Patrimonio, memoria e historia: la gestión del pasado en el mundo contemporáneo escrito

Por Pablo Aravena Núñez  
Fuente: Sepiensa.cl, Sunday, 07 de May de 2006

“El patrimonio es el producto de un trabajo de la memoria que, con el correr del tiempo y según criterios muy variables, selecciona ciertos elementos heredados del pasado para incluirlos en la categoría de los objetos patrimoniales. Funciona eficazmente como “un aparato ideológico de la memoria”.
Joël Candau, Antropología de la Memoria, París, 1996.

El recurso al pasado se ha vuelto un lugar común. La liviandad con que se hace equivaler el concepto de cultura al de identidad, enviándonos de inmediato a la búsqueda de “nuestras raíces”, para luego cosificarlas como patrimonio (aquello que constituiría nuestra esencia), ha de ser la experiencia más común, verificable no sólo en nuestro contexto nacional, sino también global. [1] No obstante, la constatación no equivale a afirmar que vivimos tiempos en que el ejercicio de la memoria o la historia gocen de buena salud. 

Aunque parezca iluso plantearlo, el actual auge del pasado parece tener más que ver con la lógica cultural de un capitalismo postindustrial, [2] que con una autentica necesidad social de rememoración o con las exigencias de la práctica historiográfica. Advierto lo iluso del planteamiento, pues hablar de era postindustrial para el caso de estas latitudes que malamente se industrializaron, suena siempre a cuentos futuristas o a algún desajuste en la “lógica de la historia”. Pero el tercer mundo es así, a menudo “inclasificable” según las categorías en uso –por no decir “maravillosamente monstruoso”.

 Hoy el pasado es ofertado y demandado. Podemos sostener que el pasado se ha vuelto materia de consumo privilegiada en casi todos aquellos lugares en los que se han extinguido los motores industriales y comerciales que antaño animaban la economía y sostenían la sociedad. [3] Resulta que la denominada “gestión patrimonial” constituye la última estrategia modernizadora: convierte en mercancía todo aquello que aún se resistía. Bauman lo ha expresado claramente en su libro La globalización. Consecuencias humanas: la etapa industrial dio paso a una “sociedad de producción”. “Esa forma más antigua de sociedad moderna utilizaba a sus miembros principalmente como productores y soldados […] Pero en su actual etapa moderna tardía (Giddens), moderna segunda (Beck), sobremoderna (Balandier) o posmoderna, ya no necesita ejércitos industriales y militares de masas; en cambio, debe comprometer a sus miembros como consumidores”. [4]  
 

¿Pero consumidores de qué? Ciertamente no –o no tan solo– de los productos tradicionales de la sociedad industrial, aquellos que podían ser situados y nombrados como “cosas”, pudiendo establecer incluso su circuito de circulación. Lo de la sociedad postindustrial no es la necesidad sino el deseo, por tanto sus estrategias de consumo no apuntan a lo “material-objetivo” –por llamarlo de alguna manera–, sino que a la subjetividad (lo propio de esa “caja negra” que es el sujeto). Sus productos son preferentemente intangibles, en una palabra: sensaciones.

De cierto modo la sociedad industrial ha proporcionado el sustrato básico para esta demanda como consecuencia de su modelo de producción serial proyectado a lo social, de manera que el individuo, reducido hasta ahora a mero medio de producción, se halla de pronto carente de todo sentido, y luego, ávido de alguna experiencia que le ponga en contacto con alguna manera de sostener su empobrecida existencia. [5] La religión alguna vez cubrió este espacio, los grandes proyectos políticos dotados de relatos totalizantes también lo hicieron a su modo. Pero en un mundo doblemente desencantado (y en éste sentido ultramoderno) viene a su lugar el mercado: en él se transan expectativas, esperanzas, espiritualidad, pseudoutopías, mundos posibles, mundos perdidos, etc. El asunto es que nadie encuentre demasiado pronto ese presunto anclaje de su vida. La lógica impulsa a probarlo todo, a acelerar el desencantamiento para consumir otra sensación, otra experiencia.

