De la ociosidad

Por: Alfonso Fernández Tresguerres
Fuente: El Catoblepas, Número 26, abril 2004 

Divagaciones sobre el ocio, la pereza y el aburrimiento

1

Una vieja tradición, que se remonta a Aristóteles, quiere ver en el asombro y la admiración el origen de la filosofía, lo que no deja de resultar un tanto sorprendente y chocante: como si la admiración por sí misma (aunque sea la admiración nacida de la contemplación de la naturaleza) hubiera de suscitar de modo directo e inmediato interrogantes y respuestas de carácter filosófico; como si no fuese posible que el mismo asombro y la misma admiración alumbrasen (como así ha sido, en efecto) cosmogonías mitológicas o religiosas, intentos de intervención mágica o simplemente técnica, actitudes estéticas o ensayos de comunión mística con el mundo natural. Muchos antes (y después) de los griegos se sintieron admirados, asombrados, y aun sobrecogidos frente al espectáculo proporcionado por la naturaleza, pero, en cambio, sólo en Grecia nace la filosofía, y si ello es así, será, ante todo, no porque los antiguos griegos estuvieran dotados de una sensibilidad especial para los fenómenos naturales (o de unas dotes intelectuales insólitas y desconocidas en otras culturas), sino porque sólo en la Grecia del siglo VII a. n. e. había alcanzado el pensamiento científico (especialmente la Geometría) un grado de desarrollo lo suficientemente elevado para que de entre sus mallas comenzaran a desprenderse determinadas Ideas filosóficas, y porque las polis griegas, y más en concreto, las ciudades jonias (suele recordarse, de modo paradigmático, a Mileto) se habían convertido en importantes núcleos comerciales de carácter marítimo y constituían un lugar privilegiado desde el que asistir al cruce de culturas diferentes, portadoras, cada una de ellas, de mitologías y cosmovisiones distintas y contrapuestas, enfrentadas sin posibilidad alguna de conciliación, lo que hacía previsible que el principio de simplificación racionalista acabase por imponerse más pronto o más tarde.

Pero cuando además se añade (el culpable es también Aristóteles) que la filosofía nace del ocio, que la ociosidad es una condición y una exigencia insoslayables para la implantación del reino del pensamiento, entonces el asunto comienza a presentar tintes ridículos, porque parece que lo que se está diciendo es que la filosofía pudo ver la luz por vez primera cuando una serie de ciudadanos ociosos –una clase ociosa– se sentaron a la puerta de casa y, maravillados ante la pluralidad de formas que el mundo desplegaba ante sus ojos, se dijeron: «pensemos.»

A mí, la verdad, si se me dijera que para dedicarse a la filosofía la condición primera y más inmediata es no tener nada mejor o más urgente que hacer, podría aceptarlo: con hambre, en efecto, no se debe pensar muy bien. Pero la ausencia de obligaciones y labores encaminadas a la satisfacción de necesidades elementales (la ausencia, diríamos, de actividades relacionadas con el sector primario), no equivale, sin más, a la ociosidad: ¿o es que acaso el pensar no es una forma de hacer? ¿Se dirá, tal vez, que filosofar no es trabajar, que la filosofía no es una actividad, un modo de trabajo? Yo no dudo que escribir la Ética a Nicómaco sea labor más agradable y gratificante que colocar un ladrillo encima de otro durante ocho horas, pero afirmo rotundamente que no es labor menor que ésta, y en muchas ocasiones ni siquiera desde el punto de vista físico, y si no que se lo pregunten a Thomas Mann, quien, según parece, al poner punto final a cada una de sus novelas se encontraba completamente exhausto y agotado.

Creo recordar que alguien ha dicho que con la vida hay que elegir entre vivirla o pensarla. Suena bien, pero es absurdo: ¿no es pensarla una forma de vivirla, y, visto desde el otro lado, cabe vivirla completamente al margen de cualquier pensar, esto es, cabe vivirla sin pensar, sin pensarla? En todo caso, habrá que especificar qué tipo de vida es el pensar y que tipo de pensamiento se halla implicado en el mero vivir. Pero esa es otra cuestión. Lo que quiero decir es que la ociosidad en estado puro, la ociosidad en término absolutos es algo imposible, es una idea contradictoria en sí misma: estar vivo supone hallarse en permanente actividad, un hacer continuo, un conjunto de actividades y decisiones encadenadas; estar vivo, en suma, es un constante hacer y decidir. No hay más que una ociosidad plena y permanente: la que nos será dada cuando nos hallemos in corpore in sepulto. Y en lo que a mí respecta, ésta puede esperar.

