Historia y sentido: Notas sobre la crisis de la historicidad.

Por: Pablo Aravena Nuñez*
Fuente: icalquinta.cl

* Licenciado en historia

“No hay hechos en sí.
Siempre hay que empezar por introducir un sentido para que pueda haber un hecho”. F. Nietzsche.
No hay historia sin acontecimientos narrables, y no hay acontecimientos narrables sin un sentido que organice la trama.

A nivel gnoseológico, el sentido se presenta como una categoría que el sujeto impone a la “realidad” para organizar la empíria, acto en, y por el cual se configura lo real en tanto verosímil: sentido y no ley, pues esa empíria –los hechos del acontecer humano- no proviene del mundo natural, sino del mundo moral, que es donde actúan los hombres. La ley es al sentido como la ciencia natural es a la “ciencia humana”. Mas, que todo acontece con ajuste a sentido, es sólo una “fabulación” posible, según Baudrillar, un modelo “perfectamente absurdo e inmaterial” a unas culturas en que “las cosas estaban ya acabadas desde el origen” y, para las cuales, todo acontecer asociado a un fin “se presentaba como un proceso meramente artificial” (Baudrillar, 1993).

Sin embargo, el sentido no sólo se aplica como herramienta a la hora de conocer el mundo humano, a la hora de organizar lo acontecido. Las acciones “reales” de los sujetos “reales”, también están cargadas de sentido –el cual no se reduce a la mera intencionalidad del que ha actuado. El sentido, pues, se instala también como fundamento ontológico.

La labor del historiador, por tanto, que siempre ha llevado la pretensión de reconstruir de forma cabal lo que “realmente ha acontecido”, no es otra que la de captar el sentido de una acción real pasada por medio de la interpretación de unas huellas presentes (por lo demás, a estas alturas, bastante heterogéneas).

Pues bien, sólo se puede dar cuenta del sentido de una acción narrándola, y la narración en historiografía surge, necesariamente, de lazos “imaginarios” (hipotéticos) que unen las señas de las huellas interpretadas. Nunca hay “reconstrucción”, sino “construcción” del pasado (White, 2000).

Para dicha labor se requiere de ciertas condiciones básicas: a) que la fabulación del sentido cuente con cierta legitimidad, b) la preservación de las huellas y del significado de las huellas, c) un narrador “creyente”, es decir, convencido que está dando cuenta de “algo” (real), y d) un escuchante de igual convicción. En primer término, es al descrédito o a la puesta en cuestión de estos principios que referimos como crisis de la historicidad.

No obstante, decíamos que este nivel, del conocimiento, supone un horizonte real en el cual los hombres cargan sus acciones de sentido. Este mundo de la acción (moral) está siempre (o ha estado hasta aquí) edificado sobre alguna ética y, a su vez, la “razón” de dicha ética está fundada en un “algo que esperar” que guía el “deber hacer”. Algo así como el “sentido profundo” que delimita, y al cual remite, todo obrar humano que –en última instancia- configura aquello de lo cual el historiador dará cuenta. Es a la aparente ausencia de estos principios en la guía de la acción, que llamamos, en segundo término, crisis de la historicidad.

Asumidos los supuestos, el problema puede aparecer, a una primera mirada, de forma bastante clara: la desaparición de un mundo del cual el historiador pueda dar cuenta narrativamente, (sólo un mundo ético es narrable).

Resulta, por tanto, evidente nuestra adhesión a la tesis de Ricoeur, según la cual el mundo de la experiencia humana (real) guarda una estructura pre-narrativa, es decir, es una “historia” no contada todavía, sobre la cual “la narración re-significa lo que ya ha sido pre-significado en el plano del obrar humano”. El narrar sería un proceso secundario: el del “ser-conocido de la historia” (Ricoeur, 1998).

Si, ligada a la hegemonía de ciertas corrientes de la lingüística, el historiador vio perdido su objeto (y la especificidad de su saber) entre la pura circulación de enunciados y la producción de textos, con Ricoeur es posible “refundar” filosóficamente aquel supuesto fundamental, acerca de que lo que el historiador narra es “algo” real pasado: la restitución de la referencialidad del lenguaje (Ricoeur, 1999).

Pero, una vez restituido este principio del saber histórico, el historiador debiera reenviar su preocupación sobre el campo ontológico, el campo del obrar humano que le es coexistente, y que es lo potencialmente narrable (historiable) en el futuro. No obstante, quien salga al resguardo de su objeto futuro no ha de encontrar más que perplejidad una vez que se han extraviado (fragmentado) los horizontes de sentido que, hasta hace no mucho, parecían guiar el actuar humano. Un acontecer sin sentido es la otra cara de una moral sin ética.

