Félix Gª Moriyón
Fuente: Kaosenlared [18.01.2006]
La única fuente de riqueza es, en última instancia, el trabajo humano.
Recuerdo que allá por los años ochenta se publicaron algunos trabajos en los que se auguraba el fin del trabajo. Es decir, se pensaba que gracias a los adelantos técnicos y al consiguiente incremento de la productividad, se avanzaba hacia una sociedad en la que los seres humanos iban a trabajar menos horas al año y menos años en su vida. De algún modo se generalizaba lo que había ocurrido con el trabajo agrícola. En poco más de tres o cuatro décadas, el campo en los países más industrializados se había vaciado, el porcentaje de la población activa dedicada a la agricultura había caído espectacularmente, acelerando así una tendencia que se arrastraba desde la primera revolución industrial. Y lo mejor de todo: la producción agrícola no había disminuido, sino que se había incrementado. En el caso de España, el fenómeno se dio en los años 50 y 60.
Lo que ha ocurrido ha sido, sin embargo, algo bien distinto. Si por algo se caracteriza la evolución de la economía española en las dos últimas décadas es por la creación de empleo a un ritmo bastante sostenido. Si a finales de los años 70 había en España alrededor de 12 millones de trabajadores, el último censo de Población Activa eleva el número a más de 19 millones. Y si bien ha aumentado drásticamente la población en España, a lo que hay que sumar la incorporación de los inmigrantes, la cifra porcentual de parados ha decrecido y se sitúa en el 8,42 %, una de las cotas más bajas de las últimas décadas, en concreto de la etapa de la restauración democrática iniciada en 1978. Y todo eso sin contar con la economía sumergida que sigue desempeñando un importante papel en nuestra sociedad. La tendencia, por otra parte, es extensiva a todo el mundo, pues en todas partes se está creando empleo.
Una vez más, como ya ocurrió con las predicciones realizadas por los luditas en el siglo XIX, el avance tecnológico no supone en absoluto una destrucción de empleo, sino una reestructuración del mismo, debido a la cual en unos sectores disminuye drásticamente y en otros sectores crece. A corto plazo, por tanto, parece que nos espera trabajar más personas durante más años. Por si quedara alguna duda, en los proyectos que maneja el gobierno hay algunos que van en esa línea. De entrada se pretende acabar con las jubilaciones anticipadas, una fórmula de la que se ha abusado en tiempos recientes para favorecer las reestructuraciones empresariales cargando una parte importante de los costos a la sociedad en general. Además se está proponiendo seriamente retrasar la edad de jubilación hasta los 70 años o, en el peor de los casos para nuestros planificadores macroeconómicos, incentivar que la gente continúe trabajando. Supongo que eso se conseguirá poniendo algunas trabas más, del estilo de la exigencia actual de haber trabajado al menos 35 años para tener derecho a la pensión máxima. Por último ya hay voces que sugieren la posibilidad de adelantar un año la edad laboral, permitiendo que trabajen los adolescentes con 15 años.
La propia evolución del modelo económico muestra la misma tendencia, reforzando el efecto de esas medidas políticas. Las hipotecas a 50 años para comprar una vivienda no deja de ser un buen instrumento para atar a la población a un puesto de trabajo de por vida. Los planes de pensiones acentúan el modelo de capitalización, con lo que los trabajadores se ven obligados a generar más dinero y dárselo a los gestores financieros para que se lo administren. Y lo es igualmente la invasión del ámbito del ocio y el tiempo libre por la economía de mercado. Cada vez resulta más difícil disfrutar del tiempo libre sin gastar dinero, lo que fuerza a las personas a trabajar para poder pagar esos gastos extras. Por eso tenemos que seguir trabajando todos mucho más de lo que sería deseable.
Por eso, el crecimiento se percibe desde las diversas perspectivas con las que podamos abordar el mundo del trabajo. Se ha incrementado igualmente el número de personas que trabajan, siendo en estos momentos la tasa de ocupación del 57,43 %, una cifra también desconocida hasta ahora, pues las tasas de ocupación de la población activa estaban a principios de los años 70 en torno al 40%. Ha crecido también mucho el porcentaje de mujeres que trabajan, en un grado algo superior al de los hombres, pues en estos momentos trabajan ya el 46% de las mujeres, mientras que en 1996 sólo lo hacían el 32,9%. Y como no podía ser menos, la actividad laboral se expande a territorios de la vida social que hasta hace poco estaban reservados al trabajo doméstico no remunerado. La nueva ley de Dependencia va a consagrar, reforzar y estimular la mercantilización de todo el ámbito de la atención a personas con dependencias.
Lo que está igualmente claro es que ese incremento del trabajo se caracteriza por dos rasgos muy claros: una precarización del mismo y una degradación de las condiciones laborales, tanto en el salario bruto directamente percibido todos los meses como en el salario diferido que se percibe en prestaciones sociales. El trabajo es precario porque aumentan las posibilidades de ser despedido y vuelto a contratar, rompiendo la estabilidad en el empleo y lo es también porque se acentúa la movilidad geográfica. Es además un trabajo degradado también porque, en contra de lo que pueda parecer, no exige grandes niveles de preparación, al menos no lo exigen muchos de los puestos de trabajo que se crean tanto en el sector de servicios como en otros.
Nada de bromas: a corto y medio plazo toca trabajar más tiempo en todos los sentidos. Y si nos paramos a pensarlo, la evolución no deja de ser lógica y coherente con la expansión del capitalismo neoliberal que ahora nos ocupa. Es cierto que, como en todo fenómeno social, son muchos los factores que inciden en este proceso, pero hay uno que no debemos nunca olvidar. La única fuente de riqueza es, en última instancia, el trabajo humano. Y la única manera que tienen los detentadores del capital de incrementar y mantener su capacidad de acumular riqueza es ampliando el número de personas que trabajan —pues es su trabajo el que genera riqueza— y degradando las condiciones de trabajo para garantizar que la participación del capital en el reparto de la riqueza creada aumente.
No se trata en absoluto de una evolución inevitable, sino que es el resultado de la correlación de fuerzas que en estos momentos se da en nuestra sociedad. En las constantes luchas por el control de la economía y por la apropiación de los excedentes de producción, llevan en estos momentos la voz cantante los diversos sectores que configuran el bloque dominante, mientras que están en posición débil los sectores que se agrupan en torno al mundo del trabajo asalariado, por no hablar ya de quienes ni siquiera tienen la “fortuna” de ser explotados en un puesto de trabajo.
Pero además se está perdiendo una posibilidad todavía más interesante. La de una sociedad en la que el trabajo asalariado ocupe una porción menor de nuestra vida, dando paso a una vida en la que el tiempo libre y el ocio adquieran cierto protagonismo. Se pierde la posibilidad de una definición alternativa de la riqueza de los seres humanos y de su bienestar, que debe ponerse en otros objetivos, en aquellos que guardan mayor relación con el crecimiento personal y comunitario. En una sociedad con unas relaciones sociales diferentes, el incremento de la productividad hubiera provocado otros resultados mucho más acordes con lo que son las necesidades profundas del ser humano: reducción del trabajo asalariado y crecimiento del tiempo libre para dar salida al trabajo creativo que todos deseamos realizar.
Filed under: D5.- Trabajo, ocio |
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