Esencia de la doctrina política de la propaganda

Por: G Arbátov
Fuente: Parte del libro: «El aparato de propaganda político e ideológico del imperialismo» 

Las concepciones que dominan entre los especialistas en la teoría y la práctica de la propaganda política se reducen a que la tarea del propagandista consiste en influenciar no sólo en el intelecto, sino más todavía en las emociones del hombre. Semejante enfoque significa que el influjo ideológico se suplanta, en esencia, por el psicológico (en la acepción que este término ha adquirido después de Freud). De ahí, sin duda, el crecimiento del papel que desempeñan los psicólogos en la propaganda. Este enfoque lo comparten también los más «moderados» de los especialistas contemporáneos. Por ejemplo, L. Fraser, al definir la propaganda como «actividad o arte de inducir a otros a emprender el camino que ellos no hubieran emprendido si no existiera la propaganda», escribe: «Nosotros podemos, sin duda, influir en la conducta de los hombres, apelando sólo a su intelecto, pero, si procedemos así, no hay norma alguna que permita calificar nuestra actividad como propagandística (en opinión de Fraser, en este caso se trata de «ilustración». G. A.)… De ahí emana que la propaganda apele, en todo caso en mayor grado, directa o indirectamente, a las emociones». Y continúa: «¿Con qué emociones puede operar directa o indirectamente la propaganda? La respuesta es que con todas ellas: las emociones simples, tales como el miedo; las emociones complejas, como el orgullo o la propensión a las aventuras; las emociones indignas, como la avaricia; las emociones elogiables, como la simpatía o el autorespeto; las emociones egoístas, como la ambición; las emociones dirigidas a otros, como el amor a la familia. Todas las emociones e instintos humanos proporcionan a los propagandistas, en uno u otro tiempo, los medios necesarios para influir, o tratar de influir, en la conducta de quienes son su blanco».  El profesor de la Universidad de Bordeaux, J. Ellul, al describir la propaganda política moderna, que ha pasado a la «utilización de métodos psicológicos y psicoanalíticos de profunda influencia en el individuo», expone el mismo punto de vista con mucho más descaro. «En la propaganda —dice Ellul— no se trata ya, ni mucho menos, de decir abiertamente en una revista o una emisión radial qué es lo que debe pensar o en qué debe creer un individuo, según el deseo del propagandista. De hecho, el problema se plantea así: obligar a una u otra persona o, más exactamente, a cierto grupo de personas, a actuar de modo determinado. (¡Cómo se consigue esto? A la gente no se le dice directamente que actúe do este modo y no de otro, sino que se busca un truco psicológico que provoque la reacción correspondiente. Este truco psicológico los propagandistas lo califican de ‘estímulo’. Como se ve, la propaganda no tiene ya nada de común con la difusión de ideas. No se trata ya de la difusión de ideas, sino de la difusión de estímulos, es decir, los puntos de vista psicológicos o psicoanalíticos que pueden provocar ciertas acciones, ciertos sentimientos, ciertos impulsos místicos». Por lo demás, uno puede preguntar: ¿acaso no utiliza y no difunde ciertas ideas la propaganda burguesa y no polemiza, en particular, con el marxismo leninismo, con las ideas comunistas? En efecto, esta polémica tiene lugar siempre, incluso en la propaganda masiva. Pero si se piensa bien, las propias ideas e ideologías se emplean en esta polémica más bien como «estímulos» dirigidos a las emociones e instintos que como sistemas de opiniones y argumentos que apelan a la razón. Por ejemplo, en el mayor número de casos no se trata de someter a discusión el comunismo como tal, sino de crear un cliché que provocaría en el auditorio ciertas emociones (miedo, abominación, etc.) y de convertir los conceptos «democracia», «mundo libre» y otros en símbolos inseparables del capitalismo y que originan reacciones favorables. Estos métodos se difunden cada vez más en la propaganda imperialista, destinada para el auditorio de masas. Se puede tropezar a veces con los intentos de probar que en este caso la propaganda sólo sigue los deseos e inclinaciones de un auditorio que no quiere reflexionar, confrontar ideas y pensar independientemente y que prefiere buscar soluciones y explicaciones fáciles de entender y que correspondan, además, a los deseos iniciales de los hombres. No hace mucho que un autor de EE.UU. escribía en este sentido lo siguiente: la causa consiste en que en la actualidad la lógica «pierde» su papel, pues los hombres creen sólo en lo que quieren creer. Por eso, precisamente, a juicio de este autor, para convencer al auditorio es importante influir siempre no tanto en la razón como en las emociones, pues en este caso cada uno, además de recordar tus argumentos, los utilizará luego para su «autoconvencimiento». Semejante enfoque no resiste la menor crítica, ya que la propaganda imperialista