Socialismo científico

Por: José Ramón San Miguel Hevia
Fuente: El Catoblepas”, N° 73, Marzo 2008

Desde Saint-Simon a Stuart Mill, en que prescindiendo de toda utopía se establece el proyecto científico y técnico del futuro

Los socialistas de Estado en sus distintas variantes quieren actuar sobre la sociedad para suprimir sus conflictos internos logrando una humanidad definitivamente feliz y estable. Para los pensadores positivistas en cambio, la economía industrial no admite división en clases ni problemas de superproducción ni inestabilidad en los mercados. Al revés, su objetivo es el dominio creciente de la naturaleza, por el desarrollo de las ciencias positivas y de las técnicas correspondientes, y su equilibrio sólo se consigue mediante un avance ininterrumpido de la producción. Esta forma pragmática y positivista de ver la sociedad, que terminó imponiéndose en Occidente y lleva camino de ser universal empieza también en el siglo XIX.

Es cierto que los positivistas están tocados del mal del siglo y presentan ideas típicamente románticas, como son la marcha necesaria y progresiva de la humanidad hacia un final feliz, y el valor absoluto de su sistema de vida convertido en una nueva religión. Pero todos estos desarrollos se pueden separar fácilmente de su doctrina social y económica, que gana en rigor todo lo que pierde en emoción. Las ciencias puramente positivas y las técnicas que se derivan de ellas y finalmente la industria que es su efecto son tan ajenas a la mentalidad romántica que únicamente pueden entrar en su siglo gracias al acompañamiento musical de la historia y el sentimiento religioso.

Saint Simon

La figura histórica que señala el comienzo de esta nueva doctrina es un prodigio de extravagancia y de lucidez, todas dos juntas desde los primeros años de su vida. El Conde de Saint Simón nace en París el año 1760, y pertenece a la misma generación de los grandes revolucionarios franceses, Danton, Desmoulins, Robespierre, La Fayette y Cabanis. A los diecinueve años parte hacia Norteamérica para formar parte del ejército de voluntarios que apoya a los rebeldes al mando de La Fayette, y allí permanece durante cuatro años, hasta 1783. Asiste entonces al nacimiento de la nueva nación y se da cuenta de que presencia «el comienzo de una era política y un progreso en la civilización tan decisivo que pronto arrastrará grandes cambios en el orden social de la misma Europa».

Vuelve a Francia en vísperas de la revolución. Aunque pertenece a la aristocracia más ilustre, milita desde el primer momento entre los revolucionarios, y en 1790 redacta y hace votar en su cantón de Marchélepot una petición a la Asamblea Nacional reclamando la supresión de los privilegios. Un poco después cambia de nombre, en una especie de «bautismo republicano», y adopta el de Claude Henry Bonhomme. Quiere evitar a toda costa que los nobles y el alto clero recuperen sus riquezas y da ejemplo de patriotismo comprando los bienes nacionales, y convirtiéndose en uno de los más grandes especuladores de la época.

En el año 1793 está en prisión, bajo la sospecha de colaborar con financieros extranjeros que ponen en peligro la causa de la República. Puesto en libertad inventa un nuevo juego de cartas sin reyes reinas ni pajes, mientras que sus gestores siguen adquiriendo tierras a su nombre. A partir de 1795 vende la mayoría de sus posesiones comprando a cambio inmuebles urbanos e interesándose en empresas industriales y comerciales variadas. Cuando terminan estos años de prosperidad económica Saint Simon liquida todos sus negocios y decide dedicarse a la ciencia y a la filosofía para elevar a la categoría de principios sus experiencias. En 1798 tiene ya casi cuarenta años, pero se mantiene tan incansable como imprevisible en su actividad.

Después de estudiar durante casi seis años primero en la Politécnica y después en la Escuela de Medicina, se establece en Ginebra, donde empieza a publicar. Sus Cartas, escritas en 1803, proponen la creación de una sociedad científica internacional, que bajo el patrocinio de Newton, estará destinada a dirigir espiritualmente a la humanidad. La compondrán hasta veinte científicos, quince hombres de letras y diez industriales y controlará los poderes temporales, puesto que todas las técnicas y toda la vida económica tienen que seguir el modelo de las ciencias. Saint Simon invita a participar en una suscripción mundial delante de la tumba de Newton, en primer lugar a los sabios, directamente interesados en el éxito de la empresa, después a los propietarios que deben dar satisfacción a los filósofos, para evitar que se vuelvan a aliar con el pueblo. Finalmente a los obreros que contribuyendo a la causa con muy poco dinero, pueden conseguir que los ricos adquieran ideas liberales e ilustradas, y que en fin trabajen, aunque sea con la cabeza.