2

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de ociosidad? Me parece que no es preciso que busquemos adornarnos con originalidades excesivas: la ociosidad no es más que aquello que hacemos con nuestro ocio es decir, aquello en que empleamos el tiempo que nos dejan nuestras obligaciones cotidianas, nuestro negocio. Desde este punto de vista, la ociosidad es un derecho. Y cada cual es muy libre de usarlo como le venga en gana (con las obvias limitaciones éticas y morales que resultaría peregrino subrayar). Y no está de más insistir en esta cuestión, toda vez que, con harta frecuencia, desde diversos estamentos, se intenta programar y dirigir nuestro ocio. Existen, ciertamente, intereses de muy variado tipo (económico principalmente) que quieren convencernos de lo excelente y maravilloso que resultará que ocupemos nuestro tiempo libre en determinadas actividades; actividades que, curiosamente, casi siempre resultan lucrativas para alguien. Y a la resistencia la sigue la censura: no hacer (o no poseer) determinadas cosas es estigma de fracaso o de ruindad, de tacañería o de miseria. Quien triunfa, gasta. Ese es el lema. Por tanto, quien no gasta, es un fracasado. Y ahora vuelve a entrar la ociosidad en escena, pero en un sentido muy distinto, y que será proyectado como un insulto sobre el rebelde: quien no hace con su ocio lo mismo que todo el mundo (lo mismo que todo el mundo se supone que tiene que hacer) es un ocioso, esto es, un vago. Así, quien se acoda a la ventana de su casa a ver la vida pasar, está ocioso, pero quien se mete cuatro horas en un salón de belleza, cuida de su cuerpo. El asunto es siempre el mismo: todo lo que puede hacerse gratis, es visto como una pérdida de tiempo; todo lo que cuesta dinero, es signo de excelencia.

Seguramente lo ideal es justo lo contrario, a saber: que nuestro ocio resultase productivo, que en lugar de suponer un gasto, produjese una inversión. Y digo esto no porque me mueva un afán excesivo al dinero (bien es verdad que no me importaría ser rico –después de todo, siempre podría dejar de serlo cuando se me antojara o se me hiciera una carga en exceso onerosa. El paso contrario resulta, en cambio, más difícil–, pero puesto que no lo soy, me conformo con poseer lo suficiente para vivir con una cierta seguridad y alguna independencia). Lo digo porque, en ese caso, ocio y negocio serían una y la misma cosa, y creo que pocas dichas mayores pueden darse que la de aquél para quien su trabajo sea, al mismo tiempo, su afición; y lo sea hasta el punto de tener por ridículo hablar de aficiones. ¿Cómo, en efecto, no habría de resultarle ridículo al filólogo declarar que sus aficiones son oír hablar a la gente y estudiar textos medievales? Que nuestro trabajo nos resulte divertido es, sin duda, un acontecimiento venturoso que, por desgracia, no a todo el mundo le es dado; o por mejor decir, a casi nadie, porque casi nada es feliz con lo que hace: la mayor parte de la gente únicamente habla bien de su trabajo cuando lo pierde (como sucede con muchas otras cosas, dicho sea de paso). Además, hay que tener en cuenta que, como señala Jardiel Poncela: «cuando el trabajo no constituye una diversión, hay que trabajar lo indecible para divertirse.»

Con todo, no es de esperar que tal afortunada coincidencia, de darse, se dé al cien por cien: siempre habrá algo que nos guste hacer y que no se encuentra en el orden del día de nuestras obligaciones cotidianas. Por poner un ejemplo (y por no poner otros más escabrosos), que yo que sepa, todavía no pagan a uno por ocuparse de sí mismo, y, sin embargo, ésa es una de las cosas más divertidas y provechosas que podemos hacer con nuestro ocio. Debemos reservar cada día un tiempo para estar con nosotros mismos, y defenderlo, si es preciso, con uñas y dientes. Ese será un buen momento para hacer balance de nuestros proyectos y de nuestras necedades (de los logros, no hace falta, porque si los hay, a poco vanidosos que seamos, su memoria no nos abandona nunca), para examinar dónde estamos y adónde queremos ir…, si no da tiempo: por eso, tampoco es mala idea proponerse, en esos momentos, afrontar el día siguiente como si fuese el último de que disponemos para demostrar que no somos ni demasiado estúpidos ni demasiado perversos, y que, si bien nada grande se pierde si nos vamos, nada ruin se acrecienta si permanecemos.