especula con las emociones debido no a la imperfección del modo de pensar lógico del auditorio, ni mucho menos, sino para inculcarle opiniones contrarias a la lógica que refleja los verdaderos intereses y objetivos de los hombres. Lo afirma sin rodeos el ya mencionado Choukas, al decir que «los métodos propagandísticos… persiguen siempre el mismo objetivo: crear a un hombre privado en absoluto de todas las capacidades que le permitan comprender la situación de las cosas y pensar de modo crítico y sensato, un hombre reducido al estado inferior, emocional, en que puede actuar sólo bajo la influencia de los incentivos y fuerzas orientadoras exteriores y, por consiguiente, artificiales». Se puede decir que esta orientación de la propaganda no introduce, en esencia, ninguna novedad. Pero anteriormente esto se hacía más bien intuitiva y pragmáticamente, mientras que en la actualidad se hace sobre la base de los datos de la ciencia que elabora todo un arsenal de procedimientos y métodos para influir debidamente sobre las masas. Es un cambio asombroso en comparación con las concepciones burguesas de los siglos XVIII y XIX, en las cuales predominaba el enfoque del hombre como un ser para dirigirse al cual se debía utilizar argumentos que apelasen a la razón, al intelecto. Dos factores principales constituyen, por lo visto, las fuentes de la actual concepción de la lucha ideológica, de la propaganda. El primer factor es la crisis de la ideología burguesa que obliga a recurrir a otros métodos y formas (no ideológicos) de influencia sobre la conciencia de los hombres. El segundo factor consiste en las nuevas interpretaciones de la naturaleza humana, engendradas en parte, como se ha señalado ya, por las necesidades políticas de la clase gobernante y, en parte, por la dirección que sigue desde Freud la psicología burguesa. Trátase de intentos de explicar las fuentes de la vida psíquica del hombre y, en definitiva, también su conducta, con instintos inconcientes, con emociones e inclinaciones innatas o adquiridas en la infancia temprana, las cuales permanecen imborrables y determinan o vencen al intelecto. En el presente trabajo no se plantea la tarea de analizar semejantes teorías psicológicas. Pero es importante señalar el hecho de que en Occidente se haya visto precisamente en estas teorías la llave a la solución del problema siguiente, planteado ante la propaganda imperialista: ¿cómo se debe proceder para retener la dominación espiritual de las masas en las condiciones en que ha cambiado, en detrimento de la burguesía, la correlación de fuerzas ideológicas? La teoría política de la burguesía imperialista argumentó hace mucho ya la tarea de asegurarle a la «élite» la posibilidad de «manipular» sin impedimentos con las masas. Uno de los medios importantes para el cumplimiento de esta tarea ha sido descubierto en la psicología, con sus búsquedas de métodos necesarios para ejercer una influencia «profundizada» en el hombre, influencia que sea capaz de prescindir de la razón o vencer a la misma. Así ha nacido no sólo la concepción teórica, sino también la práctica política de la lucha ideológica «desideologizada», en que, como parecía y sigue pareciendo todavía a muchos, se podría pasar del campo del combate ideológico, que es desventajoso y promete derrotas cada vez más graves, a un terreno más prometedor, divorciado de las realidades sociales e indiferente a las mismas, que consiste en la intervención directa en la vida psíquica de los hombres, donde dominan más bien los mecanismos fisiológicos y psicofisiológicos que los socioideológicos. A. Sturminger aclara el objeto de que se trata concretamente. Dice que el objeto de la propaganda política es siempre el mismo: la «naturaleza humana». Con la particularidad de que tiene significado decisivo la especulación con los «elementos psicológicos» tales como la «praesperanza» y el «pramiedo» y con los «atavismos de la humanidad» que «pueden ser revelados y puestos de manifiesto fácilmente» en el período de excitación, «despertando e instigando los impulsos e instintos viles». Al describir el «aporte» que hacen a ello los psicólogos, Sturminger concluye: «En una palabra, se intenta efectivamente por todos los medios estudiar el ‘elemento irracional’ de pensamiento y de los sentimientos para poner el resultado de este estudio al servicio de la propaganda política» . El profesor P. Linebarger, de EE.UU., al definir el lugar que le corresponde al psicólogo en la propaganda, escribe que este último «es capaz de decir cómo se puede convertir las pasiones en resentimiento, la ingeniosidad individual en cobardía masiva, las desavenencias en desconfianza y los prejuicios en furia. El psicólogo lo logra dirigiéndose a los sentimientos inconcientes que le sirven de material de partida» Esta concepción de la lucha ideológica constituye, en esencia, una respuesta de los teóricos imperialistas al hecho que ellos refutan y, al mismo tiempo, comprenden