En el año 1805 y hasta el 10, Saint Simon tiene el proyecto de elaborar una nueva enciclopedia, que encierre en un solo principio las ciencias de los cuerpos físicos y la de los organismos, comprendido el hombre en su dimensión moral y social. La antigua sociedad internacional de científicos se convierte así en consejo de redacción de esa enciclopedia de todas las ciencias y además en una especie de sanedrín, donde la causalidad primera de Dios queda sustituida por la ley de la gravitación universal de Newton. Saint Simon publica por su cuenta varios proyectos con los que inunda los organismos oficiales y los institutos científicos ya establecidos en Francia, sin encontrar ningún eco a sus propuestas.

Finalmente, desde 1810 hasta 1813, Saint Simon adelanta unos pocos conceptos, que libres de los adornos de su imaginación serán la clave de la nueva filosofía. En un primer momento el conocimiento humano es puramente conjetural y sólo se convierte en una ciencia positiva cuando se apoya en hechos controlables y verificados experimentalmente. Por otra parte, esas ciencias van apareciendo sucesivamente en la historia de acuerdo con la sencillez y la extensión del objeto de su estudio, empezando por la astronomía, continuando con la química y terminando con la fisiología. En fin la física de los cuerpos orgánicos y en particular del hombre encierra dentro a la psicología y a la historia, porque la vida de cada individuo es una maqueta que reproduce la infancia, la juventud, la madurez y la muerte de la especie con rigor y exactitud total. A pesar de todas sus intuiciones geniales, Saint Simon sigue siendo un pensador extravagante y desconocido de los políticos y sabios de la época, y sólo empieza a salir de este ostracismo cuando tiene la suerte de encontrar sucesivamente a dos secretarios, Augustin Thierry y Augusto Comte, que consiguen poner orden en este vendaval de ideas.

Su escrito sobre la Organización de Europa, de finales de 1814 es muy distinto por su contenido y por su forma de todo lo que había publicado hasta entonces. El proyecto de unos Estados Unidos de Europa siguiendo el modelo parlamentario inglés no es excesivamente original, pero plantea con rigor un problema actual en el momento de la restauración. Saint Simon va a convertirse en un publicista, casi en un director de periódico, y por primera vez consigue despertar el interés de los productores industriales.

Durante los años 1816 al 17 y gracias a una suscripción cubierta por veintisiete financieros y empresarios, Saint Simon publica periódicamente La Industria. El periódico representa a los productores, definidos negativamente frente a los estamentos ociosos y parásitos. Un poco después, en 1819, consigue editar sucesivamente una serie de catorce cartas propias, bajo el título común de El Organizador y es procesado por injurias a la familia del rey, a la que una brillante parábola había situado en el gremio de los ciudadanos no imprescindibles.

Todavía en el año 1820 y hasta el 22 dirige el Sistema Industrial, al parecer gracias a otra suscripción mucho más amplia que la primera, venida de los sectores de la burguesía más emprendedora. Saint Simon sigue insistiendo en organizar la sociedad industrial, sobre el doble fundamento de la ciencia positiva y sus aplicaciones técnicas. En sus últimos años, y después de un intento frustrado de suicidio, completa su obra con el Catecismo de los Industriales y con El Nuevo Cristianismo, que vuelve a dar a los científicos un carácter sacerdotal y un valor absoluto. Muere en el 1825, rodeado de sus discípulos, que forman en esta última época una naciente iglesia.

La formación de la sociedad industrial

Saint Simon cree que ha nacido en un momento privilegiado de la historia, el que corresponde a la plena madurez del hombre individual. Para situarse de forma consciente en la plenitud de los tiempos, conocer todas sus posibilidades y anticipar su futuro, hay que describir primero el camino por el que la humanidad llegó a ser lo que es. En su ensayo de 1813 Memoria sobre la ciencia del hombre, simplifica la historia al máximo dividiéndola en dos grandes períodos, el deísta, que se inicia con Sócrates y dura hasta Mahoma, y el científico, que empieza con los árabes, se trasmite a occidente gracias a Rogerio Bacon, y se prolonga hasta los tiempos de Saint Simon, que está a punto de completarlo y darle sentido.

Sin embargo en un ensayo publicado en el año 1820 en el Organizador, titulado «Breve exposición del conjunto del pasado de los tiempos modernos», el descendiente de Carlomagno demuestra una pasmosa lucidez a la hora de interpretar la historia. El escrito, redactado por Augusto Comte, lleva la firma de Saint Simon, que ha sido su primer inspirador. Sitúa el comienzo de los tiempos modernos en el siglo XI. Entonces la vida económica de la sociedad depende todavía de los señores y su vida intelectual de los sacerdotes, que todos juntos forman un sistema teológico-militar, sin que nadie ponga en cuestión su doble autoridad.