En este orden de cosas, Séneca, si es que puede servirnos de modelo, tenía por prototipo de día feliz aquél que podía dedicar por entero a su persona: «El día de hoy –escribe a Lucilio– ha sido un día pleno, nadie me ha podido robar ni una brizna de él. Todo ha quedado distribuido entre en lecho y la lectura.» El lecho (se entiende) para descansar: «nada he concedido al ejercicio físico», aclara. A diferencia de Séneca, yo creo, sin embargo, que en el lecho también resulta agradable leer: la verdad es que en un lecho pueden hacerse muchas cosas, incluso dormir.

El ocio y la ociosidad de los que hablo nada tienen que ver, pues, con la apatía o con la indolencia (yo, por ejemplo, estoy plenamente de acuerdo con Séneca en que «un ocio sin letras es una muerte, es la sepultura de un vivo»); no es un vacío que haya de ser llenado por cualquier medio o un tiempo que matar; porque no es un tiempo que matar, sino un tiempo que vivir; y que vivir con gusto (y esto dejando ahora a un lado la curiosa memez que se encierra en eso de matar el tiempo. Al tiempo no podemos matarlo: nos mata él).

3

Pero bien triste ha de resultar la vida de aquél que no sabe que hacer con sus ratos de ocio, ya que de un modo irremediable se halla condenado a caer en el pozo del tedio y del aburrimiento, y, por lo mismo del cansancio, porque nada cansa tanto como aburrirse. El más duro de los trabajos es no hacer nada. A quien, por el contrario, le ocupa algún interés o algún anhelo, no le es fácil entender qué es eso de aburrirse, y menos aún lo de matar el tiempo, porque, más que acortarlo, lo que desearía es poder alargarlo. Desde esta perspectiva, veo con toda claridad por qué, al menos para mí, el término pasatiempo ha tenido siempre ese carácter un tanto ridículo y banal. No hace ninguna falta que pongamos nuestro empeño en ayudar al tiempo a pasar: pasa solo. Y eso es lo malo; lo malo no es que el tiempo no pase, sino que pasa, y demasiado rápido. A quien es dichoso ocupado con sus propios asuntos, todo tiempo le parece poco, y, por ello, no se le ocurre buscar pasatiempos con que hacerlo más corto, porque lo que en verdad desearía es poder estirarlo y que se hiciera más largo para que ese instante en que es feliz se hiciese eterno.

Aburrirse es, en cambio, severo castigo. Pero aquí parece pertinente introducir alguna matización. Creo que no debemos hablar de aburrimiento, sin más, porque existen, al menos, dos grandes tipos: una cosa es el aburrimiento que nos provocan los otros y otra muy distinta el que se suscita en nosotros mismos. En el primer caso, nos aburren; en el segundo, nos aburrimos. Del primero, a veces, no somos culpables; del segundo, lo somos siempre. Y es éste último el que constituye, sin paliativos, un castigo y una condena, porque el aburrimiento cuyos culpables son los demás, que nos aburren, resulta con frecuencia efímero y llevadero: lo auténticamente atroz es cuando nos aburrimos; porque lo que tal aburrimiento en realidad significa es que nos aburrimos con nosotros mismos y a nosotros mismos. Y ahí sí que no hay escapatoria posible: podemos huir de la compañía de los otros, pero no de la nuestra. Es este tipo de aburrimiento, provocado por el hecho de que el individuo se ha convertido en una carga tal para sí mismo que ni se soporta ni es capaz de estar consigo, aquél que a toda costa se intenta paliar matando el tiempo y pasando el rato. Aburrimiento que (estoy de acuerdo con Schopenhauer) es una modalidad de la desesperación: «el tedio –podemos leer en su Metafísica de las costumbres– no es un mal insignificante que consienta verse menospreciado; acaba por dejar en el rostro la huella de una verdadera desesperación». Discrepo, sin embargo, de él en que no haya alternativa entre el dolor y el aburrimiento: «tan pronto como la necesidad y el sufrimiento conceden una tregua al hombre –afirma en ese mismo escrito–, comparece el aburrimiento y se hacen necesarias las diversiones (…) Dado que es entre el dolor y el aburrimiento como transcurre la vida humana». Nadie negará a Schopenhauer su fidelidad al papel de pesimista que pareció querer asumir para la posteridad. Me parece, no obstante, que esto es exagerar. Cuando yo tenía veinte años, palabras como éstas eran para mí casi un dogma de fe, hasta tal punto que si no era feliz, lo disimulaba, y me inventaba angustias inexistentes, porque si la alternativa era elegir entre ser un genio desesperado o un tonto aburrido, yo, desde luego quería ser lo primero, o al menos parecerlo. Pero hoy día, entre la necesidad y el sufrimiento, por un lado, y el tedio, por el otro, podría indicarle a Schopenhauer siquiera un puñado de actividades enormemente divertidas y placenteras: sin ir más lejos, leer en él esas cosas.

