Eso que denominamos historia

Por: Luis Ignacio Sáinz
Fuente: Revista Memoria Nº 108, Febrero 1998

Del recurso del tiempo y del arte de la memoria

EL SENTIDO COMÚN nos indica que la historia1 guarda relación con el tiempo; y también nos enseña que el fluir temporal viene dado y está dándose en modalidades distintas. Tan sólo pensar en las obsesiones astrológicas y astronómicas del pasado, encarnadas en calendarios propios de cada civilización que se haya preciado de serlo, así lo revelaría. No habría necesidad, entonces, de recordar que todavía en la actualidad, por sus credos, chinos, judíos, católicos, hindi, o musulmanes, viven y transitan en épocas y años diferentes; además de que cada una de estas culturas y religiones entiende justamente por “duración” significados equidistantes entre sí. Como sorpresa resulta que el tiempo es una convención humana, un artificio fabricado, o mejor aún diseñado, para beneficio y utilidad de sus creadores.
Cuando Karl R. Popper se detuvo a desentrañar los misterios de la cosmología newtoniana en el pensamiento de Immanuel Kant, el problema central de si el universo tenía o no un comienzo en el tiempo, no pudo menos que glosar la conclusión paradójica del filósofo de Königsberg:

“Nuestras ideas de espacio y tiempo son inaplicables al universo como un todo. Podemos, por supuesto, aplicar las ideas de espacio y tiempo a los objetos físicos ordinarios y a los sucesos físicos. Pero el espacio y el tiempo mismos no son objetos ni sucesos: ni siquiera se los puede observar, son más huidizos. Son una especie de armazón para las cosas y los sucesos, algo semejante a un sistema de casillas, o un sistema de registro, para las observaciones. El espacio y el tiempo no forman parte del mundo empírico, real, de cosas y sucesos, sino que son parte de nuestro equipo mental, de nuestro aparato para captar el mundo.”

La potencia del sujeto que piensa su derredor y que se piensa a sí mismo, reside en su imaginación. Para hacer del planeta un lugar más habitable, y no por ello más humano, lo domina y conquista con instrumentos. Se apropia del escenario gracias al despliegue de la técnica, la civilización; pero, de modo especial, mediante la aprensión conceptual o la reconstrucción conjetural, la cultura, que resulta eficaz en grado superlativo. Somos la única especie que, literalmente, inventa “su mundo”, el espacio, el tiempo y la memoria y lo hace por mediación de la palabra y la reflexión. Ya se sabe que:

“El hombre ha llegado a ser, por así decirlo, un dios con prótesis: bastante magnífico cuando se coloca todos sus artefactos, pero éstos no crecen de su cuerpo y a veces aun le procuran muchos sinsabores”.

De allí que la historia no se constriña a una objetividad providencial, gozando de una verosimilitud a toda prueba, sino que, antes al contrario, sea decisión y voluntad humanas. Estamos en presencia de un modelo de conocimiento guiado por un tipo específico de interés.

El amplio espectro de la reflexión que integra eso que denominamos, no sin cierta dosis de ambigüedad y escepticismo, “las disciplinas sociales o históricas”, se pregunta por su estatuto científico de manera permanente. Estos gajos del conocimiento quisieran anclar sus razones en los datos duros, en la contundencia de los estudios prospectivos, añorando siempre el escurridizo ideal de la verificación, siendo su límite el error rectificado. No lo logran, justo porque la humanización del mundo, la construcción que el sujeto hace de su circunstancia, se da en el tiempo y en la memoria: las más frágiles de las materias primas, con que está hecho y con que cuenta el sujeto. En algún pasaje de su espléndido homenaje al tiempo perdido y recobrado, la hazaña del barón de Charlus, Marcel Proust señala:

“…el Tiempo que de costumbre no es visible; que para serlo busca cuerpos y donde quiera que los halle, se apodera de ellos para enseñar por su medio su linterna mágica.” Deducimos que la elasticidad de la duración si bien necesita del alma permanente, el ser como tal o soplo sagrado, requiere todavía más de la carne mudable, los seres efectivamente vivos y reales, para transmitir sus designios y evidenciar (construyendo) sus intenciones. La “linterna mágica” deviene razón práctica; la voluntad del sujeto en el quehacer de su historia, en la doble dimensión de tiempo efectivo (lo que realmente acontece) y de tiempo deseado (la reconstrucción de lo ocurrido). En suma, la recuperación y/o postulación de aquello que pudo suceder, el futuro anterior, el devenir sido.

Si el sujeto, el protagónico “yo” deliberante, se estructura al desmontar su trayectoria, al buscar las razones de lo que ha hecho de sí mismo, la historia como reflexión sistemática deviene una reconstrucción conjetural con arreglo a fines. Se trata entonces, de una fuerza comprensiva utilitaria, que se pretende eficiente, empeñada en fundar un estado posible del mundo y de la participación conductora de los actores, sean éstos individuales o colectivos: el héroe desde Calicles hasta Carlyle; el todo social en Vico o la lucha de clases en Marx.

Sin ambages, la historia es la mirada que dirigimos al pasado desde un futuro imaginado. Resulta un esfuerzo de refundación discursiva; capaz de elegir ciertos aspectos de entre muchos otros, porque estos factores seleccionados “iluminan” la marcha del deseo, la órexis de los griegos, rumbo a la plenitud de su cumplimiento: su realización material o simbólica. Desde 1710, Vico nos sorprende con su sentencia de que: “El criterio y la regla de la verdad es el haberla hecho.”5

Esto se logra porque el sujeto que es intérprete despliega su imaginación (en latín, fantasia) pensando en los motivos y matizando los apetitos de una vida que ha hecho suya en la evocación; con los intereses y las pasiones teje una red ávida de porvenir: la de las intenciones. Con razón José Ortega Spottorno profiere que:

“La historia, es decir, eso que le ha pasado al hombre en su andar por el tiempo, en lo que él ha participado vulgar o genialmente, siendo protagonista o simple comparsa, a veces como héroe, a veces como criminal, es una realidad muy peculiar en nada semejante a la de la naturaleza. Sus leyes no obedecen, como las de ésta, a la lógica ni a la ley de los grandes números, porque influyen en ella las pasiones humanas, el modo de ser masculino y el modo de ser femenino, el ímpetu de un pueblo y la suerte y la adversidad.”

Porque las disciplinas sociales pretenden ser ciencias, y entre ellas la historia más en su calidad de soberana de tan precario dominio, los interrogantes sobre su alcance y cobertura devienen estratégicos. Inquieren, entonces, sobre conceptos de índole cuasi-religiosa: el origen y el sentido, de las acciones individuales, de las acciones sociales. En suma de qué y de cómo surgen, se mueven y modifican las comunidades o los colectivos. Estas serían las (mínimas) señas de identidad de la Historia que se escribe con mayúscula. Suma y valor agregado de las múltiples historias que, con modestia epistémica y austeridad conceptual, se escriben con minúsculas. Somos espectadores privilegiados de un tránsito, el que va del singular, lo abstracto, al plural, lo concreto; como lo quería la Escuela de los Anales.

El tiempo presente está congelado por el ansia de absoluto, de eternidad, es una modulación transitiva de la afirmación del sujeto. Experiencia lúdica que, siendo un proceso continuo, resulta objeto de múltiples disecciones para ser comprendida. San Agustín formula una precisa concepción del tiempo en Confesiones. Para el magnífico pecador redimido, todo tiempo es tiempo presente, ya que sólo existen por convención analítica los otros modos de la duración. Así tendríamos, el presente del pasado que es la memoria; el presente del presente que es la atención, y el presente del futuro que es la expectación.

Tales artificios de la duración, que crecen y se postulan unos a expensas de otros, adquieren pleno sentido en su carácter o calificación. Se diluyen en un flujo, ya sea por su intención, la voluntad de hacer en el mundo, propia del tiempo significante (carácter); ya sea por su conciencia, la selección de los rasgos que perdurarán, propia del tiempo significado (calificación).

