“El Príncipe”. Nicolás Maquiavelo

Fuente: solidaridad.net (07.02.06)

Al florentino Nicolás Maquiavelo, colaborador de César Borgia, le debemos hoy el término “maquiavelismo”. Su tratado sobre las condiciones que debe reunir el príncipe ha atravesado lugares y épocas llegando hasta nuestros días.

El tratadista expone su visión sobre quién es el candidato idóneo para gobernar un país. Maquiavelo describe al hombre como mitad hombre y mitad bestia, y por eso, el príncipe debe gobernar al pueblo con leyes y con la fuerza bruta. A la vez, debe intentar que sus súbditos lo teman.
 
El príncipe. Nicolás Maquiavelo

Al florentino Nicolás Maquiavelo, colaborador de César Borgia, le debemos hoy el término “maquiavelismo”. Su tratado sobre las condiciones que debe reunir el príncipe ha atravesado lugares y épocas llegando hasta nuestros días. El tratadista expone su visión sobre quién es el candidato idóneo para gobernar un país. Maquiavelo describe al hombre como mitad hombre y mitad bestia, y por eso, el príncipe debe gobernar al pueblo con leyes y con la fuerza bruta. A la vez, debe intentar que sus súbditos lo teman.
 “Identidad cultural”. José Antonio Jáuregui

En la escena cultural europea nos topamos con marxistas, con tomistas, con franciscanos o encontramos expresiones como leche pausterizada o una actitud kafkiana. Se trata de un legado cultural que se debe a individuos concretos. Sin Marx no hay marxistas, sin Tomás de Aquino no hay tomistas y así sucesivamente. Sin Pasteur no tendríamos hoy leche “pasteurizada” y sin Kafka habría que borrar del diccionario europeo lo kafkiano.  

Si nunca hubiese existido Niccolò Machiavelli o si no nos hubiese legado su obra, no hablaríamos hoy de algo maquiavélico o no calificaríamos unas intenciones determinadas de maquiavélicas. Por toda Europa se sigue utilizando el adjetivo maquiavélico con el mismo significado.

Nicolás Maquiavelo vive en Florencia, la Florencia de los Médicis. Fue conocido como el secretario florentino y desempeñó un papel importante en diversas misiones y embajadas. Colaboró en el equipo de César Borgia, uno de los cuatro hijos naturales que el Papa español Alejandro VI reconoció en público. Conoció desde dentro un mundo de intrigas, conspiraciones, crímenes y atrocidades en el que los políticos predicaban desde la hipocresía más refinada el amor desinteresado, la igualdad, la solidaridad y todas las virtudes humanas.

Al caer en desgracia César Borgia y al volver los Médicis al poder en Florencia, Maquiavelo perdió su puesto diplomático y fue torturado y encarcelado. Al salir de la cárcel, se retiró con su mujer e hijos a una modesta granja en los aledaños de Florencia. Confesó que en ese momento no poseía “nada salvo un buen conocimiento del Estado”. Por sus cartas, nos enteramos de que el verdadero alimento que lo mantenía vivo era su conversación con los clásicos: Tito Livio, Aristóteles, Polibio… y otro florentino al que su ciudad maltrató: Dante Alighieri.

En esa época, revisando su propia experiencia y lo que aprendió conversando con Tito Livio, escribió Il Principe (1531).

Maquiavelo pinta al hombre con unas tintas en verdad maquiavélicas. Describe al hombre como mitad hombre y mitad bestia. El príncipe debe gobernar al pueblo con leyes –cosa propia de hombres- y con la fuerza bruta y despiadada –cosa propia de bestias: “El príncipe sabiendo que debe convertirse en una bestia, debe elegir el ser zorro o león. Debe ser un león para aterrorizar a los lobos y debe ser un zorro para descubrir las trampas que puedan tender al león para atraparlo”.

El príncipe no debe intentar que sus súbditos lo amen sino que lo teman. Los hombres son “desagradecidos, volubles, falsos, cobardes y avariciosos”, sentencia Maquiavelo. “Antes olvidan la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”. Por tanto, el príncipe debe ser astuto y pérfido, desleal y cruel como Aníbal o como Fernando de Aragón que, gracias a su “cruel piedad, expulsó a los moros de España”. En cambio, Escipión por su benevolencia y falta de crueldad refinada no supo mantener al ejército romano unido (siempre en versión maquiavélica de estos hechos políticos).

