Por: Bob Avakian
Fuente: Obrero Revolucionario #914, 6 de julio, 1997
¿Qué es lo que, todavía, no han podido hacer los seguidores de la «teología de la liberación» y en general los que proponen basarse en la Biblia (u otras escrituras religiosas) para oponerse a la pobreza, la opresión, la injusticia y la guerra? El problema esencial es que no han podido hacer una ruptura con la noción de que «no podemos ser buenos sin dios». Se aferran a la idea de que el único modo en que puede haber una sociedad justa–sin pobreza, opresión y guerra–es con intervención divina.
Esa manera de pensar es comprensible. Tengo que confesar (usaré la palabra religiosa «confesar») que cuando estalló la guerra del Golfo y «gracias al milagro de la tecnología moderna de comunicación» vi el incesante e implacable bombardeo aéreo de Bagdad y otras partes de Irak, me cruzó por la mente: «Qué bueno sería que Alá, Jah, Yahvé o el que sea tumbara esos aviones imperialistas». Así la cosa sería mucho más fácil.
Pero el problema es que eso no va a pasar. No pasó entonces y no va a pasar. La situación se tiene que resolver por medio de una lucha muy terrenal con fuerzas muy materiales y su manifestación en la superestructura (como la fuerza aérea de los imperialistas). Es comprensible el anhelo de una intervención divina, pero no la va a haber y tenemos que ayudar a las masas a hacer esa ruptura: por medio del proceso de hacer la revolución en el mundo objetivo, de hacer la revolución en el mundo subjetivo de sus ideas, y de la dialéctica entre las dos.
No es únicamente una cuestión de ignorancia versus conocimiento o de «qué bueno fuera» en abstracto. También entra el punto de vista de clase. Generalmente, el punto de vista de clase de los que se aferran a esa mentalidad religiosa es el punto de vista de la clase «del medio», la pequeña burguesía. Esa gente, con su punto de vista pequeñoburgués, siente compasión por los pobres y los oprimidos, y aborrece la guerra; pero aborrece todas las guerras, y no traza una distinción entre opresor y oprimido en la guerra, entre guerra revolucionaria y guerra contrarrevolucionaria.
En general, no quieren ver a las masas de pobres y oprimidos plenamente desencadenadas en lucha revolucionaria y guerra revolucionaria. Eso es muy importante; refleja de modo muy concentrado su punto de vista pequeñoburgués. Le temen a todo el trastorno, torbellino y, sí, destrucción que representaría eso, y de hecho le temen en cierta forma a la transformación cabal de la sociedad y la gente que entraña la lucha revolucionaria. Bueno, no es algo cien por cien. En el campo general de la «teología de la liberación» ha habido gente que ha apoyado (o por lo menos no se ha opuesto) al levantamiento de las masas, a la lucha revolucionaria e incluso a la lucha revolucionaria armada. Pero la tendencia general ha sido oponerse a la guerra y la violencia de toda forma.
Ese punto de vista se ve muy claramente en el libro The Soul of Politics, de Jim Wallis, un cristiano evangélico y activista social. En los ensayos sobre la moral* cité el final de ese libro, en donde Wallis cae, francamente, en una condescendencia sumamente nauseabunda hacia las masas populares, como cuando habla de los esclavos del Sur. Expresa honestamente sus sentimientos, pero con su propio punto de vista. Eso es lo crucial. Refleja el punto de vista de una clase. Describe lo que siente, muy profundamente, cuando está sentado mirando un cementerio de esclavos. Dice que siente su presencia en el cementerio, que siente su dignidad y su nobleza. Dice que los ve como esclavos humildes que esperaban callada y pasivamente la salvación de dios. Para él, poder hacer eso en medio de su terrible opresión, ¡demuestra el valor redentor del sufrimiento y el poder fundamental de no tener poder!
Tal como escribí en los ensayos sobre la moral, leer eso es doloroso; pero más que nada es repugnante y enfurecedor. Allá lleva la manera de pensar de la pequeña burguesía, si no se hace una ruptura, a ver así a las masas. No menciona la heroica resistencia de los esclavos, sus continuas rebeliones, grandes y pequeñas, secretas y abiertas. Como respondí en esos ensayos, el sufrimiento no tiene valor redentor, como tal. El único camino a la redención—o, en realidad, a la emancipación—es alzarse contra el sufrimiento, contra la opresión. Lo que las masas oprimidas necesitaban entonces y necesitan hoy no es «el poder fundamental de no tener poder»; lo que necesitan es el poder fundamental… del poder. Necesitan el poder político para poder transformar la sociedad y eliminar la opresión y la explotación.
