Crítica Historiográfica: el Discurso del Impostor

Por: Pedro García Olivo –
Fuente: La Haine (21.02.08) 

Por encima, toda una policía de la Historia Científica moviendo los focos y desplazando las sombras. Y, frente a ella, la rebeldía de una Historia Crítica empeñada en pesquisar sus huellas. 
“Necesidad de la palabra para poder callar.”
E. M. Cioran

He aquí el juego de luces y sombras de la Crítica Historiográfica. Luz mortecina de un positivismo que no conserva ya ni el valor de reconocerse como tal. Pero, también, luz discrecional, vigilante, inquisitiva, luz nocturna de campo de concentración. Sombras amenazantes de una maquinaria de la legitimación más al alcance de la sospecha que de la certeza. Sombras cotidianas que han terminado acostumbrándonos al horror de su presencia por la misma insistencia de su presencia. Sombras que en cualquier momento pueden ser las de nuestro propio discurso: ni siquiera el discurso que nombra la sombra está a salvo de convertirse en la sombra del discurso. Por encima, toda una policía de la Historia Científica moviendo los focos y desplazando las sombras. Y, frente a ella, la rebeldía de una Historia Crítica empeñada en pesquisar sus huellas, reconocer sus marcas, arrancar cuanto de inadvertidamente político se apega a la aparente naturalidad de las sombras, a la reconfortante asistencia de la luz. Entre la luz y las sombras, bajo la policía de la Ciencia y como solicitando la rebeldía de la Crítica, el objeto.

1. La policía de la “Historia Científica”

¿Crítica historiográfica como crítica de la historiografía? En la medida en que exista no tiene nada que ver con el tipo de discurso al que nos ha habituado la historia académica. La crítica historiográfica “ortodoxa”, disciplinaria, deviene, en realidad, acto de afirmación: afirmación de un método canónico, de unas operaciones consagradas y de un complejo ritual pragmático fetichizado. Su objetivo no es, en absoluto, mirar el reverso de la historia para iluminar cuanto oculta la bisutería de la cientificidad; antes al contrario, apunta hacia la expulsión, hacia la estigmatización, de aquel relato insolente que, por defecto o por exceso, trasciende de la normativa imperante y funda inesperadamente sus pretensiones de validez sobre otra cadena conceptual. En esta acepción aparece como la vertiente negativa de la literatura sobre la “metodología” de la historia: el manual del “método” fijaría el momento de la prescripción, como el estudio de “crítica historiográfica” situaría -sobre el plano de la misma estrategia preventiva- el lugar de la proscripción.

Prescripción/Proscripción…, éste es el doble movimiento que selecciona, a un determinado nivel, los materiales y las técnicas de la forja del relato historiográfico. La “prescripción” (metodología de la historia) adelanta el discurso sobre los votos de la nueva congregación, reservando a la Inquisición de la crítica historiográfica (“proscripción”) las tareas ingratas de la expulsión de los intrusos y la depuración de los internos.

Para fundamentar el proyecto de una crítica radical de la historiografía, proponemos una táctica máximamente concreta: desmontar aquel movimiento doblemente coercitivo de la ‘historia académica’ para explorar los bajos fondos políticos de su presunción de cientificidad allí donde empieza a fraguarse y en el momento mismo de su afirmación mitificadora (en el taller de la metodología de la historia y en la comisaría de la crítica historiográfica).

Los límites de la crítica historiográfica académica permanecen, de algún modo, ‘por fuera’ de la tópica clasificación en escuelas y tendencias. Marcan los trazos generales de toda una “cartografía de la ausencia” tan sensible, por ejemplo, y para nuestro ámbito, en los apocalípticos relatos franquistas de posguerra como en los textos ‘científicos’ de la historia marxista entronizada en los ochenta. En definitiva, redescubren aquellos presupuestos epistemológicos y metodológicos a partir de los cuales se instituye cierto “verosímil historiográfico” inmediatamente investido de ‘objetividad’, ‘cientificidad’, ‘racionalidad’… Más allá de esta área de la Ciencia, se situaría la Tierra de Perdición del diletantismo, ensayismo, vanguardismo…, a un paso de la ‘tendenciosidad’, la ‘beligerancia política’ o el ‘irracionalismo’. Complementariamente, un “verosímil crítico” (Barthes) monopolizará las pretensiones de validez de la crítica y expulsará hacia el extrarradio de ‘lo razonable’ los programas de revisión teórico-filosófica radical. Frente a la laboriosidad “hebrea” de la crítica disciplinaria (marxista incluso), que convertiría el desierto de la historiografía en un vergel de “progresismo” y “cientificidad”, habrá de sentirse la perversión de una Sodoma filosófica y teoriforme, entregada al malabarismo léxico, el dogmatismo orgulloso y el “vicio” de la abstracción (1).

El estudio de las insípidas realizaciones contemporáneas de la crítica historiográfica académica permite identificar los “niveles de análisis” sobre los que asienta su ‘práctica de la exclusión’:

a. Valoración de la amplitud y consistencia de las fuentes contempladas, así como de los procedimientos ‘técnicos’ involucrados en la elaboración de la información recogida (sistematización, serialización, apoyo bibliográfico,…).

b. “Crítica por contrastación” y “crítica endógena” de las hipótesis, referencias y conclusiones aportadas por el texto encausado. La crítica endógena denuncia contradicciones, incongruencias, omisiones, ambigüedades,… Aferrándose a la literalidad de la investigación, a su ‘superficie’ textual, revela cuanto concibe como ‘errores’ de estructuración lógica, ‘deficiencias’ de orden sintáctico o ‘fallas’ en la articulación semántica. Paralelamente, la contrastación, recurriendo al “principio del comentario” (Foucault), opondrá a las interpretaciones cuestionadas una serie alternativa de tesis ‘superadoras’, ‘desmitificadoras’ o, en todo caso, ‘preferibles’. De alguna forma, la contrastación se resuelve en el comentario de un texto primero, ausente, portado por el sujeto de la crítica, un texto que rige la revisión desde la sombra y emerge en el momento del enfrentamiento con el discurso “del otro”. El texto subrepticiamente “glosado” (nacionalista, liberal, marxista,…) dará vueltas sobre sí mismo aprovechando la “excusa” de una crítica que deviene mera contraposición –ante la supuesta insostenibilidad del análisis refutado, y como por antítesis, aparecerá el ‘milagro’ de una narración que se hace cargo de la verdadera naturaleza del objeto de la discusión y culmina la operación de subrogación iniciada por la crítica endógena.

c. Discernimiento de la funcionalidad política inmediata del texto examinado, sorprendiendo, bajo su voluntad de asepsia, manifiestas ‘complicidades’ con el régimen establecido, afinidades explícitas con los intereses políticos dominantes, connivencias expresas con los proyectos ideológicos hegemónicos.

Ningún historiador disciplinario cruza la línea de fuego marcada por la yuxtaposición de tales niveles. Esa “frontera” revela el fondo común, el substrato permanente, que disuelve la pretendida ‘diferenciación sustantiva’ entre la historiografía conservadora y la historiografía nominalmente progresista, afirmando por el contrario cierta continuidad básica, cierto emparentamiento profundo, entre todas las realizaciones académicas de la crítica historiográfica. A partir de aquí, y subrayando el alcance de las ausencias, interrogando los móviles del silencio, puede entreverse el inadvertido “nexo” metodológico y epistemológico que vincula la crítica historiográfica disciplinaria con la empresa de legitimación de la democracia burguesa.

La crítica historiográfica ‘ortodoxa’, por un lado, se instala visiblemente en la región del positivismo (análisis empírico del tratamiento de las fuentes, revisión literal de las tesis o superposición directa de interpretaciones alternativas, denuncia de afinidades ideológicas explícitas y de propósitos políticos inmediatos), territorio epistemológico del pensamiento burgués, de la conciencia filistea, del relato racionalizador, como a nadie se le debería escapar, si es que de verdad se ha asimilado, aún así tardíamente, el corte gnoseológico ‘inducido’ por las obras de Marx, Nietzsche y Freud; por otro, ahuyenta de su horizonte de discusión niveles irreprimibles de análisis, insistentemente remarcados por la filosofía crítica de nuestro tiempo (la determinación política del “orden del discurso”, esbozada por Foucault; el aherrojamiento epistemológico y teórico-social de la investigación, recordado por Althusser; la esfera de la legitimación estructural, apuntada por Habermas,…).