Debe -eso sí-, cuidar “su imagen” (expresión moderna pero en realidad estrategia maquiavélica y clásica). “El vulgo se deja llevar bobaliconamente por las apariencias”. Por tanto, el príncipe debe aparecer como un dechado de todas las virtudes, pero luego “para mantener al Estado, debe de infringir sin escrúpulos las reglas de la lealtad, de la amistad, de la humanidad y de la religión”.

Por otra parte “es imperativo que el príncipe tenga una mente [una ideología, en jerga moderna] que esté siempre lista a adaptarse a las corrientes y variaciones de la fortuna”. Franco creó su propia variación maquiavélica al aconsejar a un ministro: “Haga como yo, no se meta usted en política”. Además, “como la fortuna es mujer, hay que apalearla y maltratarla”.

Tal vez Thomas Hobbes (Maquiavelo muere en 1527 y el filósofo inglés nace en 1588) sea su mejor discípulo, el más maquiavélico. Hobbes como Maquiavelo sufrió en propia carne los zarpazos de “la bestia humana”. Nació prematuramente, al sufrir su madre un ataque de terror debido a la invasión de la Armada Invencible (ésa fue la versión que le dieron de su nacimiento prematuro). Su padre abandonó el hogar, siendo Hobbes un niño. Como Maquiavelo, conoció las intrigas políticas desde dentro y, como él, sufrió persecución. Confesó a Ben Jonson que tradujo Tucídides “para que aprendieran sus paisanos la poca consistencia de la democracia”. El hombre no se fía del hombre: “¿Qué opinión tiene de sus vecinos, cuando cierra con llave las puertas de su casa? ¿Qué opinión le merecen sus hijos y criados, cuando cierra con llave los cofres y cajones? ¿No es ésta una acusación contra la humanidad con el lenguaje de los hechos, coincidiendo con mi acusación con el lenguaje de las palabras?”.

Hobbes creó una variación a la sentencia de Plauto (“Homo non est homo, sed lupus homini: el hombre no es hombre sino un lobo para el hombre”), “Homo homini lupus: el hombre es un lobo para el hombre”. Al pulirla y limarla, la sentencia quedó “lista para sentencia”, si bien en el campo de concentración de Auschwitz, cuya existencia demostró la vigencia de la frase de Hobbes en el siglo XX, nos topamos con otra esculpida en una pared más concisa y precisa: “Homo homini: el hombre al hombre”.

Hobbes, siguiendo las huellas de Maquiavelo, definió al Estado como un Leviatán, siendo éste una serpiente horrible y omnipotente por su crueldad, perfidia y ponzoña pero imprescindible para defender al hombre del hombre y para mantener el orden social.

Dentro del Patrimonio Cultural Común (artículo 151 del Tratado de Ámsterdam) tenemos hoy los europeos para nuestra meditación y reflexión, la Politeia de Platón (traducida como la República en salsa latina), la Política de Aristóteles, la Utopía de Tomás Moro, Das Capital, el Leviatán de Karl Marx, el Leviatán de Hobbes y El príncipe de Maquiavelo. El mejor homenaje a Maquiavleo es que seguimos hoy hablando de lo maquiavélico. Sin Maquiavelo, algo faltaría a la identidad cultural europea.

  “Un manual práctico que olvidó las normas”. Federico Trillo

Tan vituperado por los moralistas como exaltado por los cientifistas de la política, Maquiavelo no se reconocería hoy en el derivativo que con origen en su nombre sustantiviza y califica peyorativamente a su doctrina. El maquiavelismo es, según el Diccionario de la Real Academia Española: “1. Doctrina política de Maquiavelo, escritor italiano del siglo XVI, fundada en la preeminencia de la razón de Estado sobre cualquier otra de carácter moral //2. Modo de proceder con astucia, doblez y perfidia”. Porque, paradojas de la Historia, aquel discreto diplomático florentino que se dedicó a escribir en los años de sus destierro forzado al que le condenó su fracaso como político activo, nunca usó la expresión razón de Estado, y era un republicano de ley enemigo de todo despotismo y poder personal.  Eso sí, vería en su propio caso confirmadas las observaciones que hiciera al redactar sus Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio, a saber: que la fortuna se apropia del destino de algunos Príncipes para situarlos en la Historia.