Según una ley general de la historia y casi de la lógica, el apogeo de un sistema coincide con el comienzo de su decadencia. Precisamente por eso en el siglo XI, cuando el régimen feudal y papal se impone con mayor intensidad, máxima amplitud geográfica y total espontaneidad, comienza el movimiento de liberación de las comunas y aparece un nuevo estamento, los artesanos, que pueden vivir al margen del régimen social y económico imperante. Es el momento decisivo en que los árabes descubren en la periferia de Europa las primeras ciencias positivas.

Durante más de siete siglos la nueva forma de vida y de pensamiento crece en conflicto cada vez más agudo con el orden establecido. A mediados del siglo XIII, Rogerio Bacon introduce en Europa las nuevas ciencias y las técnicas correspondientes que tienen un desarrollo tan lento como imparable. Cuatro siglos después Descartes y Newton dan un nuevo impulso al conocimiento de la física, mientras que las dos revoluciones políticas de Inglaterra ponen en entredicho el poder divino de los reyes y la autoridad del Papa, y hacen entrar en escena a la trabajadora burguesía puritana.

Sin embargo sólo en el siglo XVIII la ciencia positiva comienza un asalto frontal y definitivo al antiguo conocimiento teológico mientras que el pueblo llano elimina los seculares privilegios de la nobleza y del alto clero. Ahora bien, la tarea de esta época conflictiva es esencialmente crítica, de tal forma que mientras la Enciclopedia destruye la antigua forma de pensamiento irracional y supersticioso, la Revolución suprime todos los restos del antiguo régimen feudal y de la realeza militar.

Este carácter crítico y destructivo de la ilustración da origen a un sistema negativo, que sirve de transición necesaria entre la teología y el saber positivo, entre la economía militar y la industrial. Los protagonistas de ese régimen son, por una parte los filósofos, que detentan el poder espiritual y desplazan a los sacerdotes, y por otra parte los legistas, que sin tener una tarea positiva sirven para eliminar a partir de principios generales y abstractos, todos los privilegios de unos pocos. Desde ahora está ya abierto el camino por donde transitará sin obstáculos en la centuria siguiente, una nueva sociedad.

En la perspectiva de Saint Simon el último momento de la historia tiene otra vez un carácter orgánico y constructivo. Sólo que ahora no lo protagonizan los sacerdotes ni los nobles, violentamente expulsados de su doble poder. Tampoco los filósofos o los hombres de leyes, que han cumplido su función destructora y no tienen ya nada que hacer. El poder espiritual se ha trasladado a los científicos, que pueden comprobar los fenómenos de experiencia a través de una observación repetida y controlada, construir las leyes positivas correspondientes, y anticipar el futuro mediante las técnicas que se derivan de su aplicación.

El antiguo poder temporal pasa a los industriales, es decir, a todos los que elaboran un producto, cualquiera que sea su nivel económico o su posición en la jerarquía laboral. Los capitalistas que arriesgan sus riquezas, los grandes o pequeños empresarios, los terratenientes que trabajan o hacen trabajar su propiedad y hasta los obreros por cuenta ajena, todos pertenecen al nuevo estamento, sin que la diferencia de clases sea aquí nada relevante. Quedan sí expulsados fuera, los ociosos, rentistas, burócratas, militares, sacerdotes, leguleyos, nobles, o propietarios de tierras improductivas.

Saint Simon establece una jerarquía entre los mismos científicos positivos. Quienes tienen mayor autoridad para señalar el destino de una sociedad y de la humanidad entera en su conjunto son aquéllos que han logrado coronar todas las ciencias, la astronomía, la física o la química, con el estudio de la fisiología o la ciencia del hombre. Sólo ellos pueden comprender la organización del cuerpo social, por analogía con los distintos momentos de la vida de cada individuo. Gracias a esta nueva ciencia el industrialismo toma forma de sistema y muy pronto podrá recibir el nombre de socialismo.

La organización de la sociedad industrial

Para determinar cuál ha de ser la estructura de la nueva sociedad es preciso conocer previamente sus objetivos. Ahora bien, cuando la humanidad llega a su madurez, renuncia a buscar su felicidad en un ámbito trascendente y en vez de imaginar un falso paraíso procura hacer habitable y dichosa la tierra. Esta idea, la única en la que Saint Simon está de acuerdo con Carlos Marx, conlleva la jubilación de todos los sacerdotes y la anulación del conocimiento teológico, propio de una edad pasada.