El impulso religioso
El interrogante de si la gente y la sociedad pueden ser buenas sin dios está muy relacionado con otro punto que mencionan los ensayos sobre la moral: el supuesto impulso universal religioso de los seres humanos. En los ensayos cité lo que comenta sobre esto Karen Armstrong, autora de un libro muy interesante que se titula The History of God.
Armstrong presenta una visión panorámica de las religiones del mundo (las religiones monoteístas, especialmente). Arranca de la tradición cristiana, pero va más allá y explora los temas universales y unificadores de las principales religiones monoteístas del mundo: islamismo, cristianismo y judaísmo. Afirma que los seres humanos tienen una necesidad universal de religión, de creer en la religión y de realizar actos religiosos. Lo encuentra en toda la historia humana, desde grupos muy primitivos hasta sociedades desarrolladas y establecidas. Eso seguramente corresponde, concluye (al igual que otros), a una necesidad interior innata de los seres humanos de creer en dios. Si no es prueba de la existencia de dios, al menos es prueba de la necesidad humana de creer en la existencia de dios.
Engels habló sobre esto. Observó que, efectivamente, a lo largo de la historia humana, desde los primeros grupos humanos, ha habido un «consenso de los pueblos» sobre religión, un cierto consenso general de que hay dios (o dioses). Observó que las expresiones religiosas tempranas solían ser «naturalistas», con una tendencia a revestir de cualidades sobrenaturales a las fuerzas de la naturaleza (el sol, el viento, la lluvia, el trueno, etc.), a personificarlas y verlas como seres conscientes con cualidades y poderes sobrenaturales. En todas las épocas y las diferentes formas de sociedades divididas en clases, ha habido diferentes formas de religión. Engels lo reconoce, pero lo enlaza con el hecho de que, en esta era, la humanidad está lista para hacer una ruptura radical con la religión, junto con una ruptura radical con las condiciones materiales y sociales que dan pie a la religión, y ha empezado la lucha para hacerlo.
Como decía Engels tan profundamente, en esta etapa del desarrollo histórico la división de la sociedad en clases, y la monopolización por un puñado de la vida económica y por lo tanto del poder político, la cultura y la vida intelectual, no solo es innecesaria; además, es un obstáculo directo al desarrollo y emancipación de la sociedad y de la gente. Engels conecta esto con la religión: dice que en todas las sociedades humanas previas había una base para las ideas religiosas. O, para decirlo negativamente, todavía no había una base para que surgiera una concepción del mundo y una metodología científica, sistemática y global que permitiera entender la naturaleza y la sociedad. Pero la humanidad ha alcanzado esa era y ahora existe la base para esa concepción del mundo y metodología.
Esto nos lleva, nuevamente, a las dos rupturas radicales. Engels habla de las dos: en la esfera material existe la base para eliminar todas las relaciones de explotación, opresión y división de clase; y, en correspondencia, en la esfera ideológica, existe la base para dejar atrás el «consenso de los pueblos» sobre la religión, para rebasar la necesidad de creer en la religión. Las creencias religiosas ya no son necesarias, pero además son un obstáculo directo al desarrollo y emancipación de la sociedad y la gente.
En los ensayos sobre la moral, hablando sobre la cuestión de «si podemos ser buenos sin dios», señalé que eso se debe contestar en dos niveles. Uno, el más básico, es que tenemos que ser buenos sin dios, porque no hay dios. Así que si vamos a ser buenos, tenemos que hacerlo sin dios.
Fuera de eso, lo «bueno» no es una cuestión trascendental universal; como todo, tiene una base social y denota determinadas relaciones sociales (relaciones de clase en una sociedad de clases). Y, como Mao explicara, en la sociedad de clases todas las formas de pensar tienen determinado carácter de clase. Son el reflejo de una época particular, de una sociedad particular y de una posición de clase particular dentro de esa sociedad. Lo que es bueno para una clase no es bueno para la clase opuesta. Así que «bueno» en sí tiene contenido social, un contenido social cuando la sociedad está dividida en clases.
