Cómo perdí la religión

Fuente: Obrero Revolucionario #1237, 25 de abril, 2004,

No se puede decir que fue un proceso rápido o repentino; 20 años de inculcación pentecostal y bautista no desaparecen así como así de la noche a la mañana.

Esta carta la escribió un miembro de un nuevo grupo de escritores revolucionarios de Chicago, inspirado por las obras de Bob Avakian.

Mi padre fue un predicador bautista antes de dejarnos: el servicio religioso de los domingos por la mañana era una necesidad. Un día dejó el púlpito y la iglesia (recayó en el pecado, como dice la iglesia). Entonces le tocó a mi madre el turno de enarbolar el estandarte del cristianismo. Antes era una «santa ocasional», pero ahora se sumió de lleno en el cristianismo pentecostal; y de paso yo también. Mi madre fue mucho más allá que mi padre. Ahora no bastaba con el servicio religioso de los domingos. El domingo íbamos a rezar a las 8, al catecismo a las 9, al servicio a las 10, a otro servicio vespertino a las 7; después íbamos a rezar el lunes a las 8, a estudiar la biblia el miércoles a las 7 y a un servicio de «absolución» el viernes a las 7. Me inculcaron que tenía demonios que había que expulsar constantemente. Me dijeron que soltar una sarta incomprensible de sílabas (hablar en lenguas desconocidas) era comunicarse con dios y que lo debía hacer muchas veces. Caer al suelo cuando los ministros me tocaban, decirle con autoridad al aire que «agarrara y echara» al diablo, oír a los «profetas» hablar de la prosperidad que nos esperaba a mi madre y a mí (que nunca vimos), eran simples metonimias de un panorama general de prácticas ideológicas. Esa era mi vida.

Para mi padre, aquello era demasiado «extremo». No pudo aguantar ver a mi madre sacudirse con espasmos cuando la «poseía el espíritu»; ni que ella culpara a los demonios de los problemas matrimoniales; ni que caminara o corriera por horas sin destino de día y de noche porque el «espíritu santo la ungía». Incluso cuando él era un predicador con todas las de la ley, el nivel a que llegó mi madre rebasaba su tolerancia y se fue. Con eso, mi madre se apegó más al evangelio. Como queriendo llenar un vacío, se adentró en un reino metafísico de «principados satánicos», «fuertes del demonio», «maldiciones familiares»: cosas que tenía que «luchar en el espíritu» para triunfar y ser aceptada a los ojos de dios. Yo observé con temor y compasión ese quasi-colapso nervioso, pero ella creía que era la voluntad de dios.

Cuando mi padre se fue siguieron años de pobreza y, después, mi madre y yo terminamos en la calle. Tuve dos padrastros (los dos se consideraban ministros del evangelio), pero mi madre se divorció de ellos porque la controlaban mucho. Después de todo eso, mi madre todavía se enorgullece de haber conservado la fe; cree que este pasado alarmante es un «testimonio» para predicar que dios «estuvo con nosotros» todo el tiempo. Con el tiempo yo empecé a ver otra cosa.

Ese momento llegó cuando empecé a examinar todos los trastornos y el dolor que sufrimos a cuentas de «esta fe». No era solamente que ese dios no nos ayudó a pesar de nuestras arduas oraciones, de ayunar por semanas y de ir a la iglesia casi a diario. No, no era solo eso. Fue que vi lo que le causó a mi madre y a nuestra vida la creencia en dios. Viéndolo objetivamente, vi que no nos estaba salvando de nada sino causando problemas porque nuestras decisiones y acciones se guiaban por lo que nos enseñaba la biblia, lo que nos enseñaban en la iglesia. Mi madre es apenas uno de muchos ejemplos de mi familia en que la religión ha causado angustia continua en las relaciones y en la situación material. Ella, mi familia y mucha gente más que vive «esperando la bendición de dios» en medio de una situación inaguantable me dieron razones de sobra para dejar la religión.

Pero aun cuando tenía sobradas razones para dejar de lado completamente lo que para mí ahora era una ideología obsoleta, no podría hacerlo hasta que no encontrara un modo consecuente de interpretar la realidad y de entrelazarme con ella. Por un tiempo estuve en conflicto. Dentro de mí surgió una fuerte pasión de cambiar esto, no solo para mí sino para todos los oprimidos. Capté que la doctrina del cristianismo sería contraproducente en esa labor. No podía limitarme a tranquilizar a la gente diciendo que vivimos ahora con tanto sufrimiento para vivir otra vida «más perfecta». No podía decir que nuestras tragedias se deben a fuerzas de pesadilla; y tampoco podía decir que todos sufrimos individual y colectivamente porque «es la voluntad de dios». Necesitaba una ideología que no legitimara, apaciguara ni embrollara las causas de la opresión.

En el segundo año de la universidad me tropecé con la verdad. Estaba tomando una clase de oratoria y el profesor nos mandó leer «Predicando desde un púlpito de huesos» de Bob Avakian (lo que me pareció muy raro para una clase de oratoria). Fue un momento decisivo para mí. Hasta este momento no había explorado el discurso bíblico ni el panorama cristiano considerando las ramificaciones políticas y sociales. Consideraba que la biblia era apolítica y separada de los «asuntos mortales». Pero leer «Predicando desde un púlpito de huesos» me llevó a hacer una cosa que la religión critica: pensar críticamente. Amplié mis investigaciones; me metí más en el marxismo y en la biblia para deconstruir todos los paradigmas que por tanto tiempo me inculcó a mí y a tantos otros.

Llegué a la conclusión de que la biblia, con su casi infinita ambigüedad, y todas las ideologías que se basan en ella directa o indirectamente, enseñan impotencia y obediencia y aceptación ciegas. No me serviría como arma ideológica para la resistencia y emancipación de las sufridas masas populares. Pero el marxismo era todo lo contrario; en vez de la impotencia del individuo enseña la fuerza de las masas; en vez de subyugación a seres invisibles (y a los gobernantes que esos seres impusieron al pueblo), enseña resistencia para que los seres humanos controlen su destino. El marxismo no era una doctrina de verdad absoluta y estática sino una ideología que abrazaba la contradicción, el cambio, el cuestionamiento y la aplicación crítica.

Necesitaba una metodología para cambiar el mundo, no simplemente un dogma consolador para justificar mi profundo sufrimiento y el de tantos otros. Así que cuando oigo toda la propaganda barata de «acercarse a dios», pienso en lo «cerca» de dios que están los que sufren económica y emocionalmente; pienso en lo «cerca» de dios que ha vivido mi madre; y pienso en lo «cerca» de dios que vivían los esclavos de las Américas.
 

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