Procesos complejos, preguntas múltiples

Por: Bernardo Subercaseaux*
Fuente: www.mav.cl

* PhD en Harvard Profesor y Director de la Escuela de Postgrado, Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile Autor de «Historia, literatura y sociedad», Editorial Documentas, 1991 «Chile, ¿Un país moderno?», Ediciones B, Grupo Editorial Zeta, 1996,» Historia de las ideas y la cultura en Chile», Editorial Universitaria, 1997

Preguntarse por las identidades nacionales, en un marco de integración de las Américas, y en el umbral del año 2000, obliga a reflexionar sobre tres tópicos distintos aunque vinculados entre sí: la concepción de identidad, el fenómeno de la globalización y el tema del «proyecto» nacional o regional.
I. Identidad y discursos identitarios

¿ Qué se entiende por identidad o por identidad nacional? Hay al respecto distintas concepciones. La visión más tradicional concibe a la identidad nacional como un conjunto de rasgos más o menos fijos, vinculados a cierta territorialidad, a la sangre y al origen, como una esencia más bien inmutable constituida en un pasado remoto. A esta concepción esencialista se vinculan posturas como el purismo cultural o la visión dual de la cultura latinoamericana, esa visión que la percibe como una cultura conformada por una parte por lo autóctono, lo propio de raigambre campesino o precolombino y, por otra, por lo letrado, lo europeo, lo foráneo. Desde esta postura, lo nativo adquiere un carácter de resistencia cultural frente a las amenazas de deculturación o de pérdida de identidad; se tiende así a concebir todo cambio o alteración de los rasgos constituyentes básicos como una pérdida de identidad o como una alienación. Por el contrario, si la identidad nacional no se define como una esencia incambiable, sino más bien como un proceso histórico permanente de construcción y reconstrucción de la «comunidad imaginada» que es la Nación, entonces las alteraciones ocurridas en sus ele- mentos no implican necesariamente que la identidad nacional o colectiva se haya perdido, sino más bien que ha cambiado

Desde otro punto de vista hay quienes conciben a las identidades colectivas o a la identidad nacional como algo carente de sustancia, como entidades meramente imaginarias o discursivas, como objetos creados por la manera en que la gente -sobre todo los intelectuales hablan de ellos (la identidad desde esta perspectiva siempre tendrá la estructura de un relato y podrá ser escenificada o narrada como evolución, como epopeya, como pérdida, como una crisis o como proyecto).

Para otros, en cambio, frente a esta postura de tinte postmoderna, la identidad es más bien extradiscursiva o prediscursiva y la conciben, por ende, como una mezcla de tradiciones, lenguas, costumbres y mitos; aquéllo que conforma los modos de ser o el carácter de un pueblo, y que constituye una realidad operante más acá o más allá del discurso, una realidad a la que tenemos acceso vivencial o fenomenológicamente cada vez que estamos entre argentinos, chilenos, brasileños, norteamericanos, panameños, mapuches, cubanos, etc.

Hay también concepciones de la identidad que admiten los dos componentes: el imaginario y el extradiscursivo.

Desde otro ángulo puede establecerse una conexión entre los principales hitos de la historia latinoamericana, la ideología predominante en cada época y las concepciones de identidad o la construcción de discursos identitarios. A comienzos del siglo XIX, en el momento de la emancipación: una perspectiva americanista construida en la negación del pasado colonial; luego, con la construcción de la Nación en una perspectiva liberal: la concepción de una identidad homogénea o monoidentidad, asumiendo un concepto de identidad nacional que, desde el paradigma de la civilización europea, niega al «otro», sea este el indio, el negro o la mujer.

Posteriormente, a comienzos del siglo XX, con la construcción de lo nacional-popular, y la ideología revolucionaria: una concepción de la identidad vinculada a la idea de «mestizaje», concepción que va paulatinamente integrando a diversos sectores sociales y étnicos (capas medias y populares, indios, negros), tratando de armonizar estas inclusiones con la concepción tradicional de identidad nacional, proceso que continúa durante gran parte del siglo XX. Luego; en la década del 60, la utopía revolucionaria y la consiguiente rearticulación latinoamericanista desde el vector político.