A otro nivel, tenemos que ser buenos sin dios en el sentido de que para alcanzar el bien que representa la moral, la ideología, la concepción del proletariado y los intereses materiales que expresa (para ser buenos en correspondencia con eso), tenemos que ser buenos sin creer en dios, porque solo abandonando esa creencia podemos alcanzar la meta de nuestra clase, es decir, la emancipación de todas las relaciones de explotación y opresión, antagonismo social y división de clases. Solo confrontando la realidad tal cual es; solo adoptando una orientación científica general y consecuente para entender, y cambiar, la realidad; solo dejando de creer en seres y fuerzas sobrenaturales, una creencia que tergiversa y oscurece la realidad; solo así podemos llevar a cabo la transformación revolucionaria cabal de la sociedad y del mundo.
Confrontar al sistema sin la ayuda de dios Mucha gente progresista y de las masas básicas le ve otro aspecto a la cuestión de si «podemos ser buenos sin dios», y esto tiene que ver con mi chiste de que a veces quisiera que existiera Jah, Alá o lo que sea. Las masas definitivamente se preguntan si «podemos ser buenos sin dios» porque muchos captan que «estamos metidos en mucha mierda» (incluso ellos mismos). Y, justamente, si no hacemos bien nuestro trabajo, las masas nos dirán, o pensarán: «¡Están locos! Creen que nosotros vamos a manejar la sociedad y mejorarla. ¡Qué tontos!»
A veces se piensa que estamos hablando de las masas tal como son ahora, sin rupturas radicales, sin una transformación fundamental de su concepción del mundo, y sí seríamos unos tontos si pensáramos que la gente, tal cual es hoy, podría gobernar y transformar la sociedad para acabar con la explotación y la opresión. Efectivamente, tal como son hoy, las masas no lo pueden hacer. Pero lo que es más importante y profundo es que pueden aprender a hacerlo, pueden capacitarse para hacerlo, en el curso de la lucha por transformar el mundo y transformarse a sí mismas en el proceso. Queda otra dimensión de la pregunta de si podemos vivir sin dios: no solo si podemos ser buenos sin dios, sino si podemos confrontar el sistema sin dios.
Mucha gente dice: «Bueno, sí, es una buena idea, la revolución, tumbar el sistema y tirar a la basura toda esta basura; pero no lo podemos hacer por nuestra cuenta. El sistema tiene `Todo eso’, tiene poderío militar y todo lo demás; ¿cómo vamos a lidiar con todo eso si no contamos con la ayuda de Jah, Alá o alguien?» Esta es una pregunta seria de las masas: ¿cómo se puede lidiar con «Toda esa» potencia militar del otro lado. Y tenemos que dar una respuesta de frente y cabal. No podemos sacarle el quite ni dar la impresión de que la respuesta es fácil o de que es una pregunta fácil. Es una contradicción compleja y difícil, y manejarla requerirá un esfuerzo tremebundo y descoyuntador, durante mucho tiempo, para forjar la capacidad de lanzar, librar y ganar una guerra revolucionaria movilizando las masas de oprimidos y apoyándose en ellas. Eso hay que decirlo muy honestamente.
Sabemos la respuesta básica, pero forjar esa respuesta en la práctica, con todas sus diferentes expresiones y manifestaciones a lo largo de todo el proceso, nunca será fácil. Siempre será una lucha y demandará continuas rupturas. Pero lo podemos hacer. Esa es la unidad de opuestos de dicha contradicción: es compleja, pero la respuesta es básica; es difícil, pero lo podemos hacer.
Un punto interesante relacionado es la diferencia que plantean los académicos cristianos entre Jesús y Pablo. Lo que afirma la «teología de la liberación» (y me parece que esto tiene cierta importancia) es que Jesús propuso una forma de vivir—-compadecerse, compartir, cuidar a los pobres y oprimidos—-y que su énfasis era vivir así, en el mundo real. Por el contrario, dicen (y esto entraña cierta verdad), Pablo propuso que la esencia de la religión cristiana es la salvación por medio de la muerte y la resurrección de Jesús.
Para Pablo, esa es la esencia de la religión cristiana: salvarse en otro mundo sometiéndonos a dios. Pablo va más allá y afirma que es necesario someterse a las autoridades terrenales porque deben haber sido ordenadas por el cielo o de lo contrario no tendrían poder. Mejor dicho, tenemos que aceptar el statu quo en este mundo, porque la humanidad solo alcanzará la salvación en la otra vida creyendo en la muerte y la resurrección de Jesús, y sometiéndonos al dios que lo hizo posible.
