Alfonso Sastre y la batalla de ideas

Por: Atilio Borón
Fuente: Rebelión 

Prólogo a la nueva edición de la obra «La batalla de los intelectuales o Nuevo discurso de las armas y las letras», editado por CLACSO

El presente trabajo de Alfonso Sastre aborda una temática fundamental de nuestro tiempo: los intelectuales y su función política en la sociedad capitalista. Y lo hace con la agudeza, valentía y radicalidad que demandan las gravísimas circunstancias del presente y, como no podía ser de otra manera, las que brotan de la particularidad de la situación española y la problemática del País Vasco. Se trata de un libro que se sitúa en el centro de una de las batallas estratégicas de nuestro tiempo: la batalla de ideas, el combate fundamental por la construcción de una contrahegemonía cultural y política que le permita a la humanidad salir finalmente de la caverna de la prehistoria a la cual la condena el reinado del capital.

La publicación de este libro, tanto en España como en Cuba, dio origen a una apasionada polémica que, sin dudas, habrá de acrecentarse con la aparición de la actual edición, que recoge algunas de las intervenciones suscitadas por la obra de Sastre y que aspiramos logre circular profusamente por toda América Latina. La perspicacia de su autor –uno de los grandes dramaturgos del siglo XX, nacido en España, habitante de Euskadi y hombre genuinamente universal– unida a su talento argumentativo y a la contundencia y solidez de sus razonamientos han convertido a La Batalla de los Intelectuales. O Nuevo Discurso de las Armas y las Letras en un texto indispensable para el pensamiento crítico contemporáneo y los grandes desafíos que lo acosan. Su minuciosa demolición de las ideas “políticamente correctas” y del intelectual “bienpensante” constituye un poderoso revulsivo que corroe implacablemente las ideas dominantes de nuestro tiempo. Como el autor lo explica en el comentario que precede al libro, de lo que se trata es de formular una crítica a la filosofía que “mete en el mismo saco la violencia con la que el mismo Don Quijote libera a los presos y la que conduce a esos mismos presos ‘contra su voluntad’ al horrible martirio de las galeras” (p. 36). Esta actitud, equidistante sólo en apariencias, remata en la glorificación del orden social existente y en la resignada –o gozosa, en algunos casos– aceptación de la injusticia sobre la cual dicho orden se funda. El propósito del libro es examinar las causas y las consecuencias de la migración hacia la derecha de vastos contingentes de intelectuales que se colocan al servicio de “los postulados reaccionarios del poder capitalista en su fase actual” (p. 29), desandando precipitadamente una trayectoria que Julien Benda observara consternado en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial cuando denunciara la “traición de los intelectuales” que se declaraban partidarios del socialismo consumando, de ese modo, una inexplicable traición a la sociedad capitalista que les prodigaba los honores y las libertades necesarias para su misión (Benda, 1975). El itinerario actual se mueve en sentido contrario, entre cantos e himnos que celebran la muerte del marxismo y el agotamiento de todo pensamiento crítico –es decir, cualquier pensamiento que desafíe las verdades establecidas por las clases dominantes– a la par que, en un curioso contrasentido, los celebrantes persiguen y atacan al presunto difunto con el ensañamiento del que sólo son merecedores los vivos.

Las consecuencias de esta masiva defección de los intelectuales de su función crítica exceden con creces el ámbito meramente literario o humanístico e impregnan a la sociedad en su conjunto. Por eso resulta singularmente relevante para una entidad como el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales dar a conocer la obra del dramaturgo español. ¿Por qué? Porque si algo refleja la crisis profunda del saber convencional de las ciencias sociales –pautado a imagen y semejanza de la academia norteamericana, habida cuenta de la lamentable capitulación del pensamiento social europeo a partir de la segunda posguerra– es precisamente su incapacidad para abordar los principales problemas del mundo actual, desde la injusticia social hasta la destrucción del medio ambiente; desde el holocausto social generado por el neoliberalismo y el “pensamiento único” hasta la crisis de los intelectuales y los dispositivos de manipulación de la conciencia pública de que disponen los nuevos “mandarines” de la cultura. Prueba concluyente de esta crisis es el hecho de que no hayan sido sociólogos, antropólogos, historiadores o politólogos sino “intelectuales renacentistas”, como Noam Chomsky, o figuras marginalizadas de la academia estadounidense, como Russell Jacoby, quienes tuvieran la osadía de plantear estos problemas en el mundo desarrollado (Cfr. Chomsky, 1969; Jacoby, 2000). En el mundo hispanohablante no es para nada casual que hayan sido dramaturgos, como Sastre, y poetas, como Fernández Retamar, quienes en los últimos años hayan planteado con mayor profundidad y elocuencia los alcances de esta verdadera apostasía de los intelectuales. El libro del segundo de los nombrados, Todo Caliban, también publicado para honra de este Consejo por nuestro sello editorial, constituye, junto al que ahora estamos presentando, una fuente valiosísima de reflexiones, hipótesis e interpretaciones sobre la crisis de los intelectuales que, seguramente, habrá de ser de gran utilidad para todos los interesados en el tema y no sólo para la joven generación de científicos sociales que pugnan por deshacerse de la estéril herencia del saber convencional (Cfr. Fernández Retamar, 2004).