Precisamente aquélla ‘permanencia’ en el positivismo y esta ‘marginación’ de niveles cruciales de reflexión confieren a la crítica historiográfica el rango de “premisa” fuerte de la legitimación de la democracia liberal. En el mejor de los casos, se materializará una flagrante impostura: presentar como análisis “marxista” lo que no deja de constituir una trasgresión en toda regla de la “revolución epistemológica de Marx” (Althusser), una violación sistemática de ese “núcleo esencial de la ortodoxia marxista” que Lukács situaba en el terreno del método. En otra parte hemos desarrollado los principios de la ‘ruptura’ gnoseológica marxiana, nietzscheana y freudiana constantemente desatendidos por la crítica historiográfica disciplinaria –historicidad del conocimiento, politicidad del saber, limitación estructural de la investigación, temporalidad de los conceptos críticos, condicionamiento social del análisis, apertura a la totalidad estructurada de lo real, rechazo de toda pretensión de autonomía de la crítica teórica y reconocimiento de la vinculación dialéctica entre teoría y praxis (2). Propusimos también en aquella ocasión un ‘modelo’ de crítica de la historiografía particularmente empeñado en hacerse cargo de los niveles de reflexión desconsiderados por la literatura positivista (efecto de legitimación estructural, basamento epistemológico y teoría social subyacente, aparato conceptual o repertorio terminológico utilizado, metodología “pragmática”, legitimación coyuntural o adicional, y funcionamiento empírico o circulación del relato). Intentábamos perfilar así un proyecto sumamente ambicioso: situar la ‘crítica historiográfica’ en el interior de la policía de la Historia Científica, esbozando los factores que la erigen en baluarte de la legitimación política y las condiciones que debería satisfacer el discurso genuinamente crítico encargado de denunciarla como “impostura” y de oponerle una alternativa deconstructiva. Aunque todavía nos reconocemos en las tesis más generales de aquel trabajo, sentimos hoy la necesidad de ‘reformular’ los propósitos, imponiendo un cambio de dirección a la crítica.

En primer lugar, ya no nos parece interesante conservar ningún “modelo” de crítica historiográfica: el mejor de los modelos imaginables se vería condenado a volcarse una y otra vez sobre textos demasiado semejantes, arrojando indefinidamente las mismas conclusiones. Pierde el tiempo quien ‘revisa’ la historiografía de un problema determinado, quien ‘cuestiona’ la validez de la bibliografía centrada en un período o en un asunto particular. Es ése un trabajo de la repetición que no lleva a ninguna parte. La Historia Científica sobrevive en gran medida gracias a esos combates irrelevantes. No se trata ya de “sustituir” la vieja ‘crítica historiográfica’ por otra práctica del análisis aparentemente mejor armada y, en cierto sentido, menos ignorante. Para acabar de una vez con la Historia Científica es preciso pasar sus raíces a cuchillo y olvidarla definitivamente. De nada sirve objetar a cada relato historiográfico su ‘positivismo’, su ‘insuficiencia teórica’, su ‘culpabilidad política’: lo que necesitamos es una “radicalización” de la crítica del positivismo, atrincherado en la práctica académica del análisis histórico; una negación incondicional de los compromisos metafísicos del concepto dominante de historia, sustancialmente ligados a su potencial legitimador.

Podemos expresar este ‘desplazamiento’ de una forma provocativa y, por tanto, tan inexacta como necesaria: el mayor peligro de la historia positivista no radica ya en los contenidos que reproduce. Estamos seguros de que corrompe la inteligencia de quien se ve forzado a frecuentarla una y otra vez, arruina el talento de quien ha caído en la trampa de suponer que le incumbe profesionalmente seguirle la pista durante un tiempo indefinido. Lo más efectivo que podemos tramar contra ella y el mayor bien que podemos hacernos a nosotros mismos consiste en mantenerla siempre lejos, no prestarle ya la menor atención, olvidarla. Nada hay ya más nocivo para la salud intelectual que la lectura de un libro de historia. Quien todavía conserve el más elemental sentido de la autoprotección, de la autodefensa, mantendrá, a este respecto, una certidumbre radical: los libros de historia deberían estar siempre, y exclusivamente, en las manos de nuestros peores enemigos. Lamentamos sentir la necesidad de subrayar todavía estas cosas.