Efectivamente, esa distinción entre Jesús y Pablo se ve en la Biblia. Pero el problema con esto es que no analiza las limitaciones de lo que Jesús propuso y de lo que dice. Por ejemplo, si uno lee en la Biblia las palabras que se atribuyen directamente a Jesús, a pesar de todo lo que dice sobre amor y compasión, verá que no reclama que se elimine la pobreza y la opresión en este mundo. Como señalé en «Liberación sin dioses», las parábolas que usa, la forma en que presenta las lecciones de su teología, aceptan como un hecho dado (no cuestionan ni condenan) las relaciones de opresión y explotación económica y social de su tiempo, ni su superestructura político-ideológica.
Por ejemplo, para ilustrar la relación entre dios y los seres humanos, Jesús usa una parábola de amos y esclavos. Obviamente no dice que esa relación es mala pues la usa para ilustrar la relación entre dios y los seres humanos. Da por sentada esa relación de amos y esclavos. No dice que hay que luchar contra eso, eliminarlo. Así que lo mejor que se puede decir de Jesús y sus enseñanzas, y de los primeros cristianos en la medida que siguieron esas enseñanzas, es que querían dejar intactas las relación de opresión y explotación, y dentro de esos confines, querían dar consuelo a los pobres y oprimidos. No se propusieron plantear una forma de acabar con esas relaciones.
Sin entrar en demasiados detalles, una cosa que vale la pena notar es que aunque Jesús proclama principios de amor y compasión universal, a la hora de la verdad dice: si no aceptan mi camino, sufrirán y padecerán cuando yo vuelva; habrá llanto y crujir de dientes, desgarramiento de la carne y dolor, porque los que no acepten mi religión serán condenados por toda la eternidad. No son palabras de otro; son las palabras de Jesús. Esto ha contribuido y sentado la base teológica para muchos horrores y guerras religiosas, guerras que, a fin de cuentas, se libran por intereses que se desprenden de las condiciones materiales y las relaciones de la sociedad, pero que se han expresado como conflictos religiosos. Incluso ha contribuido a muchas disputas de doctrina y a matanzas mutuas de sectas cristianas rivales.
Todo eso es parte de la religión cristiana: todas las formas en que expresa las relaciones de opresión y explotación, guerras de conquista y pillaje, y demás. El que no quiera hacer una ruptura con esa religión tiene que aceptar todo esto, todo ese paquete, gústele o no.
La lucha por el pensamiento materialista dialéctico Esto nos trae de vuelta a un punto que he recalcado desde muchos ángulos: la necesidad de librar una lucha ideológica militante por el materialismo, el materialismo dialéctico, en oposición a la religión y todas las otras concepciones idealistas (que tratan las ideas, las ideas del ser humano y/o las presuntas ideas de seres sobrenaturales imaginarios, como la fuerza motriz y decisiva en la realidad). Aunque hay fuerzas religiosas progresistas y radicales con las cuales debemos buscar una unidad política y programática (a la vez que luchamos ideológicamente), hay también fuerzas y expresiones religiosas recontrarreaccionarias, contra las cuales tenemos que librar una lucha sin cuartel. Hay que combatirlas cabal, resuelta e implacablemente; me refiero a los fascistas cristianos, en particular, gente como Pat Robertson, Ralph Reed, la Coalición Cristiana y demás.
De hecho, dejando de lado por el momento el programa político de los fascistas cristianos—que es el meollo de lo que hay que atacar, a nivel ideológico, filosófico y hasta psicológico—las creencias y los «rituales» de los fascistas cristianos tienen elementos en común con los de otros cristianos fundamentalistas, incluso gente que no está en el campo del enemigo. Esto indica lo compleja que será la lucha al respecto. Es tentador caracterizar y ridiculizar todo esto como una «locura socializada, organizada»; y, en cierto aspecto, eso es lo que es. Uno los oye hablar y a un nivel es pura locura, y la única razón de que no estén en un manicomio es porque es algo socializado y organizado.