En sociedades ya casi completamente homogeneizadas culturalmente, como la norteamericana (excluido México) y la europea occidental, las fuentes de esas experiencias vitales que nos pueden acercar a mundos mejores no están al alcance de la mano, están geográficamente muy lejos o están muy atrás perdidas en tiempos remotos, por tanto exigen un “mediador” o, más bien, un “proveedor” de la diferencia. Florece así esa peculiar modalidad de (pos)industria que es el turismo. [6]

Pero en la era postindustrial la división internacional del trabajo vuelve a aparecer: aunque los grandes centros industriales europeos son reconvertidos en parques temáticos –suerte que corre también todo sitial que denote antigüedad– el flujo principal de turistas es hacia fuera, como si la lejanía y la dificultad para acceder a la fuente de experiencias ofreciera alguna garantía sobre la intensidad de ésta. Demás está decir que el flujo es prácticamente unidireccional: del primer mundo hasta las profundidades bárbaras de África, Latinoamérica u Oriente. Zonas desindustrializadas o nunca industrializadas asimiladas igualmente por una lógica postindustrial.

El turista viene en busca de lo Otro. Pero cuando el presente de un país lejano no es lo suficientemente exótico se debe buscar rápidamente en el saco de la historia un pasado acorde con las expectativas vendidas en la agencia. Tal como lo ha expresado Slavoj Zizek en su crítica a la ligazón entre multiculturalismo y capitalismo avanzado, el turista busca “el espectáculo de un ciclo de pasiones míticas, incomprensibles, atemporales, que contrastan con la vida decadente y anémica de Occidente”.

La diversidad cultural es deseable por quienes compartimos valores democráticos, pero hay que señalar que también es un excelente negocio, tal como lo manifiesta James Wolfensohn, presidente del Banco Mundial:

“… la conciencia de la propia existencia y el orgullo que nacen de la identidad cultural son parte esencial del proceso que deben seguir las comunidades para reforzar su poder. Por estos motivos los responsables del Banco Mundial pensamos que el respeto hacia la cultura y la identidad de los pueblos es un elemento básico de cualquier enfoque viable para un desarrollo centrado en las personas.

Hemos de respetar las raíces de las personas en su propio contexto social. Debemos proteger la herencia del pasado; pero también debemos amparar y fomentar la cultura viva en todas sus manifestaciones. Esto es, además, muy positivo para el mundo de los negocios, como han demostrado muchos análisis económicos recientes. Desde el turismo hasta las restauraciones, las inversiones en el patrimonio cultural y las industrias relacionadas con él promueven actividades económicas generadoras de trabajo que producen riqueza e ingresos” [7] .

Esta preocupación repentina por la cultura, la identidad y el patrimonio por parte de aquellos sectores económicos que hasta no hace mucho “sacaban el revolver cuando les hablaban de cultura”, o –del otro extremo, como veremos luego– por sectores subalternos, es lo que ha llevado a George Yúdice a plantear que nos enfrentamos –en una paráfrasis de Foucault– a la emergencia de una nueva episteme. [8] En ambos casos “la cultura es conveniente en cuanto recurso para alcanzar un fin”. En el primer caso –y como se desprende de la cita de Wolfensohn–, se trata de la generación de riqueza a partir de la puesta en marcha de las llamadas “industrias culturales”, pero también de otros fines no tan inmediatos, como lo son la pacificación social de zonas conflictivas mediante inyecciones de fondos para que desarrollen sus proyectos culturales, se comuniquen las diferencias y así crear condiciones seguras para la inversión, o como la formación de un “capital social” que estrene modelos de autogestión en vistas de una reducción del gasto social por parte de los estados. En el segundo caso, se trata de la cultura como recurso de la política; sectores excluidos que instrumentalizan la “causa cultural” para conseguir reivindicaciones en lo que respecta, por ejemplo, a territorios, recursos o puestos de trabajo, situación identificable con el hecho de que en nuestro medio la visibilización de las nuevas demandas sociales ya no se efectúen por medio de los tradicionales partidos políticos, sino a través de “centros culturales”. Lo relevante es que la cultura entendida como recurso es una idea que atraviesa transversalmente la sociedad, lo que lleva a Yúdice a sostener que “la cultura en cuanto recurso es el principal componente de lo que podría definirse como una episteme posmoderna”. [9]

No es este el lugar para poner a prueba esta gran tesis de Yúdice, pero por lo pronto podríamos plantear que la pretensión de hacer de “la cultura como recurso” una episteme, puede ser una formulación teórica “fuerte” para no tratar el fenómeno como un caso de ideología hegemónica que, siguiendo a Mandel, respondería a una modalidad de capitalismo más refinado. Pese a que los casos estudiados rigurosamente por Yúdice puedan ser leídos como apropiaciones culturales “contrahegemónicas”, habría que prevenir los efectos de una ampliación de la tesis sin mayores matices: la emergencia de una nueva episteme no excluye la permanencia ciertas de lógicas de dominación que vale la pena seguir estudiando.