intuitivamente el hecho de que la ideología tiene un carácter objetivo y las ideas, opiniones y concepciones de los hombres dependen de su ser social. Se trata, ni más ni menos, de un intento de ofrecer a la política un medio necesario para superar los factores objetivos desfavorables para ella; se trata de la lucha ideológica con ayuda de la intervención subjetiva en la esfera del pensamiento y la conducta humanos. Está claro que los teóricos burgueses de la propaganda, a excepción de los adeptos más fanáticos de la psicología «profundizada», no puede negar directamente la ligazón existente entre el pensamiento humano y la realidad objetiva, así como la influencia que ejercen en el mismo no sólo lo «inconsciente», sino también las condiciones económicas, sociales y políticas de vida. De ahí una concepción importante más, la de la «información» que debe superar también la acción de los factores objetivos en la lucha ideológica y que ha impreso un profundo sello en toda la propaganda imperialista. La idea principal de esta concepción puede ser imaginada al leer el episodio con el que comienza el libro de W. Lippmann, Public Opinión, uno de los primeros intentos de colocar sobre el terreno de la investigación sociológica todo el conjunto de problemas relacionados con la opinión pública y la propaganda. Lippmann relata que en 1914, en una isla oceánica, vivían ingleses, alemanes y franceses. El correo de turno llegó a mediados de septiembre, y sólo entonces supieron ellos que ya hacía un mes y medio que sus países estaban en guerra. Las relaciones entre ellos se hicieron en seguida muy otras. «Las noticias nos llegan a veces con rapidez, otras veces con lentitud, pero tomamos lo que creemos ser una imagen verdadera por el ambiente auténtico». En otras palabras, se trata de que la mentalidad política del hombre depende, ante todo, no de la información que éste obtiene directamente de sus experiencias e impresiones, sino de la información que se obtiene indirectamente —a través de los periódicos, la radio, otros hombres, etc. — y de que esta última constituye la base de formación de dicha mentalidad. Esto conduce a que entre la realidad y el sujeto surgen varios eslabones intermedios, lo que crea ciertas posibilidades de separación de la primera respecto del segundo y de alteración de los nexos objetivos entre el ser social y el pensar social, desbrozando vías complementarias de influencia subjetiva en el propio proceso de formación de ideas, opiniones y puntos de vista. Por ejemplo, se puede suponer que los habitantes de 1as islas de Lippmann no hubieran sabido que entre sus países había estallado una guerra (sobre todo, si se tratase de una guerra breve) y que sus opiniones v relaciones no hubieran experimentado la influencia del «medio ambiente». O, viceversa, que hubiera podido llegar a sus oídos un rumor falso sobre la guerra que les habría obligado a pensar y actuar del modo correspondiente, aunque la realidad objetiva no hubiera ofrecido ningún motivo para ello. De estas premisas se deducen, como es lógico, ciertas conclusiones para la propaganda, tanto en el sentido de la necesidad de limitar la información indeseable como en el de la desinformación, es decir, 1a invención de información falsa o 1a fabricación artificial de los «acontecimientos» que podrían constituir la base de la información deseable. Todos estos procedimientos se conocen desde hace mucho en la política de los Estados explotadores, que han recurrido durante siglos no sólo a la propaganda de ideas y opiniones, sino también a la ocultación (estableciendo el ambiente secreto y la censura) de la información indeseable como a la difusión de la deseable. La sociología y la teoría política burguesas modernas sólo han trasladado estos procedimientos e instituciones políticas del plano de la «sabiduría» estatal intuitiva al plano de la ciencia y han tratado de adaptarlos a las condiciones actuales. Lo último reviste particular importancia. A pesar de la afinidad de los objetivos y procedimientos principales de 1a política de los Estados imperialistas del pasado y de la actualidad, no se puede dejar de ver importantes diferencias existentes entre ellos. Si se trata de la esfera que nos interesa, es necesario señalar en especial e! crecimiento de la conciencia y de la cultura de las grandes masas, el progreso en la esfera de los medios de comunicación e información y las conquistas democráticas de los trabajadores, así como la lucha contra el monopolio que la burguesía gobernante ejerce sobre los medios y fuentes de información, a todo lo cual coadyuva el desarrollo de la prensa progresista, la siempre “amenaza” de la nueva posibilidad de la aparición de Estados socialistas, de sus servicios informativos, etcétera. Estos cambios han modificado esencialmente la situación. En la enorme mayoría de los Estados capitalistas han socavado fuertemente la eficacia de la censura (aunque ésta exista en una u otra