4

Kant, tan caro a Schopenhauer, distinguía el ocio de la ociosidad. En tanto que el primero es un derecho que supone, según sus propias palabras, «la coronación de una vida activa» (o lo que es lo mismo, deduzco yo: el derecho a la jubilación), la segunda (la ociosidad) es siempre viciosa, porque: «Son las acciones, y no el goce, las que hacen al hombre experimentarse como vivo. Cuanto más ocupados estamos, tanto más vivos nos sentimos, cobrando mayor consciencia de nuestra vida. En la ociosidad no experimentamos únicamente que desperdiciamos la vida, sino que también acusamos sobre manera la falta de actividad; la ociosidad, pues, no guarda relación alguna con el mantenimiento de la vida. El goce no llena el tiempo, sino que lo deja vacío. Y el espíritu humano experimenta aversión, enojo y tedio ante un tiempo vano (…) El valor de un hombre estriba en la cantidad de cosas que hace. La ociosidad supone una degradación de la vida.»

Se encierran en esas pocas palabras cuestiones del mayor interés. Por lo pronto, no parece que la ociosidad de la yo hablo y de la que habla Kant sean la misma. Se puede estar de acuerdo con él en que la valía de un hombre se mide por la cantidad de cosas que hace (al menos, por las que hace bien) sin que eso obligue a renegar de la ociosidad, entre otras razones, porque esas cosas pueden hacerse, precisamente, en los ratos de ocio. Midamos el valor de un hombre por la cantidad (y calidad) de lo que hace (aunque tampoco sería mal criterio tener presente un listado de lo que no hace), y yo continuaré afirmando, no sólo que ese hacer valioso puede ser realizado en los momentos de ociosidad, sino más aún: que no puede llevarse a término más que si se dispone de un tiempo notable no ocupado en actividades obligadas, esto es, de ocio (a menos, claro está, que tales actividades obligadas consistan, precisamente, en la creación de obras valiosas).

Además, ¿quién dice que tales actividades no puedan suponer, al mismo tiempo, un goce? ¿Acaso sufría Kant cuando leía a Hume y a Rousseau o cuando componía sus propias obras? ¿Se dirá, tal vez, que esto último implicaba un esfuerzo notable? Desde luego. Pero, ¿dónde se halla escrito que el trabajo no pueda ser placentero o que una obra valiosa (del tipo que sea) no pueda hacerse con gozo? Lo que le sucede a Kant (y ésta no es una mala sospecha desde la que examinar su ética) es que parece dar por supuesto que una acción no tiene valor más que si, al mismo tiempo, resulta desagradable y hasta dolorosa, si anula nuestra tendencia natural al bienestar y, en suma, si supone un esfuerzo; y eso tiene como consecuencia que en su pensamiento cosas como la dicha, la felicidad, el goce o el placer, se hallen permanentemente en cuarentena. En lo que a mí respecta, puedo asegurar que si llega el día en que lo que hago deja de resultarme divertido y placentero, dejaré de hacerlo inmediatamente (queda al margen, por supuesto, el trabajo que me da de comer). Yo, a diferencia de Kant, no tengo nada contra el placer: tengo más contra el dolor. Se equivoca Kant al pensar que el goce no llena el tiempo. Ya lo creo que lo llena; y lo llena hasta tal punto que lo malo es que también lo acorta: el dolor, en cambio, lo alarga. Y no me refiero sólo a los placeres derivados de la inteligencia y del espíritu, aunque estos cuentan con la ventaja de poder ser cultivados de forma más continuada y permanente; lo malo que tienen los que provienen del cuerpo es que uno no puede dedicarles todo el tiempo que quisiera: entre otras cosas, porque no hay cuerpo que lo aguante.