El paisaje después de la derrota

Veamos, sucintamente, cuáles son los temas que plantea Sastre en su libro. En primer lugar nos ofrece una cartografía de la capitulación de un vasto conglomerado intelectual que, en las últimas décadas del siglo XX, opta por abandonar sus viejos sueños radicales y revolucionarios para pasarse a las filas de sus antiguos enemigos. Casos como los de “aquellos ridículos maoístas franceses de mayo del ‘68, luego ‘nuevos filósofos’ y ahora decididos apóstoles de la derecha más rancia” (p. 39); o el de André Malraux, que de combatiente republicano en España termina como ministro de la derecha bajo el gobierno de De Gaulle; o George Orwell, otro miliciano republicano que a finales de la guerra pasa a ser un escriba a sueldo de la CIA, ejemplos estos a los que Sastre agrega los de la propia cosecha española: Ramiro de Maeztu, del anarquismo al hispanismo; Ortega y Gasset, del liberalismo al franquismo; Jorge Semprún, del estalinismo al “felipismo”; Fernando Savater, de un anarquismo difuso “a las filas de la derecha más patriótica”. El listado sería interminable: recordemos algunos otros casos tan espectaculares como los de Lucio Colletti y María Antonieta Macchiochi, gurúes del marxismo italiano de los años sesenta y setenta, que culminan su ignominiosa trayectoria personal como parlamentarios del capomafia Silvio Berlusconi; o la deplorable involución de Regis Debray, burdo publicista del “foquismo” latinoamericano de los años sesenta convertido –tal vez por el irreparable ultraje de los años, como hubiera dicho Alejo Carpentier– en un adocenado neoliberal y prolífico escriba al servicio de los poderes de turno. Entre nosotros, en América Latina, el elenco se engrosaría en tal proporción que podría agregarse un nuevo capítulo a la Historia Universal de la Infamia, del inefable Jorge Luis Borges. Sastre menciona, en estas primeras páginas de su libro, un texto fundamental: Herejes y Renegados, de Isaac Deutscher, en donde se demuestra la mutación experimentada por algunos sectarios que, con el paso del tiempo, se convirtieron en “estalinistas al revés”, es decir, en “anticomunistas igualmente sectarios”. Otra vez: la literatura latinoamericana ofrece ejemplos notables al respecto. Pensemos simplemente en los casos de Octavio Paz, también él bravo miliciano republicano, que termina instalándose al servicio de lo que su amigo, Mario Vargas Llosa, de no mejor trayectoria que el mexicano, llamara “la dictadura perfecta”, es decir, el régimen político instituido en México por el PRI. En todo caso, si extendiéramos nuestra investigación a publicistas y escritores, aparte de científicos sociales, podríamos compilar un grueso catálogo de herejes y renegados, pero no es ese el objeto de nuestra breve introducción.