Episteme o mera ideología, podemos coincidir con Yúdice respecto de que: a) “en las condiciones determinadas por la globalización lo que difunde la lógica prevaleciente de la acumulación es la diferencia y no la homogeneización” y que, b) “en nuestra era, las representaciones y las demandas relativas a la diferencia cultural son convenientes en tanto multipliquen las mercancías y confieran derechos a la comunidad”. [10]

Más allá de toda posición dogmática en contra del mercado o de todo purismo cultural en rechazo de la apropiación política de “la cultura”, no tendríamos problemas en aceptar que la diversidad y el turismo cultural sean una fuente de divisas, siempre y cuando esa riqueza se distribuya efectivamente entre esos “diversos”, y mientras las conceptualizaciones de patrimonio que sirven a ese fin no fueran subsidiarias de tergiversaciones y manipulaciones abusivas del pasado. Pero también es difícil de aceptar si quien está detrás de todo esto es la misma institución que Joseph Stiglitz (Premio Nobel de Economía y ex vicepresidente del Banco Mundial) describe en El Malestar en la Globalización. [11]

El turismo tiende a constituir una realidad social neocolonial: los habitantes tradicionales de esos centros históricos rehabilitados son expulsados para acoger (más limpios y más seguros) a los turistas. El ya citado Zigmunt Bauman ha sostenido que “la aclamada ‘globalización’ está estructurada para satisfacer los sueños y deseos de los turistas. Su efecto secundario –un efecto colateral, pero inevitable– es la transformación de muchos más en vagabundos”. [12] Así mismo –dado la retirada del Estado– las distintas industrias relacionadas con el turismo tienden a licitarse, en un concurso que puede ganar sólo quien tenga suficiente capital para restaurar la manzana entera, por poner un caso. Este tipo de “restauración”, que tiene como fin no precisamente la conservación de los edificios antiguos, sino más bien su “recuperación inmobiliaria”, expulsa a sus habitantes tradicionales a lugares más baratos (periferia), llevando a cabo un “recambio inducido” cuyo efecto inmediato es la exclusión de los habitantes de las llamadas zonas patrimoniales, pero que trae el efecto añadido de vaciar de sentido lugares que se reivindican como de valor histórico. Así una de las principales fuentes de la historia reciente de Valparaíso desaparece, no por una misteriosa “selección” [13] de la propia historia, sino que mediante un nuevo acto de barbarie, por más dócil que este parezca. [14] Así, parece ser que la industria turística no genera mejores condiciones ni oportunidades, cuando más dilata la supervivencia de las poblaciones locales que se auto ofertan disfrazadas de autóctonas (lo cual añade una cuota de patetismo a su miseria).

Como actualmente –e igual que ayer– es el Estado el encargado de abrir paso al capital privado, todo esto va acompañado de las “políticas culturales” acordes. Proliferan las instancias para promover el patrimonio, el resguardo de las identidades, así como la producción y circulación de lo que se da en llamar “bienes culturales”. [15] Sin descartar algunos esfuerzos autónomos en esta vía, es el Estado, la mayor parte de las veces con el refuerzos de ONGs trasnacionales, el que impulsa una sobreproducción de obras relacionadas con la “puesta en valor” del pasado local.

Si hay algún acontecimiento del que deba ocuparse nuestra reflexión es precisamente el de esta sobreexposición –me arriesgaría a decir inédita– a productos del pasado a la que nos vemos expuestos diariamente. ¿Qué tipo de mundo es éste en que el pasado parece invadirnos y en el que las cosas no pasan, sino que se van apilando al lado nuestro? ¿No lleva esto, como lo ha planteado Jameson, a una ruptura de nuestra tradicional experiencia de la temporalidad? [16]         

El turista y la relación que establece con lo Otro y, lo que nos interesa aquí, con el pasado, no es una preocupación reciente por parte de los antropólogos y los críticos culturales [17] . Quizá la descripción más plausible de esto haya sido la realizada a fines de los 70’ por Susan Sontag en Sobre la fotografía. Si la fotografía detiene artificialmente el devenir fijándolo en el retrato de un instante, el objeto de la fotografía turística siempre es el pasado: “Si las fotografías permiten la posesión imaginaria de un pasado irreal –sostiene Sontag–, también ayudan a tomar posesión de un espacio donde la gente se siente insegura. Así, la fotografía se desarrolla en tandem con una de las actividades modernas más características: el turismo […] Parece francamente antinatural viajar por placer sin llevar una cámara” [18] . Así el turista camina capturando lo Otro a la vez que apilando el pasado en instantes.