¿Y qué decir, por último, de ese ocio que, en palabras de Kant, es «la coronación de una vida activa»? Es obvio que estamos hablando de la jubilación, pero, ¿qué es eso de jubilarse? ¿En qué cambió la vida de Kant antes y después de jubilarse? Tan sólo en la presencia o ausencia de estudiantes (no digo que ésa sea diferencia menor); y en su caso, eso ni siquiera es del todo cierto. Uno se jubila de su trabajo, pero no de su ocio, quiero decir que aquellas actividades que le han ocupado con anterioridad (y que le han ocupado porque le resultaban gozosas) son las mismas que le continuarán ocupando hasta que sus facultades le asistan o sea llegado el día de emprender el último viaje. La jubilación no es un ocio nuevo y desconocido hasta ese momento que nos sea dado para descansar (¿para descansar de qué? ¿De vivir?): es el mismo ocio, sólo que deliciosamente ampliado (lo que no es ninguna nimiedad, sobre todo dependiendo del tipo de trabajo), en el que uno va a continuar haciendo aquello que, sin obligación alguna, siempre ha hecho. La jubilación no es un tiempo para descansar, sino para cansarse; pero para cansarse haciendo lo que a uno le venga en gana (exactamente lo mismo que el ocio, como puede verse).

Cosa muy distinta de la ociosidad (y seguramente en eso es en lo que está pensando Kant) es la pereza. Cierto es que en nuestra lengua (y más en su uso coloquial) ambos términos pueden ser considerados como sinónimos, pero también es verdad que pueden ser claramente diferenciados (y, en cierto modo, ése y no otro es el sentido de estas reflexiones), porque la ociosidad es, ante todo, lo que se hace con el ocio (acepción ésta que también recoge nuestra Academia), y la pereza consiste, justamente, en no hacer nada con él (a menudo, también, en no hacer nada con el trabajo), en no saber qué hacer ni en qué ocuparse, porque la vida del perezoso se halla gobernada por una desgana y una desidia permanentes.

Se puede ser perezoso para según qué cosas o tareas lo suficientemente desagradables o aburridas como para que uno postergue día tras día la decisión de afrontarlas. Y yo creo que esto es completamente normal (no concibo que pueda existir alguien a quien no le dé pereza limpiar cristales, pongamos por caso). Pero la pereza como disposición permanente, como carácter o temperamento, cuando no es secundaria a una lesión orgánica o un problema psíquico (cuando no es, por ejemplo, una forma de neurastenia), además de desesperantemente triste es ardorosamente estúpida, porque sólo puede nacer de la pequeñez de espíritu y de la delgadez de entendederas. Se necesita carecer de la más insignificante curiosidad y del interés más nimio para vivir anclado en la pereza.

Yo creo que el cristianismo la sobrevalora al concederle un lugar entre los siete grandes pecados, porque la pereza no es un pecado: es una forma de idiotez. Y aún la sobrevalora más cuando quiere ver en ella la raíz y la madre de todos los vicios, porque el perezoso es vago hasta para ser vicioso. Ser malvado supone una dosis nada desdeñable de actividad y de pensamiento, y el perezoso auténtico es indolente hasta para pensar, de manera que el pasar a la acción es algo que se encuentra más allá de sus fuerzas y de sus ganas. Los malvados, en cambio, nunca son perezosos, del mismo modo que los tontos nunca se callan. Tiene razón Chamfort cuando afirma que: «Se echa en falta la pereza de un malvado y el silencio de un tonto.»

Pero cuando el cristianismo habla de vicios, ya se sabe que, con esa particular obsesión que le caracteriza, está pensando, ante todo, en la lujuria. Ahora bien, los pensamientos lujuriosos (para el cristiano los malos pensamientos por excelencia) suponen un más que notable ejercicio intelectual, así como una no pequeña imaginación, todo lo cual le queda demasiado grande al perezoso; y ponerlos en práctica, un gasto adicional de energía que él no puede permitirse.

Ser perezoso es, en suma, un modo de ser desdichado. La felicidad (sea lo que sea aquello que designamos con tal concepto) no puede encontrarse más que en lo que hacemos (la felicidad en abstracto, entendida como un estado que se alcanza no sé sabe muy bien cómo, es simplemente un sinsentido). Somos o no somos felices con las cosas que hacemos (hacer que, por supuesto, también viene referido a las relaciones interpersonales, a las cosas que hacemos con los demás), y acaso cuando decimos que somos felices no queremos decir sino que tales ocupaciones nos resultan divertidas y placenteras. Al perezoso, desgraciadamente, sólo la apatía y el tedio le son dados: ser perezoso es estar condenado a aburrirse. Bien aconsejaba Don Quijote a Sancho: «advierte, ¡Oh, Sancho!, que la diligencia es madre de la buena ventura; y la pereza, su contraria, jamás llegó al término que pide un buen deseo».

A mí me gustaría vivir como cuenta Catón (yo lo he leído en Cicerón) que decía de sí mismo Publio Escipión (el primer Africano): «que nunca estaba menos ocioso que cuando estaba ocioso, ni menos solo que cuando estaba solo.»
 

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