forma hasta en los países burgueses más democráticos) y han reducido la eficacia, si no la posibilidad de la difusión, de la calumnia grosera y evidente sobre los hechos de la vida social tanto en su país como en el extranjero. Se entiende que la burguesía imperialista no ha renunciado a los intentos de influir en la conciencia social mediante la intervención en los procesos de información. Por lo contrario, esta intervención ha adquirido mayor envergadura aún. Pero mientras que su metodología se ha perfeccionado, sus vías se han complicado grandemente. «Las novedades —escribe en relación con esto, por ejemplo, J. Martín— son el arma más importante del propagandista. El propagandista que trabaja con éxito, combina novedades favorables y desfavorables, rebajando estas últimas y presentándolas minimizadas e inflando, al propio tiempo, las primeras». Es, naturalmente, la descripción más simplista de los métodos principales de «información», como arma de la propaganda, según lo comprende la teoría burguesa. En realidad, estos métodos son mucho más refinados y pérfidos. Pero ya con esta descripción se hace evidente cómo se debe evaluar los tenaces intentos de los portavoces imperialistas de presentar su propaganda como «información» o sus aseveraciones de que la «verdad» constituye la esencia de esta propaganda. Estas aseveraciones se exponen desde hace mucho tiempo y son cada vez más insistentes. Baste recordar el conocido discurso del Presidente H. Truman, quien dirigiéndose a la Sociedad Americana de Editores de Periódicos, proclamó como base de la propaganda política exterior de EE.UU. la «estrategia de la verdad» —»verdad directa, sencilla y desnuda»—, en tanto que mejor instrumento de lucha contra el comunismo.  Comentando esta declaración rimbombante, el mismo Martin señala no sin ingenio:» Hay que recordar, claro está, que el propagandista tiene un surtido de verdades». Esta opinión la comparte también el investigador norteamericano K. London: «La información es un eufemismo. La información de por sí puede surtir un fuerte efecto propagandístico aún si es verdaderamente objetiva. Puede parecer objetiva también si se compone de noticias tendenciosas, destinadas especialmente para la propaganda. Cabe considerar asimismo el hecho de que la objetividad absoluta en la presentación de novedades no existe en la práctica…»  Las doctrina de la propaganda más perfecta, desde el punto de vista de la burguesía imperialista, prevén los métodos más refinados, esto es, la creación de los «hechos» en los que se basan posteriormente la información y la propaganda. Varios dirigentes de la propaganda oficial norteamericana, tratando de hacerla más eficaz, insisten en la aplicación de medidas necesarias para reducir, si no eliminar, el divorcio existente entre las palabras y los hechos en la política exterior, exigen reforzar la propaganda con las acciones. Eso lo escribe precisamente en el libro La verdad es nuestra arma Edward Barrett, ex asistente del Secretario de Estado de los EE.UU. para las relaciones con la opinión pública. El profesor R. Whitc desarrolla ideas análogas al subrayar que «nuestras acciones deben corresponder a nuestras palabras» y que «la propaganda con los hechos es más potente que la propaganda con las palabras…» Cabe distinguir dos tendencias en semejantes enunciados: una es puramente propagandística y se reduce a recomendar ciertas acciones demostrativas, llamadas a ayudar a la propaganda y reforzar su eficacia, mientras que otra es política y consiste en cierta adaptación de la política a la realidad, en concesiones a las demandas más insistentes de la opinión pública, es decir, se trata de una variedad del reformismo burgués. Como es lógico, la primera tendencia simplemente debe ser desenmascarada, mientras que la segunda, no obstante todos sus puntos de contacto con la primera, supone una actitud más cautelosa por parte de los países socialistas y de todas las fuerzas progresistas, ya que que es necesario ver en ella, además de los intentos de engaño, también las concesiones reales a los trabajadores en la política exterior e interior, el resultado de su lucha por los intereses inmediatos, por las reformas. Una forma peculiar de intervención en el proceso de percepción por el hombre de la realidad circundante consiste en distintos procedimientos de distracción respecto de la información capaz de conducir a la gente a las ideas, opiniones y conclusiones indeseables desde el punto de vista del propagandista. Se trata, en esencia, de los intentos, organizados y sistemáticos, de matar el propio interés de la gente por los problemas reales de la vida social que tienen importancia vital para ella. Esta forma de garantía de la dominación espiritual en la sociedad tampoco representa un principio nuevo para el Estado imperialista. La «distracción» ha sido siempre una de las funciones principales de la religión. En la Roma Antigua había sido formulado ya el