Pero ¿se produjo, realmente, una tal deserción en masa de los intelectuales críticos? ¿No podría tratarse, tal vez, de un fenómeno mucho más acotado? Como podrá verse en la intervención de Pascual Serrano en su amable controversia con Alfonso Sastre (ver páginas 171 a 180), el primero pone en tela de juicio que exista dicha deserción. Lo que ocurre, nos dice, es que esos intelectuales siguen estando allí, sólo que los medios de comunicación de masas ahora silencian sus voces e impiden que la esfera pública se revitalice con sus ideas. “Cualquier tiempo pasado no fue mejor en lo referente al compromiso de los intelectuales”, recuerda Serrano, sólo que ahora la “plutocracia mediática” practica un “genocidio informativo” que amordaza al pensamiento contestatario y genera la impresión de una desbandada general. Sastre, aún reconociendo la importancia del poder castrador de los oligopolios mediáticos, plantea con razón que lo anterior no niega el desplazamiento de muchos intelectuales hacia la derecha puesto que, según sus palabras, “no me refería a que hubiera silencio (a que muchos intelectuales no hablaran porque no podían hablar) sino al hecho evidente de que muchos antiguos progresistas hablaban y se manifestaban, incluso fervientemente, a favor del sistema” (p. 177). Lamentablemente, el veredicto de los hechos le da la razón a Sastre y no a Serrano, conclusión esta que es avalada por diagnósticos similares acerca de lo ocurrido en otras partes del mundo, como Estados Unidos, Europa y América Latina. Si bien es correcta la advertencia de Serrano acerca de lo desacertado que sería idealizar el pasado imaginándolo como un mundo rebosante de intelectuales radicalizados, convendría reparar en la singularidad del momento histórico actual, singularidad que precipita la fuga hacia la derecha de gran parte de la intelectualidad otrora progresista. ¿En qué consiste la especificidad de este momento? En la derrota –temporaria, pero derrota al fin– del proyecto emancipador socialista del siglo XX del cual sólo Cuba mantiene las banderas en alto, mientras que China y Vietnam se internan por inciertos senderos que hacen temer por su futuro. Que las revoluciones socialistas, al igual que sus antecesoras burguesas, no necesariamente triunfen en su primer ciclo de ascenso histórico no disminuye la gravedad del impacto ejercido sobre la conciencia pública y sobre los intelectuales que habían depositado sus esperanzas en el advenimiento del nuevo régimen social. El paisaje después de la derrota es desolador: la Unión Soviética, que gracias al heroísmo de sus hijos había inaugurado, en Octubre de 1917, una nueva etapa en la historia de la humanidad, se pudría internamente, hundida en el barro de la corrupción y el autoritarismo, y se postraba ante el capital sin disparar un solo tiro. La nueva Santa Alianza: Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Juan Pablo II encabezaban una briosa cruzada anticomunista que encontraba en una pléyade de intelectuales un coro apropiado para cantar loas al triunfo del capitalismo, los mercados y la democracia liberal. La vieja clase obrera, llamada a redimir a la humanidad de tanta barbarie, fue pulverizada por el postfordismo, la especialización flexible, la precariedad laboral y la relocalización industrial. Las organizaciones políticas del proletariado y las clases subalternas se debaten en una crisis aparentemente interminable: partidos de izquierda, o herederos de una tradición de izquierda, que no logran sacudir la indiferencia de las masas sumidas en letal estupor por la industria cultural y que, si llegan al poder, lo primero que hacen es manifestar, con la furia de los conversos, su adhesión al neoliberalismo. Los estados nacionales, a su vez, exhiben a sus dirigentes servilmente arrodillados ante el ímpetu de los mercados globalizados y arrepintiéndose públicamente de sus pecados de juventud. En este cuadro, con el “campo socialista” borrado del escenario internacional, con China abriéndose al capital extranjero e ingresando a la Organización Mundial del Comercio, con la socialdemocracia convertida al neoliberalismo, con un imperialismo cada vez más agresivo y omnipresente, con un capitalismo que avanza incesantemente en su proyecto de reducir la sociedad a un archipiélago de individuos egoístas, ¿cómo sostener una actitud crítica ante un orden social que parece arrasar con todos sus adversarios?1.