El objetivo de la sociedad no es tampoco la extensión de las fronteras manteniendo el mismo nivel, tal vez mezquino y sórdido, de vida. Las empresas de conquista y la guerra quedan eliminadas, y con ellas la casta de los militares. Pues ahora la única justificación de su existencia, es el dominio del resto de la sociedad para mantener sus privilegios de clase ociosa. El laicismo y el pacifismo parecen ser dos conquistas de esta nueva y última época de la humanidad.

Queda entonces un único objetivo, el propio de la sociedad industrialista. Conseguir, mediante la aplicación de las ciencias positivas, de las técnicas correspondientes, y del trabajo de conjunto de todo el estamento industrial que el hombre trasforme la naturaleza y multiplique la producción de bienes útiles. El dominio espiritual o político de unos hombres sobre otros, queda sustituido por este otro dominio de todos los hombres trabajadores sobre la naturaleza. Ahora sólo falta ver cómo se articula y organiza en sus detalles esta terrena, pacífica y benéfica edad.

Saint Simon quiere organizar la producción, desde la clase de los industriales. Este gobierno no es un sistema de dominio, como sucede con el régimen teológico-militar o incluso el todavía reciente de los filósofos y los juristas que capitanearon la revolución francesa. En rigor ni siquiera se le puede llamar gobierno, pues sustituye la actividad política por la puramente administrativa, el poder de unos hombres sobre otros por el uso pacífico y conjunto de la naturaleza en bien de todos.

Si todavía tiene sentido hablar de gobierno en el sentido clásico de la palabra, queda entendido que su acción política no puede interferir la actividad de los industriales, a la que sólo puede hacer daño y estorbar. La materia de la gobernación son las clases ociosas, que deben estar enérgicamente sometidas a los trabajadores para evitar su existencia parásita. Saint Simon admite un régimen censitario, donde sólo quienes pagan impuestos tienen derecho a ser electores, pero propone corregirlo en el sentido de que los impuestos y en consecuencia el sufragio y el gobierno se traslade desde los propietarios ociosos a los ciudadanos industriales.

Por otra parte la coordinación de la producción en el conjunto de la sociedad debe respetar la autonomía de empresas dirigidas por particulares. La forma de conseguir a la vez la libertad de iniciativa y el equilibrio de la economía total es el establecimiento de una organización que sustituya al Parlamentos y represente los intereses de todos los industriales. Este Consejo Económico y Social será el símbolo del nuevo y definitivo poder temporal y tendrá su complemento en la ciencia positiva.

Saint Simon piensa en un saber científico que sea una prolongación de la industria y de la técnica. Ese tipo de conocimiento tiene que organizar los hechos de experiencia de tal forma que se ordenen en una sucesión constante y puedan ser traducidos a leyes de la naturaleza. Efectivamente, sólo el conocimiento de una ley física permite prever el comportamiento futuro y determinado de los cuerpos o de los organismos y actuar sobre ellos para que produzcan irremisiblemente los efectos anunciados.

Entre este conocimiento por leyes o conocimiento positivo y las técnicas de los industriales hay una rigurosa continuidad. Sin embargo conviene separar a los científicos de los productores y establecer un instituto que recibirá el nombre de Newton por la ley suprema de todas las ciencias, y los de Roger Bacon y Descartes por la pretensión de construir a partir de ellas el dominio del hombre sobre la naturaleza.

Por otra parte los científicos tienen la misión, ya ensayada por Saint Simon, de elaborar una enciclopedia de todas las ciencias positivas. Esta enciclopedia no puede ser crítica sino más bien constructiva, y si se quiere, edificante. Más concretamente ha de ser un catecismo, pero no un catecismo de teólogos para la salvación eterna de los fieles, sino un catecismo de los científicos para el progreso indefinido de la sociedad industrial, o más abreviadamente un «catecismo de los industriales». Un minuto de reflexión es suficiente para darse cuenta de que el esquema del aventurero y filósofo francés coincide casi al cien por cien con la organización industrial, tecnológica y científica que se han dado, al cabo de siglo y medio, todos los pueblos de occidente.

Augusto Comte

El encargado de completar la obra filosófica de Saint Simon es su propio secretario, Augusto Comte, cuya vida y carácter son totalmente opuestos a los del turbulento aristócrata. Nace en Montpellier en 1798, ingresa en la escuela politécnica de París, y muy joven, a los veinte años colabora en La industria y El organizador dirigidos por el Conde. Esta alianza dura aproximadamente seis años, desde el 1818 al 1824 y es ciertamente decisiva para formar su pensamiento.

Comte tiene la ocasión de tratar a toda la plana mayor del industrialismo y a los efímeros órganos de propaganda del nuevo sistema económico. Concretamente redacta el tercer tomo y el primer cuaderno del cuarto tomo de La Industria. Defiende a Saint Simon cuando es procesado por un artículo del Organizador, participa en la elaboración y redacta El pasado de los tiempos modernos, y en general es el encargado de llevar al papel y dar forma racional a las geniales imaginaciones del padre del industrialismo.

