La pereza

Por: Gonzalo Casino
Fuente: icalquinta.cl

HAY un mamífero americano, arborícola y desdentado, que se pasa unas 17 horas diarias durmiendo y alguna que otra más descansando; toma una dieta de hojas baja en calorías que le basta y le sobra para sobrevivir porque apenas se
mueve; trepa con dificultad y para bajar de los árboles se deja caer hecho una bola. Sin duda, se ha ganado a pulso su nombre: perezoso.

No es cuestión de señalar, pero en el género humano no sería difícil encontrar individuos curtidos en la holgazanería que harían pasar por activo al mismísimo perezoso.

Todo es cuestión de entrenarse y cogerle afición. La zoóloga canadiense Joan Herbers, que ha estudiado la distribución del tiempo en el mundo animal, sostiene que la pereza «es una característica universal del reino animal». Y añade: «Lejos de ser un defecto, es perfectamente natural».

El hombre, según ella, no es una excepción. Lo que pasa es que la pereza humana puede ser entendida de muy diferentes formas y tiene mil y un matices. En las culturas que rinden culto al trabajo, como es la nuestra, la pereza está más cerca del polo del vicio que del de la virtud. En cambio, en el reino animal, la pereza es simplemente un estado de reposo transitorio que sigue y precede a los momentos dedicados a la satisfacción de las necesidades instintivas básicas.

Así las cosas, el animal que más rápido satisface sus necesidades de alimentación y reproducción pasaría por ser, paradójicamente, el más holgazán.

Aunque la vara de medir es bien distinta en el caso del hombre, la pereza podría ser rehabilitada si se contempla no como la madre de todos los vicios sino como una necesidad de descanso y ocio. En una lista de las principales necesidades humanas elaborada por el psicólogo A. Poffenberger, el descanso, la comodidad y demás actitudes perezosas ocupan el cuarto lugar, sólo por detrás de las necesidades básicas de beber, comer y mantener relaciones sexuales. Pero la inclinación a la pereza está por delante de la evitación del peligro, la afirmación de uno mismo y la maternidad-paternidad. Tras el trabajo, nadie lo pone en duda, hace falta un periodo de ocio perezoso, complementario del sueño pero no necesariamente con los ojos cerrados, variable según las personas pero imprescindible para todos. Lo que mejor caracteriza al ocio perezoso es quizá la falta de obligaciones, la improvisación y la ausencia de disciplina, por oposición al ocio planificado, que siempre tiene algo de obligatorio.

Según el tópico, la posición preferida del perezoso es la horizontal; sus herramientas de trabajo, la cama, tumbona o similares; su época preferida, las vacaciones de verano, y su estandarte, la siesta, esa cabezada de apenas media hora que ha demostrado ser tan beneficiosa para el estado del ánimo y de las coronarias.

Pero la pereza, favorecida tanto por el calor como por las vacaciones, no significa ni mucho menos inactividad. El cerebro, que nunca está en reposo, seguro que agradece la falta de obligaciones, el aire fresco y las actividades lúdicas del ocio perezoso.
 

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