principio «pan y circo» que preveía, junto con la satisfacción de las necesidades vitales elementales, distraer a las masas de la política y de la lucha de clase con ayuda de distintas diversiones. Semejante actividad ha cobrado un auge fantástico en la sociedad capitalista moderna. La prensa, la literatura, el cine, la radio y la televisión occidentales, tratan de atraer la atención de las grandes masas trabajadoras hacia el sexo, el deporte, la vida íntima de nuevos «héroes» (estrellas del cine, gangsters, etc.), promovidos artificialmente por la máquina propagandística al proscenio de la vida social, los crímenes, los westerns, las novedades de la música ligera, los nuevos automóviles, etc. El alboroto inverosímil en torno a estos objetos, que se convierte a veces en psicosis de masas, ha llegado a ser uno de los rasgos típicos del modo de vida y la cultura burgueses modernos, en EE.UU. y, posteriormente, en otros países. En la literatura sociológica burguesa se intenta presentar todo eso como un engendro inevitable no sólo de la elevación del nivel de vida, sino también de las modificaciones sociales que han conducido al crecimiento de la influencia de las masas sobre la vida social y la cultura (concepciones de la «cultura de masas»). Varios autores tratan incluso de probar que ésta es una evolución sana, una reacción defensiva del hombre ante las sobrecargas emocionales propias del modo de vida existente en la «sociedad de masas» e «industrial», que tiene un ritmo de desarrollo extraordinario y está colmada de política y propaganda. El secretario responsable de la Asociación Americana de Investigadores de la Opinión Pública, J. Klapper, por ejemplo, afirma en su libro El efecto de la comunciación masiva, que los libros y las radiotrasmisiones que apartan a los hombres de los infortunios de la vida y los trasladan al mundo mítico de héroes y seres felices, ejercen una influencia benéfica, ya que «producen una laxitud mental y, por consiguiente, psicofísica». Klapper disimula no advertir que las diversiones, además de constituir una fuente de grandes ganancias, se convierten cada vez más en un arma importante para el mantenimiento de la dominación ideológica de las clases gobernantes en la sociedad, en un instrumento de depravación de la conciencia y de violencia espiritual sobre las masas. Entretanto, lo reconocen así muchos teóricos burgueses que dedican al «escapismo», a la táctica de «distracción» un lugar notable en la propaganda. A. Huxley, al evaluar la importancia de las diversiones, escribe, por ejemplo, que éstas, igual que otros medios de comunicación masiva, se ven relacionadas en Occidente «no con la verdad ni con la falsedad, sino con lo irreal, con lo que no guarda relación en general, en mayor o menor grado, con la realidad». Esto significa que las diversiones han ocupado en la sociedad moderna el lugar perteneciente antes a la Iglesia. «El otro mundo de la religión —señala Huxley— se diferencia del otro mundo del entretenimiento, pero se asemejan uno a otro en lo más decisivo: no son de este mundo. Los dos fenómenos son distracciones y, si se vive en esos dos mundos continuamente, se convierten, según la frase de Marx, en opio del pueblo y, por consiguiente, en amenaza a la libertad», ya que «las distracciones ininterrumpidas amenazan en Occidente con hundir en un mar de irrealidades la propaganda racional…». «A la sociedad —escribe Huxley— cuyos miembros pasan, en su mayoría, una gran parte del tiempo no aquí, no en la tierra ni en un futuro calculable, sino en otros mundos —que no guardan relación con ellos— de deporte, … de mitología y fantasías metafísicas, le será difícil resistir ante la intervención de quienes podrían manipularla y controlarla». Huxley, igual que otros autores burgueses que se pronuncian contra el acrecentamiento de las tendencias antidemocráticas y reaccionarias en la vida política de los países occidentales, no se inclina a presentarlo como resultado de la acción de ciertos procesos espontáneos. Por añadidura, es difícil dejar de ver que tras la difusión masiva del «opio del pueblo» se ocultan los intereses reales, tanto comerciales como políticos, de quienes concentran en sus manos el poder económico y político. La función de toda la actividad de la burguesía capitalista en la esfera de la información, igual que en la de las distracciones y la cultura, en vez de reflejar la realidad objetiva, se reduce de este modo a crear cierta «realidad» artificial e intervenir con su ayuda en los propios procesos de conocimiento de la realidad por las masas y los individuos para deformar estos procesos en beneficio propio. Es, en fin, la tendencia a oponerse a los factores objetivos de la lucha ideológica con ayuda de la intervención subjetiva, tendencia de la que hemos hablado en relación con las concepciones de la propaganda orientada a lo subconciente, a la especulación con los instintos y emociones irracionales de los hombres. Choukas