Pese a todo, no son pocos los que no bajan los brazos y prosiguen su lucha. Sastre, Chomsky, Zinn, Petras, Parenti, Wallerstein, González Casanova, Sánchez Vázquez, Galeano, Saramago y tantos otros que sería largo y fatigoso nombrar sin caer en inevitables olvidos. Claro que, bajo tan desfavorables condiciones, son muchos los que por diversas razones –debilidades del carácter, inconsistencias ideológicas, apremios pecuniarios, ambiciones de gloria, poder y dinero– adoptan una postura oportunista y pasan a revistar en la derecha, deviniendo en lo que Sastre llama en este libro “intelectuales bienpensantes”. Le asiste enteramente la razón cuando comprueba los acentuados alcances de este proceso de derechización de los intelectuales. Este tránsito algunos lo recorren cínicamente, pero no son pocos los que se convierten sinceramente a los valores de la burguesía. Entre los primeros encontramos impostores y farsantes, que si antes no creían en lo que decían ahora lo creen mucho menos; entre los segundos, fundamentalistas neoliberales, o “estalinistas al revés”, como también los caracteriza Sastre. Pero hay otras actitudes: están quienes, ante el derrumbe, permanecen fieles a su viejo credo, aunque aquí también hay dos variantes. Por un lado, los que sumidos en la melancolía aceptan resignadamente la inexorable dilución de su identidad, como los apocalípticos de los primeros siglos del cristianismo o tantas otras sectas a lo largo de la historia de la tradición judeo-cristiana. Por el otro, los que prestan oídos sordos a los datos de la experiencia y proclaman triunfalmente la certidumbre en la inminencia del estallido revolucionario. Son expresiones del milenarismo de izquierda y su ciega confianza en el triunfo final de la revolución, cuyos signos auspiciosos se perciben por doquier: una huelga de los obreros de una mina de carbón en Azerbaiján, un corte de ruta de los desocupados en la Argentina, una manifestación antirracista de los paquistaníes en Bradford y el linchamiento de un policía corrupto en la sierra de Guerrero son todas pruebas irrefutables que anuncian el advenimiento del nuevo orden.

Justicia, violencia y terrorismo

El libro plantea una serie de temas sustantivos, que van más allá de la problemática acerca del papel de los intelectuales y que remiten a cuestiones fundamentales del orden social. Cuestiones ante las cuales, obviamente, los intelectuales no pueden ser indiferentes ni aducir una absurda “suspensión del juicio moral”. Asuntos tales como la justicia, la violencia y el terrorismo afectan a la totalidad de la vida social, y el silencio de los intelectuales sólo puede descifrarse como vergonzosa complicidad. De donde se deduce que la responsabilidad de los intelectuales es, tal cual lo propone en brillante síntesis Noam Chomsky, algo tan simple como esto: “decir la verdad y denunciar la mentira”. Nada más y nada menos que eso. La tarea es ardua y difícil, y las celadas que tienden las clases dominantes para evitar el cumplimiento de ese mandato se multiplican por todos los intersticios de la vida social. No por casualidad William Shakespeare esboza en La Tempestad un cuadro en el que el intelectual, Ariel, se encuentra también él (y no sólo Caliban, el nativo esclavizado) sujeto firmemente al dominio de Próspero a pesar de su talento y su ingeniosidad. En su fascinante interpretación de la obra shakespeariana, entendida como una clave a partir de la cual se pueden descifrar los dispositivos del colonialismo cultural y político, Fernández Retamar (2004: 31) rescata justamente el valor de la hipótesis que propone Aníbal Ponce cuando define al intelectual como “mezcla de esclavo y mercenario”, cuyo desinterés por la acción práctica y cuya acrítica aceptación del orden social imperante constituyen todavía hoy el ideal educativo de las clases dominantes y el paradigma del intelectual “bienpensante”. En abierta contraposición con este modelo, Julio Antonio Mella, un joven fundador del marxismo latinoamericano, sugería en un texto redactado cuando apenas tenía veintiún años y en línea con los análisis de Ponce y de Rodó, y más lejanamente con Antonio Gramsci, que un intelectual es “un trabajador […] que empuña la pluma para combatir las iniquidades” (Fernández Retamar, 2004: 35). En función de las consideraciones precedentes resulta más que oportuna la advertencia de Theodor W. Adorno que Sastre introduce en su discurso y que llama la atención sobre los riesgos, sumamente generalizados, de “obedecer al sistema con las formas de la rebelión”, es decir, asumiendo una forma externa en apariencia crítica pero profundamente conservadora en su contenido.