Más allá de las clausuras históricas decretadas por ciertos sectores intelectuales (neoliberales o posmodernos, sólo por señalar los más enfáticos), el nuevo paisaje responde a un fenómeno cultural más amplio que tiene como fondo la merma de la “razón” de la ética; no es tanto que “el mal” se expanda en un actuar anti o a-éticamente, como que toda ética se vuelva imposible sin “algo que esperar”. Es un fenómeno que cuenta entre alguna de sus causas, y su prolongada duración; por un lado, la perversión de la esperanza utópica, la desaparición de los espacios tradicionales de producción de sentido y; por otro, la crítica posmoderna (que sigue siendo moderna en tanto se plantea, implícitamente, como un segundo o tercer desencantamiento del mundo), pero principalmente una lógica cultural destinada a resguardar la reproducción de las actuales condiciones de existencia, anestesiando y derivando la “voluntad de sentido” (Frankl, 1994) hacia los “horizontes” inmediatos del mercado (hedonismo), o bien a un verdadero “mercado de la esoteria”. Por supuesto ambos preferibles antes que todo se vuelque al campo ético-político.

Si, como dijimos antes, sólo los mundos éticos son narrables, un mundo que guarde estas características no sería susceptible de ser narrado; primero, en la medida que escasean los sentidos efectivos que captar y tramar y; segundo, en la medida que un mundo tal –condenado a reproducir-, en rigor, no ofrece novedad alguna y, por tanto, no sería propiamente histórico: un mundo “poshistórico”, como el que concede Fukuyama, en el que el motor del obrar humano sería el “aburrimiento” (Fukuyama, 1988). Fuera del campo económico y social-político, ciertamente ocurren cosas, sin embargo allí no se juega la historia (Marx, 1999).

Sin sentido (sin ética) la experiencia humana no es pre-narrativa, el historiador no tiene nada que narrar, aunque, por supuesto, esto no equivale a una imposibilidad total a dar cuenta de lo real (durante gran parte del siglo XX la historiografía prescindió de la narratividad. Por lo demás, la narratividad es sólo una modalidad que posibilita la referencialidad, Ricoeur no duda en atribuir también esta función a la metáfora [White, 2000; Ricoeur, 1998]).

Pero el contexto actual no sólo pone entre paréntesis la posibilidad de su posterior historización procediendo en base a acciones carentes de significado, sino que también viene, por un lado, a designificar hechos reales pasados y, por otro, a extraviar la tradicional experiencia temporal, que es el fundamento de la historicidad: “blanqueo histórico” y “ruptura de la cadena significante”. Así es como han designado estos fenómenos culturales Baudrillar y Jameson, respectivamente (Baudrillar, 1993; Jameson, 1995).

Lo que se registra actualmente es una obsesión, “una labor de luto fallida que consiste en revisarlo todo, rescribirlo todo, restaurarlo todo” que conlleva “el desvanecimiento en nuestras memorias de todos los acontecimientos negativos” (Baudrillar, 1993), una voluntad que no busca re-significar sobre una pre-significación de los acontecimientos pasados, sino reemplazar esa pre-significación por un espacio en blanco donde re-escribir: instalar un sentido a condición de borrar el original, un palimpsesto. Falsear los acontecimientos no es otra cosa que reemplazar su significación real (sólo de ello es posible aprender algo y construir algo también real).

Designificar (desrealizar) los acontecimientos pasados es solo una parte de la “estrategia”. Extraviar el pasado como punto de referencia del presente –bajo diferentes modalidades- podría ser el complemento de aquella. Esto es lo que Jameson ha identificado como la “lógica cultural del capitalismo avanzado” (posmodernismo), lógica que impele a los sujetos a un habitar más en la sincronía que en la diacronía, a articular sus trayectos dentro de una cultura (hegemónica) más dominada por una lógica espacial, que les ha hecho perder “su capacidad activa para extender sus pretensiones y sus retensiones a través de la multiplicidad temporal para organizar su pasado y su futuro en una experiencia coherente”. Sin embargo, la gravedad del fenómeno –en términos propiamente históricos- no radica en lo señalado, sino en que “la ruptura de la temporalidad libera súbitamente este presente temporal de todas las actividades e intencionalidades que lo llenan y hacen de él un espacio para la praxis” (Jameson, 1995). Sin acciones humanas orientadas en el tiempo, no hay res gestae ni rerum gestarum.

* * *

Hubo un tiempo en que la historia –quizá más que a nadie- le era necesaria incluso a quienes detentaban el poder (el mismo Jameson alude a Lukács y su valoración de la novela histórica como la “genealogía orgánica del proyecto colectivo burgués”). Sin embargo, hoy el poder mismo parece prescindir de ella, de otra forma no se entiende que las lógicas mencionadas mellen tanto la posibilidad de su representación como de su articulación efectiva. Desde el momento en que el poder prescinde de la historia ésta entra en real peligro de desaparición, a la vez que se convierte en herramienta efectivamente contrahegemónica. Entramos en una etapa en que, paradójicamente, ser “historiográficamente conservador” puede ser la postura más progresista.

En la medida que el narrativizar supone siempre un imaginar respecto de un fin, diremos que lo que se impone como “urgente” es precisamente la narración: la casa del tiempo, la posibilidad del futuro humano. .
 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: