Racionalismo

Por: Michael Albert
Fuente: www.zmag.org

En un artículo anterior [se refiere al titulado «Antirationalism»] rechacé las afirmaciones de los, poco amablemente por mi parte, tachados de «irracionalistas». Usé diferentes argumentos y ejemplos para mostrar que su oposición al pensamiento científico y a la «Racionalidad Occidental» estaba mal concebida y era reaccionaria. Como tal rechazo de plano puede dejar mal sabor de boca, así como un posible vacío, voy a dedicar todo este «mal humor» a definir y defender el «comportarse racionalmente», particularmente en el caso del análisis político.

Primero de todo, ¿qué quiere decir «comportarse racionalmente»?

1. Sabemos que no puede significar estar en lo cierto. Muchas veces las personas son racionales pero llegan a conclusiones equivocadas. A menudo dos personas racionales llegan a conclusiones opuestas, siendo imposible que ambas sean correctas. Ser racional, por tanto, no significa que siempre se alcance la verdad.

2. También sabemos que hay una gradación en el «comportamiento racional». Hacemos cosas fácilmente hasta un cierto punto y podemos realizar un esfuerzo considerablemente mayor para lograr niveles de precisión aún más altos. Es más, podemos llegar o no a la misma respuesta, dependiendo del problema concreto al que nos enfrentemos.

3. Sabemos que ser racional va más allá de ser lógico. Todos nos hemos encontrado con personas que consideramos irracionales incluso cuando obedecen cuidadosamente las leyes de la lógica. Por sí sólo, ser lógico no es suficiente para hablar de comportamiento racional.

4. Finalmente, sabemos que ser racional difiere de ser dogmático. Incluye reconocer la posibilidad de estar equivocado y también el estar dispuesto a evaluar tal posibilidad comprobando las afirmaciones hechas una y otra vez.

Así pues, con estos principios de todos conocidos, ¿qué es comportarse racionalmente? El diccionario nos dice que comportarse así es «realizar inferencias lógicamente a partir de hechos conocidos o asumidos». Como primera aproximación, es bastante buena. Porque si tomamos esto como nuestra definición, «comportarse racionalmente» nos lleva a conclusiones veraces y precisas sólo cuando los «hechos conocidos o asumidos» sean ciertos y constituyan una base suficientemente amplia, y cuando los comprendamos suficientemente de manera que no introduzcamos errores cuando los usemos para producir inferencias lógicamente. Como consecuencia, con esta definición de racionalidad se satisfacen las tres condiciones anteriores.

(1) Podemos obtener inferencias incorrectas incluso siendo racionales. Por ejemplo: las cosas que pensamos que son ciertas pueden ser falsas conduciéndonos a inferencias incorrectas. O podemos pensar que los hechos que hemos tenido en cuenta representan todo lo que es importante cuando en realidad hechos adicionales niegan las inferencias que hacemos. O podemos realizar inferencias correctas lógicamente, pero partiendo de unos hechos verídicos pero mal comprendidos.

(2) Aumentar el grado de «racionalidad» corresponde a una mayor preocupación en comprobar los hechos relevantes y en ser muy cuidadoso al extraer de ellos inferencias lógicas para poder, por lo tanto, incrementar la probabilidad que nuestras inferencias sean ciertas.

(3) Ser lógico no es suficiente para hacerle a uno racional porque una buena lógica aplicada a información incorrecta o incompleta sólo proporcionará inferencias veraces accidentalmente.

(4) Como las inferencias verdaderas dependen de hechos veraces y de análisis lógicos, las afirmaciones son comprobables en lugar de tener que ser aceptadas o rechazadas basándose sólo en la fe. El autor y evaluador de cualquier afirmación puede y debe comprobarla, y hacerlo de nuevo cuando se le presenten nuevas evidencias.

De acuerdo con nuestra definición, resulta también que la gente se comporta racionalmente, por lo menos hasta cierto punto, casi todo el tiempo. Después de todo, en casi todo lo que hacemos «derivamos inferencias lógicamente a partir de hechos conocidos o asumidos». A pesar del hecho que, al menos en un cierto grado, la gente normalmente usa su racionalidad, los errores son frecuentes, por las razones apuntadas en (1). Es más, los prejuicios, sea en la forma de creencia en hechos mal comprendidos o en la de dejar que los deseos o los miedos ahoguen nuestra capacidad para la lógica, también son comunes. Naturalmente, cuando estos prejuicios son extremos, calificamos el resultado de irracional. Si se hace conscientemente también lo llamamos hipocresía, manipulación, deshonestidad, etc.