Mejor dicho, si una persona anduviera por ahí diciendo: «Bueno, el otro día estaba hablando con Hugo y le dije: `Hugo, dame fuerzas para hacer lo que tengo que hacer; Hugo, dime lo que no estoy haciendo bien, ayúdame a portarme bien'». Si esa persona habla con Hugo, pero «Hugo» no existe, uno diría que está loca. Pero si se reemplaza la palabra «Hugo» con la palabra «Señor», está bien. Hace años, hubo una película que se llamaba Harvey; era sobre un tipo que tenía como amigo imaginario un conejo de dos metros y pico, al que le hablaba todo el tiempo. Andaba hablándole todo el tiempo a su amigo imaginario, que naturalmente nadie más podía ver. Los realizadores de la película querían hablar sobre la creatividad y la imaginación. El tipo se la pasaba hablando con un conejo imaginario de dos metros, y sus amigos y familiares estaban preocupados por él. Pero lo que ha debido hacer es llamarlo «Jesús» en vez de «Harvey»; así nadie se habría preocupado.
Obviamente, estoy ridiculizando. Vale la pena hacerlo y es parte de lo que hay que hacer: ridiculizar esa locura. Pero no basta con eso. El fundamentalismo religioso de los fascistas cristianos (y de tendencias religiosas con las cuales debemos buscar unidad política) es una especie de locura socializada, organizada; pero precisamente porque es socializada y organizada, no se ve como locura.
Y en cierto sentido, los que practican eso no están totalmente desconectados con la realidad, aunque hablan con un dios que no existe, porque la realidad es social así como material. La realidad no es solo materia en movimiento en general; incluye las formas particulares de materia en movimiento que son los seres humanos y sus relaciones e interacciones sociales. Y la realidad social «operativa» (si se quiere usar esa palabra) es que la ideología religiosa en general (y especialmente un programa político reaccionario presentado en forma religiosa, como el de los fascistas cristianos) sirve a la clase dominante, y esta la promueve y fomenta de muchas formas. Ese es un aspecto muy importante de esta locura socializada y organizada, de la realidad social a que corresponde. Así que no basta con descartarlo, con decir que es locura socializada y organizada, porque desempeña un papel muy real y crucial para la clase dominante; hay que confrontarlo.
En parte, se necesita librar una lucha ideológica militante por el materialismo y ridiculizar las expresiones más descabelladas y ridículas del idealismo religioso, especialmente las más reaccionarias. Pero además de eso, hay que confrontar el reaccionario programa de los fascistas cristianos y similares, su aspecto político y programático; hay que sacar a la luz del día su manejo perverso y torcido de ciertas ilusiones y prejuicios de la clase media, especialmente; hay que demostrar cómo se ha apropiado de ciertas relaciones y conceptos—como «el derecho a la vida» y «la familia» —y los está usando para promover el fascismo. Hay que desgarrar esto y mostrarlo claramente, criticarlo consecuentemente, para que se pueda ver su propósito político, su intención política y su afán político. Por otra parte, se necesita librar una lucha militante por el materialismo dialéctico, en oposición a todas las concepciones idealistas, todas las concepciones religiosas, incluso las que tienen programas y posiciones políticas más progresistas.
Bueno, estas son algunas ideas sobre confrontar el cristianismo ideológicamente, en varios aspectos, y de la clase de polémicas que tendremos que llevar a cabo. Obviamente, las polémicas que realicemos contra la derecha cristiana—los fascistas cristianos, como los llamamos, y correctamente—deben de ser diferentes de las polémicas y lucha ideológica con fuerzas religiosas que desempeñan un papel progresista: con ellas hay una base para el proceso de unidad-lucha-unidad, mientras que con la derecha cristiana, los fascistas cristianos, solo habrá lucha-lucha-lucha. Así que aunque hay que confrontar las ideas religiosas de todo tipo, en el campo de la ideología, y luchar contra la tergiversación de la realidad que perpetra la religión, nuestros métodos deben ser diferentes con diferentes personas porque son diferentes fuerzas de clase y diferentes contradicciones.
En «El tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo», Mao señala que hay dos clases cualitativamente diferentes de contradicciones en la sociedad (incluso en la sociedad socialista): contradicciones entre el pueblo; y contradicciones entre el pueblo y el enemigo. Las contradicciones entre el pueblo se manejan con métodos no antagónicos. Las contradicciones entre el pueblo y el enemigo se manejan con lucha directa antagónica. Algunas personas que tienen ideas religiosas son amigos, mientras que otras son enemigos; por lo tanto, en la lucha sobre los mismos puntos ideológicos (de religión y demás), los métodos apropiados para unos no son apropiados para otros. Esta es otra forma de expresar lo que dijo Mao en «Sobre la contradicción»: que las contradicciones cualitativamente diferentes se resuelven por métodos diferentes.