En los últimos años de su trabajo en común, Comte comienza a independizarse. Sin embargo, su primer tratado totalmente personal, que por otra parte es un preludio de todo su futuro sistema, el Plan de los trabajos científicos necesarios para reorganizar la sociedad, se edita por primera vez en 1822, cuando todavía es el secretario de Saint Simon y escribe en sus hojas periódicas. Del tronco común del saintsimonismo surgen dos variantes, la industrialista y la positivista, bien entendido que son formas, una teórica, otra práctica de abordar un solo sistema, se diga positivismo sociológico o socialismo positivista.

Comte, siempre en oposición con su maestro lleva una vida sedentaria, y habita en París hasta su muerte. Por otra parte es un espíritu metódico, que trabaja lentamente y con la vista puesta en un horizonte lejano. Difícilmente tolera una oscilación en su pensamiento, cuanto menos las turbulentas aventuras intelectuales y políticas del padre Simon. Por lo demás no tiene el desparpajo del aristócrata, capaz de pedir a los demás, ayuda y dineros y de molestar a sabios, ministros y al propio Emperador con sus proyectos e imaginaciones. Al revés, se exige a sí mismo un trabajo continuado, muchas veces superior a su fuerza. En fin su trato con la mujeres es una verdadera catástrofe, y termina con un matrimonio en 1825 con Carolina Massin, que considera el hogar como estación de parada de sus interminables viajes de placer.

Todas estas circunstancias hacen que la primera publicación del Curso de filosofía positiva a través de conferencias dadas en su misma casa desde Abril de 1826 fracase. Comte, sometido a la doble presión de su trabajo, que le tiene muchas veces en vela hasta veinticuatro horas, y de la inestabilidad de un hogar, mucho más insufrible para un carácter sedentario como el suyo, contrae una grave enfermedad mental y debe ingresar en Charenton, uno de los primeros centros psiquiátricos. Sólo en 1829, ya totalmente curado, puede reiniciar su Curso, que dura doce años y es el núcleo de su sistema.

A cambio de todo esto Comte es, desde sus primeras lecciones el centro de atención de científicos eminentes de Francia y de toda Europa, todos ellos de más edad y experiencia. Ya en sus primeras lecciones, a los veintiocho años, ve llegar a su casa a Alexander Humboldt, a Blainville el naturalista ayudante de Cuvier, y al matemático Poinsot. Después asisten Jacques Fourier el secretario perpetuo de la Academia de Ciencias y otros miembros de la misma institución además de grandes autoridades en medicina. Más todavía, cuando en 1844 pierde su modesta plaza de funcionario en la Escuela Politécnica, J. Stuart Mill consigue que los amigos ingleses reúnan seis mil francos para sustituir la paga de la que había sido privado. Sorprende que una personalidad en principio nada sugestiva pueda ser uno de los centros de la vida científica de Europa, en contraste con la indiferencia que el mundo oficial y culto demuestra ante la vida y la obra, mucho más espectacular, de Saint Simon.

A los cuarenta y seis años, Comte, que estaba ya hacía tiempo separado de su mujer, conoce y se enamora de Clotilde de Vaux, casada con un indeseable castigado por la justicia. La amistad entre los dos no dura mucho porque Clotilde muere al año siguiente afectada por el mal del siglo, la tuberculosis. Sin embargo, su recuerdo y el nuevo sentimiento hasta entonces desconocido trasforman por completo el carácter frío y casi automático del filósofo, que da entrada en su vida y en su obra a la afectividad, ahora tan importante como el propio conocimiento objetivo.

Sus últimos libros y empresas son, primero el Discurso sobre el conjunto del positivismo (1848), después la fundación de una Sociedad positivista, que es al propio tiempo una escuela de filosofía, un partido político y una secta religiosa, y además el desarrollo de un curso sobre la historia de la humanidad. Todavía publica desde el año 51 al 54 el Sistema de política positiva en cuatro tomos, y prepara una Síntesis subjetiva de la que sólo escribe la primera parte (1856), un año antes de su muerte.

De todas formas las obras de Comte son variaciones sobre un mismo tema ya ensayado en su primer trabajo del año 22 y más extensamente en el Curso de filosofía positiva. Más todavía, son una prolongación del pensamiento de Saint Simon, cuyo aspecto teórico desarrolla, tratando solo de modo indirecto y oblicuo las consecuencias practicas que desembocan en el sistema industrial.