Decíamos al principio que el texto de Sastre es no sólo incisivo teóricamente sino también valiente. Se atreve a desnudar las debilidades del saber convencional, prevalecientes en el plano más abstracto y elevado de la teoría y la ideología oficiales y, por eso mismo, reflejadas en las tertulias radiofónicas, o televisivas, que con singular ingenio nuestro autor bautiza como “desfile de cretinos” (p. 56-58). En ese espacio comunicacional predominan sin contrapesos las “leyes de gravedad” del género. Quienes padecemos esa plaga en América Latina, tanto en los medios oficiales u oficiosos del establishment, no podemos sino reconocer la perspicacia analítica de Sastre cuando describe como componentes fundamentales de esas leyes la improvisación, el pensamiento rápido, el hablar sin pensar, la total irresponsabilidad intelectual y moral de los contertulios, su diletantismo e inconsistencia argumentativa y su irrefrenable voluntad de servir a los poderosos de turno, cualquiera sea su talante ético o político. Sastre además nos advierte de “lo peligroso que puede ser un micrófono en las manos de un cretino, cuando el tal cretino goza de total impunidad”, así como ese curioso fenómeno de la “intrepidez de la ignorancia”, tan común en los medios que, supuestamente, educan a los ciudadanos de una democracia (p. 57). Estas tertulias, naturalmente, nada tienen que ver con al auténtico debate de ideas, con los “contrastes de opiniones razonadas” tan infrecuentes en nuestros días y casi extinguidas por completo en los grandes medios de comunicación. Pierre Bourdieu ridiculizaba estas tertulias televisivas en Francia al comentar lo absurdo que le parecía cuando un conductor con voz engolada y rostro perfectamente producido para transmitir la imagen de seriedad y ecuanimidad le ofrecía tres minutos de su tiempo para explicar cómo resolver la cuestión de la pobreza extrema que afectaba a millones de sans papiers en toda Europa (Bourdieu, 1997).

En pocos asuntos este síndrome es más evidente que cuando se habla del terrorismo. La sola mención del tema dispara un mecanismo reflejo que lleva a los intelectuales “bienpensantes” a una desaforada carrera para ver quién condena de manera más categórica ese fenómeno. Sastre tiene la osadía de descalificar dicha actitud a partir del axioma socrático que dice que “pensar es distinguir”. Y, evidentemente, se impone una distinción que, no por casualidad, no se establece siquiera en los ámbitos más refinados del pensamiento dominante. Porque ¿cómo confundir la violencia de los estados opresores, de los ricos, de los fuertes, de los poderosos, con la que ejercen los sometidos, los pobres, los débiles, los dominados? Es preciso, dice nuestro autor, establecer la diferencia entre “el disparo de un sicario sobre un dirigente sindical en América Latina y la ráfaga de metralleta de Ernesto ‘Che’ Guevara contra un cuartel” de Batista, o “entre la explosión de unas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki y el homicidio a navaja que se produce en un arreglo de cuentas o en un trance pasional”. Todos son actos violentos, prosigue Sastre, “y por ello indeseables; pero a partir de esa constancia es preciso ponerse a pensar, y a ver la entidad propia de cada una de esas violencias […] de manera que el juicio moral y político sobre ellas se basará en el conocimiento de su diferente cualidad y etiología”, sus motivaciones psicológicas y sociales, su finalidad. Y remata su razonamiento diciendo que “no puedo poner en el mismo saco a un militante palestino que se hace estallar ante un cuartel israelí […] y el lanzamiento de misiles desde helicópteros sobre casas habitadas palestinas en un campo de refugiados” (p. 96-97).

En América Latina tanto el marxismo como la teología de la liberación plantearon con claridad este dualismo entre la violencia del sistema, o institucionalizada, y la violencia de los de abajo, que era, y es, anatemizada, distinción esta que, lamentablemente, ha sido olvidada por el saber convencional de las ciencias sociales. La criminalización de la protesta social, promovida por el gobierno de George W. Bush y acatada sin chistar por la gran mayoría de los gobiernos del hemisferio, es la forma que hoy asume esta indistinción que es, en su esencia, vergonzante complicidad con un orden social cuya radical injusticia ha sido condenada por las mujeres y hombres decentes de este planeta. Sastre apela a antecedentes de más peso, como la tradición del derecho natural que justifica el tiranicidio y la legítima defensa, que encuentra en la obra de autores como Tomás de Aquino y John Locke algunos de sus más elevados exponentes. Y nos recuerda, de paso, la indiferencia de los intelectuales progresistas españoles ante la tortura, a lo que podríamos agregar, en América Latina, la insensibilidad y desinterés manifestados por nuestros “bienpensantes” autóctonos ante la misma práctica policíaca y la continuidad, ya en democracia, de la desaparición de personas, el asesinato de periodistas y la salvaje represión de pacíficas manifestaciones populares, para ni hablar de verdaderos genocidios practicados por el imperio –y no sólo en Afganistán e Irak.