Dios no puede dirigir la revolución
Las contradicciones en el seno del pueblo se resuelven por el método de persuasión, no por fuerza y coerción, no tratándolas como antagonismos, no tratando a los amigos como enemigos. Así que cuando luchemos con gente que tiene ideas religiosas pero que, a partir de ellas, quiere tomar partido con los oprimidos (gente que de hecho toma partido con la lucha contra la opresión, por lo menos en aspectos importantes); cuando luchemos ideológicamente con esa gente; cuando propugnemos el materialismo dialéctico en oposición a la religión; cuando demostremos que la religión no puede llevar a una liberación completa y que en última instancia es un obstáculo para esa liberación, debemos hacerlo con camaradería, con respeto hacia esa gente y sus contribuciones, de conformidad con nuestra visión y orientación estratégica de unir a todos los verdaderos amigos contra el enemigo.
Sin embargo, las contradicciones con el enemigo solo se pueden resolver por medios antagónicos. Ahora bien, la lucha en el campo ideológico tiene sus propias particularidades. En ese campo tenemos que desenmascarar y refutar los argumentos de los reaccionarios, como los fascistas cristianos, y demostrar la conexión entre su oscurantismo religioso y sus objetivos políticos grotescamente reaccionarios; y lo tenemos que hacer por medio de análisis y argumentación convincentes. Pero no tenemos necesidad ni base para buscar unidad con esas fuerzas. Es correcto y necesario tratar a esa gente y sus expresiones religiosas–o las ideas políticas e ideológicas que sueltan en conexión con sus expresiones religiosas–como enemigos, como parte del campo enemigo.
Es adecuado que al denunciar a esos fascistas cristianos, y su programa e ideología, nuestra postura sea antagónica. Pero incluso aquí se debe trazar una distinción: cuando digo «fascistas cristianos» me refiero especialmente a los líderes de esas fuerzas–líderes de la Coalición Cristiana y grupos similares–, quienes son representantes conscientes y «agentes» de la clase dominante. En cuanto a sus seguidores, algunos siempre serán reaccionarios hasta el tuétano, pero nuestro objetivo debe ser ganar a cuantos más podamos para que se alejen de eso, o neutralizarlos políticamente, como parte de la lucha general; y las posibilidades serán mayores cuanto más fuerte sea el campo revolucionario proletario política, social e ideológicamente. Pero eso jamás se logrará sin una lucha fuerte e inexorable contra la reaccionaria ideología y programa político que hoy siguen.
Lo que sabe y lo que no sabe Old Dog
Otro aspecto, muy diferente, de la lucha contra la ideología religiosa se puede caracterizar así, tomando como referencia la película «Menace II Society»: «¿Qué sabe y qué no sabe Old Dog?». En esa película hay un personaje que se llama «Old Dog», que al comienzo de la película mata a un tendero asiático y se lleva el videotape del incidente. Luego por fantochear lo muestra y se autodelata, y se mete y mete a otros en un gran lío. Bueno, en un momento de la película «Old Dog» dice: «Los negros están demasiado metidos en la maldita religión, de todos modos». Eso es lo que sabe Old Dog.
(Es interesante, y puede ser un reflejo no tan positivo de la intención de los directores, que le hagan decir eso a un personaje negativo, pero no estoy seguro de eso; habría que investigarlo más.) El tratamiento de esta contradicción en esa película es muy distinto del tratamiento que le da la película «Panther», donde un personaje más positivo habla de que los Panteras creen, y con razón, que «tenemos que rebasar esto de la religión; necesitamos algo más para sacarnos de esta situación de opresión en que estamos». En todo caso, eso es lo que sabe «Old Dog», que la religión influencia demasiado a los negros, y en eso tiene razón (sea cual sea la intención de los hermanos Hughes, quienes hicieron la película). Los negros y las masas en general están demasiado enredados en la maldita religión (es una manera irónica de decirlo, maldita religión, pero la ironía tiene su valor). Bueno, lo que «Old Dog» no sabe es que hay demasiado capitalismo, o sea, demasiada influencia de las ideas capitalistas, de la mentalidad egoísta e individualista, sobre los negros y las masas en general. El personaje «Old Dog» es un ejemplo perfecto de eso. Pero por lo menos sabe la primera parte, que hay demasiada religión. Eso es lo que sabe y lo que no sabe.