La cámara y la actividad fotográfica (incluso la filmadora, que sólo obtiene un instante de mayor duración), conforman una buena alegoría para dar cuenta del consumo del pasado realizado por el turista. La cámara es la herramienta mediadora entre el turista y lo extraño, lo que está por desaparecer y lo desaparecido por ahora apenas conservado: “las fotografías promueven la nostalgia activamente”.

El turista es un consumidor compulsivo de lo Otro, pero esa diferencia cultural se hace más apetecible si a su dimensión horizontal (la cultura aconteciendo) se le añade una dimensión vertical que busca en la profundidad del pasado. Lo diferente es deseable, pero lo diferente antiguo lo es el doble.

Deseando, retratando y consumiendo sensaciones, el turista no establece más que una relación liviana con el pasado. Estando de paso no lo conoce ni entiende, sólo lo goza. Se ejerce así una “estetización del pasado” [19] , que se instala como el modelo preeminente de relación con él, incluso en las mismas poblaciones locales.

Es precisamente esto último lo que tradicionalmente se entendía como “hegemonía cultural”: el dócil consenso entre señores y siervos en unas mismas operaciones simbólicas (sentido común), imposibilitando toda dialéctica social. Aunque para algunos no sea grato recordar estos fragmentos de “teoría trasnochada”, debemos decir que, dadas nuestras observaciones, aun sirve para explicar en buena parte la naturaleza del fenómeno que aquí abordamos.

Es así como en Valparaíso se ha instalado una “memoria patrimonial” que tiende a disolver o invisibilizar otro tipo de memorias, por ejemplo, la memoria sindical portuaria de la que más adelante pretendemos dar cuenta. Se llega al punto en que los episodios pasados en los que nos reconocemos y encontramos nuestra permanencia son meras fosilizaciones de lo consumido por el turista. No parece apresurada aquí la siguiente pregunta ¿Podemos sostener que “recordamos” por nuestra propia cuenta? ¿No es verdad que el criterio de rentabilidad de otros, al que nuestra tarea de sobrevida debe ceñirse, nos hace “recordar” sólo en cierta dirección? [20]

En este punto creo que es formulable –por provisoria que sea– la siguiente hipótesis: la lógica cultural hasta ahora esbozada nos hace acceder a un pasado sin memoria y sin historia. La estetización del pasado impide tanto el curso tradicional de transmisión de experiencias en las poblaciones locales (ejercicio de la memoria), así como también ejerce un desplazamiento de la relación crítica y analítica con el pasado que tiene como fin su conocimiento y comprensión (práctica historiográfica). Se vislumbra otra operación de la hegemonía cultural ya aludida, aquella que apuesta, por un lado, por la ruptura de la continuidad sustentada en la memoria (sustrato de la historicidad del sujeto) [21] y, por otro, por el desconocimiento del pasado que resulta de esa pesada relación que emprende el historiador con huellas y testimonios. Las consecuencias de dicha operación son en su mayoría aun insospechadas y merecen un estudio más acucioso.

Vale la pena recordar que antes de la actual “usurpación de la facultad de recordar” asociada con la operación en que el pasado es demandado por el turista, se efectuó un modo más feroz de censura: la destrucción material y legal de esos espacios de la memoria que eran los sindicatos a manos de la dictadura, así como la muerte inducida de bares y prostíbulos por el “toque de queda” y, en fin, un sinnúmero de acciones asociadas a lo que llamamos “terrorismo de Estado”, del que los testimonios aquí editados dan cuenta. [22]

Identificamos así la superposición de dos operaciones que han apuntado a la desaparición de unas memorias que aun se resisten. Ellas son necesarias para la articulación sociohistórica de los sectores postergados, pero también para conocer la “cualidad” del pasado reciente de Valparaíso. La turística es la más actual de estas operaciones y, desde luego aquella en la que nos vemos involucrados. El rechazo que hemos hecho de ella se basa en la observación de que a nivel económico perpetua la desigualdad, a nivel social funda la exclusión [23] y a nivel cultural, por un lado, anula la diferencia fundando una relación con un Otro imaginario (folclórico) [24] y, por otro, constituye una hegemonía que tiene como resultado la anulación de la fuente de historicidad de los sujetos locales.