expone, por ejemplo, de modo bastante figurado, la vía de influencia de estos métodos sobre el individuo y los resultados de la misma: «El individuo, si se le bombardea constantemente con ideas propagandísticas, se aisla tarde o temprano de la realidad… Se destruyen uno tras otro sus nexos con el mundo real, mientras que el propagandista le proporciona paulatinamente todos los consejos que satisfacen la curiosidad del individuo. Cualquier iniciativa desaparece y el horizonte mental del individuo se estabiliza. Todo lo individual se congela y se hace estático. Y por muy grande que sea el poder del individuo, éste cae por completo bajo la influencia del propagandista. El control sobre la conducta del individuo se traslada, en definitiva, de la esfera de su mente a manos del propagandista» (M. Choukas. Propaganda Comes of Age. Washington, 1965, pág. 257). La guerra contra la razón humana es la esencia de dicha tendencia, que se convierte gradualmente para la burguesía imperialista en base de toda su concepción de la lucha ideológica. A diferencia de los oscurantistas medievales que cifraban sus esperanzas, ante todo, en la ignorancia de las masas, actualmente en esta lucha contra la razón humana se aspira a utilizar con creciente amplitud sus conquistas más grandes: los novísimos descubrimientos de la ciencia y la técnica. En este terreno se han hecho ya no pocos ensayos. Pero tienen un sentido más siniestro aún ciertos trabajos de investigación —hasta el presente puramente experimentales— con cuyos resultados puede enriquecerse la propaganda en el futuro. Por cuanto se trata del futuro, antes de pasar a la descripción de estos trabajos, quisiéramos recordar la ya mencionada obra de la literatura burguesa de ciencia-ficción, en la que se ha advertido con exactitud y de manera muy impresionante la propia orientación de las búsquedas de la propaganda burguesa y de la ciencia que le presta servicios. Se trata de la novela de A. Huxley, Brave New Worid, aparecida en la década del 30. Esta novela se ha convertido en uno de los ejemplos verdaderamente clásicos de las obras denominadas «antiutopías». En ella se describe «la sociedad del futuro», el monstruoso mundo denominado con amarga ironía «nuevo» y «bravo», mundo en el que son pisoteados todos los valores humanos —la libertad, la camaradería, el amor y la propia capacidad del intelecto de pensar de manera independiente y creadora—, mundo convertido ni siquiera en un cuartel, sino en una granja gigantesca y magníficamente organizada de «cría de hombres». Como toda obra importante del género utópico (y Brave New Worid figura, sin duda, entre tales, pese a que son erróneas las premisas ideológicas del autor), este libro es una peculiar crítica de la «entidad», aunque, como cualquier otra «antiutopía» (a diferencia de la «utopía»), no contenga proposiciones prospectivas dignas de tenerse como modelo. En el presente caso, la «entidad» es la práctica de los Estados fascistas, así como ciertas tendencias perfiladas también en la vida de los países democrático-burgueses de Occidente. Se trata de los métodos de violencia sobre la personalidad y de esclavización espiritual de las masas que ya entonces se habían extendido ampliamente, de los planes hitlerianos de «saneamiento genético» de la nación y de ciertas investigaciones científicas que podían ofrecer a los dictadores nuevos medios y métodos de supeditación completa de los hombres a su voluntad. El libro Brave New Worid fue concebido por su autor como una advertencia acerca del horrible destino que esperaba a toda la humanidad, si ésta no se apartaba de aquel camino. Estas son las premisas generales del libro de Huxley. En el presente caso nos interesa, en particular, 1a descripción de 1os métodos que emplearía, dentro de varios siglos, en opinión del autor, la tiranía «científicamente organizada» para la esclavización espiritual de los hombres. Algunos de estos métodos se perciben hasta el presente como duramente fantásticos (por ejemplo, en el Nuevo y bravo mundo los hombres «se crían» o «se decantan» en incubadoras especiales, con 1a particularidad de que, agregando unas u otras sustancias químicas a la solución con el huevo artificialmente inseminado, se logra obtener especies humanas de distinta calidad, empezando por especies despiertas (alfa), futuros gerentes, y terminando por semidiotas (épsilon), futuros obreros de baja calificación). Por desgracia, otros métodos no parecen va hoy día tan fantásticos. Esto se refiere, por ejemplo, a los métodos —basados en las realizaciones de la ciencia psicológica— de cultivo en los hombres de ciertos refleios sociales: satisfacción con su destino y situación en la sociedad; desprecio a todos los inferiores de la rigurosa jerarquía social y servilismo ante los superiores, etc. Esto se refiere también a una aplicación amplísima v orientada de todos los tipos de «opio del pueblo», es decir, las distracciones, cuya técnica llega