Finalmente, el momento histórico actual, en que la Nación y el Estado pierden competencia en la vida sociocultural, y en que, en un clima ideológico postmoderno y multiculturalista, emergen identidades nómades, desterritorializadas, fragmentadas, híbridas, identidades locales que (no) pueden ser integradas en el concepto de «identidad nacional» mediante un forcejeo voluntarista que busca amortiguar los efectos de la globalización en curso. Se trata de una etapa en que campea lo múltiple y lo heterogéneo, y en que, por ende, no se pueden reducir los diversos modos de ser argentino, brasileño, ecuatoriano o mexicano a un paquete fijo de rasgos arcaicos, a un patrimonio monocorde y ahistórico»

En relación al pensamiento latinoamericano puede señalarse – desde un punto de vista histórico que en el continente, sobre todo a partir de fines del siglo XIX, se da un proceso pendular y una suerte de contradanza entre discursos modernizantes e identitarios. Actualmente, al parecer, estamos saliendo de décadas en que predominó el discurso modernizante; hoy, todo indica que están resurgiendo ciertas voces identitarias.

El breve recorrido efectuado permite, creemos, vislumbrar la complejidad del tema en cuestión, como también algunos de los caminos posibles para abordarlo.

II. Globalización ¿amenaza u oportunidad?

El mismo video clip, la misma señal por cable, la misma comida rápida, la misma música juvenil en lugares tan distantes como Katmandú, Belfast y Santiago. Se habla de cultura estereotipada y de uniformación transnacional de la cultura. Vivimos, se afirma, desde hace algunas décadas, tanto en América Latina como en el resto del mundo, un nuevo escenario cultural. Un escenario en que predominan la » massmediatización» , la internacionalización y la organización audiovisual de la cultura, un escenario complejo en que se rompen las viejas demarcaciones culturales (entre lo culto y lo popular, entre lo nacional y lo extranjero, entre lo tradicional y lo moderno), un escenario en el que emergen dinámicas de hibridación de culturas y subculturas que dan lugar a identidades nuevas y múltiples, sin el apego a las viejas territorialidades nacionales. Y tras todo ello, el fenómeno de la » globalización».

El propio concepto de » globalización», no deja de ser problemático; pues conlleva la idea de un fenómeno homogéneo que afectaría a todos los involucrados de la misma manera, un mar compartido en que los tiburones y las sardinas dejarían de ser tales. Algunos estudiosos prefieren, en la tradición francesa, el concepto de » mundialización» , por cuanto apunta mejor a la doble dimensión de integración y exclusión de la actual fase de desarrollo capitalista. » Mundialización» supone agentes y hegemonías, mientras la » globalización» insinúa un proceso que se auto reproduce con una dinámica interna propia, a la manera de una formación coralífera. En el plano económico -eje del proceso de la globalización o mundialización- significa incrementar la Coordinación de la economía por el mercado y reducir la coordinación de la economía por el Estado (economía que incluye, entre sus productos más dinámicos, la comunicación, la tecnología y los bienes culturales).

Se habla mucho de globalización, se trata sin embargo de un fenómeno complejo, con varias aristas e insuficientemente estudiado y conocido (incluso por los recaudadores de impuestos de los distintos países).

Cabría distinguir, aunque sean procesos interconectados, entre la globalización o mundialización del sector financiero; la globalización de los modos de vida y modelos de consumo; la globalización de la tecnología y la ciencia; la mundialización de los mercados, y la globalización de la percepción de la condición humana. Del desglose anterior se puede colegir que la globalización conlleva aspectos que operan estrictamente en el plano económico y social y otros que operan en el plano simbólico-cultural.

En el plano económico-social los informes de los organismos internacionales (Cepal, PNUD, Unicef) suelen ser más bien pesimistas respecto al escenario social de América Latina en los tiempos de la globalización. A menudo presentan indicadores alarmantes sobre pobreza y aumento de la inequidad en la distribución del ingreso, tasas de deserción escolar y trabajo infantil. Hay, incluso, quienes plantean que la reciente integración simbólica y » massmediática» del mundo es una suerte de placebo adormecedor (circo en vez de pan), para calmar los efectos de la desintegración económica y social que conlleva el proceso.