Si nos referimos ahora al obstáculo que representa para el conocimiento historiográfico esta demanda por el pasado, debemos abocarnos a la tarea de revelar qué tipo de pasado es el que hoy se demanda, decíamos ya no solo por los turistas, sino cada vez más por las poblaciones locales.

En lo que sigue es decidor el cruce de esta demanda con los enunciados que atraviesan los discursos públicos de los más variados enunciantes, desde personalidades que atraviesan todo el espectro político, hasta personajes televisivos. Por todas partes (y desde todas partes) escuchamos el siguiente imperativo: “debemos conservar nuestra identidad”. De tanto escucharlo terminamos por repetirlo, y de tanto repetirlo terminamos por asimilarlo como consigna. Así todo afán de coleccionista, anticuario o “retro” acaba encontrando una noble, y fácil, justificación. “¡Tenemos que aprender a querer lo nuestro!”. ¿Si? ¿Y para qué? ¿De qué manera?

Resulta que la pregunta por lo que somos no tiene una sola respuesta, ni menos definitiva. Resulta más o menos evidente que no somos ni estamos destinados a ser siempre lo mismo, ni “por dentro” ni “por fuera”. Que no parezca exageración lo que sostengo a continuación: la pregunta vehemente por el “qué somos nosotros” (y por el qué son ellos) ha sido un rasgo característico del discurso nacionalista. Desde luego, en el caso de los “nacionalismos reales” la preocupación tenía un fin bastante “práctico”: discriminar entre quien eran como “nosotros” y quien no… (y ya sabemos el destino de los que no lo eran). No es posible interrogar a la naturaleza humana con una pregunta tal sin que traiga asociada alguna consecuencia no deseable. La pregunta busca cosificar la expresión humana interrogada. Cuando se formula la respuesta esperada cualquier cosa puede pasar.

Pero no se trata de caer en pánico o de convertir a todos en nacionalistas o fascistas. No es que no los haya, sino que debemos cuidarnos de caer en una suerte de paranoia a la cual la producción intelectual de fines del siglo XX nos tiene acostumbrados (sin salidas). Si completamos el cuadro en que se registra el enunciado arriba señalado, la cuestión suena como sigue: “la conservación de nuestra identidad es imprescindible dado el actual contexto de la globalización”. Desde luego que es necesario, y deseable, conservar las propias maneras de ser antes que se nos homologue a unas solas formas universales (¿en qué quedaría aquel imperativo liberal acerca de respetar las diferencias?), pero cuando esa noble resistencia busca bajo la pregunta arriba señalada, pareciera ser que definitivamente se quiere responder para convertir la fluidez orgánica de nuestras maneras de ser en “cosas”. Y ya se ha inventado un concepto para no hacer tan evidente dicha relación: “bienes culturales”. Pero en la medida que esconde la raigambre esencialista revela una voluntad de reducir toda expresión cultural a mercancía. Ahora sí se nos muestra coherente la operación: la globalización también ofrece un mercado donde comerciar “lo exótico”, eso que aún sobrevive al patrón cultural universal, miles de turistas hastiados de lo mismo pueden pagar buenos precios por “lo otro”, “lo distinto”, “lo diverso”. Resulta que la “identidad” se asocia a un “valor de cambio” (“La expresión del trabajo humano socialmente necesario objetivado en una cosa”, para usar la definición de Marx). [25]