en el libro de Huxley a su perfección máxima, distintos deleites sexual-eróticos. lo que se asegura por la completa libertad de costumbres, la liquidación de la familia, los medios anticonceptivos perfectos y el empleo de narcóticos que provocan embriaguez, pero no tienen consecuencias negativas como el alcohol o la morfina. Esto se refiere, por último, a la selección minuciosa de la información y las ideas que se convierten en patrimonio de las masas (esta selección exigió destruir toda la literatura como tal, comprendida la clásica, de fama mundial, que se convirtió en peligrosa, ya que contiene ideas humanas). Huxley opina que estos medios son suficientes para garantizar el completo aplastamiento de la personalidad, convertirla en instrumento dócil en manos de los dictadores y obligar al hombre no sólo a resignarse a su destino, sino ver en el mismo la dicha suprema. En la década del 30, la mayoría de los lectores podían aún comprender esta novela como una obra literaria puramente fantástica, no obstante tocar ciertos aspectos funestos de la realidad (relacionados, en particular, con el fascismo). Pero pasado un cuarto de siglo, el autor volvió al tema del «nuevo y bravo mundo», esta vez no en una novela, sino en una obra de carácter puramente político. Se trata del ya mencionado libro Brave New Worid Revisited. En este libro, el escritor inglés cambió el tono de ironía mordaz por el de pánico. «Las profecías hechas en 1931 —escribe él— vienen realizándose más rápidamente de lo que pensó. . . La pesadilla de la organización total que he referido al siglo vil del nacimiento de Ford (precisamente desde esta fecha comienza el sistema cronológico en el Nuevo y bravo mundo. G.A.) ha emergido del futuro seguro y remoto y nos espera en la esquina próxima». Uno de los factores principales sobre los que se basaba Huxley, al hacer predicciones tan sombrías, fue, como subrayó él mismo, el progreso en varios sectores de la ciencia y la técnica que prometía a los dictadores del futuro posibilidades ilimitadas de dominio sobre las mentes y el pensamiento de los hombres. ¿Ofrece este hecho fundamento para alarmarse? Claro que sí. Pueden tenerse distintas actitudes ante los resultados de las investigaciones que se realizan intensamente en los últimos años en la esfera de la psicología «profundizada» y hasta en la telepatía, que se evalúan de manera contradictoria, comenzando por su completa negación, como pura charlatanería, y terminando por su reconocimiento total o parcial. Es difícil, por el momento, apreciar también debidamente los experimentos que se hacen en la esfera de la aplicación de los datos de las investigaciones correspondientes a la práctica de la publicidad y la propaganda . Pero no provoca ninguna duda la circunstancia de que en los últimos años han avanzado mucho, en efecto, las investigaciones científicas del mecanismo de los procesos psíquicos y de la influencia que ejercen en los mismos los estímulos químicos, electrónicos y de otra índole. Despiertan graves recelos también ciertas realizaciones novísimas de la farmacología en la esfera de la fabricación de preparados que influyen en la psiquis de los hombres. Nadie negará su utilidad como arma nueva, potente, de lucha contra las enfermedades psíquicas v depresiones nerviosas. Pero ha surgido, además, una nueva esfera peligrosa de abusos con las conquistas de la ciencia y de utilización de las mismas en perjuicio de1 hombre. Los hitlerianos empleaban ya, durante los interrogatorios de los presos políticos, ciertos preparados (por ejemplo, escopolamina) para vencer la voluntad de sus víctimas. Hoy día existen medios mucho más potentes de debilitamiento de la voluntad y deformación de la psiquis, con la particularidad de que no es necesario hacer tomar por fuerza algunos de ellos, ya que, debido al efecto narcótico que provocan, estos medios son ingeridos de buena gana, agravando el peligro, funesto de por sí, de la narcomanía total. Los más conocidos de semejantes medios son «psilocebeen» o «LSD», inventados por científicos de EE.UU. A propósito, estos medios, además de atontar, predisponen a la gente para una actitud mística. Entre los médicos provoca grave alarma también el uso masivo de distintos sedantes que perjudican al organismo e impiden la reacción normal de la psiquis del hombre ante la realidad circundante. Así, pues, el narcótico imaginado por Aldous Huxley se convierte en nuestros días en un medio, no tan fantástico, utilizado para encadenar la voluntad del hombre. Por último, cabe mencionar los experimentos con aparatos electrónicos que se hacen en varios países, en particular en EE.UU. En el periódico francés Arts, se describen del siguiente modo semejantes experimentos que realiza el profesor José Delgado en la Universidad de Yale (EE.UU.): «Delgado ha proyectado crear un aparato electrónico minúsculo, capaz de obligar… a cualquier hombre a matar, por ejemplo, . . .al presidente de la república o empezar a rugir… al oír la palabra comunismo». Una revista de medicina norteamericana comunica que un tal Robert Heath hace «experimentos» análogos en otra universidad de los EE.UU. Al comentar estos experimentos, el observador de Arts escribía con horror sobre un torrente de estimulantes electrónicos que «deforman por completo a los hombres; sus personalidades cambian tanto que se hacen monstruos dementes capaces de cometer las acciones más irresponsables. Así, pues, en junio de este bendito año de 1964, es posible ya provocar la lujuria en cualquier niño, empujar al asesinato a una muchacha y convertir a un maestro provincial en un ser tan sanguinario como un vampiro». «Convertir a los hombres en esclavos», «violar el alma» del hombre: en esto vio con justa razón el periódico francés el objetivo final y el peligro principal de semejantes «investigaciones». Se entiende que, por el momento, son sólo experimentos. Empero, el propio hecho de que estas «investigaciones» se realicen así como los comentarios que se publican sobre ellas, obligan a tomar una posición sumamente seria ante las perspectivas que se perfilan en cuanto al desarrollo de la «ciencia» de manipulación con los hombres, sobre todo si estos «experimentos» se ligan con los esfuerzos de la propaganda imperialista, orientada a enajenar la razón y trasladar la lucha por las mentes de los hombres de la esfera propiamente ideológica, desventajosa para el imperialismo, a la esfera de la «manipulación» con las masas mediante la especulación con emociones e instintos, el aislamiento del hombre respecto del medio ambiente y las influencias directas, extraideológicas, por decirlo así, sobre la actividad nerviosa superior. Muchos investigadores burgueses también protestan con mayor frecuencia contra el carácter antihumano de esta doctrina que viene aplicándose gradualmente en la práctica política. Se puede mencionar, a título de ejemplo, el libro de R. Wüst La guerre psychologique, aparecido a mediados de los años 50 en Suiza. El leitmotiv de este libro es una profunda alarma relacionada con que la humanidad no ha comprendido aún el horrible peligro que emana de la posibilidad de utilizar arma tan potente. «La forma termonuclear de guerra es conocida por todos y provoca indignación universal… El arma psicológica es mucho más secreta… No ha provocado aún ninguna indignación pública ni apelación a la conciencia universal. . . Pero, ¿no es terrible un arma que permite a un Estado moderno mecanizar los espíritus, imponer desde la infancia su dominación y obligar a cada uno a actuar sin pensar?». No se puede considerar arbitraria la analogía que hace R. Wüst entre las armas termonuclear y psicológica. En efecto, en los dos casos se trata de una deformación monstruosa del progreso: las conquistas de la ciencia y de la razón se vuelven contra el género humano y crean un terrible peligro para el mismo. Los científicos burgueses no perciben, por lo común, que en los dos casos la esperanza se vincula con el progreso en otra esfera —la vida social—, el progreso que crea nuevas posibilidades para excluir los abusos de la ciencia, la técnica y los frutos de la civilización. Si se trata del arma termonuclear, tal progreso ha hallado su expresión en el fortalecimiento de las fuerzas de la paz y el socialismo, que_ata de manos al imperialismo y crea nuevas posibilidades para conjurar la catástrofe termonuclear, aunque ,su peligro no se haya eliminado todavía de la vida de la humanidad. Lo mismo se puede decir de los tipos más perfectos, actuales y futuros, del «arma psicológica». El progreso en esta esfera, condicionado por las realizaciones de la ciencia, se ha desenvuelto en la época en que no es menos rápido el desarrollo de las fuerzas sociopolíticas, opuestas a los depravadores imperialistas de las mentes. El desarrollo de la cultura, la conciencia y la actividad política de las masas, el crecimiento de la lucha por la democracia y la siempre presente influencia de las s ideas socialistas, son los factores reales que permiten confiar en que la terrible perspectiva del «nuevo y bravo mundo» quedará como una de las muchas incumplidas profecías de los autores de libros de ciencia-ficción. Pero sería un absurdo dejar de ver que la propaganda imperialista entraña, no obstante, un grave peligro para los pueblos. Esta se ha convertido en instrumento inalienable de toda la política imperialista, instrumento en el que se apoyan tanto esta política como la propia existencia del imperialismo, la reacción y la agresión. La amenaza es real. Esto impone una elevada responsabilidad a las fuerzas que encabezan la lucha de los pueblos por la paz, la democracia, la independencia nacional y el socialismo. Para que la lucha contra la propaganda imperialista tenga éxito, es necesario comprender no sólo sus planteamientos generales, sino también sus métodos concretos.                     

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