La conclusión a la que llega Sastre es irrebatible: el llamado terrorismo no es otra cosa que la guerra de los débiles, mientras que se reserva el nombre de guerra “limpia” o “humanitaria” al terrorismo mucho más salvaje practicado por los poderosos. Por lo tanto, todas las guerras son terroristas, y uno de los terrenos en los cuales se escenifica la guerra es el lenguaje. Los opresores son sumamente concientes de ello. De ahí su incansable labor en el campo de la cultura y la ideología, y el papel predominante que han adquirido los medios de comunicación de masas, vehículos privilegiados mediante los cuales se impone un sentido común y se instituyen los valores que, sin deliberación seria y razonada, pasan a regir la vida social. Es por eso mismo bien oportuna la referencia de Sastre a Elio Antonio de Nebrija, el gran humanista y gramático español que, precisamente en 1492, publicara su célebre Gramática de la Lengua Castellana. En su prólogo, Nebrija explica que la lengua debe ser el elemento que le brinda identidad a un pueblo y el vínculo que une a sus integrantes, y que por eso debe llevarse “a cuantos pueblos acudan las fuerzas militares”; y, ya más enfáticamente –en un libro dedicado, por supuesto, a Isabel la Católica– recordaba a los gobernantes que “la lengua es compañera del imperio” (p. 74). Parece poco probable que las aficiones literarias de George W. Bush o de sus cortesanos imperiales los hayan inducido a leer a Nebrija, pese a lo cual todos ellos saben muy bien que hoy por hoy el inglés es uno de los más fieles compañeros del imperio y por eso cultivan prolijamente su expansión a escala planetaria. Si las fuerzas militares del imperio están presentes en ciento veintiocho países, el inglés no les puede ir en zaga.

El manual del “intelectual bienpensante”

La última parte del libro contiene una variedad de textos, a cual más sugerente e interesante. Detengámonos un momento, para terminar, en el examen de los siete tópicos que caracterizarían al buen intelectual. Ya antes Sastre había señalado que los “bienpensantes” dejaron de pensar hace rato, y que sustituyeron ese difícil arte por “un sistema de tics automáticos” que los convertían en “repetitivos autómatas que respondían siempre con la misma canción”. Dado que pensar es distinguir, y los (y las) “bienpensantes” se caracterizan precisamente por la atrofia de su capacidad de distinguir, los actos reflejos de dichos intelectuales se organizan de conformidad con un manual que consagra los “siete tópicos del buen intelectual”, a saber:

El buen intelectual es –y si no lo es debería serlo– políticamente correcto

Antaño ser “políticamente correcto” era motivo de burla. Ni Oscar Wilde ni Miguel de Cervantes Saavedra lo fueron. Hoy pocos se atreven a desafiar dicho imperativo que apela a la sensatez y la razonabilidad. Pero ser “políticamente correcto” significa, en la práctica, que hay que aceptar el mundo tal cual es, inclinarse ante la llamada “realidad” (aunque la “realidad” de lo real depende grandemente de las categorías utilizadas para su interpretación), admitiendo también que la historia ha terminado, que la distinción entre derechas e izquierdas se ha vuelto irrelevante, y que la globalización capitalista no nos deja alternativas. El pensamiento único no es otra cosa que el reflejo, en el plano de las ideas, de la unicidad del mundo real, capitalista, que es lo único que existe. El resto son fantasías, ficciones, utopías, es decir, artilugios intelectuales cuya búsqueda sólo puede conjurar la aparición de los peores demonios.