La práctica de selección de una sola época y sus expresiones para convertirlas en fetiche patrimonial (mercancía) es a todas vistas una operación más que dudosa. Como ya hemos señalado, reduce nuestra relación con el pasado a su pura recuperación estética. El mismo Néstor García Canclini, de quien no podemos decir que sea un crítico ácido del turismo cultural, ha señalado que la defensa del patrimonio apelando a su presunta “autenticidad” sólo es posible si se olvida que los sitios patrimoniales responden mejor a una larga lista de reapropiaciones culturales registradas en la historia. Así, cada sitio no posee nunca un solo sentido “monolítico”, sino que posee tantos sentidos como apropiaciones, sólo que “quienes absolutizan la actividad mercantil suelen desentenderse de los sentidos acumulados en esa historia de los usos. Seleccionan un ritual o una época, y desprecian otros, según puedan convertirse en espectáculo vendible”. [26] La censura de esos otros sentidos descontextualizan el sentido elegido negando así su conocimiento: si no se puede establecer relación alguna con otros ámbitos de lo real-pasado aquel fragmento se monumentaliza a la vez que se deshistoriza. En este sentido Augé ha señalado acertadamente que: “El mapa del turismo mundial hace malabarismos tanto con el tiempo como con el espacio, y de Luxor a Palenque, de Angkor a Tikal, o de la Acrópolis a la Isla de Pascua, la idea de un patrimonio cultural de la humanidad va tomando cuerpo, pese a que este patrimonio, al relativizar el tiempo y el espacio, se presente antes que nada como un objeto de consumo más o menos desprovisto de contexto, o cuyo verdadero contexto es el mundo de la circulación planetaria al que tienen acceso los turistas más acomodados desde el punto de vista económico y más curiosos desde el punto de vista intelectual”. [27]

Bajo este tipo de relación no es posible el conocimiento del pasado, mas bien asistimos a su trivialización, al extravío de los referentes que lo hacen representable e interpretable. Como ha sostenido Jameson a propósito del destino posmoderno de la novela histórica, una relación tal “lo único que puede ‘representar’ son nuestras ideas y esteriotipos del pasado (que en virtud de ello deviene en el mismo acto historia pop)”. [28]

La “operación histórica”, como la entendemos, funciona en sentido inverso: compone rigurosamente los diversos sentidos del pasado mediante la interpretación de sus huellas, el propósito no es tanto el de narrar la crónica de los que han pasado, como la forma en que se han “encontrado” esos sentidos y operado sus desplazamientos. El pasado del historiador a menudo es un “campo de alta tensión” entre los distintos sentidos de los sujetos pasados, pero también, fundamentalmente, entre un pasado así constituido y el presente: “el pasado es, ante todo, el medio de representar una diferencia”. [29] Si la disciplina histórica no restituyera esos sentidos del pasado sería subsidiaria del olvido. Si no marcara la diferencia entre los sentidos pasados y el sentido presente contribuiría –junto con anular la novedad y con ello el motivo por el cual narrar algo– a malentenderlo aceptando lo dado como lo que “siempre fue”, bloqueando así el futuro. 

La exclusión de otros sentidos del pasado, y también de otras posibles identidades es una de las implicancias de la gestión patrimonial del pasado.  Pero la más compleja y fundamental es la que adelantábamos más arriba y que tiene que ver con la colaboración que la demanda del turista ofrece en la alimentación del sustrato de todo nacionalismo: el esencialismo del pasado, que sólo puede dar pie a exclusiones y abusos interpretativos. Tal como lo ha sostenido brillantemente Antonio Gómez Ramos: “el nacionalista y el turista representan las dos figuras extremas en las que se activa actualmente el culto al pasado. Sea por ocio o por una inquietud casi existencial, ellos son los más interesados consumidores de discurso histórico. De hecho, son estrictamente complementarios”. [30]

Más arriba hemos insinuado la idea acerca de que es en el quehacer del historiador que se puede hacer frente a estos vicios interpretativos. Su actividad es crítica en tanto diferenciadora: accede al pasado de una manera específica y en su labor interpretativa construye un conocimiento que es tal en la medida que rompe con un saber que es “sentido común” sobre el pasado. El historiador muestra usualmente que “Antaño, las cosas no eran como hoy”, pero esa diferencia no es mero exotismo del pasado, pues ha de narrarnos cómo es que las cosas llegaron a ser lo que son y porqué otras, pudiendo, no llegaron a ser. “La figura del pasado, conserva su valor primero de representar lo que falta” ha sostenido Michel de Certau, y esto significa siempre medirse con el presente, pues “un grupo, ya se sabe, no puede expresar lo que tiene ante sí –lo que aún falta- más que por una redistribución de su pasado. Igualmente, la historia es siempre ambivalente: el lugar que delimita al pasado es igualmente una manera de dar cabida al porvenir”. [31]

Se trata sin duda de una concepción “clásica”: el conocimiento es crítica de lo existente, en cierto sentido negación, y es por ella que ha de fundarse la posibilidad de algo nuevo en el mundo.

Este texto forma parte del libro Trabajo, memoria y experiencia: fuentes para la historia de la modernización del puerto de Valparaíso, actualmente en preparación. Una versión preliminar de este texto formó parte de la intervención del autor en la XVIII Feria del Libro de Ovalle, Febrero de 2006.