El conocimiento positivo

La filosofía de Augusto Comte es una reflexión sobre el conocimiento tal como se conforma en su actualidad histórica. Lo propio de ese conocimiento, que lo distingue de cualquier otro entendimiento pasado de la realidad, no es su objeto materialmente considerado, sino el carácter formal del mundo conocido. Se trata de un saber positivo y en consecuencia la filosofía que lo funda bien merece, por eso mismo, el nombre de positivismo.

Comte caracteriza negativamente a ese saber positivo, oponiéndole a otros tipos de conocimiento. En primer lugar al empirismo, es decir, a la acumulación de datos de observación, que se suceden con cierta constancia en el mundo cotidiano, sin que una experiencia controlada, artificial y regular pueda verificar su conexión universal y necesaria. La ciencia moderna, tal como existe a partir de Bacon, Descartes y Newton ha dejado de lado ese conocimiento empírico porque no puede proporcionar al hombre una seguridad absoluta.

La renuncia a esta especie de parte meteorológico que es el empirismo tiene también consecuencias prácticas decisivas. Desde ahora los científicos y los técnicos que aplican las ciencias sólo admiten como válida la sucesión repetida, constante y nunca falsada entre dos fenómenos, lo que ellos llaman «ley científica». La ley permite prever sin ninguna posibilidad de engaño la conducta futura de los cuerpos físicos y orgánicos y a partir de esta previsión dirige y orienta la actividad del hombre sobre la naturaleza e incluso sobre la misma sociedad.

La ciencia positiva se define también negativamente frente al misticismo, es decir la explicación de los fenómenos por causas ocultas y por consiguiente libres del control de la experiencia. El misticismo en su sentido más estricto atribuye los acontecimientos físicos y humanos a la intervención de agentes sobrenaturales que gobiernan el mundo gracias a su providencia. Por supuesto que Comte rechaza esta explicación, propia de la infancia de la humanidad y de cada uno de los hombres.

Pero este no es para Comte el sentido más importante de la palabra y del concepto. Porque puede haber, además del teológico, otro misticismo filosófico e incluso científico. Sucede esto cuando, en vez de atender a la conexión regular, constante y horizontal de los fenómenos expresada en una ley general de la naturaleza, se busca la causa que está en el fondo de cada hecho, para dar una explicación total y última.

El misticismo tanto teológico como filosófico-científico, tiene también consecuencias prácticas, porque en la medida en que atribuye una causalidad oculta a la naturaleza, la niega a la actividad de los hombres. Las leyes científicas en cambio, no sólo no estorban el desarrollo de las técnicas, sino que las hacen posibles, orientando en un sentido u otro la acción sobre el mundo natural, entendido como conjunto de fenómenos. El conocimiento positivo es el único capaz de cumplir el programa tan ambicioso como sobrio de Comte: conocer para prever, prever para actuar.

El conocimiento tiene todavía otra propiedad, guarda relación con el estado del organismo que conoce, bien entendido que este organismo en el caso del hombre es no sólo individual, sino colectivo. Comte introduce entre los saberes positivos uno que, no sólo es el último cronológicamente, sino que da sentido a todos los otros, la biología social o sociología. El desarrollo del conocimiento y el progreso de la sociedad corren paralelos, pues son los dos polos de una misma realidad.

Esto tiene dos consecuencias. Desde el punto de vista teórico, el conocimiento de las leyes que dirigen los distintos momentos de la sociedad permite comprender todos los saberes, incluidas las ciencias positivas tal como han ido apareciendo a lo largo de la historia. Desde el punto de vista práctico conocer los fenómenos sociales, permite actuar en esa misma sociedad, para gobernarla y administrarla de forma racional.

La ley de los tres estadios

Comte, en vista del carácter circular de su filosofía, adelanta en las primeras líneas de su Curso, y completa en sus últimos tratados una ley histórica, que mejor que ninguna otra permite explicar con sencillez el pasado de la sociedad humana y anticipar su futuro. Ya en 1820 en un trabajo en común con Saint Simon descubre tres momentos en el pasado de los tiempos modernos, pero en este caso se trata de una interpretación de la historia que sirve de contexto a su propia actualidad. Los tiempos modernos están cronológicamente limitados por los siglos que van del X al XIX y geográficamente situados en nuestra sociedad europea.

En cambio la llamada «ley de los tres estadios» pretende ser nada menos que una filosofía de la historia universal, que explica racionalmente la marcha de todas las sociedades a través de distintos tramos del saber. En principio es una vuelta al pensamiento más arcaico de Saint Simon, tal como se expone en la Ciencia del hombre de 1813, y eso por dos razones. Primero por su reflexión sobre la marcha de la humanidad, que empieza en el período deísta o teológico y termina en el científico-positivo. Segundo y sobre todo, porque hay un riguroso paralelismo entre la evolución de la humanidad, tomada como un organismo colectivo, y la fisiología de cada individuo, que pasa por la infancia y la juventud, antes de instalarse definitivamente en la madurez.