Porque, en efecto, ha sido El príncipe –la obra que Maquiavelo redactara más a la ligera y por puro oportunismo para intentar infructuosamente congraciarse con los Médicis- la criatura que ha sobrevivido, mitificado y, tal vez, desvirtuado en la Historia, el verdadero pensamiento de su autor. Aquel Príncipe que se atrevió a confesar a voces los que eran los secretos habituales de los confesionarios palaciegos: que para conquistar, conservar y ampliar el poder, era preferible ser más temido que amado por los súbditos; que había que quebrantar la palabra dada cuando resultara provechoso; que era más importante aparentar, disimular, que actuar en verdad o en conciencia. Fue aquel Príncipe que rompió los “espejos de Príncipes” medievales al propugnar una virtu política inspirada, no en la ética, sino en la astucia del zorro y la fuerza del león (Truyol).

Pero de ahí a considerar a ese Príncipe como “el padre de la política moderna de occidente” (J. Conde) o más allá, “el fundador de los tiempos modernos” (D. Sanctis) es algo que el propio Maquiavelo habría considerado desproporcionado. Él no habría pretendido más que desvelar cómo actuaban en política los príncipes renacentistas de éxito como César Borgia, Fernando el Católico, u otros tantos. Pero de ahí a atribuirle la paternidad de la famosa razón de Estado, invocada luego para ocultar los más grandes crímenes políticos de la Historia hay un trecho. En puridad, la razón de Estado aparece mencionada por primera vez por el también florentino y amigo de Maquiavelo, el embajador Francisco Guicciardini, y no será teorizada realmente hasta el libro que con tal título publica en 1589 Giovanni Botero.

En realidad, gran parte de culpa de Maquiavelo lo que hoy parece, la tuvieron los españoles de la Contrarreforma y el Barroco, siempre tan ortodoxos, tan éticos ellos, que siguiendo al flamenco Justus Lipsius, se empeñaron en oponer los Anales de Tácito a la Historia de Tito Livio, (Alamo de Barrientos: Tácito español ilustrado con aforismos), para diferenciarse de un Maquiavelo al que en el fondo seguían  en el método empírico, o en cristianizar la eficacia política defendida por el florentino, como Pedro de Rivadeneira –“que los Príncipes que se gobiernan por la ley de Dios, más que por la falsa razón de Estado, son favorecidos de Dios”-, o Baltasar Gracián, y demás autores del tacitismo o del antimaquiavelismo hispano (por ejemplo, Pedro de Barbosa, jurisconsulto portugués, que quedará descansando seguramente al escribir su Discurso sobre la vida del Rey Juan II contra Maquiavelo y Bodino y los demás políticos de nuestros tiempos, sus secuaces).

Es lo cierto, que a finales del siglo XVI Maquiavelo y el maquiavelismo, ya eran sinónimos de astucia, engaño y perversión política. Así, el gran Shakespeare le equiparó al más sanguinario de los personajes políticos, Ricardo III de Gloucester, que se autodefinía en un célebre soliloquio: “Soy capaz de añadir colores al camaleón, de competir en metamorfosis con Proteo, de enviar a la esuela al sanguinario Maquiavelo…”. ¡Y esto tan sólo medio siglo después de que El príncipe se publicara en Italia, cuando aún no se había traducido al inglés, y para representar a un personaje cuyas maldades fueron cometidas mucho antes de que Maquiavelo escribiera su libro! Es decir, ¡maquiavelismo con efecto retroactivo! No es de extrañar por ello, que nuestro Quevedo calificara a Maquiavelo, años después, como el “impío moderno”.

¡Pero qué amigos te salieron además, Nicolás! Así, el pequeño corso, que invadió Europa entera mientras leía y anotaba tu Príncipe, situaba a familiares y generales como nuevas testas coronadas en las viejas naciones de Europa.

Cuánto mejor amigo hubiera sido el gran Federico II de Prusia, Príncipe de verdad ilustrado e instruido en el arte de la guerra, como a ti te gustaban: “El príncipe debe leer la Historia y fijarse en las hazañas de los hombres célebres, ver cómo se ha gobernado en la guerra, y tomar por modelo a capitanes famosos como Alejandro copió a Aquiles, César o Alejandro o Escisión a Tiro”, habías escrito tú. Y él, por el contrario, te dedicó aquella terrible Refutación o Anti-Maquiavelo, prologada por Voltaire, en la que te espetaba de entrada: “Maquiavelo corrompió la política y se empeñó en destruir los preceptos de la sana moral”.