Resulta, sin embargo, riesgoso trasladar mecánicamente el pesimismo que se da en los temas económico-sociales a los temas de identidad, imaginario social y consumo cultural en un mundo global..Es verdad que la globalización en curso acarrea un aumento de la cultura estereotipada (para algunos contracultura ), una pérdida de la competencia de la Nación y del Estado en el campo cultural o comunicativo y una disolución de las monidentidades nacio- nales más perdurables y tradicionales. Pero también es verdad que, junto a estas dinámicas homogeneizadoras, hay también dinámicas de heterogeneización y de aparición de nuevas voces e identidades culturales que, aún cuando no tengan una proyección nacional, implican un enriquecimiento de la vida cultural.

Los casos de vinculación de grupos indígenas, con el movimiento ecologista y con el ciberespacio (Internet) indican que con la globalización, en América Latina, están ocurriendo dinámicas nuevas e imprevisibles que, lejos de significar una pérdida de identidad, pueden potenciar la misma, sobre todo cuando se trata de grupos que han sido claramente desmedrados en la constitución de lo nacional, como ha sido en el pasado el caso de las etnias, de los jóvenes y de las mujeres. Intelectuales y artistas de provincias perciben en la globalización oportunidades que nunca les dio el tradicional centralismo de la capital. Coexisten, por ende, señales de uniformación cultural trasnacional, con señales de multiculturalismo y pluralismo cultural. Señales que dan razón a los «apocalípticos» y señales que dan razón a los «integrados».

Hay estudiosos que, en América Latina han puesto de relieve las dinámicas de diferenciación y el proceso constante de constitución de nuevas identidades y voces culturales a que estamos asistiendo. Se afirma que en la trama de la cultura de masas y en la comunicación actual se juegan, de modo creciente, dimensiones claves del ser social. Se afirma también que la Nación ha experimentado un deterioro como contenedora de lo social y lo cultural, siendo reemplazada por equipos deportivos, corrientes musicales o modas de vestirse. Son aspectos que se hacen evidentes en la «juventud visible» de nuestros países, en las barras bravas, en los raperos o en la sensibilidad rock and pop. Se trata, qué duda cabe, de voces e identidades culturales nuevas, pero cuyo espesor y perdurabilidad pueden ser razonablemente cuestionadas (no desde un punto de vista de expresividad social pero sí desde un punto de vista estético). Cabría, en efecto, preguntarse ¿qué significa la constitución de una identidad cultural o de un «sí mismo» en torno a una moto Yamaha, una casaca de cuero, un estilo musical o un club de fútbol? Se ha señalado que MTV Latina (señal por cable de video clips musicales con sede en Miami) ha sido más efectiva a la hora de cumplir el sueño bolivariano de integración latinoamericana que muchos discursos, foros y tratados internacionales. (Aplausos para la integración cultural por la vía del mercado y de la industria cultural). No cabe duda, a partir de ejemplos de esta índole que, efectivamente por la vía del mercado, (musical, de teleseries, comunicación electrónica, canal por cable, etc.), se están dando fenómenos de integración en las Américas. Cabe sin embargo preguntarse, si frente a estas nuevas voces culturales o a estos nuevos «sueños bolivarianos» no estaremos frente a lo que Baudrillard llamaba «utopías profilácticas», – utopías menguadas, sin grandeza y algo tristes – como por ejemplo la «utopía» de una vida sin colesterol.

Por otra parte, frente a estos fenómenos, los intelectuales tradicionales o los intelectuales críticos y sectores de la Iglesia Católica, instalados en el muro de los lamentos, apuntan con el dedo «¡eso no es cultura! ¡es contracultura, son contravalores!».

II. Integración y proyecto

Cuando se habla de integración cultural en América Latina o en las Américas, se está hablando no solamente de «diálogo», ni de meras «relaciones», se trata de «integración», término más fuerte que implica una cierta direccionalidad, un proyecto identitario y una utopía compartida.

El clima intelectual contemporáneo se caracteriza – para bien o para mal – por la carencia de utopías, por pensamientos e identidades débiles, por una atmósfera que algunos llaman postmoderna. En este panorama, en América Latina se divisan tres proyectos o perspectivas de integración, que implican o suponen de alguna manera una postura frente al tema de la identidad nacional.