NOTAS:

[1] Al respecto ver Goldstone, Patricia, Turismo. Más allá del ocio y del negocio, Debate, Barcelona, 2003, p 335 y ss.
[2] Convendría tener en cuenta la observación de Fredric Jameson respecto del rechazo de Ernest Mandel al concepto de capitalismo “postindustrial”, quien prefiere identificar a la actual fase de desarrollo capitalista como capitalismo “consumista” o “multinacional”. “Este rechazo del término ‘postindustrial’ por parte de Mandel –sostiene Jameson– implica la tesis de que este capitalismo avanzado, consumista o multinacional, no solamente no es incompatible con el genial análisis de Marx en el siglo XIX, sino que, muy al contrario, constituye la forma más pura de capitalismo de cuantas han existido, comportando una ampliación prodigiosa del capital hasta territorios antes no mercantilizados”. Jameson, Fredric, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Paidós, Barcelona, 1995, pp. 80-81.
[3] Al respecto ver Dolors Vidal, “El consumo del pasado o el pasado como consumo”, en periódico La Vanguardia, Barcelona, 04/05/2003.
[4] Bauman, Zigmunt, La globalización. Consecuencias humanas, FCE, Buenos Aires, 2005, p. 106.
[5] El teólogo Paul Tillich deriva dicho fenómeno del modo de vida impuesto en el seno de lo que denomina una “sociedad industrial superdesarrollada”, cuyo rasgo fundamental sería el de convertir al propio hombre “en un medio de fines que son medios, y de los que está ausente un fin último”. Ver Tillich, Paul, Teología y cultura, Amorrortu, Buenos Aires, 1968, pp. 48 ss.
[6] Patricia Goldstone ha hecho un buen acercamiento a los orígenes del turismo en el mundo occidental en la primera parte de Turismo. Más allá del ocio y del negocio. Op. Cit.
[7] James Wolfensohn, “Culture and Development at the Millenium” (1998), citado por Patricia Goldstone en Turismo. Más allá del ocio y del negocio. Op. Cit., p. 299.
[8] Tal como lo entiende Yúdice en su lectura de Las palabras y las cosas, la episteme sería una modalidad de relación entre el pensamiento y el mundo que posibilitan la existencia de diversos campos de conocimiento en cada época. Yúdice, George, El recurso de la cultura, Usos de la cultura en la era global, Gedisa, Barcelona, 2002, p. 45.
[9] Yúdice, George, Op. Cit., p. 45.
[10] Yúdice, George, Op. Cit., p. 44 y 40. Creemos que en el mismo sentido también van los planteamientos de Jameson y Zizek en Estudios Culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo, Paidós, Buenos Aires, 1998.
[11] Stiglitz. Joseph, El malestar en la globalización, Taurus, Buenos Aires, 2002. Fundamentalmente expone casos de incompetencia y negligencia extrema, tales como el haber causado y agravado la crisis asiática o como la implantación vertical de políticas económicas estándar en países pobres sin demorarse en considerar sus especificidades económicas, culturales y sociales, determinando así su crisis (Ej. Argentina).
[12] Bauman, Zigmunt, La globalización. Consecuencias humanas, Op. Cit., p. 122.
[13] En su Introducción a la historia Marc Bloch alude esta particular modalidad de selección al revisar los motivos por los cuales nuestras fuentes para conocer el pasado son siempre limitadas. Allí están los incendios, inundaciones e incluso robos que “seleccionan” las fuentes por nosotros.
[14] Al respecto ver las apreciaciones del arquitecto urbanista Juan Mastrantonio en la revista Culturart, Nº 7, Valparaíso, diciembre de 2003, pp. 14-15.
[15] Al respecto la “Política Cultural para el período 2005- 2010” señala en su objetivo II: “el propósito de promover el desarrollo de una industria cultural que aporte al crecimiento de la oferta de bienes y servicios culturales en el país”. Luego en su objetivo IV, medida 38 se considera: “Contar con un plan nacional de fomento al turismo cultural sustentable, vinculado a la valoración de los sitios patrimoniales e históricos, arqueológicos y naturales, con planes de desarrollo que recojan la experiencia internacional al respecto. En este contexto se ha de considerar el necesario financiamiento para el desarrollo de planes de gestión de los sitios declarados y postulados Patrimonio de la Humanidad”. Al respecto ver: “Definiciones de Política Cultural 2005- 2010”, en: Pausa. Revista del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, Nº 4, Santiago, junio de 2005, pp. 44-49.