Dicen también, Nicolás, que acabaste con la concepción sacral, geocéntrica, metafísica, al cabo, de la política, y fundaste la física del poder. Es verdad que diseccionaste esa difícil y pegajosa sustancia casi hasta aislarla de cualquier otro tejido del cuerpo social, pero para que pudiera invadirlo y atraparlo luego. Pero se te olvidaron las normas, Nicolás, el Derecho, la espesa trama que los hombres hemos ido construyendo para protegernos de ese peligroso virus. Hoy podrías contemplar, mirando hacia atrás con sorpresa, cómo Locke y Montesquieu aislaron luego y dividieron ese virus, para limitar su alcance. Cómo el Estado que en tus tiempos nacía para convertirse en Leviatán cono Hobbes, ha sido domeñado por el Derecho hasta exigir cuenta y razón de cualquier Razón de Estado.

Y luego todos esos libros absurdos de este siglo, que dicen aplicar tu doctrina a lo que llaman “el liderazgo empresarial”, y que te sitúan en la cabecera de la cama de los más recientes tiburones financieros. Un “manual del éxito” llaman a tu obra, a ti que te costó tantos disgustos la política, y acabaste por ello muriendo joven (58 años), pobre, solo, escarnecido, y llamando a gritos a Tito Livio y a Tácito, a Dante y a Petrarca. Ya ves Nicolás, así se escribe la Historia. A tu Príncipe sólo se le escapó una pequeña apostilla: que también en el pensamiento político “el que la hace la tiene que pagar”. ¡Si tú lo sabrás!

 “Idea moderna de la política”. José Jiménez

Pocos libros existen en la historia de nuestra cultura que hayan despertado una fascinación tan intensa como El príncipe. La verdad es que hay motivos para ello: en su condición y brevedad es un libro fascinante. Y, a la vez, uno de los principales elementos de sustentación conceptual de la cultura moderna.

Casi desde su misma aparición, El príncipe se convirtió en motivo de escándalo para el pensamiento político tradicional. El motivo fundamental de ese escándalo se situaba en la necesidad que Maquiavelo planteaba al príncipe que quisiera seguir siéndolo de “aprender a poder no ser bueno y utilizar este conocimiento según lo necesite”. Esta idea, y su desarrollo textual, se convertiría en el eje de los ataques de todos aquellos que afirmaban que suponía la subordinación del bien a la acción política. Y, en consecuencia, la primera formulación en teoría política de que “el fin justifica los medios”. O, en otros términos, el despuntar de la idea de la razón de Estado.

En realidad, esas lecturas del tratado de Maquiavelo suponen una tergiversación interesada de su sentido. Porque la grandeza de El Príncipe arranca precisamente de su fuerza para derribar casi con un soplo la doble moral, la distancia evidente entre lo que se afirmaba en la doctrina tradicionalista y sus principios idealistas y la práctica política real. Maquiavelo sacaba a la luz, sin tapujos, lo que los gobernantes sabían de siempre: la política se rige por el cálculo. Sin que ello implique renunciar a los principios morales, pero sólo si éstos no entran en conflicto con las necesidades del poder.

Pero la importancia del libro no acaba ahí. Maquiavelo fue capaz de plantear por vez primera una sólida fundamentación metodológica específicamente moderna del conocimiento político. Toda la obra está construida sobre el recurso constante al análisis de casos o ejemplos que remiten tanto a la Antigüedad clásica como a su propio tiempo. Y ese recurso se apoya en un principio metodológico establecido en la dedicatoria del libro. Allí plantea la ofrenda de su bien más preciado: “El conocimiento de las acciones de los grandes hombres, aprendida mediante una larga experiencia de las cosas modernas y una continua lectura de las antiguas”.

Ahí reside la clave de este libro. Nada de remitirse a la autoridad abstracta de los libros y los principios eclesiásticos, la vía propuesta es el análisis pormenorizado de la experiencia y la lectura e interpretación de los textos antiguos

4 comentarios

  1. feos perdoros

  2. es buena la forma como se analiza el libro m,e parece importante resaltar el aspecto politico por k el libro se rige mucho en la politica …

  3. estoy tan feliz de este analisis k llorare … gracias por facilitarme las tareas gracias gracias

    muas

  4. […] “El Príncipe”. Nicolás Maquiavelo […]

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