En primer lugar, lo que podemos llamar el «proyecto operante», el proyecto que se inscribe en el metarrelato del mercado, en el imperio de la economía, en la utopía del crecimiento con excedente (el famoso «chorreo») que se supone nos liberará gradualmente de las lacras de la pobreza y de la inequidad social. Lo llamamos «operante» porque, guste o no, es el modelo que se impone en la realidad. Es el proyecto del mercado, de la «massmediatización», el proyecto que tiene a las industrias culturales y a las empresas como protagonistas del intercambio cultural. Ya en un párrafo anterior nos referimos a los aspectos positivos y amenazantes de las dinámicas que conlleva este «proyecto» operante.

Una segunda dimensión de integración es la que se da en torno a los proyectos contestatarios. El proyecto operante anterior se inserta en una lógica mayor: la del capitalismo tardío en su fase de globalización.

Frente a este fenómeno mundial no se perciben verdaderas alternativas en el sentido fuerte del término, lo que sí hay son propuestas para reformarlo y corregirlo y lo que Freud llamó el malestar de la cultura. Mujeres, indígenas, etnias, jóvenes, ecologistas, corrientes espirituales, asociaciones de consumidores, son núcleos contestatarios, desde los cuales emergen procesos de integración, acompañados de cierta reinvindicación identitaria, propuestas y acciones que buscan corregir o reformar aspectos del proceso de globalización y capitalismo tardío en que estamos insertos.

Curiosamente, como ya señalamos, la globalización al mismo tiempo que constituye una amenaza para las identidades estables, ofrece oportunidades para los grupos contestatarios particularmente por la vía de las nuevas tecnologías electrónicas y comunicacionales. Es conocida la vinculación y el modo en que los indígenas de Chiapas se sirvieron de Internet, en su lucha con el Estado Nacional.

Por último, hay una tercera posibilidad que, de alguna manera, combina los dos proyectos anteriores: el operante y el contestario. En España, a raíz del Mercado Común Europeo, gracias a una ley de 1993, todas las ciudades con una población mayor de 125 mil habitantes, tienen que dedicar una cuota de pantalla cinematográfica de un 30 por ciento al cine europeo. Con una óptica similar, todos los procesos de integración comercial y económicos de América Latina ( como el Mercosur ) debieran ir acompañados por la necesidad de promover un mercado común latinoamericano de libros, de videos, de cine, de televisión, y por medidas que favorezcan la libre circulación y el fomento de la producción conjunta de bienes culturales. Crear, por ejemplo, un fondo latinoamericano de producción y difusión audiovisual. La globalización ha generado en todos los sectores políticos, desde la izquierda a la derecha, una preocupación por lo propio y, por ende, un clima favorable para este tipo de medidas, incluso para una cierta regulación de las industrias culturales transnacionales. Eso es precisamente lo que ha hecho el Mercado Común Europeo: industria cultural más regulación estatal y más una cuota de proteccionismo a lo propio.

Parafraseando un artefacto poético de Nicanor Parra («la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas»), puede decirse también que los intelectuales y artistas latinoamericanos, más las industrias culturales, más el Estado y más los movimientos contestatarios, jamás serán vencidos. A partir de esta suma pueden irse generando aire y espacios de acción que permitan ir corrigiendo desde adentro los desequilibrios que el actual sistema conlleva.

Estamos conscientes de que, más que respuestas a los dilemas de la identidad nacional en tiempos de globalización, hemos esgrimido preguntas que quedan abiertas, o delineado ángulos para el abordaje y la reflexión sobre el asunto.

Valga por lo tanto, para terminar, una cita de Federico Nietzsche que relativiza o pone en cuestión incluso el tema que nos ha convocado. «No debemos hacer caso – dice Nietzsche a los que se lamentan de la pérdida de costumbres locales, trajes, usos, fueros, dialectos, formas políticas, etc. Sólo a ese precio nos podemos elevar a lo supranatural, a los fines generales de la humanidad, al saber, fundamento de lo humano, a la comprensión y al goce del pasado, de lo no vernáculo; en suma, sólo así podremos dejar de ser bárbaros»
 

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