El buen intelectual está contra toda violencia, venga de donde venga

Sobre esto ya hemos expuesto las tesis de Sastre en las páginas anteriores. En su escrito alude a “la metamorfosis de la pistola”, que sucintamente podría plantearse en estos términos: un tiro de pistola suena igual que otro tiro de pistola. Sin embargo, su significado sociológico y moral no es igual si quien produce el sonido es el agente de una dictadura o un militante revolucionario. Esta distinción es anatema a los oídos de los “bienpensantes”, lo cual no amilana a nuestro autor quien, por el contrario, avanza resueltamente tras las huellas de Nicolás Maquiavelo para abrir el debate en torno a uno de los temas cruciales de la filosofía política: la relación entre medios y fines. ¿Es que acaso volvemos ahora a aquello de que “el fin justifica los medios”?, se pregunta. Dada la extrema trascendencia que tiene este planteamiento conviene que le cedamos una vez más la palabra a Sastre: “No. Yo no suscribiré esta justificación, pero tampoco me pondré en el bando de quienes, bienpensantes, reposan su cabeza sobre el lecho de una condena retórica. Estamos en el corazón de la tragedia” y esta es, “entre otras cosas, una apuesta contra todo maniqueísmo (buenos y malos)”. Sastre analiza los dilemas morales ya contenidos en la tragedia clásica griega, particularmente en Eurípides, pero también en Fuenteovejuna de Lope de Vega, donde los ciudadanos humillados y oprimidos se rebelan y dan muerte al despótico comendador. Reflexionando sobre la tragedia de la ocupación nazi de Francia se pregunta: “¿Qué pensar de un acto en el que un resistente francés disparaba un tiro en la cabeza de un oficial alemán? […] ¿Condenarlo y renunciar a la lucha contra la ocupación alemana?” (p. 103-104).

El buen intelectual es tolerante

Sastre comenta bajo este apartado los legados del dogmatismo marxista, que en la cabeza de los intelectuales reconvertidos a la derecha aparece como una exaltación de la tolerancia. Sólo que, paradojalmente, esta no significa el examen de diferentes puntos de vista o de planteamientos alternativos sino la aceptación lisa y llana del pensamiento único. La reacción ante el dogmatismo del pasado es un pensamiento que se enorgullece de su debilidad, y que hace un culto del eclecticismo.

El buen intelectual es ciudadano del mundo

Sastre somete a escrutinio el pseudo-cosmopolitismo que caracteriza a los intelectuales “bienpensantes”. Se trata de un cosmopolitismo abstracto que concibe a la humanidad como una superficie lisa y homogénea y que sólo espíritus ofuscados pueden concebir como una constelación de naciones, culturas y pueblos diferentes. “¿Franceses, nigerianos, filipinos, kurdos? ¡Tonterías! […] somos seres humanos […] y lo demás es ese cuento nacionalista” (p. 109). Ante lo que nuestro autor responde que el intelectual “es ciudadano de su pueblo”.

El buen intelectual es pacifista

Bajo este apartado Sastre cuestiona a los “bienpensantes” que son pacifistas en algunas guerras y no en otras; o condenan la violencia terrorista “que rechazan, y hacen muy bien, mientras se muestran insensibles a las torturas que practica la policía y forman parte de una guerra especialmente sucia” (p. 113-114). La historia de las “pacificaciones” imperialistas es de una violencia inenarrable, desde la pax romana hasta los grandes genocidios practicados por los imperios europeos en América y, posteriormente, las impuestas en Indochina y Argelia, o las que el imperialismo norteamericano estableció, bombas atómicas mediante, en Japón.

El buen intelectual es demócrata

Esta cláusula estipula la adhesión sin restricciones de los intelectuales “bienpensantes” a la democracia representativa, haciendo caso omiso de la profunda crisis que la caracteriza y que ha dado lugar a que un analista de la talla de Colin Crouch haya publicado, en fechas recientes, un extraordinario ensayo en el que se afirma que la edad democrática del capitalismo ha llegado a su fin y que hemos ingresado a una fase “post-democrática” (Crouch, 2004: 1-30). Sastre señala, con razón, la total falta de crítica de estos intelectuales ante el hecho de que haya sido precisamente bajo el imperio de estas “democracias realmente existentes” que las injusticias se extendieran como nunca antes por el mundo y que, paralelamente, las libertades se contrajeran cada vez más. Tales democracias, sostiene Sastre, están “mostrando cada vez más nítidamente la pestilencia que se alberga en sus tripas, y su capacidad para servir de cobertura a los mayores horrores del imperialismo” (p. 156-157).