Esta vuelta de Comte a una doctrina al parecer superada por su maestro tiene una doble justificación. Gracias a ella, su filosofía se convierte en un sistema definitivamente cerrado sin ninguna limitación de espacio y de tiempo. Un sistema que además tiene carácter positivo, porque sigue el modelo de la última ciencia ordenada según leyes constantes y necesarias, como es la fisiología dinámica de cada uno de los cuerpos orgánicos, y concretamente del hombre. La sociología o biología social es según esto el único lugar donde se cumple el complejo proyecto de un saber universal –una filosofía–, que es al propio tiempo, positiva.

Comte dice por un lado que el saber es relativo a la constitución del organismo social del que surge, pero dice también, tomando la oración por pasiva, que la humanidad sólo se define por su relación al tipo de mundo y por consiguiente de conocimiento al que hace frente. En un primer momento, que corresponde a la infancia lo mismo individual que colectiva, los hombres explican los acontecimientos de que son testigos por medio de la intervención de fuerzas ocultas y personales, ajenas a la naturaleza, los dioses. Es el estadio teológico que empieza con el animismo, sigue con el politeísmo y se completa con la afirmación de un sólo Dios, causa universal y misteriosa de todos los acontecimientos de la naturaleza y la sociedad. Este primer estadio, tan viejo como la humanidad está dirigido ideológicamente por los sacerdotes y sostenido en el poder por el estamento de los guerreros.

El segundo momento, el que corresponde a la juventud del hombre, aparece por primera vez en el ensayo del Organizador redactado por Comte y firmado por Saint Simon. En este caso la explicación de los fenómenos se traslada desde esos agentes trascendentes hasta causas y principios no menos misteriosos, pero interiores a la naturaleza de las cosas. Son las categorías de causa, sustancia, virtud, esencia y todas las que componen el vocabulario de los filósofos, que desplazan lentamente a los sacerdotes de la dirección mental de la humanidad. La filosofía, igual que la juventud, es esencialmente crítica y su función es negativa y desmitificadora.

Este segundo estadio metafísico no se reduce, como en el Organizador a un sólo siglo, pues se remonta a los comienzos de la filosofía griega y desde entonces está en conflicto con la mentalidad religiosa a la que va sustituyendo progresivamente. El poder temporal pasa de los guerreros a los ciudadanos, que gobiernan las comunidades políticas por medio de las leyes. La democracia griega y la ilustración del dieciocho son las dos manifestaciones más brillantes de esta conjunción de filósofos y de juristas. La Revolución Francesa es el triunfo de este nuevo estadio de la humanidad, que barre las antiguas creencias y deja el espacio libre para una última organización social.

El último estadio, correspondiente a la madurez de la humanidad, conoce un tipo de mundo, donde los fenómenos están en conexión necesaria a través de leyes regulares y constantes. Igual que en el industrialismo de Saint Simon, el poder espiritual pasa a los científicos, que establecen esas leyes, prevén el futuro comportamiento de la realidad y enseñan a actuar sobre ella con eficacia y seguridad. La aparición de esta edad madura es también gradual, de tal modo que las ciencias más simples son las primeras en la historia, y la más complicada de todas, la biología social, sólo queda completa con el empuje decisivo del padre Simón y del propio Augusto Comte.

Este desarrollo gradual del mundo positivo permite clasificar las distintas ciencias de acuerdo con el momento de su aparición. De esta forma la astronomía es la primera de todas cronológicamente, pues se remonta a los descubrimientos de los científicos alejandrinos. La física entra en escena en el siglo XVII gracias a Descartes y sobre todo a Newton. Más tarde, en plena ilustración Lavoissier por un lado y Linneo y Cuvier por otro sientan respectivamente las bases de la química y de la biología, y únicamente en el siglo XIX aparece la sociología que remata a las demás ciencias y sus leyes. Este criterio cronológico coincide con el que ordena los saberes por su complejidad creciente y los dos están ya anunciados por los primeros escritos de Saint Simon.

Por supuesto que el poder temporal ya no está en manos de los militares y los legisladores, todos ellos sustituidos por el nuevo estamento de los industriales. Comte que asiste a todos los cambios políticos de la primera mitad del siglo es opuesto al sufragio universal inorgánico, en el que ve un retroceso hacia el estadio puramente metafísico y legal. Ni siquiera admite la solución pragmática de un régimen censitario, donde los industriales tengan el deber de pagar impuestos y el correlativo derecho de elegir y gobernar, según el esquema de su maestro. Ahora los científicos tienen un poder absoluto, porque sólo ellos pueden conocer y prever, y los industriales no son más que unos modestos delegados de esta nueva iglesia, por definición infalible, puesto que está formada por los representantes del saber más alto y definitivo que el hombre ha podido alcanzar en toda su historia. Esta parte, la más vulnerable de su filosofía, y desde luego la menos «positiva» va a ser enérgicamente corregida por sus amigos ingleses.