Así pues, ¿por qué la definición del diccionario sólo es una «primera aproximación»? Le falta algo: las hipótesis, las cuales, cuando son complejas, se las llama frecuentemente teorías. Cuando nos comportamos racionalmente, contrariamente a lo que implica la definición del diccionario, no siempre procedemos de los hechos a las inferencias pasando por la lógica. Sucede que a menudo llegamos primero a las inferencias y sólo entonces tratamos de validarlas con los hechos y la lógica. Por ejemplo, podemos tener un presentimiento, una intuición, o partir de una conjetura. Podemos usar una analogía para establecer una hipótesis. U otra persona puede proponernos una hipótesis. La cuestión es que a menudo ya tenemos formada una opinión sobre el mundo – una hipótesis – y sólo entonces nos preocupamos de si podemos encontrar un conjunto de hechos a partir de los cuales poder usar la lógica para inferir la veracidad de la afirmación. La razón de porqué esto añade algo importante es que resalta la diferencia entre la elaboración de una hipótesis o teoría como primer paso, y el proceso de decidir si es cierta como segundo paso. Para el primer paso, el proceso no es tal cómo lo describe la definición del diccionario: presentimientos, analogías, conjeturas, poéticos vuelos de la fantasía, momentos de inspiración, incluso reordenación al azar de conceptos o nociones. Para el segundo paso, sin embargo, cuando la preferencia la tienen las evidencias y las leyes de la lógica, la definición del diccionario entra más en juego.

Con esta aclaración, podemos ver que cuando nos desplazamos de la vida diaria a la ciencia el único cambio que ocurre en nuestra orientación mental es que nuestros métodos para eliminar prejuicios y para forzarnos a comportarnos racionalmente tanto tiempo como sensatamente podamos se codifican. Naturalmente, los filósofos tratan de poner por escrito estos códigos, pero los científicos, si alguna vez llegan a hacerlo, raramente prestan atención a sus esfuerzos. En lugar de eso, los científicos aprenden estos códigos emulando a sus maestros como parte del aprendizaje del oficio de científico. Aunque la dificultad puede ser, precisamente, enumerar tales códigos, sabemos que en el corazón del asunto está el compromiso del científico de obedecer «las reglas de la evidencia» y respetar la prioridad de los experimentos repetidos, la continuada experiencia y una lógica cuidada. En general, cuanto más nos acerquemos a la postura científica menos propensos seremos a incluir hechos falsos, dejar de lado hechos relevantes, malinterpretar hechos ciertos, realizar inferencias ilógicas, dejar que diferentes prejuicios desvíen nuestro criterio a la hora de aceptar los hechos o hacer inferencias, etc. Y eso es todo. Si no queremos ponernos muy quisquillosos en el aspecto filosófico, no hay nada más. Hemos completado nuestro camino para entender qué es la racionalidad, y de esa manera qué es la ciencia. Dejando de lado bibliotecas llenas de libros incomprensibles, en el nivel que un activista político necesita dominar, no hay nada misterioso o complejo acerca del hecho de ser racional o, en este mismo sentido, científico. Sin embargo, algunas veces es más difícil.

Comportarse racionalmente es simplemente una entre las muchas capacidades asociadas con el hecho de formar parte de la especie humana. Hacer uso de nuestra racionalidad, al menos hasta cierto punto, es completamente natural. Alcanzar un standard científico de racionalidad, por otra parte, requiere más disciplina. Es más, el hecho que podamos emplear una gradación en la disciplina de nuestra racionalidad es un hecho bastante afortunado porque si tuviésemos que comprobar nuestros datos para eliminar posibles sesgos, cotejarlos cuidadosamente por completitud, y esperar una confirmación de otros que llevan a cabo experimentos relacionados para decidir que no hay problema en cruzar la calle si vemos que no se acercan coches, no cruzaríamos nunca la calle. Por otra parte, si sólo pudiéramos alcanzar el nivel espontáneo de racionalidad asociado con mirar a ambos lados y entonces hacer lo correcto, nunca hubiésemos logrado un conocimiento suficiente de la física para usar la fuerza de vapor o la electricidad, unos conocimientos de biología suficientes para usar antibióticos, unos conocimientos adecuados de química para hacer múltiples detergentes, etc. Ciertamente nos beneficiamos de nuestra habilidad para ser «racionales» con muchos grados de precisión, aunque también es cierto que esta flexibilidad significa que, a veces, en una situación concreta, usemos un grado de racionalidad inadecuadamente bajo.

Así pues, ¿cuánta racionalidad necesitamos, de un rango que comprende desde el nivel necesario para cruzar la calle hasta el nivel científico, para hacer juicios políticos?

Algunos casos de estudio

Supongamos que nos plantean una hipótesis controvertida -por ejemplo, «JFK [John Fitzgerald Kennedy] habría terminado con la guerra de Vietnam si hubiera vivido un poco más. Le mataron por esta razón. Es más, este hecho ha alterado drásticamente la naturaleza del gobierno y de la vida en los EEUU desde entonces.». ¿Cómo decidimos si aceptar o rechazar esta afirmación?

Depende mucho de la cantidad de información básica relevante de la que dispongamos. ¿De qué «hechos conocidos o asumidos» disponemos para, partiendo de ellos, poder realizar inferencias? Si entre estos tenemos una teoría suficientemente amplia sobre relaciones sociales que se ha comprobado repetidamente, entonces si alguien propone una hipótesis marcadamente contraria a esa teoría podemos casi instantáneamente rechazarla. Es como no cruzar la calle si vemos acercarse un coche. El problema es, naturalmente, que aunque a menudo se trata de una manera válida y eficiente de responder, si nuestra teoría es realmente falsa en este nuevo contexto, nuestra inferencia será falsa y habremos juzgado mal la hipótesis. Peor aún, esta dinámica puede causar un sectarismo bienintencionado pero sin embargo paralizante en el cual dejamos que una teoría que previamente era convincente dicte nuestras acciones actuales y futuras sin evaluar repetidamente las nuevas evidencias, lo que podría hacernos ver que nuestra teoría es defectuosa.

La alternativa a un rechazo automático de la hipótesis JFK solamente porque se burla de nuestra comprensión teórica preferida es volver a comprobar nuestra teoría, no importa lo seguros que podamos estar acerca de ella, pero no simplemente proclamar que niega la hipótesis automáticamente sino siguiendo con todo detalle, desde los «hechos conocidos o asumidos» más básicos, una línea de argumentación que lleve a tener que renunciar a la hipótesis. De esta manera tenemos la posibilidad de descubrir que nuestra teoría tiene un problema o, alternativamente, podemos explicar nuestra oposición a la hipótesis de una manera comprobable sin presumir un acuerdo teórico más amplio. Entonces, en lugar de un dogma que pueden ignorar o sucumbir a él como una «verdad revelada», los partidarios de la hipótesis encuentran un argumento cuidadoso de varias etapas, razonamiento del cual pueden comprobar la lógica y las premisas. Llegados a este punto, pueden continuar el debate evaluando cuidadosamente el argumento –y, a su vez, encontrar un defecto real para de esta manera continuar sosteniendo su hipótesis, o no encontrar ningún defecto y de mala gana admitir que su hipótesis es falsa- o, pueden comportarse de un modo sectario, ignorando el contra argumento o descartándolo invocando a alguna «autoridad» en la materia, pero no presentando evidencias en su contra ni usando argumentos lógicos.

Sé que todo esto suena bastante abstracto, pero es realmente bastante comprensible y relevante, como un par de ejemplos pueden aclarar.