Aquí es necesario responder a un argumento que se oye mucho. A veces lo he oído así: «La religión ha sido crucial para la supervivencia de los negros como pueblo». «La pregunta es: ¿es cierto? Bueno, podríamos decir que tiene un aspecto de verdad, en especial hablando del pasado, aunque incluso entonces era un aspecto secundario y no la esencia. La esencia es que la religión ha sido crucial para la supervivencia de los negros como pueblo, como pueblo oprimido, como una nación oprimida dentro de Estados Unidos. Ha sido una parte integral del arsenal para mantener a los negros en la opresión. Y la forma de religión que practican la mayoría de los afroamericanos, el cristianismo, se la impusieron y se la inculcaron sus amos. Esas son sus raíces y, por más que algunos ministros la presenten como algo que pudo haber ayudado en la lucha contra la esclavitud y la opresión, siempre se vuelve a lo que decía yo antes de que esa religión tiene demasiados lastres, está demasiado entretejida con relaciones de opresión y explotación, para que pueda ser un arma en la lucha de liberación. De hecho, ha sido una parte integral del arsenal para mantener a los negros en la opresión. Ha sido y sigue siendo una traba ideológica central para eso.
Esto puede sonar fuerte y puede que a algunos no les guste oírnos decir eso, que se ofendan. Pero es la verdad; es una de esas verdades que duelen pero liberan. Y para representar al proletariado revolucionario y llevarle su ideología liberadora al pueblo, tenemos que decir la verdad. No debemos usarla como un mazo, pero tenemos que decir la verdad; tenemos que armar a las masas populares con un análisis verdadero de la realidad y de cómo se puede cambiar y se cambiará radicalmente.
En el contexto de la situación en Estados Unidos hoy, con la quema de iglesias negras, es sumamente importante ubicar en su debido contexto nuestra crítica de la religión y de su papel con relación a la lucha del pueblo negro (y del movimiento revolucionario en general). Es importante aplicar materialismo dialéctico e histórico a esta cuestión. Mejor dicho, quienesquiera que sean los culpables de esos incendios, su efecto, y muy probablemente su intención, es sembrar terror en la comunidad negra. Busca decirles a los negros: «Ninguna institución de ustedes, por más que parezca segura, respetable y afiliada al statu quo, es inmune a canallas ataques». Así que el efecto y muy probablemente la intención es sembrar un terror general entre los negros, en el contexto de un ataque general contra ellos, el proletariado y las masas oprimidas en general.
Para entender cómo responder a esto correctamente con respecto a la necesidad de librar una lucha ideológica sobre el papel de la religión, se puede trazar una analogía con el voto: es muy importante que le demostremos a las masas populares–a las masas negras y al proletariado de conjunto–que el voto, encima de que no es un medio para que logren cambios básicos en la sociedad ni conquisten su emancipación, es una trampa; es una forma de enredarlas más en la maquinaria política de opresión, de dictadura burguesa, de reforzar el modo de producción vigente, con toda su explotación y opresión de las masas de negros y de todas las masas. Por otra parte, si hoy la clase dominante llegara y dijera: «Bueno, hemos analizado el experimento de dejar que los negros voten y no lo han hecho muy bien, no han demostrado ser votantes responsables, muchos ni siquiera votan, así que les vamos a quitar el derecho al voto», sería tonto, peor que tonto, ser dogmáticos y decir: «Está bien, anulen el derecho al voto porque votar en este sistema no sirve para nada». En tales circunstancias, tendríamos que librar una lucha inflexible para condenar y atacar esa movida de la clase dominante, a la vez que tendríamos que demostrarle a la gente que el voto es una trampa y no es el camino a la liberación.
Esta es la analogía: tenemos que condenar y atacar implacable y militantemente el ataque contra los negros que representa la quema de iglesias negras, a la vez que libramos una lucha ideológica sobre la naturaleza de la religión y sobre su papel negativo en la lucha por la emancipación total.
