó a ser denunciada por organizaciones de mujeres, existe otro tipo de violencia más sutil, que todas las mujeres sufrimos y que subyace a toda relación con los hombres. Este tipo de violencia trasciende las fronteras del hogar, la sufrimos las mujeres en nuestra vida cotidiana, incluyendo el ámbito profesional y laboral, por el solo hecho de ser mujeres. Todas hemos afrontado alguna vez, con ira, con indulgencia o con resignación el ser tratadas como objetos y no como personas; que se haga mofa de nuestra sexualidad, se menosprecien nuestras capacidades, se ridiculicen y obstaculicen nuestras aspiraciones. Toda sociedad patriarcal genera mitos que afianzan y perpetúan un estado de cosas, sin cuestionamiento. Uno de los principales es el machismo, el mito de la supremacía masculina.

Según Silvia Monzón, «el machismo, como forma sutil de subordinación, ha ocasionado a la mujer más daño que el maltrato físico que generalmente se asocia con este».

El hecho de ser y sentirse subordinada, de que su vida se determine y diferencie en relación al hombre, la despersonaliza, le roba su identidad, la anula. Esta es una grave forma de violencia, que sufrimos todas las mujeres, por ser mujeres, independientemente de los éxitos particulares y de la clase social a la que pertenezcamos; la inferioridad y subordinación de la mujer por el hombre es ideológicamente un concepto interiorizado por todos, hombres y mujeres.

El hombre, por ser hombre, aunque no sea exitoso se siente superior a cualquier mujer. La mujer, en cambio, ha aprendido ha reforzar la superioridad del hombre, sabe que no es «bien visto» que una mujer parezca igual o mejor que él, por ello muchas veces oculta sus destrezas, fortaleza y conocimientos. Ha interiorizado el hecho de que una mujer sola no vale nada, es más, si está sola es porque carece de atributos que la hagan merecedora de él. Por eso para merecer la atención de un hombre, actúa como un ser débil, necesitada de apoyo y protección.

El modelo idealizado y reforzado socialmente entre hombres y mujeres, es aquel en el que constantemente se haga evidente la superioridad del hombre sobre la mujer.

La desigual distribución del poder hace que la sociedad patriarcal sea, de hecho, una sociedad en que la violencia contra la mujer se considere algo normal. Los «fuertes» se imponen a los «débiles».

El machismo plantea la supremacía masculina, refuerza la idea de que el hombre es superior a la mujer, la cual se siente y, en realidad, está subordinada a él.

De este modo, el hombre se constituye en la medida de todas las cosas, esto se denomina androcentrismo. Como el hombre es el importante, todo se diseña, tanto a nivel privado como público, para facilitarle el logro de su desarrollo personal y social. Las funciones de la mujer, en la sociedad, están pensadas a partir del hombre.

El androcentrismo permea toda la vida de nuestra sociedad. La historia de la humanidad por ejemplo, es, en realidad, la historia de los hombres, sus hazañas, sus conquistas, sus triunfos. La mujer permanece en el anonimato. Es la invisible, no importa lo grande e importante que haya sido su participación en dicho procesos. Ella no es considerada sujeto. Muchas veces hablamos del machismo como algo folclórico, sin reflexionar sobre la gravedad de las consecuencias que acarrea para las mujeres.

Hemos explicitado conceptos fundamentales de la teoría sexo-género, la cual es producto del estudio profundo que mujeres de todo el mundo han acumulado y sistematizado, para beneficio de las mujeres y de la sociedad entera.

Tenemos la expectativa de que, quien lea estas páginas, se motive a profundizar en la vasta literatura que existe sobre la temática. El paso de una sociedad de patriarcas a una sociedad en que mujeres y hombres podamos ser compañeros más humanos y solidarios, exige el compromiso y la participación
 

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