Otra vez el obispo de Hipona (secularizado) atina, al apuntar en el diálogo que entabla el ser pensante como realidad dada (el hombre) con su conciencia como realidad dándose (el alma):

“Es en ti, alma mía, donde yo mido el tiempo. No me molestes, porque es así. Y no te alteres ante la cantidad de impresiones que transtornan. Repito que yo mido el tiempo en ti. La impresión que las cosas al pasar producen en ti y que perdura una vez que han pasado, es todo cuanto yo mido presente, no las cosas que han pasado y que produjeron esa impresión. Cuando yo mido el tiempo, es esta impresión la que mido. Luego o esta impresión es el tiempo o yo no mido el tiempo.”

La fragilidad define el esfuerzo por comprender al mundo y por comprendernos; y pende de un hilo finísimo: el de la memoria de aquello que nos ha convertido en lo que es y en lo que somos; el de la capacidad reconstructiva del pasado y sus experiencias (seleccionadas) como patrimonio, el de la evocación de las fuerzas y energías que dotan de sentido al proceso mismo de apropiación de lo real. Hilo que, de tan delgado, no forma madeja, es ni más ni menos que un cabo suelto: el de la memoria, en su cualidad dual de referente y fuerza productiva que hace del sujeto, uno en posición de polemizar con su circunstancia.

Consciente de ello, José Saramago nos advierte en Los cuadernos de Lanzarote:

“La memoria es un espejo viejo, con fracturas en el estaño y sombras detenidas: hay una nube sobre la cabeza, un borrón en el lugar de la boca, el vacío donde los ojos debían estar. Cambiamos de posición, ladeamos la cabeza, buscamos, por medio de yuxtaposiciones o por movimientos laterales sucesivos de los puntos de vista, recomponer una imagen que sea posible reconocer como todavía nuestra, encadenable como ésta que hoy tenemos, casi ya de ayer. La memoria es también una estatua de arcilla. El viento pasa y le arranca, poco a poco, partículas, granos, cristales. La lluvia ablanda las facciones, hace decaer los miembros, reduce el cuello. Cada minuto lo que era dejó de ser, y de la estatua no restaría más que un bulto informe, una pasta primaria, si también cada minuto no fuésemos restaurando, de memoria, la memoria. La estatua va a mantenerse de pie, no es la misma, pero no es otra, como el ser vivo es, en cada momento, otro y el mismo. Por eso deberíamos preguntarnos quién de nosotros, o en nosotros, tiene memoria, y qué memoria es ésta. Más aún: me pregunto qué inquietante memoria es la que a veces se impone de ser yo la memoria que tiene hoy alguien que ya fui, como si al presente le fuese finalmente posible ser memoria de alguien que hubiese sido.”

De manera particularmente inquietante, el novelista portugués confía en que la historia, como tal, se construye gracias a que los sujetos no confían plenamente en la conciencia o ésta posee limitaciones estructurales que nos favorecen; ya que “estamos restaurando, de memoria, la memoria”. Así, una cierta dosis de irresponsabilidad explicaría el porqué nos movemos en esa fábrica llamada el tiempo, y, sobre todo, haciéndolo a tientas, acertando y errando en un relevo sin fin; ajenos a la premisa deducida de que, final y literalmente, el sujeto hace su (y la) historia, claro está, eligiendo de entre opciones acotadas no forzosamente por él mismo. En la historia aquello que corresponde a la acción y/o reflexión humanas tiene su pertinencia, al igual que el dictum contenido en el fragmento de Heráclito: “Lo sabio es uno, entender el designio según el cual todo tiene que ver con todo”; pero, simultáneamente, esa misma totalidad de intenciones, decisiones e intereses le resulta indiferente.

La historia opera, se mueve y construye, avanza y retrocede trascendiendo los cauces que le son impuestos; funcionando a partir de una lógica multimodal que responde a elecciones sucesivas de los sujetos que la hacen en escenarios plurales, complejos y siempre cambiantes. Donde unas, las elecciones, y otros, los escenarios, son de naturaleza acumulativa; están allí resguardados, y cuando menos se les espera aparecen o irrumpen. Cuenta sí, con una lógica, pero de la situación general. Elude por tanto, los marcos rígidos de la revelación como vía salvífica, del determinismo como cumplimiento de un fin predeterminado, del caos fenoménico como creación ex-nihilo de un malvado demiurgo, el último de los eones, el ángel caído que fecunda la nada, Pistis sophia; del azar como sorpresa permanente que prohíja la libertad sólo en la medida en que evita las prescripciones.

Elección humana en escenarios acotados, por lo que se conoce, por lo que se ignora, por lo que se acumula; como resultado, una responsabilidad más que relativa, una conciencia más que relajada. Pues, “…si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos.” Ante semejante tragedia, el místico recomienda “perderse para encontrarse” (fray Juan de los Ángeles), y conquistar así la condición de ser moral.

Ecos del sabio jeque sufí Abd Rabbih al Taih, cuando le presta su voz imaginaria al cronista egipcio por excelencia de nuestro tiempo, Naguib Mahfuz, al musitar en una especie de oración fúnebre que: “La crueldad de la memoria se manifiesta al recordar lo que se ha desvanecido en el olvido.” Frase que engarza con la sentencia de Ortega: “Toda realidad es percibida como fragmento”, recordada por María Zambrano. Evocación dolorosa y limitación de nuestro empeño cognoscitivo. El ser humano deviene sujeto con dirección, incapaz de crear propiamente lo suyo; y al fracaso de producción de lo real, de su misma historia, habría que añadir su imposibilidad para registrarlo, siquiera, en el esplendor de su derrota.

A los intérpretes y exégetas no queda otro placer que el de deambular gozosos en el universo material de la fórmula de Tácito: por los confines de la historia en movimiento (rerum gestarum) y con los símbolos de la historia en reposo (res gestae); el flujo de aquello que está dándose y el patrimonio de aquello que está dado. Suma de lo que construimos en el presente y de los referentes que poseemos de lo que hemos hecho en el pasado.

Los (nuevos) hermeneutas están buscando respuestas, acotando escenarios, reconstruyendo tendencias, exponiendo teorías, pero sobre todo convencidos de la utilidad del saber de los antiguos: preguntando, así el gerundio ratificaría el triunfo de lo construido sobre lo dado, tal como procedían los mexicanos de la lejanía con la palabra compartida de los huehuetlatolli: conversando. La tradición oral, el intercambio simbólico y fonético, que se preservaba de viejos a jóvenes, al modo de relevos y postas. Modalidad de actualización del discurso histórico que hacía de la tradición una fuerza viva, una razón práctica, una voluntad de cambio y resistencia.

Venciendo las tentaciones de la revelación y el azar, sin sucumbir a sus encantos, Jorge Cuesta —quizá la más lucida y con seguridad la más atormentada mente mexicana en lo que va de nuestro atribulado siglo XX— señalaba con su natural contundencia, pensando en los avatares de nuestra (informal) nación:

“…la naturaleza y la historia carecen de lógica, no poseen ningún orden racional: la inseguridad es su condición; el azar, su sustancia. Que exista en el país una inseguridad política es una condición natural, ordinaria, lo extraordinario y realmente peligroso sería que no existiera y que viviésemos en un mundo tan seguro que pudiéramos prescindir de nuestra inteligencia y de nuestra capacidad de previsión.” En mimesis y correspondencia con el alquimista de Canto a un dios mineral, habríamos de encontrar refugio en una convicción primigenia: aquella que hace de la teoría, hipótesis del mundo; siempre probabilidad, jamás certeza. La duda metódica como divisa, la teoría crítica como compromiso.

Así, uno de las principales ventajas de concebir a la historia en calidad de comprensión (wissenchaft), renunciando a la aspiración de rendir cuentas de las cosas y los hechos por sus causas (explicación: erklaren) consiste dualmente: en invitar a la reflexión imaginativa y crítica, el saber que privilegia las conjeturas y sus refutaciones; y en recuperar ese hábito en decadencia denominado pensar, disfrutando los dilemas fundamentales: el ser y el tiempo, el sujeto y la memoria, la sociedad y la historia.
 

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