La Historia Científica morirá el día en que no encuentre lectores, el día en que se le haya perdido definitivamente el respeto. Para contribuir a su ‘devaluación’ interesa volver la vista a aquel doble movimiento policial que la constituye y denunciar la impostura de una ‘crítica historiográfica’ que ha funcionado siempre como estructura de refuerzo de la práctica hegemónica de análisis histórico. Frente a ella, surge una “crítica de la historiografía” que ya no se preocupa por todos y cada uno de los ‘productos’ de la Historia Científica. Atiende privilegiadamente a los textos de crítica disciplinaria y a la narrativa de la ‘metodología de la historia’. Sobre los límites y la vocación ideológica de la primera hemos hablado ya aquí y en otros trabajos. Deseamos impulsar ahora, complementariamente, la crítica de la literatura “metodológica”.

La literatura de la “Metodología de la Historia”, como vimos, se hace cargo, dentro del particular ‘reparto del trabajo’ que caracteriza a la Historia Científica, del momento de la prescripción. Define normativamente el Orden del relato disciplinario y prepara sin pausa los materiales de la crítica historiográfica como instancia de exclusión reglamentada del discurso perturbador (en este sentido, des-ordenado). El Orden hacia el que apunta el movimiento convergente de la prescripción y la proscripción –constituyente de la ‘cientificidad’ de la Historia- obedece a la lógica secreta de la legitimación en la medida en que aún reconoce sus principios internos de conformación entre los presupuestos cardinales del logocentrismo occidental, tal y como se reafirma con la última operación de cirugía proyectada por el positivismo. Mientras no se descodifique su modo específico de ‘fundar’ las concepciones hegemónicas del hombre, la sociedad y la historia, así como su forma insidiosa de apoderarse del lenguaje y organizar las premisas tácitas de las diferentes prácticas discursivas, apenas podrá entreverse el porqué del ininterrumpido servilismo político de la investigación científica.

En principio, y para acotar el campo de reflexión, podemos establecer que la ontoteleología y el empirismo se manifiestan especialmente en:

a. La forma en que la Historia Disciplinaria se autodefine como Ciencia, Saber Razonado o Práctica Objetiva, buscando argumentos en el interior de una axiomática gnoseológica (teoría del conocimiento) fundamentalmente dominada por la metafísica. Las nociones de Ciencia, Razón, Verdad, Conocimiento, etc., asumidas por la narrativa de la ‘metodología de la historia’, se sitúan, de esta manera, muy lejos de lo que actualmente puede presentarse como ‘arqueología del saber’ o ‘epistemología de la praxis’. En todos los casos, la consagración logocéntrica de los conceptos fundacionales de la prescriptiva metodológica requiere, significativamente, una cancelación de la ‘historia’ y de la ‘política’ como instancias temporalizadoras, y articula sustitutivamente un universo del discurso epistémico pretendidamente a salvo de la erosión del devenir y de la implicación en las luchas sociales.

b. La definición del Objeto de análisis y del “hecho histórico”, delineada según la perspectiva de la ‘teoría del reflejo’ (aunque eventualmente incorpore referencias a la dialéctica y al condicionamiento social de la investigación). Se afirma, así, en el corazón de la metodología, una región poblada por entidades efectivamente ‘presentes’, ‘cósicas’ -sucesos y acontecimientos-, eternamente disponibles y en espera de su ‘descubrimiento’ por la práctica historiográfica, de su ‘investidura’ como “hechos históricos”; entidades destinadas a constituir, en su inmotivada compacidad, el pasado definitivamente restituido del Sujeto de Conocimiento, su endurecida memoria histórica (más imaginable entonces como serie de estratos perfectamente sedimentados que como espacio ‘vacío’ sobre el que se despliega una lucha ‘por la tradición y contra la tradición’).

c. El modo de determinar al Hombre como Sujeto de la Historia y del Conocimiento, ‘consciencia’ siempre idéntica a sí misma a la que se ha prometido, como ‘telos’ de su constante desarrollo, un destino fatal y sublime –ya se trate de la ‘realización’ cumplida de todos sus “valores genéricos”, de su ‘emancipación’ radical como clausura de la larga historia de la dominación o de su irreversible ‘elevación’ por encima de las coacciones de la naturaleza y de la necesidad (merced a un ‘conocimiento científico’ erigido en guía salvífico de la Humanidad).

d. El acatamiento respetuoso de la disciplinariedad y de la compartimentación vigente del saber, celebrados como condición ‘sine qua non’ del trabajo “científico” o sometidos localmente a la indulgencia de un ‘reformismo’ fácil (presuntamente optimizador de los rendimientos de la investigación ‘rigurosa’). Toda la organización “institucional” de la producción y circulación del discurso, inevitablemente política, quedará así fuera del horizonte de reflexión.

e. El enfoque académico del problema de la Causalidad, resuelto como postulación del Origen, sobredeterminación de un nivel específico de la dinámica histórica (reduccionismo) o remisión a la combinatoria de los factores estructurales. En ocasiones se persigue, incluso, la formulación de una ‘técnica’ universal de la enunciación de las causas, reenviando una vez más la discusión al campo de las exigencias ‘gnoseológicas’ y de los métodos formales.

f. La representación del Tiempo según la óptica del Progreso, como tiempo ‘abarcable’ y ‘homogéneo’, regido por modelos ‘continuistas’ o ‘evolucionistas’ que nos devuelven a la interpretación de la historia como despliegue teleológico de un Sentido –premisa de la racionalización del presente.

g. La concepción implícita de la Sociedad como yuxtaposición de intereses e iniciativas individuales, conjunto armónico regulado por mecanismos de integración del conflicto o enfrentamiento mecánico de clases económicamente contrapuestas –ante el cual la superestructura actuaría simplemente como pantalla de reflexión o dispositivo reproductor. De cualquier forma, la elaboración de la teoría social se desgaja de la práctica historiográfica, en correspondencia con su dominante ‘positivista’, y se limita a ‘ratificar’ la interpretación hegemónica aceptada de antemano por la mediación del aparato conceptual o a través de la viscosidad ideológica del ‘lenguaje cotidiano’. Como mucho, ‘confirmará’ incansablemente concepciones alternativas también previamente definidas (anticipadas en cadenas conceptuales paralelas). Por último, allí donde se reivindica cierto “diálogo” entre la investigación pragmática y la reflexión teórica, la noción admitida de Teoría conduce directamente a la tautología o al logocentrismo.

h. La consideración de lo Político como instancia o bien “independiente” de la investigación historiográfica o bien apaciguada en el esquema de un condicionamiento recíproco entre saber y poder. En el mejor de los casos, se denunciará la “legitimación coyuntural” de órdenes políticos concretos por determinadas investigaciones ‘ideológicas’. Y, casi sin excepción, se ignorará la “politicidad” de la misma problemática epistemológica, la adscripción de las prácticas científicas a órdenes específicos del discurso marcados por la fractura social y la lógica del dominio.

i. La confianza suscitada por el utillaje metodológico (pragmático), engalanado con los atributos de la cientificidad, supuesta garantía última del ‘rigor’, la ‘objetividad’ o incluso la ‘verdad’ de las interpretaciones. De ahí el empeño, radicalmente inconsistente, en ‘fijar’ por adelantado, de una vez y por todas, el discurso del método, al margen de la práctica y del movimiento de vaivén entre el objeto y la técnica de exégesis.

j. La concepción subyacente del Lenguaje, de la “técnica de exposición”, de la relación entre ‘concepto’ y ‘metáfora’,…, plagada aún de residuos fonocéntricos y encaminada hacia la justificación de ‘modos textuales’ conservadores, disciplinarios a su manera, cerrados siempre a los recientes desarrollos de la teoría de la escritura y a la crítica, no menos actual, de la ‘autoridad’ del concepto (3).