Alguien puede empezar a creerse la hipótesis JFK desde la intuición, como conjetura, después de ver la película de Stone y encontrarla plausible, leer el libro de Lane y encontrarlo plausible, investigar documentos, etc. Por contra, Chomsky, por ejemplo, si se enfrenta a la hipótesis dispone de un arsenal de «hechos conocidos o asumidos», incluyendo algunos conocimientos relevantes acerca del período histórico, así como una comprensión teórica más amplia de cómo funciona el gobierno y la sociedad, todo lo cual provoca que rechace la hipótesis virtualmente de manera instantánea, calificandola de escandalosamente contradictoria con el funcionamiento del mundo real y con hechos sabidos acerca del período y JFK. Para Chomsky, puede ser incluso difícil de concebir cómo un serio y experimentado estudioso de las relaciones sociales podría creer en la hipótesis JFK. ¿Qué es lo que hace, pues? Una opción es simplemente ignorar la afirmación o descartarla sin profundizar más. Tal opción tiene la virtud de ser rápida y ahorrarnos problemas y aparentemente es proporcional al mérito de la hipótesis. Pero, ¿qué pasa si la hipótesis persiste? Mucha gente parece empezar a tomársela bastante en serio. ¿Qué hacer entonces? La opción siguiente para alguien en la posición de Chomsky es resumir brevemente una teoría de la sociedad y señalar que la hipótesis es inconsistente con esa teoría verificada repetidas veces y que por tanto debe ser incorrecta. Esta opción también está bien, al principio del debate, pero en una etapa posterior sería sectaria. Pide a los adherentes de una hipótesis con mucha aceptación que la abandonen meramente porque contradice una teoría que algún otro, o incluso ellos mismos, había previamente creído. Pero, ¿por qué deberían hacer esto? ¿Por qué no podrían decir, en lugar de eso, «espera, nuestra nueva proposición es cierta, tu vieja teoría está refutada. Estamos abiertos a nuevas intuiciones. Eres obstinado y sectario por lo que hace a tus antiguas opiniones»? Así que, la opción siguiente es ofrecer una extensa argumentación, con una enumeración detallada de los hechos y una lógica claramente enunciada que lleve a los que creen en la hipótesis JFK, partiendo de unos «hechos conocidos o asumidos» comprobables, a rechazar con la ayuda de la lógica la propia hipótesis JFK. Bien, si echáis una mirada al artículo de Chosmky sobre este tema, veréis que esto es lo que hace. Trata de refutar la hipótesis JFK de una manera racional, la cual puede ser evaluada por cada lector, sin implicar que haga falta recurrir a la fe para aceptarla. Es más, trata de presentar un argumento suficientemente amplio de manera que o bien el lector encontrará que algunos de los «hechos conocidos o asumidos» en el argumento son, de hecho, falsos, o que parte de la lógica empleada en el argumento es errónea, o tendrá que admitir que la argumentación presentada refuta la hipótesis JFK. De esta forma, la argumentación de Chomsky lleva el debate lejos de una confrontación de dogmas sin fundamento hacia un contexto más científico de evidencia comprobable y inferencia. Dicho en pocas palabras, Chomsky valora los «hechos conocidos o asumidos» que otros presentan para apoyar la hipótesis JFK y muestra que o bien son falsos o que han sido malinterpretados. Entonces nos presenta hechos que muestran lo contrario, conocidos o asumidos, detallando que es lo que deduce de ellos y porqué podemos creerlos. También considera varias implicaciones de la hipótesis JFK, por ejemplo, qué tendría que haber ocurrido con la llegada al poder de LBJ [Lyndon B. Johnson] y muestra cómo esto también contradice lo que la hipótesis JFK comporta. Asimismo, muestra que el comportamiento en general de JFK, no sólo por lo que respecta a la guerra sino en relación con cuestiones más amplias tanto en la esfera exterior como en la doméstica, contradice la hipótesis JFK. Y así, cuando terminamos de leer su artículo, nos queda preguntarnos, ¿qué harán ahora los defensores de la tesis JFK? A su tesis Chomsky ha contestado con otra: «la política básica con respecto a Indochina se desarrolló dentro de un entramado de relaciones Norte-Sur/Este-Oeste que Kennedy no desafió, y tal política se mantuvo invariable en lo esencial: tratar de desentenderse de una aventura impopular y costosa tan pronto como fuese posible, pero después de asegurarse la victoria (con la duda creciente, al final, de si los regímenes clientes de los EEUU podían ser sostenidos). Las tácticas se modificaron de acuerdo con las cambiantes circunstancias y percepciones. Los cambios en la administración, incluido el asesinato de Kennedy, no tuvieron un efecto a gran escala en la política, ni tan siquiera ningún gran efecto en las tácticas seguidas, cuando se tiene en cuenta la situación objetiva y cómo era percibida.» Chomsky ha presentado hechos que sostienen su nueva hipótesis y que simultáneamente refutan la hipótesis JFK. ¿Mostrarán los teóricos de la hipótesis JFK que los hechos de que habla Chomksy son falsos? ¿Mostrarán que su lógica es errónea? ¿O simplemente ignorarán sus argumentos o los tacharán de reaccionarios a priori, repitiendo sus anteriores afirmaciones sin dar una réplica real al argumento de Chomsky, o admitirán que el razonamiento de Chomsky es válido y abandonarán su hipótesis? Estas son sus opciones. Las dos primeras, si son posibles, y la última, son racionales. La tercera no lo es.