John Stuart Mill

Estudiar la figura de Augusto Comte, separándola de la situación histórica en la que vive y de la doctrina que sirve de punto de partida a su pensamiento, es tanto como renunciar a comprender el sentido de su filosofía. Este sentido queda completo, gracias a la interpretación que de él hacen los pensadores utilitaristas de Inglaterra, y sobre todo el que tiene la suerte de estar en el centro del movimiento, J. S. Mill. Efectivamente en sus escritos sobre economía política y en su ensayo sobre Comte y el positivismo resalta la decisiva aportación del filósofo francés al mismo tiempo que señala las consecuencias indeseables de su doctrina.

Stuart Mill nace en 1806 en Londres y está en el centro de un triunvirato formado por él mismo, su padre James Mill y el amigo de la familia, Jeremías Bentham. Durante su juventud se forma en los ideales de los dos filósofos utilitaristas, que combinan el principio del placer con el de la solidaridad social. La máxima felicidad posible para el mayor número de personas, es el programa ético y político que todos, cada cual a su manera, van a seguir a lo largo de su vida de publicistas, filósofos y políticos.

Sus escritos políticos son abundantes y todos ellos vuelven de continuo sobre el tema de la libertad y de la articulación de un estado liberal. Valen de muestra los Pensamientos sobre la reforma del Parlamento, las Consideraciones sobre el gobierno representativo, el opúsculo titulado La libertad y dos monografías Sobre la servidumbre de las mujeres y Sobre la cuestión irlandesa. Los más interesantes, aparte de la Lógica, son sus dos escritos de economía política, escritos sucesivamente en 1844 y 1848.

Según la doctrina de Bentham lo que define una acción como moralmente positiva es la búsqueda de un máximo de felicidad colectiva. Esto, que es cierto para todos los hombres, lo es con mucha más razón para el legislador, cuya función es actuar sobre el resto de los hombres sancionando sus acciones y procurando que la felicidad colectiva se multiplique hasta un grado máximo.

Lo mismo Bentham que James Mill fundan su utilitarismo sobre los fenómenos y las leyes positivas que los enlazan de forma constante. Ahora bien, para convertir la moral en una ciencia rigurosa se apoyan en dos hechos, el placer y el dolor, que determinan la conducta del hombre y son sus únicos motivos de acción. Por lo demás, el objetivo de la ética, es decir la felicidad, no es más que un agregado de placeres, perfectamente observables y controlables lo mismo en el nivel individual que en el colectivo.

Stuart Mill echa de menos en la clasificación de los sentimientos de placer de Bentham, algunos tan elementales como el de rectitud moral, altruismo, honor, solidaridad, y ello produce una crisis en sus primeras creencias utilitaristas. Pero gracias a Comte descubre que la tendencia del individuo a su propia felicidad implica siempre, y ello de un modo creciente a medida que avanza la historia, la tendencia hacia la felicidad de los demás. Comte, a pesar de sus insoportables ataques contra la libertad de cada uno ha conseguido dar al servicio de la humanidad «la fuerza psicológica y la eficacia social de una religión».

A la hora de desarrollar sus doctrinas económicas, Stuart Mill se declara seguidor de la doctrina clásica, sin renunciar por ello a los ideales políticos y morales de la filosofía utilitarista. Su Tratado de Economía (1844) resume todas las doctrinas de la primera escuela liberal inglesa, concretamente de Adam Smith, Ricardo y Malthus. Siguiendo sus principios afirma que las leyes que rigen la producción son leyes naturales, y por lo mismo se cumplen automáticamente.

En cambio las leyes de distribución dependen de la voluntad del hombre y pueden ser modificadas para conseguir una mayor igualdad en la riqueza. En este punto Stuart Mill reconoce y condena las injusticias sociales y defiende una serie de medidas destinadas a mejorar las condiciones de vida de un pueblo, de acuerdo con su ideal utilitarista. El sistema nacional de educación, la organización de la emigración y de la colonización, e incluso una política familiar restrictiva son sus propuestas más espectaculares y actuales.

La organización política es paralela a esta economía y reúne dos caracteres aparentemente contradictorios. En primer lugar un respeto total por la libertad. Sólo se puede justificar la intervención de la autoridad en la vida de los individuo cuando trata de defender los propios derechos individuales. En segundo lugar una solidaridad entre todos los hombres para que la felicidad de cada uno se traslade y se realice en todos los demás.
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