2. En el instante del peligro

Dos tesis de W. Benjamin iluminan bruscamente la coyuntura actual de la investigación disciplinaria. A partir de ahí identificamos el movimiento casi imperceptible que convierte el “botín” de los bienes culturales en el arma de la futura contestación, arrancando la “tradición” del cortejo de los triunfadores para llevarla al lugar desde el que se prepara el cuestionamiento de la última victoria. Se fortifica allí la “conciencia del peligro”, excitada por cierta autorreflexión de un saber que no soporta ya el hedor de su vieja trastienda, el rastro de su propia claudicación: prestarse a ser instrumento de la clase dominante (4).

Desde los años sesenta del siglo XX, por razones históricas aún borrosas, la “crítica interna” de las disciplinas científicas manifestará la voluntad radical de situarse fuera de aquel cortejo para denunciar el servilismo del saber fragmentado. Incluso en el dominio de la historiografía se hará sentir el débil eco de una denuncia “irregular”. El tumulto dominaba ya los bajos fondos de la pretensión de cientificidad y amenaza con disolver la opacidad relativa del oscuro “telos” que secretamente la animaba. Sobre ese escenario, legado de la obscenidad y de la barbarie (“jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de barbarie”), se despliegan actualmente operaciones contradictorias de policía y subversión. Por lo menos, la turbulencia del momento arroja una consigna perturbadora: pensemos la trastienda como ideología, el oscuro telos como legitimación, los bajos fondos como política. Sólo así adquiere sentido la policía de la Historia Científica y la guerrilla de la Crítica Interna.

En el instante del peligro, la Historia Crítica reclama la palabra y el silencio: la palabra para desacreditar la voluntad de verdad de la historiografía académica, invertir su discurso racionalizador y hacer surgir, de la debacle del saber cientificista, las figuras “testamentarias” de la Policía, el Taller, la Inquisición…; el silencio para oponer al furor constructivista de la investigación disciplinaria (entregada a la paranoia de la “acumulación infinita de verdades parciales”) la calma de una renuncia a la edificación caracterizable menos como pathos destructivo que como conciencia de la debilidad de los presupuestos.

“Necesidad de la palabra para poder callar”: lógica extraña que sorprende bajo la aparente inocencia de todo principio de producción (promoción de la Historia Científica) la oculta eficacia de cierta estrategia de destrucción (exclusión de la Historia Crítica), que delata en la presencia(Crítica Historiográfica) la condición misma de la ausencia (Crítica de la Historiografía). Lógica esquiva que sobreviene a la conciencia como signo de una época en la que ya no toleramos la ingenuidad de un pensamiento de la trasparencia, espejo de un tiempo para el que “pensar” ya sólo puede significar pensar la sombra, interrogar el silencio, aprender a callar.

Notas:

1.Para ilustrar esta actitud fundamentalmente “religiosa” ante la crítica de la historiografía, propuesta desde los dominios de la filosofía contemporánea, podríamos remitir a los desenfocados textos de Pierre Vilar sobre la obra de Althusser o Foucault. 

2.Nicolás Marín, E., García Olivo, P., y otros, “Una propuesta de crítica historiográfica. La Guerra de España de ‘El País’ como expediente de legitimación”, en Arbor. Revista del CSIC., nº 491-492, nov-dic. de 1986, Madrid, pp. 183-215.

3.Estas consideraciones fueron desarrolladas en “El Sepulturero y su Ciencia. Positivismo y metafísica en el análisis historiográfico de la Guerra Civil”, trabajo presentado a los Encuentros organizados por el SEGUEF en Salamanca en el verano de 1987. Constituyen igualmente el punto de partida de nuestra tesis doctoral (La policía de la Historia Científica. Crítica del discurso historiográfico), defendida en la Universidad de Murcia en 1992, inédita.

4.Benjamin, W., “Tesis de Filosofía de la Historia”, en Discursos Interrumpios I, Taurus, Madrid, 1973, pp. 180-182.

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www.pedrogarciaolivoliteratura.com
 
 
 
 

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