La cuestión que nos ocupa en este artículo no es decidir quién está en lo cierto y quién no. Es hacer ver que podemos considerar cualquier otro debate controvertido de la izquierda y tratarlo de manera similar a cómo Chomsky trata la hipótesis JFK. Como ejemplo, dos casos en los cuales estoy más interesado implican las hipótesis: (1) que en la búsqueda de una manera mejor de organizar nuestra economía deberíamos considerar incorporar a los mercados para la redistribución porque es la manera más eficiente y productiva y la menos perjudicial para conseguir una redistribución ordenada a gran escala; y (2) que en el esfuerzo para transmitir ideas y visiones radicales a una audiencia más amplia deberíamos adecuar nuestro lenguaje y nuestras acciones para acceder más fácilmente a los medios de masas escritos y audiovisuales. Hipótesis adicionales que gente de la izquierda probablemente esté considerando incluyen: la organización leninista es muy adecuada para propósitos revolucionarios en la vida en los países industrializados. Si la sociedad va a convertirse en una menos opresiva, será principalmente con unos cambios conseguidos electoralmente. Los radicales necesitan dinero para conseguir este cambio y los ricos lo tienen, por lo que las ansias de cambio de los radicales deberían hacerles centrar sus esfuerzos en conseguir recursos financieros de los sectores ricos de la población, …

En cada caso pueden ocurrir diferentes tipos de debate. Partidarios y detractores de las hipótesis en cuestión pueden vociferarse irracionalmente sus preferencias los unos a los otros, sin recurrir para nada a la evidencia y a la inferencia lógica, sin que nadie nunca cambie de pensar, nadie aprenda nada, produciéndose fricciones y tensiones múltiples, etc. De hecho, incluso si una parte de las dos que debaten se desplaza hacia una postura más racional, sigue haciendo falta una pareja para bailar. No se producirá ningún progreso sin que ambas partes abandonen las posturas dogmáticas. Sin embargo, hay más de una manera de ser racional. Por ejemplo, cada parte podría argumentar a favor de su posición basándose en una teoría predilecta, haciendo notar que la teoría sostiene sus afirmaciones. Entonces el debate da un paso atrás. ¿Por qué tendría cualquiera de las dos partes creer la teoría de la otra parte? De esta manera podría producirse una vuelta al debate airado e irracional. Otra posibilidad es que cada lado, guiado, naturalmente, por su propia teoría, presente una extensa argumentación con hechos, suposiciones y inferencias lógicas delineadas claramente. Entonces es posible un debate real. Habremos conseguido ir más allá de planteamientos dogmáticos y de una discordia presidida por una racionalidad demasiado limitada para lograr un debate real claro sobre afirmaciones comprobables e inferencias.

Naturalmente, para llegar tan lejos se requiere un esfuerzo, ya que una racionalidad que sea cuidadosa con cada paso en un argumento comporta un duro trabajo, y hacer este esfuerzo sólo vale la pena cuando las hipótesis en cuestión tienen mucho interés, sea en virtud de su importancia o porque mucha gente las crea o no. Pero, por lo menos sabemos qué procedimientos altamente racionales auguran la posibilidad de un progreso, y qué procedimientos irracionales o débilmente racionales no. Si estamos de acuerdo en eso, el progreso tendría que ser posible, sea para decidir nuestro punto de vista sobre la hipótesis JFK, o sobre los mercados, o sobre cómo relacionarse con los grandes medios de comunicación, o sobre la organización leninista, o sobre política electoral, o sobre financiación, etc.

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