Dios no puede dirigir el movimiento revolucionario
El punto fundamental que quiero realzar es que debemos decirle la verdad a la gente, sobre todos los asuntos de importancia, entre ellos la religión, a la vez que tratamos de unir a todos los que se pueda unir, entre ellos gentes religiosas con las que nos podamos unir en la lucha en todo momento dado. No es que queramos prohibir a dios–es decir, a las fuerzas religiosas–en el movimiento. En realidad, objetivamente, dios ya está prohibido por el simple hecho de que no existe. Pero no vamos a prohibir la creencia en dios. Digo esto porque el otro día estaba viendo una grabación de una reunión después de la «Marcha de un Millón de Hombres», una conferencia sobre liderazgo negro, y en cierto momento Ben Chavis se puso a arengar que el problema con el movimiento desde los años 60 es que se ha prohibido a dios en el movimiento, que el movimiento ha tenido que ser secular, que ese ha sido el problema y que ahora hay que volver a poner a dios en el movimiento, volverlo a poner de piloto.
¡Naaaa! No queremos «prohibir a dios», pero la religión no puede ser el piloto del movimiento para llegar a donde debemos llegar, para construir un movimiento revolucionario que pueda, un día, tumbar este sistema y dar una liberación cabal y total. De hecho, esa fue una de las cosas excelentes de los años 60, uno de los grandes puntos fuertes del movimiento de esa época, entre los negros y en general: que los revolucionarios estaban cobrando más y más iniciativa, con el Partido Pantera Negra al frente; que se basaban en la capacidad de las masas de liberarse por medio de la lucha revolucionaria; y que estaban resquebrajando la tradición religiosa que tanto ha agobiado a las masas oprimidas. Los predicadores y ministros, en buena medida, sintieron la necesidad y con frecuencia el deseo de reconocer el papel de vanguardia de los revolucionarios, y de seguirlos. Como ha dicho nuestro partido en muchas ocasiones, el problema con el movimiento de los 60 no es que fuera «demasiado radical» o «demasiado extremo» sobre la religión o en general. El problema no es que «fue demasiado lejos», sino que no llegó lo suficientemente lejos, que no logró hacer la revolución para tumbar el sistema. Hoy lo que se necesita es aprender de la experiencia del movimiento revolucionario, avanzar a partir de sus logros e ir más lejos, ir hasta el final; y las fuerzas de vanguardia revolucionaria deben hacer una ruptura más completa con el peso muerto del pasado en todos sus aspectos, por ejemplo la religión. Repito, no es que queramos prohibir a dios en el sentido de prohibir a las fuerzas religiosas del movimiento, y no podríamos hacerlo en la práctica. De hecho, debemos unirnos con ellas donde y en la medida en que se opongan a la opresión y tomen posición con la lucha de las masas; y después lucharemos con ellas para que vayan más lejos en esa posición e incluso para que rompan con sus ideas religiosas, uniéndonos con ellas «en donde estén», ideológicamente, en un momento dado. Pero los predicadores y los ministros no van a liderar al proletariado; tiene que ser al contrario.
Eso no quiere decir que, como representantes del proletariado revolucionario, podamos ejercer la dirección directa en toda lucha o todo el tiempo; pero esa debe ser nuestra orientación estratégica: sentar la dirección proletaria en la lucha en general. No se puede aceptar que los predicadores y ministros dirijan el movimiento. No se puede aceptar, desde un punto de vista estratégico, para satisfacer las necesidades y los intereses básicos de las masas–no de los comunistas en lo abstracto, divorciados de las masas–sino las necesidades y los intereses básicos del proletariado y de las amplias masas, que en última instancia solo el comunismo puede representar. Si los predicadores y los ministros son la vanguardia, no se van a representar esos intereses constante y completamente, y no se va a alcanzar la liberación. Esa es la verdad.
Tiene que ser al contrario: el proletariado tiene que dirigir a todas esas otras fuerzas y capas sociales. Sí, tenemos que conquistar la dirección en la práctica, pero esa tiene que ser nuestra meta y nuestra orientación o no llegaremos a ninguna parte, o mejor dicho no llegaremos a donde necesitamos llegar: a acabar con toda la opresión y explotación, tumbando su fuente y arrancando sus raíces. Bueno, me parece que estas son algunas formas en que tenemos que librar una lucha ideológica muy aguda y polemizar contra la religión y otros asuntos importantes, a la vez que aplicamos nuestra orientación estratégica de unir a todos los que se pueda unir: no solo de extender la mano de la unidad, sino de luchar por forjar unidad tan ampliamente como sea posible, incluso con gente que tenga creencias religiosas.
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