El buen intelectual, puesto a elegir, prefiere la injusticia al desorden

Por último, el manual del “bienpensante” reconoce en esta cláusula otro de los puntos cardinales de su pensamiento. Para él no hay retorno posible desde la violencia y el terror que se nutren del desorden. Un orden injusto es perfeccionable; la justicia en el desorden sólo conduce al caos. Sin embargo, nos recuerda Sastre, la paz y el orden son el “bello efecto de la abolición de las injusticias y de las opresiones” (p. 115). La paz perpetua tan exaltada por Immanuel Kant no es la paz de los cementerios sino la calma que brota del reinado de la justicia.

Una invitación

En los capitalismos actuales la esfera pública se encuentra cada vez más controlada por un puñado de grandes empresas que manipulan arbitrariamente, casi sin contrapeso, los mensajes que por ella circulan, determinan lo que será o no será “noticia” –por lo tanto, lo que la sociedad puede o no llegar a conocer– y fijan la agenda de los temas de debate público y las prioridades de la dirigencia política. Esos conglomerados pseudo-periodísticos reproducen, tanto por el contenido de los mensajes que promueven como por su forma, el discurso de las clases dominantes. La mal llamada “dictadura mediática” no es otra cosa que la dictadura del capital, y la también mal llamada “prensa libre” es la libertad que reclama el capital para reafirmar sin interferencias su dominio en el terreno de la ideología y el sentido común de una época.

En un país tras otro se comprueba la inexistencia de un auténtico debate de ideas. Una aplastante lápida ha caído sobre nuestras sociedades: pensamiento único, inexistencia de alternativas, dictadura del capital edulcorada con una delgada capa de libertades formales a las cuales sólo unos pocos, ricos y poderosos, pueden acceder. La política ha sido secuestrada por los mercados, como observa Gore Vidal, y convertida en una rutina sin gusto y sin gracia y para la cual la desesperante situación por la que atraviesa la humanidad pareciera serle por completo indiferente, obsesionada como está por garantizar la tranquilidad de los mercados. La guerra cultural que con tanto éxito ha librado el neoliberalismo ha taponado todos los poros por los cuales deberían circular las ideas que las sociedades necesitan para cimentar su propio desarrollo y para buscar sus alternativas ante los desafíos que les impone la historia. Sus principales instrumentos: los monopolios mediáticos –cuya obra destructiva y embrutecedora con tanta enjundia denuncia Sastre en este libro– exentos de cualquier tipo de control democrático pese a su tremenda gravitación social. Es precisamente esta libertad, libertad para manipular, para desinformar, para ilusionar, para mentir, la que los convierte en instrumentos indispensables del capital para perpetuar, en el crucial terreno de las ideas y los valores, el injusto orden social existente. Por eso nunca como hoy fue tan pertinente la sentencia de José Martí cuando dijera que “de pensamiento es la guerra que se nos libra, ganémosla a fuerza de pensamiento”.

En este cuadro, que no es menos grave en América Latina que en Europa o Estados Unidos, el texto de Sastre es un vigoroso llamamiento a abrir las ventanas del debate, a animarnos a cuestionar el saber convencional, las opiniones establecidas, el derecho de los más fuertes. En una palabra, a animarnos a pensar a contracorriente, algo que en pocas áreas del conocimiento podría ser más urgente e importante que en las ciencias sociales. Sus palabras y sus argumentos son de una contundencia magistral. Uno podría no estar de acuerdo con todas y cada una de sus conclusiones. Como vemos en este mismo libro, hay intervenciones de intelectuales que matizan o cuestionan algunas de sus afirmaciones. Pero de lo que no cabe la menor duda es de la rigurosidad y urgencia de sus planteamientos. Confiamos en que la publicación de esta obra, junto a la del ya mencionado libro de Fernández Retamar, servirá para promover un debate imprescindible para nuestras sociedades. Debate que se encuentra largamente postergado siendo, como es, esencial para la demorada empresa de construir una buena sociedad.

Nota

1 Hemos examinado este problema con mayor detalle en nuestro Imperio & Imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri (Boron, 2002: 123-136).

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