[16] Al respecto ver Cruz, Manuel, Las malas pasadas del pasado. Identidad, responsabilidad, historia, Anagrama, Barcelona, 2005. (Especialmente la Tercera parte: Historia). Este libro obtuvo el XXXIII Premio Anagrama de Ensayo. También Vattimo, Gianni, “El olvido imposible”, en VV.AA. Usos del olvido, Nueva Visión, Buenos Aires, 1998, pp. 79-90 y Jameson, Fredric, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Op. Cit., pp. 41-74.
[17] Una reciente reseña del desarrollo de estos estudios se encuentra en “El turista: elige tu propia aventura”, en Ñ. Revista de Cultura Nº 120, El Clarín, Buenos Aires, pp. 6-9. (14/01/2006)
[18] Sontag, Susan, Sobre la fotografía, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1980, p. 19.
[19] Este término alude tanto a una relación con el pasado que se basa en una particular aprehensión de sus fragmentos o réplicas como “alimento de la sensibilidad”, como también a la reivindicación del carácter “literal” del pasado: una exigencia de pasado “tal cual fue” (análoga a la exigencia de una historiografía positivista), pero también refractaria de cualquier intento explícito de elaboración o interpretación del pasado (sirve aquí la distinción entre rememoración literal y ejemplar que realiza Todorov en Los abusos de la memoria, Paidós, Barcelona, 2000). Supone también una industria que dispone el pasado como “espectáculo”.
[20] Al respecto Manuel Cruz ha señalado: “Ahora, la selección nos viene dada: apenas hay lugar, con tanto regreso al pasado con el que se nos agobia por todas partes, para que los individuos recuerden por su cuenta. Resultado: la memoria ha sido desactivada. Ha dejado de pertenecernos, ni tan siquiera en parte”. Cruz, Manuel, Las malas pasadas del pasado. Identidad, responsabilidad, historia, Anagrama, Barcelona, 2005, p. 170.
[21] Nos referiremos más adelante a la cuestión de la historicidad  y su ligazón con el saber histórico.
[22] Sobre los rasgos culturales de este mundo y su desaparición se puede ver: Chandía, Marco, La cuadra: pasión, vino y se fue… Cultura, memoria, lugar y sujeto populares en el Barrio Puerto de Valparaíso, Valparaíso, 2004. También Aravena, Pablo (ed.), Miseria de lo Cotidiano. (En torno al Barrio Puerto de Valparaíso), TEPSOC / Universidad de Valparaíso, 2002.
[23] Fundamentalmente en lo que se conoce como fenómeno de gentrificación (para el caso léase el desplazamiento de los residentes locales producto de la “recuperación” inmobiliaria de los sectores patrimoniales)
[24] Esto en la medida que el habitante local solo devuelve al turista lo que él quiere y puede ver. Al respecto se puede ver: Zizek, Slavoj, “Multiculturalismo o la lógica cultural del capitalismo multinacional”, en Jameson, F y Zizek, S., Estudios Culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo, Paidós, Buenos Aires, 1998.
[25] Marx, K y Engels, F., Obras de Marx y Engels, Vol. 35, (colección dirigida por Manuel Sacristán), Crítica, Barcelona, 1976-1980, p. 206.
[26] García Canclini, Nestor, “El turismo y las desigualdades”, en Ñ. Revista de Cultura, Nº 120, El Clarín, Buenos Aires, p. 8. (14/01/2006)
[27] Augé, Marc, El tiempo en ruinas, Gedisa, Barcelona, 2003, p. 63.
[28] Jameson, Fredric, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Op. Cit., p. 59.
[29] Adherimos a esta concepción de la historia como saber social (saber sobre la sociedad, pero situado en la sociedad). Al respecto ver la formulación del citado Michel de Certeau, “La operación histórica”, en: Hacer la historia, (Jacques Le Goff y Pierre Nora comp.),  Editorial Laia, Barcelona, 1985, p. 53.
[30] Antonio Gómez Ramos, “Por qué importó el pasado (el espejo deformante de nuestros iguales)”, en Hacia dónde va el pasado. El porvenir de la memoria en el mundo contemporáneo, (Manuel Cruz Comp.), Paidós, Barcelona, 2002, p. 80.
[31] De Certeau, Michel, “La operación histórica”, Op. Cit., p. 51-53. 
 

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